[AAR Viking Conquest] La Saga Shinara

    nanielru
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    Mensaje por nanielru el Jue Ago 22, 2019 10:41 pm

    CAPÍTULO 1




       
    Shinara despertó tiritando en la oscuridad, incorporándose y tosiendo ruidosamente mientas maldecía el fuerte viento que soplaba esa noche, tan frío y mortal como el bosque que la rodeaba. La estúpida hoguera ha vuelto a apagarse, pensó mientras buscaba a tientas la piel de lobo para abrigarse. Llevaba tres días y tres noches tosiendo sin parar y en ocasiones le costaba respirar, y el viento no parecía dispuesto a darle una tregua, pero tenía fe en que Eir velaría por ella. Debería abandonar este maldito bosque y buscar un lugar más cálido, se dijo. Se incorporó y decidió marcharse, aprovechando la luz de la luna, a la aldea de Tuns Oeste. Quizá podría encontrar algún granero donde cobijarse del frío.


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    Mientras caminaba entre la maleza y los árboles, recordaba el día en el que su padre abandonó la aldea para unirse a una incursión. Nunca había navegado o matado a un hombre, en parte gracias a su condición de artesano y carpintero. ¡No puedo arriesgarme a que pierdas una mano, Radgur! le había dicho en más de una ocasión el Hersir Gulvadson. Pero todo cambió cuando su madre se quedó encinta. Se decía que era la mejor cazadora de la zona, capaz de encontrar las mejores pieles, y por ello fue una mujer muy respetada, sin embargo, el hecho de no haber podido darle otro hijo a su esposo la atormentaba considerablemente. Pero esa vez, Freya le habló en sueños y la bendijo con un nuevo hijo que, según decía, sería varón. Como no podía ser de otra forma, su padre se entusiasmó tanto con las buenas nuevas que suplicó al Hersir poder unirse a la siguiente incursión destinada a Englaland.
        Dijo que volvería, pensó Shinara, con un gran botín, pero no fue así. Ni el Hersir, ni su padre, ni la tripulación, nadie regresó jamás a Tuns Oeste.
        En pocos meses, los bandidos y salteadores de los alrededores se percataron de que la aldea estaba protegida solo por ancianos y algunos jóvenes inexpertos, y aprovecharon la situación. Al principio fueron pequeñas incursiones, y aunque los aldeanos viajaron a Tunsberg para solicitar ayuda al Konungr Harald Halfdanarson, jamás acudió, y finalmente el desastre sucedió.
        Shinara tenía doce años cuando el ruido de una multitud la despertó una buena mañana. ¡Padre ha vuelto! pensó entusiasmada, pero no fue así. La aldea había sido rodeada por una gran banda de salteadores. En pocos instantes quemaron las casas que su padre había construido, masacraron a los pocos hombres que opusieron resistencia y violaron y asesinaron a las mujeres, incluidas las más jóvenes. Su propia madre fue una de las víctimas después de abatir a dos miserables con sus flechas. ¡Coge el arco y márchate! dijo mientras un hombre la forzaba. Ella obedeció como una cobarde, pero poco podía hacer entonces.


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    Shinara llegó a Tuns Oeste al alba, helada y sin haber pegado ojo. Después de cuatro años la aldea había cambiado considerablemente, pues había sido reconstruida tras el incidente. Ni sus gentes ni los edificios eran los mismos, pero había vida en sus calles: perros y niños que corrían, gente trabajando en los campos y ancianos sentados al sol relatando las historias de grandes batallas. Todos ellos la observaron al pasar, pero nadie osó dirigirle la palabra.
        —No temáis, buenas gentes, solo busco un lugar en el que descansar —dijo ella intentando ser amable.
        —Portáis un arco —dijo uno aldeano—. ¿Sois acaso una cazadora?
        —Puedo ofreceros carne de liebre si es lo que queréis. —Shinara no quería admitir abiertamente que era cazadora, pues estaba prohibido cazar en los bosques del Hersir, aunque por lo que sabía, en estos momentos Tuns Oeste carecía de él. —El invierno ha sido muy duro y la carne escasea. Solo pido un lecho a cambio. —Después de unos instantes de silencio, el hombre más anciano tomó la palabra.
        —Quizá yo pueda ayudaros, mujer, venid y hablemos en privado. —Shinara acompañó al hombre, que la condujo a un lugar un poco más apartado, y allí le hizo una propuesta. —Veréis, es cierto que la carne de liebre nos vendrá bien, pero si de verdad queremos sobrevivir al invierno, necesitamos algunas cabezas de ganado.
        —Entiendo. ¿Cuántas necesitáis?
        —Por suerte el invierno ya está llegando a su fin, y con dos sería suficiente.
        —¿A cambio me daréis cobijo?
        —Por supuesto, podéis contar con ello.
        —Bien. Pronto partiré en su busca.

    Shinara aprovechó y pasó el resto del día en la aldea, durmiendo y reponiéndose, y al caer la noche partió en busca del ganado. Durante sus años como cazadora furtiva, había aprendido que viajar de noche era lo más seguro en esas tierras infestadas de bandidos. Por suerte conocía una aldea cercana a Tunsberg que quizá podría tener ganado, Tuns Este, por lo que emprendió su viaje hacia esa dirección.
        Después de algunas horas recorriendo las praderas bañadas por la luz de la luna, Shinara observó una presa a lo lejos: un jabalí. No dudó ni un instante y caminó sigilosamente hacia su posición. Tras posicionarse, disparó un certero proyectil que impactó en la cabeza del animal. Parece que tendré que entretenerme algún tiempo, pensó, mientras se disponía a despellejar y trocear el animal; algo que había hecho otras muchas veces. Más animada y con más peso, tras un pequeño recorrido al fin alcanzó la aldea de Tuns Este.


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    Era plena noche y la aldea estaba en silencio, pero un hombre se hallaba sentado cerca del fuego. Shinara supuso que sería el caudillo local y se dirigió a él.
        —Perdonadme, anciano. Busco algunas cabezas de ganado.
        —Oh —se sorprendió el hombre—, extrañas horas son estas en las que acudís a mi encuentro, pero gustosamente os proporcionaremos las piezas de ganado que necesitéis. Decidme, ¿cuántas queréis?
        —Dos serán suficientes. —El hombre sonrió y, tras una pequeña negociación, Shinara aceptó pagar quinientos denares a cambio.
        En el camino de vuelta se lamentó al sentir su bolsa sustancialmente más vacía, pues había tardado meses en reunir una cantidad de dinero considerable de la que ahora solo quedaban trescientos treinta y cinco denares. Sin embargo, se dijo, el fin lo justificaba.


    Shinara llegó a Tuns Oeste al amanecer, y rápidamente fue recibida con elogios al llegar junto al ganado que habían pedido. Tal y como le prometieron, pudo descansar y dormir en un lecho durante unas horas, y cuando se sintió más descansada, se fue en busca del anciano.
        —Perdonadme, anciano. Estoy buscando algunos hombres que quieran seguirme.
        —Parecéis una mujer diestra con el arco, sin embargo no sois una guerrera. Aun así quizá pueda conseguir que algún holgazán se una a vos.
        —Os he traído el ganado...
        —Sí, por supuesto —interrumpió el anciano—. Pero quizá debáis hacer algo más para ganaros un nombre en la aldea y así conseguir que más hombres os sigan.
        Shinara escuchó la propuesta, que consistía en traer de vuelta a un esclavo que había abandonado a su amo, y aceptó sin dudarlo. Nunca había tratado con un esclavo y no sabía a qué se enfrentaría, sin embargo creía que solo una persona débil podía ser un esclavo, ya que los dioses jamás estaban del lado de los débiles.


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    Encontró el rastro y el escondite rápidamente, y al hombre calentándose junto a una hoguera.
        —Tenéis que acompañarme —dijo Shinara, sujetando el arco con la flecha preparada para ser disparada—. Os quieren de vuelta.
        —¿Quién os manda? —dijo el hombre, sorprendido.
        —El anciano de Tuns Oeste. Acompañadme o me veré obligad... —El hombre desenvainó una pequeña daga que llevaba oculta y se abalanzó contra Shinara, pero por suerte la flecha lo alcanzó antes de que él pudiera herirla. El hombre, sin embargo, trató de atacarla de nuevo, desesperado y dolorido, y en esta ocasión consiguió causarle un tajo en el brazo del arco. ¡Maldita escoria! Shinara soltó el arco y desenvainó su daga, y después de esquivar la torpe embestida de su oponente, la hundió en su vientre, provocando que se desplomara agonizando. Me dijeron que lo trajera de vuelta, pero no especificaron si debía ser con vida...
        No era la primera vez que Shinara mataba a un hombre, ya que se había visto obligada a hacerlo cuando algunos salteadores habían intentado robar sus pertenencias o abusar de ella, pero sí era la primera vez que cortaba una cabeza, tarea demasiado engorrosa, pensó. Al fin y tras un arduo trabajo, consiguió cercenar el cuello del hombre y partió hacia Tuns Oeste.
        Cuando llegó a la ladea ya estaba anocheciendo, pero el anciano seguía esperándola en su puesto junto a la hoguera. Como había temido, la cabeza del esclavo no fue bien recibida y tuvo que aceptar una reprimenda por parte de algunos aldeanos, en especial el dueño del difunto esclavo. Intentó hacer uso de su persuasión y gracias a ello consiguió calmar los ánimos, aun así decidió que al día siguiente abandonaría el lugar.


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    A la mañana siguiente y después de haber reposado, Shinara abandonó el lugar sin despedirse y se dirigió, de nuevo, a Tuns Este. Quizá por su anterior reencuentro, en el que había comprado el ganado, el anciano estuvo más dispuesto a negociar y aceptó que Shinara reclutara a algunos hombres si ellos querían seguirlo, pero solo uno se ofreció. El anciano, compadeciéndose de la joven, le indicó que podía probar en una granja cercana a Tunsberg, ya que tenía constancia que los granjeros, cansados de la vida que llevaban, solían estar dispuestos a unirse a cualquiera que se ofreciera a mantenerlos.
        Decidió seguir el consejo del anciano y se dirigió a la granja, la que encontró pocas horas después. El capataz la recibió de buen grado sabiendo que obtendría unas buenas monedas a cambio de algunos holgazanes, y gracias a ello, seis hombres decidieron abandonar el lugar y unirse a su grupo. Al fin, pensó Shinara, podría empezar a llevar a cabo su plan.


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    Durante los últimos cuatro años, el bosque había sido el hogar de Shinara. De él obtenía comida, materiales y botines que luego podía vender en las aldeas colindantes. Tratando con sus gentes escuchó algunos rumores que despertaron su interés, algunos relacionados con una gran banda de bandidos, pero un nombre llamó su atención: Flemaoscura. Se trataba de un temido bandido que había arrasado algunas aldeas y que, después de llamar la atención de los Hersir de la zona, se había refugiado en algún lugar. Estaba claro, pensaba Shinara, que ese tal Flemaoscura era el líder de la banda que había arrasado Tuns Oeste. La joven se dedicó entonces a cazar a otras presas: salteadores, bandidos y ladrones. Se ocultaba en los bosques y los torturaba, intentando sonsacarles dónde se encontraba el temido Flemaoscura, pero jamás obtenía una respuesta concreta debido a que todos le indicaban un lugar distinto. Después de meses rastreando y buscando sin éxito, comprendió que debía ampliar el área de búsqueda, pero fuera de los bosques era vulnerable y necesitaría hombres.
        Ese día, mientras recorría las llanuras con su grupo de hombres, detectó a su primer objetivo en el horizonte: un grupo de tres individuos que trataba de alejarse. Después de una larga persecución, los tres individuos decidieron pararse y tratar con sus perseguidores.
        —¿Por qué nos perseguís? —dijo uno de los hombres claramente agotado.
        —Si sabéis donde se encuentra la guarida de Flemaoscura, hablad ahora, de lo contrario, acabaremos con vosotros —dijo Shinara.
        —¡Estás loca! —Eso enfureció a Shinara, que reaccionó impulsivamente y dio la orden de atacar.
        La escaramuza no duró demasiado, ya que los hombres, armados con rudimentarios garrotes, poco pudieron hacer contra los siete hombres que conformaban el grupo de Shinara. Tras algunas flechas y porrazos, aunque de manera un poco desorganizada, cayeron sin causar baja alguna. El líder del grupo, por el contrario, portaba un escudo y una armadura acolchada que lo hacía parecer temible, pero después de que algunas flechas lo alcanzaran, provocando que empezara a sangrar y cojear, los hombres perdieron el miedo y cargaron contra él. De alguna manera, el hombre sobrevivió y fue interrogado posteriormente, pero fue en vano.


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    La joven decidió que esa noche celebrarían la victoria en la ciudad de Tunsberg. No acostumbraba a visitar la ciudad ya que, al ser una cazadora furtiva, temía que pudiera ser reconocida por algún campesino de las aldeas colindantes, pero sentía que sus hombres lo merecían. Cuando llegó, vendió el escaso botín que había conseguido, pero para su sorpresa, el mayor botín lo obtuvo en la posada. Mientras bebía junto a sus hombres, un extraño le ofreció una buena suma de denares a cambio de su prisionero. Al principio se sorprendió, pero luego comprendió que era un esclavista. Es dinero fácil, le explicó él. Preparad la bolsa, contestó ella, os conseguiré muchos más hombres.




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    Al día siguiente Shinara y sus hombres partieron con la moral más alta que nunca, y durante el día acudieron a las aldeas colindantes para preguntar si habían visto bandidos en las cercanías. Efectivamente pudieron seguir el rastro de algunos grupos de bandidos que, uno a uno, fueron cayendo en sus garras para posteriormente ser vendidos en Tunsberg. Durante esos días aprendió algunas tácticas de batalla, entre ellas a emboscar y pillar por sorpresa a sus enemigos, y volvió a llenar su bolsa de relucientes monedas. Pero no todo iba a ser bueno.


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    Al tercer día de cacería, el grupo de Shinara cayó en una trampa tendida por un grupo de bandidos demasiado numeroso. A pesar de oponer una férrea resistencia, sus hombres fueron aniquilados y ella hecha prisionera, pero por suerte pudo escapar sigilosamente esa misma noche con parte del botín. Durante el resto de la noche huyó hacia Tansberg sin contratiempos, y de camino, empleó su dinero para reclutar nuevos hombres en las aldeas que encontraba a su paso. Por suerte, los ancianos aceptaban gustosos las monedas, y al final del día el grupo de Shinara era de diez hombres. Pero lo más importante es que había aprendido una lección: en esa cacería la presa también sabía cazar.

       

    En los siguientes días abatió a otros muchos bandidos, y en una de las escaramuzas obtuvo un botín verdaderamente especial: un Yelmo de hierro que no dudó en ponerse adquiriendo así un aspecto más temible. Ese mismo día, la joven y sus hombres tuvieron un contratiempo: advirtieron que un grupo considerable de bandidos se dirigía hacia ellos. Esta vez no pensaba hacerles frente y dio la orden de retirarse, pero para su sorpresa, los bandidos fueron interceptados por un grupo de jóvenes guerreros que aparecieron de la nada. Shinara no se lo pensó y ordenó a sus hombres acudir en su ayuda.
        Durante la escaramuza, la joven vio por primera vez un muro de escudos, quedando fascinada.  Los jóvenes guerreros y su grupo hicieron frente a los bandidos de manera implacable mientras la joven y sus hombres cargaban contra los pocos infelices que intentaron huir. Al final del combate, el joven líder le ofreció a Shinara repartirse el botín, y le entregó una buena suma de dinero por los prisioneros, cosa que ella aceptó de buen grado. Shinara comprendió, durante la noche, que no todos habitantes de esas tierras eran criminales y que existían otros guerreros como ella. Algún día formaré parte de un muro de escudos, le dijo al joven líder, antes de despedirse.


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    Después de unos días, Shinara acudió a Tunsberg para descansar con un gran botín y algunos prisioneros. En total había logrado acumular más de mil seiscientos denares, y mientras se regocijaba, un hombre se le acercó en la posada.
        —Perdonadme, señora, mi nombre es Bodo y os he visto en más de una ocasión hablando con el esclavista.
        —Así es. ¿Qué queréis Bodo?
        —Parecéis una líder fuerte, y me gustaría unirme a vos, pero antes quiero que escuchéis mi historia.
        —No hay mejor lugar que éste para ello, así que adelante, Bodo, contadme vuestra historia. —Bodo le relató a Shinara cómo su barco, que viajaba de Astur a Englaland, naufragó después de ser abordado por Vikingos. Por suerte y gracias a los antiguos dioses, él sobrevivió y desde entonces había buscado alguien a quien seguir, pues estaba solo en esas tierras y ya no le quedaba nada.
        —Habéis hablado de una tierra llamada Astur. ¿Dónde se encuentra?
        —Al sur, mi señora, al otro lado del mar, en una gran tierra llamada Hispania.
        —Jamás he oído historias sobre ella.
        —¡Oh! Existen muchas otras tierras además de Northvegr, mi señora, y puedo aseguraros que son mucho más ricas que ésta. Aquí solo encontraréis frío, cosechas pobres y bandidos, sin embargo en Englaland o Eriu, las tierras son fértiles, abundan sus gentes y las grandes ciudades.
        —Quizá debería ir allí.
        —Si queréis enriqueceros y haceros un nombre, como bien seguro sucederá, debéis cruzar el mar y desembarcar en Englaland, pero debo advertiros que un pasaje puede ser costoso.
        —¿Y qué me recomendáis, Bodo?
        —Cazar bandidos es una noble tarea, pero quizá si habláis con los Hersir o el Alcalde de la ciudad, puedan ofreceros trabajos mejor pagados. —Shinara lo pensó unos instantes, pues estaba claro que el tal Bodo sabía de lo que hablaba, y en el fondo le agradaba.
        —Muy bien, Bodo, hablaré con el Alcalde y quizá busque a los Hersir. Vos vendréis conmigo, si lo deseáis.
        —¡Oh, por supuesto! —dijo él, entusiasmado.
        —Pero debéis saber, Bodo, que no pienso abandonar esta tierra hasta que haya resuelto un tema pendiente.
        —Claro, lo entiendo, mi señora. —La joven y su nuevo compañero, junto a los hombres, bebieron durante el resto de la noche y acordaron partir al día siguiente.




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      Fecha y hora actual: Dom Sep 22, 2019 11:35 pm