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    Aqueo, el que vino desde el otro lado del mar.

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    Aqueo, el que vino desde el otro lado del mar. Empty Aqueo, el que vino desde el otro lado del mar.

    Mensaje por dermat Miér Mar 29, 2023 12:21 am

    PROLOGO

    El que vino desde el otro lado del mar.

    La pequeña galera se escurrió en completo silencio, saliendo del puerto y encarando el mar abierto. Con la oscuridad de la noche la pequeña embarcación salió sin ser vista por los vigías, cargada con medio centenar de almas, en busca de escapar de la tiranía de su hogar y llegar al otro lado del mar, a la libertad. Donde los antiguos cuentos y leyendas dicen que esta Calradia, el continente legendario.

    Con la esperanza como bandera, la embarcación surco el mar, siempre al oeste, siguiendo las estrellas. Los días pasaron, dando paso a semanas y estas dieron pasos a meses. La comida y el agua se terminaron.

    Los niños y ancianos murieron primero, sin poder comer ni beber. Los adultos cayeron después, uno tras otro. Al final solo los más fuertes y resistentes aguantaban. Sin embargo, el destino tuvo una última prueba para ellos: una furiosa tormenta.

    Intentaron capear la tormenta, pero sin fuerzas, la embarcación finalmente volcó. Solo uno se salvó de morir ahogado. La marea le dejó en una playa cercana, allí, seguro de su muerte, perdió la conciencia.

    El hombre despertó varios días después. Estaba tumbado en una cama, sintió un ligero dolor en el costado, que tenía vendado. La habitación en la que estaba era austera. No recordaba nada desde que el viento y el fuerte oleaje le habían empujado fuera de la borda y se preparó para morir. Sin embargo, estaba a salvo. Un gran número de preguntas le asaltaron: ¿Donde estaba?¿Quién le había salvado?

    Sus pensamientos se interrumpieron cuando la puerta se abrió y una niña entró, la tez de la niña era oscura. La jovencita abrió los ojos como platos y dejó caer el pequeño cazo que llevaba en las manos.

    —¡Abuelo! —Gritó la niña—¡Abuelo!¡Ha despertado!

    La niña salió de la habitación corriendo, mientras seguía llamando a su abuelo a gritos. El hombre se incorporó en la cama y sintió como la cabeza le iba a explotar. Soltó un bufido y se dejó caer. Le sorprendía haber entendido a la niña.

    —Tranquilo, muchacho, tranquilo.

    El hombre miró a la persona que había entrado en la habitación. Un anciano, de tez oscura como la niña y ropas simples y desgastadas.

    —Es una suerte que estés vivo. Pensaba que no lo ibas a conseguir, pero eres fuerte. Resistente.

    —¿Tú me has salvado? —Preguntó el hombre.

     —Si y no. Me he encargado de vendar tus heridas y darte un lugar donde dormir. Te he administrado medicinas y he rezado para que te recuperases. Pero fue otro vecino el que te encontró en la playa y te trajo hasta mí. Soy Hur, por cierto, el jefe de la aldea.

    —Muchas gracias, Hur. Yo me llamo Aqueo.
    —¿Como acabaste en la playa? Hay que estar muy loco o muy desesperado para hacerse a la mar con esa tormenta.

    —La tormenta nos sorprendió después de una larga travesía. Pensaba que no iba a contarlo, con tormenta o sin ella.

    —¿De donde vienes?¿Del las nevadas tierras de Sturgia?¿De los bosques de Battania?

    —No, no. Vengo desde el otro del mar. Esos nombres no me suenan de nada. Vengo del Imperio de Nelkazar. No se si has oído hablar de él.

    El anciano negó con la cabeza.

    —El único imperio que conozco es el de Calradia, aunque ahora esta dividido en tres partes y están en guerra entre ellas. Y no, no estamos allí. Estamos más al sur, en el Sultanato Aserai. Y esta es la aldea de Tubilis, esta aldea y sus alrededores responden ante el Sultan Unquid y su clan.

    —¿Sultán? —Inquirió Aqueo.

    —Como Rey o Emperador.

    Aqueo asintió y después hizo una mueca de dolor. El costado le dolía horrores.

    —Tomate esto y descansa, todavía no estas recuperado del todo y es posible que te vuelva la fiebre que has tenido.

    Hur le tendió un pequeño cazo y el herido bebió el contenido, que sabía amargo, pero era reconfortante. Aqueo cerró los ojos y al poco se durmió.

    Unos gritos le despertaron de su sueño. Los inconfundibles sonidos de una batalla llegaron hasta él. Aqueo se levantó y, tambaleando llegó hasta la puerta, que abrió con cuidado. Ante el había un pequeño pasillo que daba a una pequeña salita donde había una mesa y unos cojines. Allí estaba la pequeña niña, que gritaba asustada y un hombre que la sujetaba por el cuello.

    Aqueo se acercó lentamente y cogió un cuchillo que había en el suelo. Antes de que el hombre se diese cuenta, Aqueo se abalanzó sobre el, clavando el cuchillo en el cuello mientras con la otra mano le tapaba la boca. El hombre murió en segundos. La niña le miró horrorizada y pálida.

    Aqueo hizo el gesto de silencio con un dedo y se asomó por la ventana. Fuera había una batalla: un grupo de personas, probablemente bandidos, estaban atacando la aldea. Los pocos campesinos que había intentaban plantar cara, pero estaban siendo derrotados y asesinados uno a uno.

    Aqueo registró rápidamente  la casa y cogió un arpon y una red de pesca que había en un cuarto y deslizandose con cuidado, salió de la casa sin ser visto, seguido por la niña. Doblaron la esquina y se encontraron de frente a otro bandido, pero Aqueo, con más reflejos, le clavó el arpón en la garganta.

    Siguieron avanzando y entraron en otra casa. Allí dentro Aqueo se encontró una imagen despreciable: un bandido estaba encima de una mujer que lloraba, forzándola. Aqueo atacó al bandido y ayudó a la mujer a incorporarse. Entre lagrimas le dió las gracias.

    —Cuida de la niña —Dijo Aqueo—Voy a ver si puedo salvar a alguien más. Escondete en…
    No pudo terminar. La puerta se abrió y un bandido, probablemente en busca del que Aqueo acababa de matar, entró en la casa. Al ver a su compañero muerto lanzó un grito y se lanzó contra Aqueo blandiendo un pequeño machete de caza.

    Aqueo saltó hacia atrás esquivando el primer golpe y lanzo la red sobre el bandido, quien no acertó a apartarse y se encontró rodeado por la red. Antes de poder desembarazarse de ella, Aqueo le clavo el arpón en el estomago.

    Aqueo se acercó a la ventana y vió como los bandidos se marchaban. Para su desgracia vió como se llevaban varios prisioneros, entre ellos a Hur. Aqueo, la niña y la mujer salieron de la casa y fueron a la plaza. Donde se habían congregado ya los pocos supervivientes que quedaban.

    —Quieren un rescate —Dijo uno de los supervivientes—Si no tienen 3000 denares antes de una semana los mataran.

    —¿Tenéis el dinero? —Preguntó Aqueo.

    Los habitantes del pueblo negaron con la cabeza, apesadumbrados.

    —¿Y pedírselo al Sultan?

    —Imposible. Cuando no necesita el dinero para sus guerras se lo gasta en sus banquetes. No dará ni un solo denar para salvar a unos campesinos como nosotros.

    —Entonces tendremos que hacer algo nosotros. Hur me salvó la vida, debo pagar la deuda.

    —¿Que pretendes que hagamos?¿Que les ataquemos? Ya has visto lo que ha pasado, nos han pasado por encima.

    —Si les atacamos de noche, cuando estén con la guardia baja, podremos encargarnos de ellos. Pero os necesito, no puedo hacerlo solo.

    La gente dudaba, eran pocos, cansados y con la moral por los suelos.

    —Si no hacéis algo seguirán volviendo. Que aprendan que en Tubilis no tienen nada que ganar y todo que perder.

    Aqueo siguió arengando a los vecinos hasta que cuatro de ellos aceptaron seguirle. “Mejor morir luchando que esperar como si fuesemos cerdos en el matadero” dijeron.

    Desempolvaron viejas lanzas y endebles escudos y, con Aqueo a la cabeza, salieron de la aldea. Aqueo, que había sido cazador en su tierra natal, no tardó en encontrar el rastro de los bandidos. En las dunas del desierto era fácil distinguir los pasos.

    Siguieron el rastro con paciencia durante unas horas, les llevó al pie de las montañas. Donde las dunas dieron paso a las faldas pedregosas de las montañas pero Aqueo no perdió el rastro y, cuando caía la noche, encontraron el refugio de los bandidos: unas cuevas en las montañas.

    —Descansad —Dijo Aqueo—Reponed fuerzas y mentalizaros. Sera una noche larga.

    Descansaron durante una hora. Aqueo aprovechó para adelantarse y otear el escondrijo bandido. Dicho escondrijo eran tres cuevas, probablemente con varias ramificaciones, entre las distintas entradas había una pequeña explanada con varias cajas, esteras y una hoguera, dos bandidos montaban guardia al lado de la hoguera. Aqueo volvió con sus nuevos compañeros.

    —Hay dos guardias fuera. El resto estarán dentro de las cuevas, donde estarán también los prisioneros y el botín que esos indeseables han reunido con sus fechorías. Lo primero es deshacernos de esos guardias, aprovechando la oscuridad podremos acercarnos bastante, luego con cuidado tomamos su espalda y les matamos en silencio y con rapidez. Después, todos juntos, despejamos las cuevas una por una. Con suerte les pillamos durmiendo o borrachos y será rápido.

    Los cinco se pusieron en marcha, arrastrándose con cuidado avanzaron por la explanada hasta la primera fila de cajas. Las voces de los guardias les llegaban, estaban relajados y un poco borrachos.

    Aqueo avanzó el primero, seguido por el más joven de sus acompañantes. Con cuidado rodearon la hoguera y se pusieron detrás de los guardias, que seguían sentados mirando la hoguera. Aqueo miró a su compañero y le tendió el cuchillo y se señalo el cuello y luego señalo al guardia de la izquierda, el joven asintió y ambos avanzaron lentamente, de cuclillas.

    Cuando estaban solo a un metro Aqueo se levantó y de una zancada termino de cubrir el terreno y cortó el cuello a uno de los guardias, a su izquierda, el joven había hecho lo propio con el otro. El resto de acompañantes se acercaron.

    —Ocultad los cadáveres en las cajas.

    Unos minutos más tarde los cinco entraron en la primera cueva, cuatro bandidos dormían a pierna suelta. No tuvieron piedad: no llegaron ni a despertarse. En la segunda cueva habia cinco  bandidos, tres dormían y dos estaban tan borrachos que no los vieron venir. Todos murieron rápidamente. En la tercera había otros tres bandidos, que rápidamente mataron. Allí además encontraron a los prisioneros. Tanto de Tubilis como de otras aldeas. Entre ellos encontró a Hur, quien estaba herido, pero entero.

    —¿Que hacéis aquí? —Preguntó el anciano con gran emoción.

    —Salvaros —Respondió Aqueo—Tengo una deuda que salvar.

    Cortaron las sogas que maniataban a los prisioneros y salieron de la cueva. Allí se dieron de bruces con un grupo de bandidos que volvían de fuera. Estaban cansados y tardaron en reaccionar. El tiempo justo para que Aqueo atacase al primero, que resulto ser su lider y lo matase.

    Hur y los demás atacaron al resto de bandidos, que sorprendidos y con la muerte súbita de su líder, no pudieron oponer resistencia. En apenas diez minutos, quince bandidos estaban muertos, seis heridos y otros tres huyeron despavoridos.

    Aqueo y los demás saquearon el escondite de los bandidos: doce mil denares, armas, joyas, trigo… lo repartieron entre todos y cada cual se fue a su aldea. Como lider del ataque, a Aqueo le otorgaron el mayor botin: dos mil denares, unas botas de cuero y una bonita espada ornamentada. Asi como trigo y fruta.

    Hur se acercó al lider de los bandidos.

    —Reconozco a este hombre —Dijo con desprecio—Es Tazur, fue capitán de la guardia en la capital, Quyaz. Antes de ser acusado de corrupción y despedido. Hay una recompensa por su cabeza.
    Dicho esto cogió un hacha y de un golpe limpio, le decapitó. La metió en una pequeña bolsa y se la dió a Aqueo.

    —Llevadla a la capital, os recompensarán e incluso puede que el actual capitan os de un trabajo a la altura de vuestras habilidades.

    Volvieron a Tubilis donde fueron recibidos como héroes. Aqueo descansó ese día en casa de Hur y a la mañana siguiente fue hasta la capital.

    El camino fue bastante aburrido: desierto por todos lados, algún oasis y algunos campesinos que volvían a sus pueblos después de vender sus productos. Tuvo que pernoctar en un oasis y a la mañana siguiente volvió a ponerse en marcha. Llego a Quyaz al mediodia.

    Las grandes puertas estaban vigiladas por varios guardias. Aqueo se acercó a uno de ellos.

    —¿Donde puedo cobrar la recompensa por dar caza a un bandido buscado?

    —En el cuartel. Hable con Thul.

    Aqueo dio las gracias al soldado y entró en la ciudad. Era una ciudad inmensa y preciosa, digna de ser la capital de un reino. Aqueo pensó que no tenía nada que envidiar a su hogar, Nekarim, capital de Nelkazar.

    No tardo en encontrar el inmensio edificio fortificado que hacia de fortaleza-cuartel. Tras presentarse a los guardias y enseñar la cabeza de Tazur, le dejaron pasar y le llevaron ante Thul.

    —Me han dicho que has terminado con la vida de mi malogrado predecesor —Dijo Thul. Un hombre fornido con espesa barba— Me alegro, nos has quitado un dolor de cabeza. Toma la recompensa.

    Thul dejó en la mesa una bolsa con quinientos denares.

    —Muchas gracias, capitán —Dijo Aqueo cogiendo el dinero—Hur, jefe de la aldea de Tubilis, me ha dicho que podría conseguir trabajo de usted.

    Thul se recostó en la silla y se acarició la barba.

    —Como comprenderás no puedo ofrecer trabajo al primer forastero que llegua a la ciudad con la cabeza de un bandido. Podrías haber tenido suerte e incluso encontrarlo muerto por cualquier razón en el desierto. Tendrás que probar tu valía sin que haya lugar a dudas.

    El hombre se levantó y se acercó a una pizarra donde había clavados varios carteles de búsqueda, cogió tres de ellos y se los dió a Aqueo.

    —Tayla, la contrabandista. Una joven pero talentosa y prolífica contrabandista de alcohol. Asafu, el pirómano, un delincuente con predilección por el fuego. Y, por último pero no menos importante, Asul, el lider de una banda de matones callejeros que es un autentico dolor de cabeza para la guardia de la ciudad. Encargate de ellos y podremos hablar de un trabajo a largo plazo.

    —¿Los quieres vivos o muertos?

    —Asafu y Asul me dan igual. Pero a Tayla la quiero viva, quiero saber cuales son sus contactos y de donde saca el alcohol.

    —Entendido.

    Aqueo salió del cuartel y el aire le dió en la cara.

    Su nueva vida había comenzado.


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    Aqueo, el que vino desde el otro lado del mar. Empty Re: Aqueo, el que vino desde el otro lado del mar.

    Mensaje por dermat Sáb Abr 01, 2023 12:06 am

    Problemas con el alcohol.

    Aqueo dejó el cuartel a sus espaldas y echó a andar pensando cual sería su primer movimiento. El sol desaparecía en el horizonte, así que su próximo destino era una taberna. Salió del barrio noble, donde estaba el cuartel, y se dirigió a los arrabales, donde estaban los menos favorecidos y por tanto, las tabernas más baratas. En ese momento, alguien le llamó a gritos. Aqueo se giró y vió al joven que le ayudó con más iniciativa en el ataque a los bandidos para rescatar a Hur. El joven se acercó a la carrera.

    Aqueo se fijó por primera vez en el joven: era bajito, pues a duras penas llegaba al metro sesenta, algo escuálido pero con mirada decidida y ojos astutos.

    —¿Que haces aquí? —Inquirió Aqueo—¿La aldea está bien?

    El joven asintió.

    —Sí, sí. Todo está bien. Quería saber si podía ir contigo, pero te fuiste antes de poderte preguntar.

    —¿Conmigo?¿Por qué?

    —La aldea se me queda corta. Necesito vivir aventuras, vivir mundo. Pero no llegaría muy lejos por mi cuenta, pero tu tienes experiencia y eres resuelto. Quizá podamos ayudarnos mutuamente.

    —¿Estás seguro? —Preguntó Aqueo—No voy a vivir cómodamente, al menos no al principio y mi camino será peligroso.

    El joven asintió resueltamente.

    —Pues vamos, sigueme. Busquemos un lugar donde pasar la noche y te pondré al día. ¿Como te llamas? No llegamos a presentarnos adecuadamente.

    —Amid.

    —Pues Amid, en marcha.

    Los dos hombres se internaron en los arrabales y alquilaron una habitación doble. Barata, pero cochambrosa y relativamente sucia. Pero al menos tenía cuatro paredes, una puerta y un techo. Aqueo pusó a Amid al corriente de la situación.

    —¿Que haremos ahora?¿Se te ha ocurrido algo?

    Aqueo se mesó la barba.

    —Tenemos que encargarnos primeros de Tayla. Somos forasteros y eso es un punto a nuestro favor. Si matamos o apresamos a los otros dos, nuestros nombres llegaran a los oidos y de Tayla y no se acercará a menos de 10 kilometros de donde estemos. Pero tampoco podemos preguntar por ella directamente. Por ahora nos quedaremos aquí, unos días al menos.

    Los siguientes días transcurrieron con normalidad, Aqueo rápidamente se hizo conocido por los clientes habituales de la taberna y por el tabernero y su familia. E incluso invito a un par de rondas. Al cuarto día, cuando la noche estaba ya bien avanzada y la taberna medio vacía se acercó al tabernero y le habló en susurros:

    —Oye… —Dijo Aqueo disimuladamente—Me he fijado en que no ofreces nada de alcohol.

    El tabernero asintió.

    —Sí. Nuestra religión nos prohíbe tomar alcohol.

    —¿Y no hay manera de conseguir alcohol? Soy extranjero, como habras notado —Dijo Aqueo con una sonrisa mientras abría los brazos y giraba sobre si mismo—Y me muero por una gota de alcohol, pagaría bien.

    El tabernero le miró fijamente, estudiándolo. Finalmente, asintió.

    —Sí, mañana te podré conseguir algo de alcohol. Pero espero que seas sincero con eso de que pagaras bien, no es barato.

    Aqueo asintió y le dió las gracias. Apuró lo que quedaba de bebida y subió a su habitación.

    La noche siguiente, cuando la taberna estaba casi vacía, se abrió la puerta y entraron tres hombres. De aspecto tosco y sospechoso. El tabernero les hizo un gesto y los tres se acercaron. Intercambiaron unas palabras y el tabernero llamó a Aqueo.

    —Este es el extranjero de quien os hable. Esta dispuesto a pagar bien por una botella, quizá más.

    Los tres hombres le miraron y después miraron al resto de los clientes.

    —500 denares la botella, ni uno mas ni uno menos. ¿Tienes el dinero?

    Aqueo asintió y señaló una pequeña bolsa de cuero atada a su cinturon.

    —Aquí hay para dos botellas.

    Aqueo les lanzó la bolsa y uno de los hombres contó el dinero y asintió. El tercero sacó sendas botellas de vino y se las dio disimuladamente a Aqueo, quien las escondió en sus ropajes.

    —Si en el futuro quieres más, será un placer hacer negocios contigo.

    Dicho y esto los tres hombres dieron media vuelta y se fueron. Aqueo volvió a su habitación y se sirvió una copa de vino, que saboreo (si era posible saborear tal mierda que había comprado) mientras esperaba a Amid.

    Un rato después el joven entró en la habitación.

    —¿Y bien? —Preguntó Aqueo.
    —Les he seguido hasta un pequeño almacen en los suburbios al otro lado de la ciudad. Tienen guardias, aunque no son soldados y vigilan disimuladamente.

    —Pues toca hacerles una visita. Pero primero ve a las caballerizas y lleva esta carta, dila que la entreguen a Hur.

    Amid asintió, entregó la carta y volvió. Guió a Aqueo hasta el mencionado almacen. En seguida descubrió a media docena de vigilantes, que estaban en grupos de dos. Se encargaron de ellos con la premisa de “no matar a nadie” y entraron en el almacen.

    El almacén era en realidad una fábrica de destilación y preparación de alcohol. Varias docenas de personas trabajaban en el mas completo de los silencios. Aqueo se subió a una tarima y golpeo una mesa varias veces. Todos le miraron, perplejos, y en seguida salieron a su encuentro varios guardias. Entre ellos estaban los de la taberna, y le reconocieron al instante.

    —¿Tú? —Dijo uno de ellos—Una sucia rata chivata.

    —Sucio, puede —Dijo Aqueo con una sonrisa—Pero rata y chivata, no. Pues he venido con mi compañero, no con la guardia de la ciudad.

    —¿Y que es lo que quieres? Habla y se claro, tú vida depende de ello.

    —Negociar. Vengo en nombre de Hur, el jefe de Tubilis. Quiero negociar con el jefe de esta banda de contrabandistas.

    —Lo tienes delante.

    —Mentira. Un jefe lo suficientemente astuto e inteligente como para levantar todo esto —Dijo Aqueo señalando la fábrica—No vendería en persona su producto a un desconocido.

    El hombre sonrío.

    —Es cierto. No soy el jefe, pero hablo en su nombre. ¿Qué negocios queréis hacer?

    —La aldea de Tubilis esta pasando por una muy mala racha. Están desesperados por conseguir dinero para poder comprar semillas, grano y pagar los impuestos del sultán. Quedan pocos en la aldea y hay muchas casas libres. Suficientes para poder montar a gran escala todo lo necesario para crear alcohol. Si nos dáis la materia prima, podremos destilar alcohol. A cambio solo pedimos un pequeño porcentaje de los beneficios.

    Los hombres se miraron. Era una oferta muy buena, deberían al menos planteársela a su jefa.

    —Entregaré vuestra oferta a nuestro jefe. Hasta entonces, os quedaréis aquí y, si habéis mentido, morireis.

    Los hombres llevaron a Aqueo y Amid a una habitación en el almacén y les dejaron encerrados. Amid se acercó a Aqueo y susurro a su oido atemorizado:

    —¿Qué vamos ha hacer ahora? Si van a la aldea a husmear y preguntar descubrirán que es todo una falsa.

    —La carta que mandaste —Dijo Aqueo con una sonrisa—He puesto a Hur sobreaviso y le pedí también que informase a Thul de mis planes. Recemos porque Hur cumpla bien su papel.
    Dos días más tarde la puerta se abrió y uno de los de la taberna entró.

    —Nuestro jefe acepta el trato. Bajo estas condiciones: destilar ciento cincuenta botellas de alcohol al mes. Cada botella se vende por 500 denares, la aldea recibirá 50 denares por botella. O lo que es lo mismo siete mil quinientos denares al mes. Nosotros nos encargaremos de escoltar los cargamentos de suministros y de botellas. Así como proporcionar todo lo necesario para que podáis destilar tranquilos.

    —Aceptamos el trato.

    Tras esto fueron puestos en libertad. Fueron a las caballerizas y cabalgaron a toda velocidad hacia Tubilis. Llegaron en plena noche y fueron directos a casa de Hur.

    —¿Contrabando de alcohol? —Preguntó Hur entre divertido y enfadado—¿No se te ocurrió otra forma?

    Los siguientes días Hur y Aqueo pusieron a los aldeanos en situación y todos se pusieron manos a la obra. En poco tiempo la aldea estaba lista para recibir el primer cargamento y ponerse a trabajar. Durante ese mes la aldea destilo las ciento cincuenta botellas y Aqueo informaba tanto a su intermediario criminal como a Thul.

    Transcurrió otro mes sin contratiempos y Aqueo decidió poner en marcha su plan. Escribió a Thul instándole a atacar con sus soldados disfrazados de bandidos la aldea.

    Tres días mas tarde medio centenar de soldados, vestidos de bandidos, asaltaron la aldea. Hubo una corta, pero sangrienta batalla. Los guardias de los contrabandistas intentaron defender la aldea como pudieron, pero la mayoría murieron sin poder hacer nada. Los pocos que sobrevivieron huyeron de vuelta a Quyaz. Thul en persona se acercó a Aqueo.

    —Veo que tenías razón —Dijo el capitán señalando las cajas de botellas que había reunido en la plaza del pueblo— Hemos dado un duro golpe a la banda de Tayla, pero no es mortal. Se recuperará.

    —Ahora mismo Tayla estará aturdida. Pensara: ¿quién se atreve a atacarme? De lo poco que se es que todo el mundo en los bajos fondos saben que el alcohol es de la banda de Tayla, asi que atacarles es una declaración de guerra. Tayla no podrá dejarlo pasar, vendrá con sus mejores hombres, os buscará y contraatacará. Id a las cuevas donde os dije que maté a tu predecesor. Allí le haremos una emboscada a Tayla.

    Thul asintió. Los supuestos bandidos se llevaron las botellas listas a las cuevas de las montañas y unos cuantos fueron al galope a la ciudad.

    Como era de esperar, al dia siguiente llegó un fuerte contingente de contrabandistas. Un fornido contrabandista, con varias cicatrices y tuerto, se presentó a Aqueo como el jefe de los contrabandistas. Pero Aqueo sabía que la verdadera lider era una mujer, y había varias entre los contrabandistas. Los contrabandistas enviaron varios exploradores y encontraron rápidamente el rastro de los “bandidos”.

    Durante el día Aqueo observó disimuladamente a todas las mujeres contrabandistas y finalmente reconoció a la líder, la que debía ser la famosa Tayla. Era una mujer bastante joven, con cabellos rojos como el fuego, mirada inteligente y rasgos delicados aunque duros. Era una belleza peligrosa.

    El contingente contrabandista se puso en marcha al anochecer. Aqueo y Amid se unieron al mismo y Aqueo no se alejó mucho de quien pensaba que era Tayla, así avanzaron hacia las montañas. El paso que llevaban era brutal, pero nadie se quejó.

    A media noche entraron en el desfiladero que daba a las cuevas donde unos meses antes los bandidos que secuestraron a Hur y otros campesinos se escondían. Ahora, eran el perfecto escondite de más de un centenar de guardias y milicianos.

    —¡En silencio! —Dijo el grandullon contrabandista.

    Los contrabandistas entraron en la explanada entre las cuevas y en ese momento la trampa se cerró. En los riscos y las cuevas se levantarón estandartes de la milicia y un centenar de hombres aparecieron listos para el combate.

    El grandullon miró de reojo a la pelirroja, quien se mantuvo firme.

    “Normal” pensó Aqueo “Sus hombres son asesinos curtidos, no les asusta la milicia de la ciudad”.

    —¡Preparaos! —Grito el grandullon—Hombro con hombro, escudo con escudo. ¡Arqueros detrás!

    Los contrabandistas formaron con gran rapidez. La pelirroja se unió a los arqueros y Aqueo y Amid se colocaron cerca de ella.

    La milicia cargó desde todas partes, los arqueros contrabandistas lanzaron una primera descarga que acertaron en varios milicianos que cayeron heridos, algunos muertos. Antes de que la milicia chocase con los contrabandistas, lanzaron una segunda descarga.

    Ahora el combate era cuerpo a cuerpo. Aqueo y Amid se quedaron en un relajado segundo plano, mientras los milicianos y contrabandistas lucharon. La pelea duro media hora y los contrabandistas rechazaron el primer envite miliciano, que se retiró a los riscos de nuevo. Pero no rompieron la formación para perseguirles, pues aun les superaban ampliamente el numero.

    Los milicianos lanzaron una descarga de proyectiles, Aqueo y Amid se refugiaron tras la linea de escudos, que recibió la descarga sin partirse. Tras unos minutos para recuperar el aliento, los milicianos cargaron de nuevo.

    Los contrabandistas respondieron con su propia descarga de arqueros y ambos bandos volvieron a chocar. Los heridos y muertos se contaban por decenas y finalmente los contrabandistas retrocedieron lentamente, enfilando el desfiladero. Pero sin romper la formación.

    Sin embargo, el desfiladero era angosto y favorecía a los contrabandistas, mas experimentados. Los milicianos siguieron presionando pero los contrabandistas dejaron de retroceder. El grandullón animaba a los suyos, estaba tranquilo, a este paso podrían vencer. La moral contrabandista subió varios enteros, mientras que la de los milicianos bajaba y su ataque empezaba a ser mas dubitativo.

    En ese momento, cuando la victoria parecía al alcance de la mano de los contrabandistas el atronador sonido de unos cascos llegó desde la retaguardia contrabandista: medio centenar de jinetes aparecieron por el otro extremo del desfiladero, con Thul a la cabeza.

    El estandarte era del Sultan, eran soldados profesionales y una verdadera amenaza. El grandullon intentó recolocar a sus hombres pero no fue lo suficientemente rápido y la pelirroja se vió obligada a tomar el mando, empezó a gritar ordenes. Consiguió formar una precaria linea de lanzas delante de la caballería, pero fue rápidamente arrollada y la caballeria cargaba hacia ellos. Tayla intentó liderar a sus hombres pero Aqueo colocó su espada en el cuello de la pelirroja.

    —Tayla, supongo.

    —¿Que cojones haces? A este paso nos apresaran a los dos.

    —Mi trabajo. Por la autoridad del Sultán, quedas bajo arresto.

    Tayla tardo un segundo en comprender y tiró la espada. Resignada. En ese momento Thul y sus hombres llegaron a su altura y mataron a los guardaespaldas de Tayla, que al ver la traicion intentaron atacar a Aqueo para salvar a su jefa.

    El resto del combate fue breve, no duro ni diez minutos, el resto de contrabandistas murieron o fueron tomados como prisioneros. Tayla, encadenada, esperaba su destino con la cabeza bien alta.

    —Buen trabajo, forastero —Dijo Thul—No tenía todas conmigo cuando te encargue que atrapases a los tres de mi tablón, pero es un inicio perfecto. Con esto damos un golpe mortal al contrabando de alcohol, pasará un tiempo antes de que otra banda tome el lugar de Tayla. Y con esto caeran tambien corruptos que permitieron todo esto. Prepararé vuestra recompensa cuando vuelva al cuartel.

    —Gracias, capitán. Cuando vuelva a la capital empezaré a pensar mi siguiente movimiento.

    Thul se despidió y volvió a la ciudad. Tayla estuvo encerrada en los cuarteles e interrogada en profundidad. En menos de una semana hubo una docena de detenidos, incluyendo altos cargos de la administración que habían mirado a otro lado.

    Aqueo y Amid volvieron a Tubilis, donde descansaron varios días. Hur les felicitó por el trabajo bien hecho y la última noche hubo un pequeño banquete en la aldea. A la mañana siguiente ambos hombres volvieron a Quyaz.

    Gracias a los beneficios del contrabando de alcohol y la recompensa por la captura de Tayla (incluyendo un pequeño extra dado por Thul) ambos hombres habían reunido una pequeña fortuna. Pudieron alquilar una habitación algo mejor y reparar o mejorar su equipo, según el caso. Cuando estuvieron listos, empezaron las investigaciones sobre los otros dos objetivos.

    Encontraron y detuvieron a Asafú cuando iba a quemar un edificio. No opuso resistencia. Sin embargo, la búsqueda de Asul fue mas larga. Tras la caída de Tayla se volvió un autentico paranoico y cambiaba de refugio cada pocos días.

    Finalmente Aqueo consiguió sobornar a varios matones que le vendieron y, ayudado por la milicia, asaltó el escondite de Asul. La pelea fue breve y Asul prefirió morir a rendirse. Pocas horas despues Aqueo y Amid se reunieron con Thul.

    El capitán estaba radiante y alegre cuando ambos hombres entraron en su despacho.

    —Habéis hecho un esplendido trabajo estos meses. La ciudad es más segura  que nunca. Y por ello yo me he llevado una felicitación del sultán por mi buen trabajo, huelo un ascenso, y todo gracias a vosotros.

    Aqueo y Amid le felicitaron.

    —Ahora, hablemos de negocios. Cuando llegasteis, buscabais un trabajo. Habéis demostrado ser dignos de confianza y muy habilidosos. Por tanto os ofrezco que entréis a mi servicio personal. El Sultan me ha nombrado Diwan al-barid, o lo que es lo mismo, uno de los jefes de inteligencia del sultanato. Dejare la milicia esta misma noche y necesito gente de confianza y con inventiva. El pago sera bueno y el riesgo alto. ¿Estáis interesados?

    Ambos hombres asintieron.

    —Perfecto. Preparad vuestras pertenencias, mañana partiremos a Razih, en la otra punta del sultanato. Os contaré más en el camino.

    Aqueo y Amid salieron del despacho y se apresuraron a la taberna donde habían pasado los últimos días. Habían hecho una pequeña fortuna y habían cambiado las ropas gastadas y viejas por ropajes caros y vistosos. También tenían nuevas armaduras y afiladas espadas y lanzas. Solo mantenían sus caballos, dos buenos animales, rápidos y en forma.

    A la mañana siguiente se reunieron con Thul a las afueras de la ciudad. Junto a él había una pequeña escolta de veinte soldados, todos de total confianza, que iban con el en su nueva aventura. Thul saludó a los recién llegados y se pusieron en marcha.

    Cuando se alejaron de la ciudad Thul llamó a Aqueo a su lado. Ambos hombres cabalgaron hombro con hombro.

    —A partir de ahora quiero que seas mi mano derecha —Dijo Thul poniendo su mano en el hombro de Aqueo—Has demostrado ser hábil e inteligente y eso siempre es necesario. Tenemos un futuro brillante que, por supuesto, incluye a tu amigo. Este nuevo cargo es el primer paso en el camino a un futuro título nobiliario, el cual se podría extender a ti. ¿Has pensado alguna vez en dirigir y administrar tu propio castillo?

    Aqueo estaba sorprendido.

    —No, señor, no.

    —Pues empieza a pensarlo —Dijo con una sonrisa—Si este trabajo sale bien iremos directos a ello. Probablemente me den el gobierno de Razih y entonces estaré ocupado manteniendo a raya a los imperiales y necesito a alguien de confianza que me cubra al espalda. Por tanto, te nombrare gobernador del Castillo de Sahel, con todo lo que implica. Serás noble por derecho propio, perteneciente a mi casa y podrás aupar a tu amigo, Amid, al cargo de caballero.

    —¿Pero solo si sale bien esta misión, no? —Thul asintió—¿Que misión?

    Thul mantuvo la vista fija en el horizonte unos segundos antes de contestar.

    —Acabar con un culto al demonio.


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    Mensaje por Mikeboix Sáb Abr 01, 2023 8:22 pm

    Es una alegría volver a verte por el foro haciendo lo tuyo Dermat, un saludote Very Happy


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    Mensaje por dermat Lun Abr 03, 2023 5:04 pm

    Travesía por el desierto.

    La comitiva avanzó por el desierto. Llevaban un paso vivo y en un solo día llegaron hasta el Castillo de Uqba, dejando detras aldeas como Tasheba o Bunqaz. El Castillo estaba gobernado por Awdhan, de la familia Banu Sarmal. Un joven apuesto en alza dentro del clan y, por ende, dentro del estado.

    Allí hicieron noche y disfrutaron de una cena copiosa y un desayuno frugal. Cuando estuvieron bien saciados, el grupo se puso otra vez en marcha. En el segundo día rodearon la ciudad de Sanala y siguieron camino hasta la aldea de Medeni, donde Thul ordenó montar el campamento al anochecer.

    —¿No pernoctamos en la aldea? —Pregunto Aqueo, esperanzado por conseguir al menos un mullido colchon donde dormir. Pero Thul negó con la cabeza.

    —No, no. Hay que saber disfrutar de las noches al raso. Montemos las tiendas y preparémonos para pasar la noche.

    El campamento estuvo montado en poco tiempo y las guardias sorteadas entre los acompañantes. Cenaron parte de las provisiones que llevaban.

    —¿Porque es tan importante acabar con un culto demoníaco? —Preguntó Aqueo.

    Thul dió un sorbo a su bebida antes de contestar.

    —Por el momento y el significado implícito. El Sultán es el líder de los creyentes, cabeza de la religión del estado. Cualquier culto no autorizado es una manera de socavar su autoridad. De acabar con la unidad del sultanato. Por otro lado —Volvió a sorber— El Sultán esta preparando una expedición contra el Imperio, no daré muchos detalles sobre la misma pero... ¿un culto que atenta contra la autoridad del Sultan justo antes del comienzo de una expedición militar importante?

    —No lo entiendo —Dijo Amid, que estaba escuchando la conversación—En la Capital hay templos para los dioses imperiales. ¿Que diferencia hay?

    —Un tratado —Contesto Thul con desprecio—El Sultan respeta la libertad religiosa de los ciudadanos imperiales en sus ciudades y territorios conquistados a cambio de un tributo. Personalmente creo que deberían acabar con esa maldita triquiñuela, nos traerá problemas.

    Aqueo apunto para sus adentros que Thul era intransigente con sus creencias.

    —Por tanto —Continuó Thul—Explicadas las razones, debemos actuar con celeridad. Ahora, todos a descansar, mañana nos espera un día largo y ademas quiero practicar esgrima contigo, Aqueo, antes de ponernos de nuevo en marcha.

    La noche pasó sin sobresaltos. Y a la mañana siguiente formaron un improvisado cuadrilatero.

    —Reglas de la arena—Dijo Thul—Armas de madera. Elige.

    Aqueo miró la selección de armas que tenía a su alcance: espada corta, espada larga, hacha a una mano, hacha a dos manos, mazo, lanza y arco con sus flechas. Finalmente decidió empezar por donde se sentía más cómodo: la espada corta.

    Thul cogió otra espada corta y se colocaron en posición, a unos pocos pasos de distancia, enfrentados.

    Ambos contendientes se observaron mutuamente, midiéndose. Fue Thul el que avanzó primero lanzando dos estocadas rápidas pero poco precisas. Aqueo esquivó la primera y desvió la segunda con su propia espada, utilizando acto y seguido el impulso para lanzar una estocada hacia el pecho de Thul, quien simplemente dio un paso atrás y desvió el golpe con un rápido movimiento de su espada.

    Ambos hombres se separaron de nuevo aprovechando para coger aire y decidir como atacar ahora. Thul y Aqueo avanzaron la vez, pero Aqueo fue más rápido y sus estocadas llegaron antes, obligando a Thul a ponerse a la defensiva y retroceder.

    “Su guardia es fuerte y sus movimientos eficientes. No ha llegado hasta donde ha llegado por pura suerte” Pensó Aqueo.

    Thul intentó aumentar el espacio entre ambos, pero son lo consiguio así que contraatacó. Hizo una serie de estocadas muy rápidas y precisas, que hicieron que Aqueo tropezase al defenderse, aunque consiguió mantenerse en pie.

    Esta vez fue Aqueo quien intentó coger distancia pero el ataque de Thul fue rápido y brutal, tras unos pocos intercambios Aqueo fue desarmado y la espada de Tnul avanzó hacia el cuello del extranjero.

    Aqueo pivotó rápidamente sobre si mismo, esquivando el ataque y lanzando un golpe seco a la muñeca de Thul, quien soltó el arma. Acto y seguido Aqueo placó a Thul y ambos cayeron al suelo.

    —No ha estado mal —Dijo Thul con una sonrisa.

    Aqueo se apartó y se levantó, dio la mano a Thul, quien la aceptó agradecido.

    Tras el entrenamiento desayunaron y el grupo siguió en marcha. Pasaron la ciudad de Qasira y entraron en la aldea de Ezbet Nahul. Alli Thul reclutó a varios hombres y se reunión con el jefe de la aldea: Yaqus.

    En la reunión estaban a parte de Thul y Yaqus, Aqueo y Abel, otro de los hombres de mas confianza de Thul.

    —¿Con que necesitas ayuda? —Preguntó Thul.

    —Mi sobrino, Yusan, tuvo un altercado en una taberna con un joven de Hunab, al otro lado de las montañas. Ambos bebieron y se enzarzaron en una pelea, mi sobrino le dió un mal golpe al otro que murió al golpearse la cabeza con un bordillo en la caída. Mi familia, como dicta la ley, le ha ofrecido dinero a la familia del difunto como reparación, pero no lo han aceptado y buscan venganza. Mi sobrino ha tenido que huir y esconderse. Esperaba que vos o algunos de vuestros lugartenientes, hiciera cumplir la ley y que aceptasen el dinero.

    —Nos podemos encargar de ello.

    —Muchas gracias, oh buen señor, muchas gracias. Toma, toma el dinero.

    Yaqus le dió a Thul la bolsa con los denares. Thul y sus hombres salieron de la casa y Thul le susurro a Aqueo:
    —¿Crees que Amid puede encargarse de esto? —Preguntó Thul.

    —¿Solo?

    —Le daría media docena de mis hombres, pero sí, sin más ayuda.

    Aqueo pensó unos segundos.

    —Es un joven despierto e inteligente, podrá encargarse de esto sin problema.

    Thul asintió.

    —Pues toma la bolsa y dásela. Cuando este listo que venga a verme, pero que no se demore demasiado.

    Ambos hombres se alejaron y Aqueo busco a Amid, a quien le contó lo ocurrido.

    —¿Yo?¿Solo? —Preguntó el joven sorprendido.

    —Sí, estas listo. Me fuiste de mucha ayuda para rescatar a Hur y a ocuparnos de los malhechores en la capital, estas más que preparado.

    Amid asintió, se puso su armadura y fue a ver a Thul. Diez minutos después Amid y seis hombres de Thul salieron a caballo del campamento.

    En medio día en llegaron a la aldea en cuestión y poco tardaron en encontrar a la familia del muerto.

    —¿Por qué deberiamos aceptar ese dinero manchado de sangre? —Dijo un furibundo campesino que era padre del muerto— Ese dinero no me devolverá a mi hijo.

    —No, no se lo devolverá —Dijo Amid—Pero es la ley. La muerte de su hijo fue un desafortunado accidente, pero lo que usted esta planeando sino me confundo es un asesinato premeditado. Serán perseguidos por asesinos y colgados. Acepten el dinero.

    El hombre dudo. Amid presionó.

    —De no aceptarlo, no me quedará más remedio que aplicar la ley del sultán y matarlo ahora mismo. Y no me gustaría tener que hacerlo.

    Los ojos del hombre relampaguearon.

    —Si me atacáis os las tendréis que ver con toda la aldea. Sois siete, no saldréis vivos. Volved a la aldea y decidle a Yaqus que encontraremos a su sobrino y lo mataremos.

    Amid miró a sus hombres que miraban expectantes.

    —Estamos a las ordenes de Thul, Diwan Al-Barid del Sultan. Nuestra voz es su voz. Atacarnos es atacarle a él. Vuestras opciones son las siguientes: aceptar el dinero, morir solo o que toda la aldea sea arrasada. Decide ahora.

    Amid desenvainó y los hombres de Thul hicieron le imitaron.

    El campesino miró a Amid a los ojos, calibrando la veracidad de sus palabras. Después miró las armaduras de los soldados que lo acompañaban: todas de la mayor calidad.

    —Merece morir —Dijo el hombre—Pero que Dios decida cuando. Acepto el dinero.

    Amid le lanzó la bolsa a los pies y dió media vuelta, seguido por su escolta.

    —Ha ido por un pelo —Escuchó decir a uno de sus escoltas y Amid no pudo sino darle la razón.

    Esa noche el pequeño grupo volvió al campamento e informaron a Thul.

    —Un poco extremo —Dijo palmeando el hombro de Amid—Pero efectivo. Bien hecho, chico.

    —Gracias, señor.

    Tras esto, se fueron a dormir y a la mañana siguiente se pusieron en marcha. El grupo siguió la costa pasando mas aldeas, castillos y ciudades.

    Finalmente, a lo lejos, divisaron Razih.

    —Al fin —Dijo Thul—Mandad un mensajero, que anuncien nuestra llegada.

    —¿Anunciarla? —Preguntó Aqueo—¿Para nuestro cometido lo mejor sería pasar desapercibido, no?

    Thul negó con la cabeza.

    —Si y no. Es cierto que para investigar el culto debemos ser lo más precavidos e invisibles posible. Por eso, tu y tu protegido, iréis con el mensajero y os alojaréis por vuestra cuenta. Aunque espero que me informéis regularmente. Cuando hayáis dado con el culto nos reuniremos y decidiremos como proceder.

    —¿Que hara usted mientras tanto, si puedo preguntar? —Dijo Aqueo.

    —Tengo otra orden del sultán, a parte de investigar el culto, debo preparar todo para que Razih mande apoyo logístico a la futura campaña contra el Imperio que comentamos hace unos días y que los soldados que enviarán como refuerzo estén preparados para entrar en combate.

    El grupo avanzó unido poco más. Cuando el mensajero se adelantó Aqueo y Amid fueron con el, separándose del mismo a pocos cientos de metros de la ciudad. Una vez dentro buscaron una taberna confortable y no demasiado cara y montaron allí su centro neuralgico.

    —Bueno, empecemos —Dijo Aqueo— Es hora de cazar demonios.

    ------------------------------------------------------------------------------------------------------------

    Gracias Mike, es un placer estar de vuelta por estos lares, aunque realmente nunca me fui. Espero que os guste esta nueva historía que estará llena de guerra, sangre, intrigas y antiguas profecias.

    Un saludo a todos!


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    Aqueo, el que vino desde el otro lado del mar. Empty Re: Aqueo, el que vino desde el otro lado del mar.

    Mensaje por dermat Vie Abr 07, 2023 12:58 am

    Impaciente como un niño

    Mientras Aqueo y Amid comenzaban su busqueda del culto demoniaco, lejos de allí, en los fríos bosques de Battania, dos personas estaban en plena cacería.

    Eoghan, el más joven, iba con el arco tensado a medias y una flecha preparada. Encorvado, subía lentamente una colina. Unos pasos detrás una mujer, al menos veinte años más vieja, le seguía en silencio.
    Eoghan llegó a la parte más alta de la cocina y divisó a un ciervo a unos quince metros. El joven se irguió rápidamente y preparó el disparo a una velocidad vertiginosa, apunto, disparó y… fallo por dos metros. Detrás de él la mujer lanzó un bufido.

    —Mal. Muy mal —Susurró la mujer—Te has precipitado, como siempre, sigues siendo un niño impaciente.

    —Esto no es lo mio —Dijo Eoghan sentándose en el suelo—Nunca pasaré el ritual.

    La mujer le puso afectuosamente una mano en el hombro.

    —Tranquilo, tranquilo. Es tan importante el disparo final como todo el proceso que te lleva al disparo. En el ritual se tiene en cuenta el mantenimiento que le das a tu equipo, tu capacidad de rastreo y tu pericia con el arco. Es cierto que en lo último… —La mujer titubeo—Eres algo malo, pero tienes un don para rastrear como no había visto nunca y tratas tu equipo con mimo. No tendras problemas, aunque no serás nombrado cazador, desde luego. Si tienes suerte serás explorador, sino te tocara trabajo artesano: curtidor, quizá.

    Eoghan puso los ojos en blanco.

    —Volvamos —Dijo la mujer y miró el cielo, calibrando la posición del sol—Hoy ya no tenemos tiempo para seguir con esto. Y tú padre empezará a preocuparse.

    Ambos echaron a andar en dirección a su aldea: Druimmor.

    —¿Cómo es la ceremonia de iniciación?

    —Nada preocupante. La chaman y tú beberéis el brebaje y te dirá que puedes esperar de la vida y que puede esperar la tribu de ti.

    Eoghan se encogió de hombros.

    Llegaron a la aldea cuando el sol se había puesto y los preparativos de la ceremonia habían concluido. En la explanada que hacía las veces de plaza del pueblo se habían colocado varios bancos alargados de madera semicirculares y gran parte de los vecinos estaban allí ya.

    Eoghan saludó a su padre y esperó pacientemente el inicio de la ceremonia. Unos minutos después el jefe de la aldea saludó a todos y se subió a una tarima dispuesta especialmente para la ceremonia.

    —Antes de empezar, amigos míos —Dijo el hombre, sacando un pequeño pergamino—He de anunciar algo importante. El Rey va a la guerra, los malditos imperiales han asediado el Castillo de Veron y han saqueado los campos y aldeas colindantes. Por tanto nuestra aldea deberá aportar quince hombres para el esfuerzo de guerra. Mañana, como es costumbre, se pedirán voluntarios y, de ser necesario, se cubrirán los puestos faltantes por sorteo. Ahora, demos inicio a la Ceremonia, Eoghan por favor, acercate. Chaman, tu tambien.

    Eoghan se levantó del banco y avanzó con paso decidido hacía la tarima. La chaman de la aldea hizo lo propio. En el centro de la tarima había un caldero, reposando sobre una improvisada hoguera. Estaba tapado, asi que no se veía el contenido, aunque el olor no invitaba a abrirlo y echar un vistazo.

    La chaman cogió dos tazas y una cuchara de madera. Destapó el caldero y removió el contenido del interior con la cuchara de madera, antes de servir ambas tazas. Tendió una a Eoghan.

    —De una, sin pausa —Le dijo mostrando su desdentada sonrisa.

    Eoghan asintió y se llevó la taza a la boca. Cuando el liquido toco los labios de Eoghan este descubrió dos cosas: la primera que estaba frío a pesar de la hoguera y, la segunda, que sabía a rallos. Tan mal sabía que al primer trago titubeo e hizo un ademan de bajar la taza, pero una de las manos de la chaman acudió rauda y le obligó tomarse de una el resto del contenido.

    Eoghan empezó a sentir como le ardía el pecho y le faltaba el aire. Su mirada se desenfocó y se mareó levemente. Sintió como las manos de la chaman se posaban en su cabeza y el mareo remitió, al igual que el ardor del pecho. También recupero el aire y pudo fijar la mirada en la chaman.

    Esta se separó del joven y puso los ojos en blanco y cayó de rodillas, balbuceando. La gente soltó un murmullo de sorpresa.

    “Vale, esto no es habitual” —Pensó Eoghan.

    La chaman empezó a tener espamos, pero nadie se acercó a ayudarla, ni siquiera Eoghan. Tras unos instantes la chaman volvió a la normalidad, pero estaba pálida y miraba a Eoghan como quien mira a un fantasma.

    Le hizó un gesto al jefe de la aldea quien se acercó a la mujer y la ayudo a levantarse para, sin mediar palabra, salieron de la tarima y se fueron. Eoghan miró a sus padres, pero estaban tan desconcertados como él. Un rato más tarde volvió el jefe de la aldea.

    —Eoghan, ve a casa de la chaman y habla con ella.

    Eoghan asintió y se despidió de sus padres. La casa de la chaman era muy desordenada: con frasquitos y cuencos por todas partes. La chaman estaba tomando una infusión y le había vuelto el color a la cara, pero estaba sudorosa y temblaba ligeramente. Parece que le costó coger fuerza para hablar.

    —Tu ceremonia ha sido intensa —Dijo mientras se recostaba en la silla y cogía aire— La más intensa que he vivido nunca. Lo que he sentido… lo que he visto…

    La mujer cerró los ojos y Eoghan solo pudo esperar lo que le pareció una eternidad. Finalmente no pudo aguantar la curiosidad.

    —¿Podría decirme que ha visto?

    —Guerra. Esclavitud. Sangre. Muerte. Por toda Calradia. Una época de terror y oscuridad, un enemigo venido de más allá del mar. Se avecinan tiempos duros, tiempos peligrosos.

    —¿Qué podemos hacer?

    La chaman cogió fuerzas y se levantó de la silla. Renqueante miró en los estantes y sacó un pequeño pergamino cubierto de polvo.

    —Este pergamino lleva en poder de los chamanes de esta aldea desde hace siglos. Ninguno de mis predecesores lo ha leído y no sabe como llego a nuestro poder. Solo tenemos claro que debemos protegerlo y entregarlo en el momento adecuado, cuando un peligro sin igual se cierne sobre Calradia. Y creo que no habrá un momento más adecuado, ni más peligroso.

    La chaman le entregó el pergamino.

    —¿Qué quieres que haga con esto?

    —Entregarlo a su legitimo dueño. Mira el reverso del pergamino. Pero no fuerces el sello.

    Eoghan dio la vuelta al pergamino, la tinta era totalmente visible y simplemente había dos palabras.

    “Para Aqueo”

    —¿Aqueo? —Dijo Eoghan—¿Que sentido tiene buscar la tumba de una persona que murió hace siglos?

    La chaman negó con la cabeza.

    —El destinatario esta vivo. Cuando se nos entregó el pergamino, se nos dio también un mensaje oral: “custodiad el pergamino, pues en su interior hay secretos que no deben caer en malas manos, cuando llegue el momento. Cuando el peligro que se cierne sobre Calradia no tenga precedentes, buscad a Aqueo, encontrad a Aqueo. El sabrá lo que hay que hacer”. No se si ese Aqueo es un nombre o un título. Solo puedo decirte por donde empezar a buscar: por el Sultanato Aserai.

    —¿Como puedo saber que no son los delirios de un loco?

    La chaman sonrió.

    —Porque cuando nos dejaron el pergamino y nos transmitieron el mensaje —La chaman hizo una pausa dramática—El sultanato no existía. Esos territorios pertenecían al Imperio. El sultanato llegó casi doscientos años después de la entrega del mensaje.

    Eoghan abrió los ojos con sorpresa.

    —Este es el resultado de tu ceremonia. Entrega el pergamino o el exilio. Tu decides.

    Eoghan suspiró. Tampoco había mucho que decidir.

    —Buscare a ese Aqueo y entregaré el pergamino.


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