Del Ragnarök al Hades.

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    Mensaje por kianrz el Mar Sep 24, 2019 3:12 am

    Larga Vida a Harlaus.


    Prologo: Bienvenido a Dhirim




    El traqueteo del carruaje por el camino le había impedido, desde hacía un tiempo, poder dormir un rato durante el largo y aburrido viaje cuando no tenía nada que hacer. Solo le quedaba rascarse la melena y barba rubia que, cuando había decidido cortársela, pasaron por las tierras de los Vaeigir, y con el frío que lo había calado hasta los huesos, prefirió dejarse el cabello más largo; sus antepasados, nada contentos,
    se avergonzarían de haberlo visto tiritando de frío.
    —Y la ternera tenía el dedo en la boca, — continuaba el comerciante que conducía el carruaje —¿te lo puedes creer? Se supone que es un animal que come hierba, pero allí estaba, masticando un dedo como el que más tranquilo.
    —Sí, increíble.
    Su respuesta era monótona, a lo largo de su nada valerosa travesía en conjunto, el mercader había contado aquella misma historia tantas veces que ya se sentía parte de aquel pueblo en el que se suponía había ocurrido el relato. No se sentía capaz de decirle que se callara o golpearlo en la cara, lo estaba llevando hacia su destino completamente gratis y había quedado tambien en presentarle amigos. No había nada peor que iniciar solo en una nueva ciudad.
    —Así que el chico corrió tras el ternero, le agarró del cuello y lo estrujó tan fuerte que no solo escupió los trocitos de carne, sino tambien perdió los ojos de las cuencas.
    —Debió ser algo asqueroso de ver.
    —Y que lo digas, vomité durante todo el día, y cuando dormía, sentía que estaba el pequeño desgraciado mirándome sin ojos.
    Se giró para mirarlo y gesticular exageradamente, abriendo y cerrando las manos frente a los ojos. Cuando se veía directamente, la primera imagen que se tendría de aquel comerciante sería la de un bandido, su aspecto fiero y desaliñado, además de una estatura ligeramente alta y cuerpo bien entrenado, no ayudaban en nada, pero solo bastaba dejarlo abrir la boca para hacer ver que se trataba de un hombre más que decente. De todas formas, él no era alguien para quejarse, su falta de aseo era evidente en la actualidad, y tambien compartían físico, por lo que serían vistos como dos bandidos desvergonzados.
    —Tal vez la pobre ternera solo tendría hambre, ¿no?
    —Hmmm… creo que tienes razón, el pueblo estuvo pasando serios problemas.
    —¿Lo ves? Y tu pequeño amigo debió ser más cuidadoso con el hacha.
    Había perdido el dedo mientras cortaba un poco de leña y se le daba por, tambien, observar a una de las tantas mujeres solteras del pueblo, por lo que su atención no estaba centrada en la labor. No dijo más al respecto, agradecía que por fin había terminado el relato.
    Acariciando el medallón que le rozaba la piel bajo su desgastada ropa de viaje color almendra, su acompañante lo observaba curioso nuevamente, así que, a forma de una especie de conmemoración porque se acercaba el final del camino, se lo desató del cuello y se acercó a él, moviendo la mercancía que le incordiaba para arrimarse un poco hacia adelante.
    Lo que sostenía con cuidado y miedo de no dejar caer por el traqueteo del vehículo, era un medallón de madera negra que cabía en el puño de un adulto y que, tallado con extrema delicadeza y precisión, la imagen de un gran árbol con miles de ramas y raíces hacía gala. No podía entenderse las letras que fueron grabadas allí con cualquiera que fuera la intención, siglos atrás se perdió más que su conjugación, puede que incluso su significado, por lo que, en realidad, ya ni siquiera importaba.
    —Qué amuleto curioso, — dijo el mercader —¿para qué es?
    —Llámalo un símbolo de fuerza y protección, ha pertenecido a mi familia desde siglos atrás. ¿Realmente no usan nada parecido aquí?
    —Oh, no, no tenemos ningún símbolo importante aquí en Calradia, nos basta con creer en nuestros señores.
    —Realmente es la Tierra de los Dioses Muertos, ¿no es así?
    —¿Así nos conocen en el extranjero? — preguntó excitado.
    —Sí, dicen que los dioses y cualquier tipo de culto o fe murió junto al antiguo Imperio de Calradia. ¿Sabes tambien qué dicen de ustedes los calranos?
    —¿Qué?
    Se mantuvo en silencio durante un tiempo, observando las divertidas reacciones de impaciencia de su compañero de charlas. Era la primera vez en todo el viaje que tomaba las riendas de la conversación, y hasta el caballo parecía entretenido por un tema diferente al de la ternera carnívora.
    —Un bardo que viajó hasta aquí, a Calradia, quería informarse sobre sus lores y ladies, deseaba que sus poemas fueran más emocionantes, que aquellos que lo escucharan sintieran las emociones vibrantes que solo él pudiera transmitir, ¿y qué mejor forma que venir a una tierra en constante guerra? Y lo logró, iba de corte en corte, norte, sur, este u oeste, no había castillo o residencia que no le abriera la puerta. Pero dijo que descubrió algo importante… que los reyes, khanes y sultanes calranos usurparon a los dioses, que estaban buscando la divinidad.
    —¡Tonterías! — exclamó entre risotadas —¡¿El Rey Harlaus buscando ser un dios?! Imposible, ese bardo debió comerse alguna basura khergita y volvió a su tierra medio-loco. Ya te digo yo que no se puede confiar en esos bardos, tratan siempre de dormir con tus mujeres, a un amigo le pasó.
    —No lo sé, ¿te parece normal que se hubiera olvidado el nombre de los dioses? Tengo entendido que los habitantes del Khanato de Khergit eran nómadas, ¿no?
    —Sí, ¿no lo dijo uno de ellos en una taberna por allá en Khudan? Aunque no sé qué hacía allí.
    —De donde vengo, no se abandona la fe fácilmente, especialmente los pueblos nómadas, con ellos es requerido la sangre para lavarles sus creencias.
    —Creo que estás exagerando. — dijo esta vez un poco más serio —Digo, tal vez solo sea una coincidencia.
    —Sí, debes tener razón. — decidió cambiar de tema y centrarse en algo que le era menester, por lo que preguntó: —¿Qué me puedes contar de Dhirim?
    —Es un buen lugar para vivir, — respondió de inmediato —pues al posicionarse en el centro de Calradia, casi cualquier mercader tiene que parar allí, por lo que los denares se mueven a cal y canto. Pertenece al conde Clais de Swadia, quien casi nunca se queja con nosotros los comerciantes, por lo que tampoco tenemos quejas de él, es un buen señor.
    —¿No hay nada malo de lo que deba tener cuidado?
    —Bueno, hay bandidos a sus alrededores, se ocultan en el bosque cercano Tosdhar y luego se pierden más al norte, por los bosques del Reino del Norte; o el oeste, al centro de Swadia. Normalmente hay bandidos, pero se han vuelto más osados, ya ni nos dejan en paz cerca de la ciudad.
    —¿Qué ha hecho el lord?
    —Nada, están ocupados con su guerra contra el Reino de Rhodok que está en un punto muerto desde hace un año. Aunque no debemos preocuparnos de unos bandidos, ¿no? Te harás cargo de ellos nuevamente.
    —No tentemos nuestra suerte, mi madre siempre decía que al mejor cazador se le escapa la liebre.
    Dejando ese último comentario, los muros de la ciudad de Dhirim saltaban a la vista con la suficiente cercanía como para contar las líneas más gruesas, lo que significaba que ya estaban a menos un tiro de catapulta para ingresar. No eran unas murallas altas ni nada impresionante, podrían caer como las de cualquier ciudad, pero parecían haber cumplido su objetivo si se tenía en cuenta que la ciudad estaba en todo el centro de Calradia, a la vista de todo aquel que quisiera asaltarla.
    Un sentimiento de expectación infantil, a pesar de que estaba en mitad de sus veinte, lo envolvía a medida que el agotado caballo golpeaba la tierra bajo sus cascos. Había abandonado desde hacía más de una semana, únicamente con su ropa, algunas pieles, un arco, un hacha con algo de herrumbre y una daga que parecía más bien de piedra por la falta de filo, el pequeño terreno que había llamado hogar los últimos años. No contaba con propiedad alguna, y ahora, con los mil denares que había logrado hacerse al emboscar un pequeño grupo de bandidos, debía ser todo su capital para asentarse en Dhirim.
    Cerca del portón de la muralla, que no hacía realmente diferencia en su impresión al ser vista de cerca o de lejos, un grupo de guardias lo detuvieron casi al instante, ciertamente resultaban sospechosos y no los culpaba por actuar así.
    —¿Quién vive? — preguntó el más alto de ambos.
    —Ya sabes quién vive, deja de hacerte el tonto. Es Osbourne.
    —¿Y quién te acompaña?
    —Este es Achilleus, viene del este.
    —¿Del este? ¿Un khergita?
    —No, no, más al este y muy al sur, no tiene nada que ver con Calradia, es un extranjero.
    —¿De dónde eres, Extranjero? — le preguntó directamente el más bajo.
    Achilleus simplemente habría preferido seguir observando el intercambio entre ambas partes, él solo era un desconocido que nada sabía sobre la forma en que se manejaba la entrada a una ciudad, pero, al menos, podía intuir que no era nada riguroso incluso en tiempos de guerra.
    —De muy lejos, mi buen amigo, aunque tuve suerte de que mi familia se trasladó cerca de Calradia y me facilitó la entrada.
    No tenía muchas ganas de explicar exactamente de dónde era, pues ni siquiera podía llamar hogar a su lugar de nacimiento, por lo que de nada serviría.
    —Es un poco quejumbroso al decirlo, — explicó por él comerciante —pero me salvó la vida de un grupo de bandidos, así que es de fiar, yo respondo por él.
    —Si tú lo dices. Bien, entren, pero no molesten a nadie, especialmente tú, Extranjero.
    Al ser la segunda vez en que se referían a él como «Extranjero», previó inmediatamente que sería difícil hacerles llamarlo por su nombre, más aún si se tenía en cuenta que su nombre era extraño en aquellas tierras.
    —Deberías decirnos de dónde eres. — sugirió mientras hacía andar al caballo.
    —Eso creo que prefiero guardármelo, ya es suficientemente malo ser un extranjero, ¿no? Además, no es que haga diferencia, no muchos llegan a Calradia, ¿o sí?
    —Tienes razón, no tenemos mucha interacción con los extranjeros. Eso me recuerda, ¿cómo es que hablas calrano?
    —Es parecido al idioma nativo de dónde vengo, aunque hay muchas palabras que todavía no entiendo.
    La ciudad los recibía con lo que parecía una plaza abierta para el comercio, pues había, al lado derecho, unos caballos expuestos al público que, a pesar de no ser un experto concerniente al tema, era capaz de notar que no se trataba de animales famélicos o en sus últimas. A la izquierda, sin timidez y claramente compitiendo con el de la derecha, un comerciante de armas gritaba a viva voz sobre su mercancía, deseada en un lugar como lo era Calradia, donde la guerra, los bandidos y cualquier excusa para las matanzas estaba a la vuelta de la esquina.
    —¿Podrías hacer la reservación de la posada?
    —¿No tienes una casa aquí en Dhirim?
    —La tenía, — admitió —pero la vendí. Estaba comenzando a pudrirse un poco, y sabía que eso no tendría solución, así que antes de que el precio cayera, se la vendí a quien sería el próximo en preocuparse del asunto.
    Aunque la otra parte era buena persona, había olvidado que se trataba de un comerciante, y aquel comentario le hizo recordarlo. Tal vez lo dejase sin un solo denar si se descuidaba junto a él. Descartando los pensamientos tontos, Achilleus sonrió y dijo:
    —No te preocupes, yo me encargo.
    —Bien, iré a hablar con un amigo.
    Se despidieron con un apretón de manos y Achilleus, únicamente con el hacha y la daga colgándole de la cintura, pues dejó el arco en el carro, comenzó a andar con sus propios pies. Tendría que buscar una posada y tenía entendido que no era difícil, solo habría que encontrar un letrero con una luna pintorreada encima y habría llegado al lugar que estaba buscando.
    Las personas que lo miraban y que luego volvían a sus quehaceres no parecían del tipo que estaba, supuestamente, en guerra contra el Reino de Rhodok y que podrían recibir un ataque en cualquier momento. Los niños jugaban por aquí o por allí, o podían verse ayudando a varios artesanos que de seguro servían como sus maestros para sus futuros oficios; mientras tanto, los hombres que no trabajaban, andaban por los alrededores incluso con bebida en sus manos en pleno mediodía, en lugar de relajarse en sus casas; y había mujeres, pocas si podía recalcar, de compras, y si era capaz de adivinar, las que se encontraban en casa debían estar tratando con los niños o cualquier labor doméstica. No había estado de alerta alguno, se sentía como cualquier día en cualquier ciudad.
    A través de las calles más al interior ya nadie le prestaba atención, habían visto lo que querían ver del hombre nuevo en la ciudad y no había más interés. Lo agradecía en el interior, deseaba por el momento algo de privacidad y soledad, no había tenido nada de eso en el viaje.
    Mientras miraba en derredor, el logotipo buscado entró en su campo de visión. Era una edificación hecha de piedra como la mayoría de construcciones tanto de Swadia como de Rhodok o Vaegir, tambien con maderas haciendo de vigas, columnas o partes importantes.
    Luego de tomar una bocanada de aire, abrió la puerta sin haber tocado con anticipación, no era necesario a la hora de entrar a una posada que se mostrara tanta cortesía, no se estaba irrumpiendo en la casa de ningún noble. La persona al otro lado de la puerta era un hombre afeitado y viejo, se notaba por las canas que le pintaban la cabeza.
    —Bienvenido. — le dijo la otra parte con una sonrisa.
    Había unas cuantas personas en las mesas de los alrededores con un cuenco de caldo con pan, una comida estándar si se pagaba lo mínimo. Todos se concentraba en sus platos, nadie advertía al desconocido que había entrado.
    —Buen día, me gustaría una habitación pequeña para dos, ¿hay alguna disponible?
    —Sí, sí, será un denar. Dos más por la comida.
    Le sorprendía lo barato que eran los precios, se podía vivir perfectamente bien, sin familia o nadie a quien cuidar, únicamente con tres denares al día para comer dos veces, y un trabajo normalmente podría proporcionar cinco denares. Tenía mil denares que adquirió por suerte, así que no tendría que preocuparse por nada en un futuro ni cercano ni lejano.
    —Aquí tiene.
    Sacando el denar que representaba la habitación, la cambió por una tosca y oxidada llave y, tras escuchar que se trataba de la habitación del fondo en el segundo piso, subió luego de despedirse del propietario.
    La puerta hizo un sonido extraño cuando se insertó la llave y se giró, pero le restó importancia al hecho de que posiblemente se caería e hizo lo más importante, que fue acostarse en su nuevo lecho, no precisamente para nobles, pero suficiente para quien estuvo durmiendo en el exterior un día antes.
    —Así que esto es Dhirim. — se susurró a sí mismo.
    No había recorrido nada, pero sabiendo que se encontraba en Calradia, era suficiente para extrañar su lugar de nacimiento, que tampoco podía llamar hogar. No tenía familia ni lugar al cual volver, solo el amuleto heredado de generación en generación, así que ese lugar repleto de guerras y matanzas, donde los pueblos eran saqueados e incendiados como hoguera cualquiera, era lo que representaba su único sendero de avance, tendría que vivir allí hasta que cayese en el mismo acantilado en que caían los demás plebeyos.
    Considerando qué hacer para recaudar dinero, pensaba que podía servir como un obrero más, simplemente construir cualquier cosa por la que le pagasen, y un lugar donde todo era destruido día a día, y la gente moría como moscas en busca de gloría, la mano de obra era demasiado codiciada, estaba seguro de ello.
    Se sentía un poco desolado tener que planear cómo vivir, pues de donde venía su familia llegó a ser influyente, movían el dinero como los más grandes comerciantes, vivían tan cómodos como reyes, había hombres que se matarían por servirlos, mujeres que suplicarían su lecho; pero ahora no había nada de eso, su familia ya no tenía nada.
    —Oye, Achilleus, soy yo.
    La voz de Osbourne estaba acompañada por el golpeteo de la puerta, seguido de la apertura, no la había cerrado para esperar a su acompañante.
    —¿Terminaste con tus asuntos?
    —Sí y no. Vine a ofrecerte un trabajo.
    —¿Un trabajo?
    —Sí, — tomó asiento en la otra cama y prosiguió: —tengo que ir a buscar una mercancía a un pueblo cercano, Tosdhar y llevarla hasta Burglen. Si salimos de inmediato, seremos capaces de llegar a Burglen al anochecer y descansar allí, gratis, ¿qué opinas?
    —¿Al anochecer? ¿No me dijiste hace un rato que hay bandidos rondando por los bosques de Tosdhar?
    —Sí, pero no iremos solos, tendremos cinco mercenarios, y tambien estarás tú. Creo que es una escolta lo suficientemente buena para un grupo de bandidos. Te pagaremos ciento cincuenta denares, ¿qué dices? Es un regalo de mi amigo y mío, a los otros mercenarios se le pagará cien denares.
    «Ciento cincuenta denares. Es una buena cantidad, y si vivo al mínimo, esa recompensa me sirve para cincuenta días. —no era una suma de dinero para ignorar— Pero tengo suficiente ahora, no es necesario correr el riesgo. —estaría aventurándose por primera vez como escolta en una tierra desconocida, no era algo atrayente para nada si se pensaba racionalmente— Aunque solo será un día»
    —Acepto.
    —¡Bien! — Osbourne se levantó y le dio un fuerte apretón de manos —No te arrepentirás. Verás, si le caes en gracia a mis amigos, que será fácil ya que eres un buen tipo, tendrás trabajos así de sencillos durante un tiempo. Vivirás bien aquí en Calradia, te lo aseguro. ¡Ahora vamos!
    Prácticamente halándolo por la ropa, lo sacó de la habitación mientras cantaba una canción extraña que no parecía para nada swadiana, aunque, de todas formas, no conocía qué tipo de canciones le gustaba a los swadianos, por lo que solo estaba especulando sin sentido.
    Soltando un suspiro, se dejó arrastrar hasta lo que sería su primer trabajo, que no era que no le emocionara ni un poco, simplemente pensó que podría vivir sin requerir al uso de armas, pero aquí estaba, a punto de empuñar su hacha otra vez para hundírsela en el cráneo a otra persona, o de dispararla a alguien una flecha en la rodilla.



    Última edición por kianrz el Sáb Feb 01, 2020 5:01 am, editado 1 vez
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    Mensaje por kianrz el Mar Sep 24, 2019 3:17 am

    Primero que todo, buenas noches.
    Recién descubrí esta sección del foro, y a modo de saber qué se sentía realmente publicar algo en Internet y ser objeto del desdén de las masas, sentí el impulso de escribir una travesía de un extranjero a través de Calradia. No hay mucho que decir y agradezco a quien se pueda tomar el tiempo para leer esto, y de ser posible, dejar su comentario a modo de crítica.
    Se estaría actualizando, para cualquier interesado en saberlo, cada semana como mínimo, máximo cada dos.
    Gracias por su tiempo.
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    Mensaje por kianrz el Miér Oct 02, 2019 4:23 am

    Esto es Calradia


    Otra vez en marcha, fue incapaz de disfrutar la posada por la cual había pagado; la comodidad se alejaba con cada paso del caballo y la comida caliente se volvía humo en su memoria, ya solo quedaba la fantasía de algo que pudo haber pasado. El único consuelo que tenía, si es que podía llamarse siquiera consuelo, fue que su buen amigo Osbourne repuso por él el denar que había sido pagado por adelantado.
    De camino a Tosdhar, propiedad del conde Haringoth, quien también ocupaba el castillo con el mismo nombre, no era necesario atravesar ningún bosque, era una completa pradera, abierta hasta el horizonte, resultaría imposible caer en cualquier tipo de emboscada, todo podría ser visto antes de que surtiera cualquier tipo de efecto. Lo único que había en el camino era el castillo Derchios, que pertenecía al conde Tredian. La distribución de las tierras en Calradia era extraña, pues podían darse casos como el del conde Haringoth, donde sus tierras estaban tan separadas la una de la otra, que su administración resultaba difícil, podía apostar por ello; pero solo recibió una risa por parte de Osbourne cuando le comentó aquel problema.
    Haciéndole compañía en el asiento del conductor estaba el mercader rascándose la axila con una mano y sosteniendo las riendas con la otra, no le daba atención a los mercenarios que estaban haciéndolas de escoltas, todos hombres curtidos, fuertes y que serían capaces de hacer llorar niños con su mera presencia. Esa era la clase de persona que estaba protegiéndolo, y todavía así, tanto Achilleus como Osbourne, eran más altos que ellos.
    —¿No te preocupan nuestros acompañantes? — le susurró al mercader.
    —¿Hay alguna razón para sospechar?
    —Ninguna. No hay nada. Pero también pienso que ese es un problema, no conozco a las personas aquí en Calradia, por lo cual me es difícil saber si alguien planea cierta… afrenta hacia nosotros.
    —No deberías molestarte, — descartó el problema —se ven así, pero mis amigos han estado trabajando con este pequeño grupo durante un tiempo y nada ha pasado. Hay un par de hombres que son nuevos, pero, oye, todos mueren en algún momento.
    Echó otro vistazo, y sí había un par de ellos que, a pesar de tener cierto parentesco en cuanto a sus facciones de guerrero veterano, se notaba su juventud, sus pieles no estaban tan arrugadas ni sus cicatrices tan viejas.
    —¿Y no crees que pudieran alertar a los bandidos?
    —No lo creo, los mercenarios en Calradia son un grupo, aunque no cerrado, selectivo entre quienes viven lo suficiente. Si un grupo se dedica a eso, no te extrañes si todos los mercenarios de aquí buscan sus cabezas, sería algo malo para el negocio.
    —¿Así de unidos son los mercenarios calranos?
    —No tanto, pero si algún grupo de tontos se afanan en querer arruinar un estilo de vida tan lucrativo como ese, ¿no irían todos en su contra? Esa es la razón también por la cual los mercenarios no cambian de señor en medio de un contrato, aquí la confianza lo es todo; si quieres vivir, debes ser alguien en quienes los lores sean capaces de confiar y, gracias a que muchos quieren enlistarse por voluntad propia o vender sus espadas, no nos obligan a los demás a enlistarnos en las luchas. Todos ganamos.
    —Qué extraño. Donde nací los lideres reclutan por la fuerza a sus hombres por el bien de la nación. Incluso yo llegué a luchar un par de veces, aunque no fue ninguna batalla importante.
    Achilleus comenzó a jugar con una de las flechas que había sacado de la parte de atrás. Tenía pocas, solamente un puñado de ellas, había olvidado reabastecerse en la ciudad, pues, Osbourne lo había sacado prácticamente a la fuerza. Anotó en su cabeza comprar más proyectiles a la próxima persona que estuviera dispuesto a vendérselos.
    —En Calradia las cosas funcionan de forma diferente, a nadie le conviene que sus hombres luchen sin ningún tipo de moral, que a la primera carga de caballería swadiana o sarranés escapen con el rabo entre las patas. Quien lucha una guerra en un ejército calrano, ya fuera del Khanato, Sultanato o cualquiera de los reinos, sabe que lo hace voluntariamente por su señor.
    —Ustedes los calranos son extraños.
    Miró a su alrededor, el horizonte de Swadia era de un verde vibrante, tan sano y fértil que, por unos momentos, le hizo pensar que podría tener una vida apacible allí, tal vez cultivando o haciéndolas de pastor. Era una tierra tan claramente abundante que no parecía haber necesidad para la guerra, en la que todos podían compartir. Pero luego estaban lugares como Rhodok, únicamente montañas, fértiles, pero montañas, al fin y al cabo; el Reino del Norte, cuya tierra comenzaba a ser difícil usarla para los cultivos; el Reino de Vaegir, frío como una tundra y de difícil supervivencia para cualquier cosa; el Kahanato Khergita, estepas donde parecían solo vivir cómodamente los caballos en aquellas planicies; y, por último, como si se hubieran llevado el premio a la peor suerte, el Sultanato Sarraní, quienes debían acurrucarse alrededor de cualquier gota de agua. No sería extraño que todos apuntasen en dirección de Swadia.
    Aspirando el aire primaveral de marzo, se acomodó en el incómodo asiento de madera para languidecer y seguir pensando sobre su situación. Ahora estaba dirigiéndose a un pueblo, por donde rondaban bandidos junto a un mercader y cinco desconocidos. Cualquiera de sus viejos amigos de su tierra madre lo enviaría a un curandero a que le revisara la cabeza.
    —Háblame de tu tierra, — solicitó repentinamente —y tu nombre, especialmente tu nombre.
    —Hay mucho que decir sobre el lugar de mi nacimiento, — comenzó para saciar su curiosidad —es una tierra de epopeyas, tragedias, sabios y guerreros. Tantas culturas como estrellas en el cielo, y de dónde vengo, la ciudad de los sabios, un hombre era valorado por cuantos conocimientos podía aportar, no cuantos cadáveres era capaz de apilar. Estudié como cualquier otro niño, diría que demasiado, tal vez, pero también me entrené; en mi familia el arte de la guerra está en la sangre.
    —¿Te han dicho que pareces un nórdico?
    —Te dije que era mi tierra madre, no precisamente la de mis antepasados, pero no hablemos de eso en estos momentos. Como decía, crecí con la pluma y la esp- el hacha, al igual que aprendía a usar un arco. Mi madre no quería verme aprender a pelear como cualquier “vulgar matón”, decía ella.
    —Puedo entenderlo, nuestras madres siempre quieren lo mejor para nosotros, pero son mujeres, a veces no saben lo que es mejor para un hombre.
    —Tal vez tengas razón. En fin, ¿qué más puedo decir? Luché en dos batallas, sobreviví, y fue cuando mi familia tuvo que mudarse. Tenía veintiún años, y debo decir que era un nuevo horizonte, una nueva aventura, o eso pensamos mis hermanos y yo.
    —Espera, ¿tienes hermanos?
    —Tenía, dos menores. Solo resumiré mi estadía en aquellas tierras como cuatro años de existencia perpetua.
    —¿Eso es todo lo que dirás?
    —No hay nada entrañable, simplemente trabajar, trabajar, más trabajo y la perdida de mi familia. Así se resumen mis últimos cuatro años.
    —¿No hubo nada emocionante? ¿Algún amor prohibido? ¿Una aventura? ¿Un pecado secreto?
    —No, nada de eso. No todos tienen vidas interesantes, ¿sabías? La gloría de mi familia terminó hace unos cuatro siglos. Y me preguntaste por mi nombre, ¿no? Es solo el nombre de un héroe de una epopeya.
    —Mencionaste la palabra esa, ¿“epoya”? ¿Qué significa?
    —‘Epopeya’. — le corrigió —Es un relato épico sobre las hazañas de algún héroe, se hacen en forma de verso largo, así que son muy agradables al oído.
    —¿Y te llamas así debido a un héroe de esas historias?
    —Sí, y una muy popular. No era el único Achilleus en mi ciudad, pero al menos mis facciones un tanto especiales me hicieron destacar de los demás.
    —Ya veo. Oh, eso me hizo recordar una historia interesante, se trata de una ternera que se comió el dedo de un conocido. — Achilleus, hastiado, no pudo ocultar las emociones de su rostro y el mercader, percatándose, escupió una risotada salvaje. —¡Si te hubieras visto la cara! Al menos fuiste sincero. No te preocupes, ya dejaré de molestarte con la historia de la ternera. Fuiste el que más la soportó, ¿sabes?
    —Quería golpearte. — admitió sinceramente, lo que acrecentó la risa del otro.
    —Eso es bueno, eso es bueno. A veces, en la vida, nos hace falta un poco de sinceridad.
    —¿Me lo está dic…
    —Sí, — interrumpió —te lo está diciendo un comerciante.
    —¡JA! — exclamó —¿Sabes qué dicen en mi tierra madre? “Es más fácil que una hidra atraviese el ojo de una aguja que un comerciante sea capaz de cruzar el Rio Estigia”.
    —No sé qué quisiste decir, pero sé que fue algo ofensivo.
    Achilleus miró a su lado y uno de los mercenarios, quien más cicatrices presumía en el rostro, y que llevaba una envoltura de pieles en la espalda, lo observaba tan fijamente que parecía querer agujerearlo con la mirada. No eran unos ojos amables, eso era obvio, pero no le había hecho nada como para ser merecedor de cualquier tipo de animosidad de la otra persona.
    Se preguntó inmediatamente si había dicho algo para ofenderlo, pues no parecía haber escuchado el inicio de la conversación, se había cerciorado de no haber hablado con la voz demasiado alta. Tal vez simplemente se encontraba curioso sobre lo que estaban hablando y estaba mirando de esa forma.
    —¿Puedo hacer algo por usted, mi buen amigo?
    Apostó a que todo se trataba de algún tipo de malentendido que podía ser resuelto con palabras, de donde venía todo podía solucionarse hablando. O al menos casi todo.
    —¿De dónde eres, Extranjero? — preguntó directamente.
    —¿Podría abstenerme de…
    —Responde mi pregunta. — ordenó.
    —Me niego. No te debo ningún tipo de respuesta.
    Claramente una respuesta tan ruda no sería bien recibida, y aunque no se trató de quién originalmente había formulado la pregunta, al que casi le faltaba la nariz, sino sus compañeros, fueron quienes desenvainaron primero el acero.
    Achilleus tenía su confiable hacha en la cintura, pero se movió disimuladamente para alcanzar el arco, ya tenía una flecha en su otra mano, solo hacía falta la herramienta principal.
    —¿Es necesario llegar a esto? Mi amigo aquí presente no quiere decir el nombre de su tierra natal, ¿es algo tan grave?
    Las cotas de malla bajo sus ropas acolchadas tintinearon con el simple sube y baja de la respiración; nadie se movía, incluso el caballo nuevo, pues el otro descansaba, se había quedado expectante ante la situación.
    —¿Confías en el Extranjero? — inquirió uno.
    —Solo hasta ayer negociábamos con los rhodianos, ¿no? Y ahora nos matamos con cualquiera de ellos, y estoy seguro de que mañana volveremos a abrazarnos con ellos. Las relaciones son volátiles, y un extranjero que no tiene idea de nuestros problemas es alguien de confianza. Ahora déjenlo, es mi dinero el que están recibiendo, ¿o quieren dejar de trabajar en Dhirim? Puedo concederles eso.
    El hombre sin media nariz, a quien ahora reconocía como un verdadero nórdico, seguía estoico y mirando sin decir nada; no se podía comentar nada parecido respecto a sus compañeros, que guardaron las armas con una mezcla de frustración e inconformidad.
    El nórdico soltó lo que pareció un suspiro y giró su cabeza, pareció desentenderse completamente del tema y regresó a sus asuntos, cualesquiera que fuesen, pues Achilleus había tratado de ignorarlos.
    Suspirando él también, agarró el arco y se mantuvo preparado, ya no sentía que la amenaza vendría del bosque, sino de quien estaba cuidándole la espalda, cualquiera de los cinco.
    Considerando lo sucedido, quería saber la razón por la cual se habían enojado. Miró de reojo al hombre con media nariz. No parecía alguien que pudiera ser tratado como un líder, estaban los demás miembros conversando tranquilamente y él solo contemplaba el paisaje, o por lo menos miraba en derredor. A pesar de ignorar su presencia, saltaron a las armas cuando Achilleus no contestó a su interrogatorio.
    «Aunque, no parecía enojado. —reflexionó— Su tono parecía el de una persona que hacía una pregunta cualquiera. —y era eso lo que más le había intrigado— No, olvídalo, los calranos son extraños»
    Volvió a robar un par de miradas. El asunto anterior parecía olvidado, ya nadie la prestaba atención a Achilleus y Osbourne, quienes tampoco habían iniciado una nueva conversación.


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    Mensaje por kianrz el Miér Oct 02, 2019 4:26 am

    II



    El pueblo del cual iban a recoger las mercancías saltaba ya a la vista. Un lugar casi como cualquier otro, había varias casas de madera mal construidas, inclinadas o con una tabla faltante en algún lugar, como si hubiera sido construido con tanta rapidez que se les olvidaron detalles, o el encargado de dirigir era un completo tonto.
    —¿Quién construyó este lugar? Hay varios errores tan evidentes.
    Una de las casas, la más cercana a la que parecía la perteneciente al anciano del pueblo, tenía un agujero del tamaño de una cabeza que si él, nuevo allí, se percató de inmediato, ya todo el mundo debía saberlo y solo estaban ignorando el problema.
    —Este lugar fue quemado el año anterior, y casi nadie se molesta en reconstruir los pueblos por completo. Al final serán quemados otra vez y habrá que reconstruir, así que es mejor no molestarse con ese asunto.
    —Pero… no, cierto, soy un extranjero, no debo inmiscuirme en cosas que no entiendo.
    Había ganado deambulando por los alrededores, vacas y cerdos haciéndose compañía mutua, notándose la falta de las ovejas, las cuales debían estar regresando al pueblo junto al pastor. No entendía nada de la crianza de ovejas, especialmente la razón por la cual eran sacadas de su espacio para recorrer los alrededores.
    Los muy pequeños y poco desarrollados tallos se asomaban de la tierra, estaban comenzando a crecer; apenas era veintitrés de marzo, pero parecía que la primavera había iniciado los primeros días del mes y los habitantes aprovecharon para cultivar. Hubo un tiempo en que estuvo a cargo de cultivar alimentos, pero nunca trigo, por lo cual no estaba seguro sobre qué debía hacer para su cuidado y crecimiento.
    Los pueblerinos estaban mirando curiosos a la pequeña y nada gloriosa comitiva, algunos desde la comodidad y seguridad de sus hogares; pero había otros, más osados, que se acercaban lo suficiente para detallarlo todo, aunque siempre la distancia idónea del grupo de mercenarios, nadie quería molestarlos, pero no sabía si se debía a que eran ya famosos o solo sus aspectos, pero apostaba a que se trataba del segundo asunto.
    —No necesitaré protección ahora, — dijo Osbourne —así que pueden ir y perder algo de tiempo mientras cierro el trato. Tú también Achilleus, recorre el lugar o haz algo, volveré en un rato.
    Con las ordenes dispensadas a todos, el mercader se bajó silbando y, claramente reconociéndolo y habiéndolo estado esperando, una persona salió de entre el grupo de casas y lo llamó no solo por el nombre, sino también por señales. Ambos se perdieron de la vista luego de haber hecho lo que parecía un saludo.
    Aburrido y solo, había decidido quedarse allí en su lugar de la carreta, pero como los mercenarios estaban pululando por los alrededores, y hace nada tuvieron su pequeño choque, eligió bajar y caminar por el lugar. Esta vez llevaba su arco, a pesar de solo cinco flechas en el carcaj, pero era mejor que nada.
    Al resultar el menos aterrador del grupo, tal vez debido a la ausencia de cicatrices en el rostro, los niños estaban corriendo mientras se tomaban el tiempo de discutir entre ellos sobre si acercarse o no al desconocido. Ver a chicos tan jóvenes lo llenaba de cierta vitalidad faltante en los adultos, le hacía recordar las veces en las cuales se metió en problemas.
    La primera travesura que era capaz de recordar, fue cuando, junto a otro grupo de seis, escaparon de casa cuando la luna estaba en su punto más alto, y pintorrearon la señal que simbolizaba el ágora, una alta escultura puntiaguda. Escribieron todo tipo de mensajes amenazantes y para nada buenos, la mayoría burlándose de los senadores que gobernaban, con los nombres mal escritos por niños de ocho años, además de dejar huevos podridos en la base. La reprimenda que recibió aquella vez fue digna de los dioses, lo habían obligado a escribir hasta que sintió que se le cayó la mano y todavía más, recordó haber odiado escribir durante varios meses. Lo que le había resultado peor era que los padres de sus cómplices no se habían enterado de nada, y aunque pudo delatarlos, guardó silencio; ahora se arrepentía.
    «Cuando era pequeño, siempre estaba diciendo que quería ser un adulto, que quería ser libre e independiente, soñaba que valerme por mí mismo sería grandioso. —soltó una pequeña risa en voz queda— Y ahora, tal como decía mi madre, quiero regresar a ser un niño, esos tiempos en los cuales solo debía preocuparme por escuchar al maestro y juguetear si tenía tiempo libre».
    —¡Apunta más arriba! — gritó un hombre.
    —¡Arriba no, a la izquierda! — bramó otro.
    Achilleus, guiado por las voces, encontró un puñado de jóvenes, que claramente no superaban los diecisiete años, con un arco en las manos y tratando, vacilantemente, de dejar una flecha en su sitio y disparar; o al menos uno de ellos lo hacía, los otros estaban dando direcciones.
    —¡Izquierda, izquierda!
    —¡Te dije arriba!
    —¡No lo escuches, no es arriba!
    —¡¿A quién no debe escuchar?! ¡Arriba, dije!
    Atosigado por los acompañantes, quien estaba apuntando con el arco no sabía a cuál de todos obedecer, y su mano, que temblaba, no estaba sosteniendo con firmeza la flecha que supuestamente debía asestar en una diana improvisada, una tabla de madera clavada en el suelo con un gran punto pintado. Las flechas, pruebas de los demás intentos de asestar, que parecían ser tres, estaban tirados por todo el pasto, esperando a que alguien los recogiera.
    El chico al final, más movido por el deseo de deshacerse de las voces a su alrededor que por cumplir su objetivo, disparó la flecha. No fue un vuelo largo, apenas y se distanció, pero la punta se enterró en suelo y hubo un abismo de silencio. Sus compañeros lo miraban decepcionado, como si fuera alguna clase de basura, pero Achilleus estaba seguro de que ninguno de ellos utilizó un arco en algún momento de su vida.
    Avergonzado ante los presentes, el joven del arco estaba rojo de la vergüenza y no se atrevía a levantar la mirada, mirada que también cargaba una pizca de resentimiento, posiblemente a quienes lo rodeaban o su propia ineptitud para las armas.
    Usar un arco, a pesar de la creencia popular, no era para nada fácil, requería casi o más concentración que aprender a usar una espada, solo que en la última podía cerrarse la brecha con el uso de la fuerza, cosa que resultaba imposible mientras se usaba un arco. No había camino fácil en ese recorrido, ni atajos o formas alternativas para lograrlo.
    —Debes mantener la espalda recta. — aconsejó Achilleus mientras se acercaba, atrayendo las miradas. Su acento extranjero estaba muy marcado, por lo cual era fácil deducir que no era de allí, y que fueran pueblerinos no los hacía tontos, así que todos miraban curioso al extranjero. —Si encorvas tu espalda mientras tensas la cuerda, no solo dispararas mal y débil, sino que te cansaras, una mala postura resulta agotadora y luego es difícil de corregir. — le golpeó con ligereza la parte baja de la espalda para enderezarlo —Ahora tensa. — haló junto a él la mano, que también mantuvo recta, al nivel de la barbilla. —Eso es, bien, mantenlo así. — se alejó del joven con lentitud y dijo, con firmeza y levantando el tono de voz: —Dispara.
    La otra parte obedeció de inmediato y liberó la flecha. Esta vez dibujó, casi perfecta, una parábola, no iba como un ave enferma, sino como una de rapiña que se abalanzaba por su presa.
    —¡Cerca! — gritó uno de ellos.
    Fue solo un pequeño consejo para comenzar, en ningún momento esperaba que pudiera atinar en el centro del objetivo, pero, al menos, el proyectil impactó en la base de la diana improvisada. Era una mejoría para cualquiera que hubiera visto el desastroso intento aquel.
    —Bien hecho, — lo felicitó —solo debes seguir practicando; la constancia vence lo que la dicha no alcanza, dicen en mi tierra madre.
    —Gracias por el consejo.
    —No hay nada que agradecer. ¿Por qué practicas? Si quieres ser cazador, creo que hay mejores formas para mejorar, como seguir a un cazador experimentado.
    —¿Cazador? — negó con la cabeza —Quiero unirme a los hombres de lord Haringoth.
    —¿Unirte a la guerra? ¿Qué edad tienes?
    —Nací hace quince primaveras, ya soy un hombre. — La respuesta le dejó a Achilleus un mal sabor de boca, como si hubiera tragado algún insecto. En su tierra, un chico de esa edad estaba terminando las lecciones con su maestro, no pensaba en enlistarse a algún ejército para ir a morir. —Pero, — continuó —quiero probar mi valor y ganar unos cuantos denares.
    —¿Cómo planeas hacerlo? — le preguntó para olvidar cómo se sentía.
    —Un fulano del Sultanato Sarraní vino por aquí ayer, dijo que hay un esclavo fugado por los alrededores y ofreció una bolsa de denares por llevarlo vivo o muerto.
    —¿Esclavo?
    —Sí, tal parece que el tonto quiso fugarse porque lo golpeaban demasiado, pero, ¿no fue su culpa por haber caído prisionero? Ese idiota, al parecer, era alguna especie de bandido o algo así.
    —Ya veo.
    Se sintió asqueado. De donde él era por supuesto que existía la esclavitud, pero no significaba que le gustara, y en su tierra los esclavos se encontraban incluso protegidos; si algún amo golpeaba en exceso al esclavo, podía ser juzgado o, si llegaba a mayores, tal como matarlo, sería castigo como el asesinato de cualquier ciudadano. Aunque no era una muestra de humanidad hacia el esclavo, era lo mínimo que se les mostraba.
    —¿Qué haces aquí, Extranjero? No hay nada interesante en este pueblo.
    —Estoy aquí con un amigo, vino a cerrar un trato y luego nos marcharemos hacia el oeste.
    —¡Hacia allá se dirigió el esclavo! — señaló uno de ellos.
    —¿Podemos ir con ustedes?
    —No lo creo, — negó Achilleus —tendrían que preguntarle a mi amigo, es él quien manda.
    El grupo de jóvenes expuso sus quejas en voz alta, pero calmándolos lo suficiente, se quedó a charlar por un momento para luego despedirse de ellos. No tenía ganas de seguir hablando, le había provocado demasiados sentimientos negativos, por lo que prefería vaciar su cabeza en solitario.
    Echándole un nuevo vistazo a lo que lo rodeaba, notó una construcción que no había visto con la primera mirada. Un granero, y podía intuir que lo era, no debido a la forma, sino a que se trataba de la única construcción perfecta que había, ausente de agujeros, con una buena base y columnas; no podían permitirse, por muy rápido y descuidado que reconstruyeran el pueblo, carecer de un almacén en óptimas condiciones, el invierno o el hambre no perdonaban a nadie.
    —¡Achilleus! — era la voz de Osbourne, molestándolo cada que vez que apuntaba a estar solo y en paz. —¡Es hora de irnos, — estaba lejos, agitando la mano —regresa al carruaje!
    Resignado, caminó hacia la persona que lo llamaba, quien le patrocinaría su estadía en Calradia. La mercancía, o lo que fuera que tuviese en la espalda, estaba completamente envuelto en pieles y contaba con una forma alargada y tan ancha como un tronco, o así lo hacía parecer la envoltura.
    —¿Qué llevas allí?
    —No puedo decirte, el cliente quiere que se mantenga en secreto. — ambos caminaron de regreso al carruaje.
    —¿Y podrás responderles así a los mercenarios? Parecen personas muy curiosas.
    —Les estoy pagando por protección, no por preguntas.
    —Como digas. No tardaste mucho, pensé que negociarían.
    —No había nada que negociar, simplemente debía recibir esto y transportarlo.
    —¿Y a quién?
    —Mi cliente no quiere revelar su identidad.
    —Perfecto. — contestó Achilleus con un suspiro. —Confiaré en ti, pero no me gusta esto de entregar un paquete misterioso a una persona misteriosa.
    —El cliente accedió a subir el precio, — dijo en voz baja —así que, ¿qué te parecen otros cincuenta denares? Pero no le digas a los demás, ¿bien? Y espero que esto te quite los nervios.
    —Aceptaré, no hay duda.
    Pero el aumento del precio producía el efecto contrario, porque a mayor dinero, significaba un mayor riesgo por lo que sea que estuviesen llevando en la carreta.
    Osbourne intercambió varias palabras con los mercenarios que cuidaban la carreta, les dijo que había recibido lo que habían ido a buscar y que ahora se dirigirían de inmediato al pueblo de Burglen, del conde Rochabarth. Algunos estaban deseos de terminar y recibir el dinero, enterándose que se les había pagado la mitad por adelantado, a lo que Achilleus miró con escepticismo al comerciante, quien solo sonrió como respuesta y volvió a su asiento.
    Estaban en marcha por segunda vez ese día, solo que esta vez iban a atravesar un bosque, se podía ver a la distancia.
    —¿Por qué fui el único que no recibió dinero por adelantado? — le preguntó al mercader, no dejaría pasar ese pequeño asunto.
    —Somos amigos, ¿no? Además, —bajó la voz y continuó: —recibirás el doble y serás presentado personalmente a mis amigos, pienso que es una mejor recompensa.
    —Eres un hombre taimado, ¿te lo han dicho?
    —Mucho, sí, me lo dicen mucho.
    Ambos, ya dejando el tema del dinero atrás, comenzaron a intercambiar historias nuevamente, aunque intercambiar no era el termino correcto, quien más hablaba era, como se esperaba, Osbourne, exponiendo así el hecho de que realmente conocía más anécdotas que la de la ternera, que solo usaba para molestar a sus compañeros de viaje.
    La que comenzó, con elocuencia y moviendo las manos sin prestar atención a las riendas, trataba de un hombre soltero que había llegado a un pueblo vecino en busca de una esposa, no tenía a nadie que quisiera casarse con él en su lugar de nacimiento, por lo cual solo podía ir al más cercano para probar suerte. Para su desgracia, se repitió la misma historia, ninguna quería acceder a casarse con él, ni los padres, y cada vez se desesperaba más y más. Osbourne había pasado por allí a recoger unas cuantas cabezas de ganado que había comprado con anterioridad, quedándose en la casa del anciano del pueblo con una hija soltera.
    El mercader gozaba de toda la hospitalidad que le brindaban, y en uno de sus tantos paseos, pues había durado tres días allí, se encontró con el hombre que buscaba esposa. Ambos charlaron alegremente y este le contó sobre sus problemas, estaba claramente ansioso. Aunque al principio ignoró el problema y dio unas cuantas respuestas evasivas y algunas en broma, volvió hasta la casa del anciano para descansar, pues se marchaba a la mañana siguiente junto a su grupo de escoltas.
    Durante la noche sin luna, tras levantarse por el llamado de la naturaleza, escuchó ruidos provenientes de la habitación de la hija del anciano, y a modo de pagar la hospitalidad, o eso decía durante el relato, entró abruptamente y lo que vio lo dejó sorprendido al principio. El hombre que había ido allí buscando esposa, tenía a la joven amordazada y estaba atando las piernas, las únicas extremidades libres que había usado para patalear y tratar de llamar la atención. Aunque en ningún momento explicó cómo logró atarle los brazos y cubrirle la boca sin que nadie se enterara.
    El comerciante, en un acopio de valor que exageró durante la historia, empuñó una tabla del suelo, que misteriosamente estaba allí, y la utilizó para atacar al secuestrador. Todo podía resumirse en Osbourne capturando al perpetrador del crimen y recibiendo una oferta de matrimonio por parte del padre de la hija, la cual negó usando de excusa su oficio.
    Achilleus no creyó ni una sola palabra de todo lo que le habían dicho, parecía una forma de enaltecerse a sí mismo y, si realmente había sucedido algo así, ponía en duda que su narrador hubiera hecho algo tan valiente. Tenía el físico de un guerrero, no lo negaría, pero no dejaba de ser un mercader, y de donde venía, los mercaderes nunca entraban en un conflicto directo, preferían pagar a otro para que lo hiciera por ellos.
    —¿Y qué sucedió con el hombre?
    —¿Qué más va a suceder? Lo que le sucede a todos los que son apresados: se convirtió en un esclavo.
    —Esclavo. ¿Aquí no hay garantías para el esclavo?
    —¿Garantía? Es un esclavo, debe estar agradecido por permanecer vivo. ¿Qué tonterías estás hablando?
    —De donde vengo, un amo tiene prohibido golpear a sus esclavos, es un acto salvaje que es castigado por un tribunal específico para esos asuntos, pues no podía retrasarse la justicia para los ciudadanos.
    —¿“Tribunal”? ¿Qué es eso?
    —¿No hay tribunales en Calradia?
    —Si te pregunto qué es un “tribunal”, es porque no tenemos.
    —Es una reunión de hombres que se encargan de hacer cumplir las leyes que nuestro senado ha creado tras horas de deliberación. Se juzgan los crímenes de acuerdo a las pruebas presentadas por los testigos o cualquier otro medio, siempre a criterio del tribunal, para cerciorarse de si se incumplió una ley o no. Un senador, quien creó la ley y ayuda a gobernar la ciudad, tiene prohibido formar parte de los tribunales.
    —No usamos eso, — dijo, curioso por lo que acababa de escuchar —nuestros lores son los que se encargan de dictaminar si alguien es inocente o culpable de cualquier cosa. También se usan testigos, pero nada más.
    —¿Y qué sucede si el lord está ocupado? Hay una guerra contra Rhodok, no sería sorprendente que el conde Clais estuviera ocupado y no tuviera tiempo para los apresados.
    —Y lo está. En ese caso, quien sea que se encuentre en el calabozo debe esperar.
    Era un tratamiento inhumano, todavía era inocente esa persona hasta que las pruebas, salvo que fuera atrapado en flagrancia y no hubiera cabida a dudas de su culpabilidad, demostrasen lo contrario, por lo que mantenerlo recluso era algo que ningún gobernante debía hacer. Pero era una tierra extranjera, la forma de hacer las cosas era distinta.
    —Comprendo.
    —¿Lo que me querías decir, — prosiguió Osbourne —era que los esclavos heridos tenían derecho a este tribunal?
    —Los heridos no, pues quien maltratara a un esclavo sería sometido a una multa no precisamente baja. El tribunal solo se encuentra disponible para esclavos asesinados o lesionados de tal forma que pueden quedar demasiado débiles, algo así como ser amputado.
    —¿No crees que es extraño? Son esclavos, su vida le pertenece al dueño.
    —¿Es…
    —Nos están siguiendo. — uno de los mercenarios dio la alarma. —Son tres chicos, hay uno con un arco y otros con hachas para cortar leña.
    Admitía que la otra parte contaba con una buena vista, o los había divisado lo suficientemente cerca cuando salieron del pueblo, ya que detalló que se trataba de jóvenes y qué llevaban. Apostaba que se trataba de los que habían estado practicando tiro, por lo cual le informó de eso al líder de la marcha.
    —Déjenlos ser. — fue la orden de Osbourne y los mercenarios volvieron a relajarse.
    Supuso que algo así iba a pasar, sus ojos estaban deseosos de aventura y repentinamente apareció un extranjero en su pueblo, acompañado de cinco mercenarios y un mercader. Lo sorprendente hubiera sido que hubiesen decidido permanecer en sus hogares y continuar con la vida que llevaban hasta ahora. Solo esperaba que no se lastimaran en el proceso o hicieran algo estúpido.
    Más adelante comenzaba la entrada al bosque, la peor parte por la cual podían meterse, pero era necesario atravesarlo si se quería llegar rápido al oeste, pues tomaría mucho tiempo rodearlo y tendrían que pasar la noche a la intemperie.
    Eran arboles saludables, con tantas hojas que cuando se miraba hacia arriba, un techo verde sin casi ninguna apertura les recibía. Había fruta creciendo de sus ramas, proveyendo alimento a cualquiera que quisiera pasar una pequeña temporada allí, aunque no sabía si habría alguien así.
    —¿No habrá bandidos por los alrededores?
    —Tranquilo Achilleus, los chicos que contratamos conocen el bosque, además, uno de ellos está explorando.
    —¿Qué es… — Achilleus miró hacia su lado, y tal como había dicho, hacía falta uno de ellos. —¿En qué momento?
    —Rápido, ¿cierto? Creo que puedes relajarte ya, ¿no?
    —Supongo que tienes razón.
    Eso dijo, pero no podría relajarse hasta que salieran del lugar, cada árbol, en lugar de resultarle atractivo, le parecía una trampa mortal que podía estar escondiendo un asesino al otro lado. Contaban con un explorador, era cierto, pero no podía sacarse de la cabeza la posibilidad de ser traicionado por él, que su motivo para separarse no era otro que avisar a los encargados de la emboscada.
    Disimuladamente miró al grupo de al lado. Sin su cuarto miembro, ahora era un grupo de tres charlando y el otro delante, caminando en silencio, todavía no se unía a la conversación. Bastó ese día para descubrir que se trataba de un hombre de pocas palabras, de los que estaban más cómodos en la acción.
    El mercenario con media nariz volteó hacia Achilleus y en ese momento sus miradas se encontraron. La otra parte no mostraba reacción alguna al igual que la primera vez, y simplemente regresó los ojos hacia el frente. Ya no había interés alguno en el extranjero que estuvo molestando ese mismo día.
    «Mientras me ignoren, creo que todo irá bien. Pero no puedo calmarme. He luchado, matado, pero no significa que me sienta cómodo en una posible emboscada»
    No podía creer que Osbourne, que sí vivía en Calradia desde su nacimiento y de seguro había experimentado ataques sorpresa, era quien se mostraba menos tenso del grupo. Aquella falta de sensibilidad era un talento maravilloso si se utilizaba bien, o una maldición cuando se le restaba la importancia a todo. No sabía qué era en ese momento, si algo bueno o malo, pero deseaba tener eso, no preocuparse por algo que no había pasado.
    Desde pequeño, Achilleus había mostrado preocupación hacia eventos que no era seguro que sucederían, y siempre lo habían alabado por ello, por lo que sus amigos llamaron previsión; pero ahora deseaba no tenerla.



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    Mensaje por kianrz el Miér Oct 02, 2019 4:28 am

    III


    Burglen, a pesar de no poder admirarla debido a la oscuridad de la noche, era exactamente igual a Tosdhar, estaba seguro de ello, una construcción hecha con rapidez y descuido, por lo que podría apostar que había sido saqueado un año atrás y que la reconstruyeron, pero no preguntó para no escuchar algo desagradable.
    Cuando por fin abandonaron el bosque, cuando el sol ya se estaba ocultando, descubrió que realmente no era tan extenso como había pensado; pero, de todas formas, se sintió capaz de respirar de verdad sin los arboles flanqueándolo. Podían ser atacados en campo abierto, la posibilidad era latente, pero, al menos, ya no debía preocuparse por ser expuestos gracias al explorador, quien regresó incluso con un conejo colgándole de la cintura.
    El único obstáculo hacia su destino no era el bosque, también hubo una ladera, aunque no tan inclinada como la que separaba Dhirim del oeste, sí lo era lo suficiente para no permitir el paso a caballos y mucho menos al carro. Solo les quedó bordearla y dirigirse un poco al sur, donde había una nivelación del terreno y luego, más al sur, seguía la ladera.
    —Ustedes vigilen el carro. — les dijo a los mercenarios —Achilleus, acompáñame.
    Se sintió sorprendido al ser nombrado, se le había dicho en Tosdhar que su cliente no quería que su identidad estuviese expuesta, por lo cual consideró que iría solo nuevamente y que tendría tiempo de pasear también allí, solo que esta vez sin interrupción. Sin extender mucho el silencio, y luego de bajarse del carro, respondió:
    —Bien, te sigo.
    Las personas los miraban al igual que en el pueblo anterior, y la sonrisa de negocios del mercader solo servía para que no les tuviesen miedo alguno y se acercaran todavía más. No los miraban con miedo como el grupo de mercenarios, demostrando de esa forma la utilidad de una buena sonrisa para calmar los ánimos de los demás, porque el aspecto de Osbourne distaba mucho de lo que cualquiera esperaría de una persona decente.
    La casa más grande, perteneciente al anciano del pueblo, quien estaba esperando en una banca fuera, era el destino, y este último se levantó al ver a Osbourne; claramente lo reconocía. El mercader se inclinó hacia la otra parte y le susurró algo que Achilleus no entendió, pero supuso de qué se trataba ya que fueron rápidamente dirigidos al interior.
    Cada vez le gustaba menos la dirección que estaba tomando, no era común, o por lo menos eso pensaba, que se prestara la casa del anciano para concertar un negocio. Solo podía significar que la otra parte, con quien estaban a punto de reunirse, era alguien demasiado importante, alguien que ameritaba un tratamiento tan especial.
    En el interior, tan mal organizado como la parte de fuera, evidenciado por las mesas desniveladas o las sillas sin un respaldo, los esperaba un hombre tan alto como ambos y de físico prominente. El interior carecía de velas, unos pueblerinos no podían permitírselas, pero la luz de la luna era suficiente para ver a la otra parte gracias a que las ventanas, tablones de madera, estaban abiertas.
    Osbourne se acercó y saludó con un apretón de manos, que también le fue ofrecido a Achilleus. Al aceptar el saludo, arrugó la frente involuntariamente pero luego controló, casi tan rápidamente, su expresión. La forma en la cual su interlocutor había agarrado, además de los callos en las manos, era la de alguien que se entrenaba, de eso no había duda; también se notaba por la forma de moverse, de levantarse y ofrecer la mano, que todos fueron movimientos rígidos y de alguien bajo estricta disciplina. Estaban frente a un soldado.
    —Nuestro amigo en común agradece el esfuerzo, Osbourne.
    El mercader presionó la envoltura de pieles sobre la mesa, que había sido nivelada con una tabla bajo la pata, luego de que el anciano saliera y les dejara privacidad.
    Claramente el hombre con el que se estaban reuniendo no era más que un intermediario, por lo cual no resultaba extraño que la presencia de Achilleus no fuera motivo de sospecha. Estaba seguro de que, de tratarse del verdadero cliente, solo Osbourne estuviera permitido allí dentro.
    —Me alegra complacer a nuestro amigo en común. Nadie sabe lo que he traído, únicamente la persona que me lo entregó.
    —¿Y tu compañero?
    —Un buen amigo que me ha ayudado como escolta desde hace años. No sabe qué es lo que traje y nunca hace preguntas, por eso es muy bueno en su trabajo.
    —Perfecto. — tomó las pieles como si alguien fuera a arrebatárselas y parecía estar abrazándolas con fuerza, protegiéndolas con el cuerpo. —Aquí está tu recompensa.
    Sobre la mesa fueron arrojados no una ni dos bolsas a reventar de denares, sino cuatro de ellas, que, si les guardaran una sola moneda más, estas explotarían. Osbourne no había mentido cuando dijo que sería una buena recompensa, pero, este preguntó:
    —¿El resto será entregado en Dhirim?
    —Por supuesto, todos ustedes serán recompensados.
    —A mis amigos les gustará escuchar eso.
    —Oh, casi lo olvido, este es un pequeño agradecimiento de parte de nuestro amigo en común por tus servicios. — una quinta bolsa fue dejada junto a las demás. —Si alguna vez necesitamos nuevamente tus servicios, te contactaremos. Mientras tanto, intenta no gastarlo todo.
    El interlocutor se puso de pie, ofreció sus saludos a los amigos de Osbourne, que no estaban presentes, y salió por la puerta de atrás tan rápido que parecía perseguido, todavía abrazando la envoltura de pieles misteriosa.
    —¿No te dije que sería un buen negocio y fácil? — el mercader estaba sacando monedas de una de las bolsas y las metía en la que había llevado, que le estaba colgando de la cintura. —Ahora le pagamos otra parte a los mercenarios, y cuando tú y yo volvamos a Dhirim, que te reúnas con mis amigos, tendrás tu parte. Iremos por algunas bebidas a mi taberna favorita, pero tú pagas, debemos celebrar tu primer pago en Calradia, ¿no?
    —Sí, sí, lo que digas. — sonrió mientras respondía, ciertamente había sido fácil. —Pero trata de no beber mucho, no sé cuándo conseguiré más denares.
    —Ya te dije que tendremos muchos trabajos juntos. Tengo pensado irme de Dhirim cuatro días después, iremos al Reino del Norte.
    El anciano ingresó en ese momento y Osbourne, aprovechando el momento, le pidió que les dejara quedarse allí para descansar, y le ofreció una moneda a modo de agradecimiento. La otra parte simplemente rechazó el denar y les permitió quedarse de forma gratuita, con el alimento incluido. Se trataba de la influencia del hombre que salió momentos antes con las pieles.
    —¿Acaso no piensas descansar? — le preguntó al momento en que el anciano se marchó.
    —La vida de un mercader es viajar.
    —Entonces déjame descansar a mí, han sido tantos días de viaje que ya olvidé lo que significa permanecer en un lugar.
    —Bien, serán cinco días, pero no más que eso.
    Ambos se dirigieron a la sala común donde los estaba esperando el anciano, su esposa y su hijo, rodeando un amplio caldero con estofado dentro. El olor era provocador, Achilleus no había comido nada caliente desde hacía unos días, no tuvo oportunidad de probar bocado alguno en Dhirim y solo había masticado pan duro durante el viaje.
    Sentados alrededor del caldero y con los platos a medio llenar, comenzó la comida y, tal como se esperaba, para desgracia de Achilleus, le pidieron al mercader que contara alguna historia. Su miedo se hizo realidad y Osbourne comenzó a contar la desagradable, aburrida y desgastada historia del ternero y el dedo. El extranjero que ya sabía cómo comenzaba y terminaba la historia, volcó toda su atención en lo que tenía en frente: la comida.
    La familia no había escuchado ese relato tan tonto, por lo cual ponían especial atención a lo que estaba diciendo, principalmente el chico, que parecía reaccionar ante cada palabra.
    Aquella cena se hizo eterna al tener a aquel mercader parlanchín hablando sobre diversas cosas que, para el oído de cualquier persona conocedora, obviamente serían mentiras; pero para los pueblerinos, que nunca salían de su pequeño espacio, excepto para vender mercancías en las ciudades, eran asuntos sorprendentes. Achilleus simplemente se levantó y salió a caminar, pero su contratista apareció detrás de él, librándose de las preguntas del niño.
    —No parecías disfrutar de mis asombrosas historias.
    —Nunca me ha gustado escuchar mentiras. — no había nadie fuera a aquellas horas de la noche, excepto por los mercenarios, quienes estaban sentados alrededor de la carreta. —¿No te cansas de mentir?
    Al ver tanto a Achilleus como a Osbourne, estos se pusieron de pie y comenzaron a seguirlos. Mantenían su distancia mientras los escoltaban, pero las manos alrededor de sus armas y listos para desenvainar en cualquier momento. Debía reconocer que eran dedicados a su trabajo, lo que mejoró su opinión de ellos, ya no eran simples alborotadores.
    —Yo no miento, solo no digo la verdad.
    —De donde vengo eso se llama mentir.
    —Tus congéneres son un poco cerrados de mente. — Osbourne miró en una dirección y gritó: —¡¿Podrían ya dejar de seguirnos?!
    Un grupo de tres salió desde atrás de una casa. Eran las personas a las cuales había hecho referencia el explorador con anterioridad, y que Achilleus terminó por reconocer como los jóvenes deseosos de aventuras.
    —¿Están contentos ahora? — preguntó Achilleus.
    El grupo continuaba caminando hacia el norte, había otro pueblo cerca llamado Chide que pertenecía al conde Stamar y un castillo de nombre Kelredan, propiedad de lord Regan, pero que entre ambos lugares y Burglen había un cúmulo de piedras altas y robustas, o eso había explicado Osbourne.
    —Pero es que no hay nada en ese pueblo. — contestó uno de ellos.
    —Sí, no queremos quedarnos allí trabajando la tierra y ser tratados como basuras, ¡queremos demostrar nuestra valía!
    Le recordaba a uno de sus hermanos menores, ansioso de glorias e inconsciente de lo que lo rodeaba, no era capaz de ver que tenía una familia que se preocupaba por su seguridad y no querían ver su cuerpo incinerado.
    —¿Demostrar su valía siguiendo a escondidas a un grupo que pudo matarlos? — preguntó Achilleus. Las rocas estaban a la vista, eran más altas que cualquier hombre y más gruesas que el ganado. El grupo aceleró el paso para acercarse. —No es algo muy brillante. Escuchen, tienen un hogar y deben valorarlo. Yo trabajé durante cuatro años, desperdicié mi tiempo en ello, pero, me sentía completo ya que tenía a mi familia conmigo. Deben apreciar…
    Un sonido característico, de un proyectil rompiendo el viento, llegó a los oídos de Achilleus, proseguido de uno mucho más familiar, pero nada placentero: el chillido de un hombre herido.
    Uno de los mercenarios se desplomó, rodando por el suelo y escupiendo maldiciones. Era ese tipo de momentos que se sentían irreales y que el tiempo se paralizaba; pero sabía que todo era real y que el tiempo no era piadoso con nadie.
    —¡Emboscada! — gritó Achilleus —¡Busquen cobertura!
    Agarrando al mercader, que no fue capaz de reaccionar con tiempo, Achilleus lo arrastró hasta cubrirlo con una de las rocas, el ataque venía desde el norte, por lo que sería seguro si se cubrían allí.
    No hubo necesidad de decirle nada a los mercenarios, ellos buscaron sus propias rocas para protegerse, y el que tenía media nariz cargó con su compañero herido con una facilidad envidiable y lo cubrió no solo con la roca, sino con su cuerpo.
    Los chicos, asustados y desorientados en una situación de verdadera desesperación, no sabían hacia donde correr, pero una flecha a sus pies les recordó que lo importante, en ese momento, era esconderse; pensar se había vuelto secundario.
    Mientras miraba, con una mezcla de impaciencia y ansiedad, una figura a cierta distancia llamó su atención. No era perteneciente a su grupo, claramente había estado allí primero, escondiéndose también de los agresores. La otra parte lo notó y le hizo una señal con las manos, mostrando un número siete, lo que solo podía significar que se trataba de siete hombres. La próxima señal fue un dos y una mímica de un hombre tensando un arco.
    —¡Son siete, dos son los que tienen arco! — informó de inmediato. —¡Tú! — Achilleus señaló a uno de los mercenarios, llevaba un escudo redondo y mediano, y le dijo: —Sal con escudo en alto, golpéalo y llama su atención, pero no te expongas demasiado. — señaló al explorador —Tú, dispara cuando las flechas se dirijan a tu compañero. Tú también chico. — le dijo al chico del arco, sacándolo de su ensoñación —No importa si fallas, ¿entendiste? No importa, solo dispara. — Achilleus había dejado su arco, por lo cual no podía aportar mucho en esa situación. —Tú y tú, — señaló al mercenario con media nariz y al último que faltaba, diciendo: —corran cuando de la señal, los arqueros enemigos deben guardar refugio en ese momento, debemos cerrar distancia.
    No le daría órdenes a los demás, estaba seguro de que ninguno de ellos sería capaz de correr bajo los disparos agudos del enemigo, y mucho menos enfrentar cara a cara a los asaltantes, y en caso de hacerlo, podía apostar que serían un lastre, en lugar de ayudar.
    En ese momento, en el que habían sido descubiertos, pero el enemigo no parecía organizado, debían actuar con rapidez antes de que los rodearan. Todo debía terminar en cuestión de segundos, si se extendía y no lograban matar al menos a la mitad, todo se volvería en su contra.
    Achilleus notó cómo el mercenario con media nariz desenvolvía lo que llevaba en su espalda, una claramente pesada hacha a dos manos, con una cabeza que se notaba gruesa a pesar de no poder verla bien por la falta de luz.
    Ignorando al mercenario, se giró hacia la figura a la distancia, a quien no podía distinguir por las sombras producto de la posición de la luna y la roca en la que se cubría. Trató de transmitir bien sus órdenes mediante señales, y pareció entender ya que asintió con vigor.
    Inhalando y exhalando repetidas veces, calmó los latidos de su corazón. Había luchado con anterioridad, pero cada vez que lo iba a hacer sentía que su corazón explotaría, y debía calmarse al respirar, además de acariciar el mango de su hacha como estaba haciendo en ese momento.
    Recordaba vívidamente el sentimiento de expectación antes de cruzar miradas con el enemigo, antes de disputar sobre la mesa, en un todo o nada, salvaje y frenético, hermoso y desagradable, las existencias de ambos, reducirse a meros actores de vergonzosos roles. Se reducían a algo menor a un ser humano, algo en lo que estaba a nada de convertirse en bestias, para luego, si sobrevivía, lavarse la conciencia con aquella excusa de la defensa propia. Ver, matar y luego convencerse a sí mismo de que su accionar era legítimo. Volvería a la misma espiral de decadencia y podredumbre que odiaba.
    —¡Ahora! — bramó Achilleus.
    El sonido del escudo siendo golpeado por la empuñadura de una espada, para luego enmudecer y ser reemplazado por el de flechas impactándose y clavándose contra la madera, no se hizo de esperar; pero no escuchó ningún alarido, lo que significaba que todo comenzó bien.
    Levantó el puño y luego lo bajó, esa era la señal. Los encargados de disparar, o al menos uno de ellos, comenzó con su labor de distracción, lo que era, en ese mismo instante, la señal para el grupo de combatientes cercanos.
    Con un rugido expulsado desde lo más hondo de su ser, para llamar e implorar la fuerza de la fundadora de su familia, salió de su escondite con el hacha en mano. No se cercioro de que lo estuvieran siguiendo, sabía que, si miraba hacia atrás, perdería el ímpetu con el que había iniciado la carga.
    Delante de él estaba una figura que se le notaba un escudo y un arma que se quedaba entre ser una espada corta y una daga, y por su filo único solo quedaba describirlo como un cuchillo enorme. El hombre con el escudo y el cuchillo adquirió la posición de defensa, llamando a sus compañeros de alrededor, quienes no estaban lo suficientemente cerca para brindarle apoyo a tiempo.
    Apretando con fuerza el mango, ya que sentía que podía resbalarse en cualquier momento, lanzó un golpe hacia su contrincante, quien fue lo suficientemente rápido para levantar su defensa y protegerse el cuello a pesar de la poca visibilidad que había. El hacha se hundió con facilidad en la madera, arrojando tantas astillas que incluso unas cuantas le golpearon, sin hacerle nada, el rostro.
    El golpe fue con la suficiente potencia para desestabilizar al asaltante, y Achilleus, para completar su trabajo, arrojó una patada a su entrepierna tan fuerte como pudo. Cualquiera le diría que peleaba sucio, pero no existían reglas cuando las vidas estaban sobre la mesa llamada batalla.
    El asaltante soltó el escudo y el cuchillo, cayendo al suelo mientras sobaba sus partes nobles, pero Achilleus clavó el hacha sin más contemplaciones, no le daría cabida para que pudiera recuperar fuerzas. Sacando el arma del cuerpo, volvió a clavarla, solo que esta vez más arriba, entre el cuello y el plexo solar; no fue necesario, pero quería cerciorarse de que no se levantaría, así que repitió la acción nuevamente.
    Un recuerdo, fugaz y desdeñoso, irrumpió en su mente. La primera persona que había matado, cuando tenía dieciséis, había llorado y suplicado por su vida. A quien acababa de extinguirle su futuro no había tenido la oportunidad, había sido todo tan rápido que solo pudo quejarse en su mente.
    Arrojando aquellas tonterías al fondo de su mente, agarró el escudo, que estaba más cerca y era de más fácil acceso, y lo usó para golpear al hombre que estaba acercándose por su costado, que planeaba clavarle la misma clase de arma que había usado en contra de su compañero. Claramente lo derribó, no había esperado ser atacado de vuelta, y con los restos del escudo, pues se había roto por la mitad al impactarlo contra el agresor, lo agarró tan fuerte que algunas astillas se le clavaron y lo utilizó para golpear al caído. El joven, pues era capaz de verle el rostro desde tan cerca, suplicaba que se detuviera, pero todo llegaba a oídos sordos. Las armas convertían a los hombres en bestias incansables, los llenaba de instinto asesino, ensordecía su conciencia y humanidad; y Achilleus no era la excepción, incluso, era más propenso a ese estado barbárico.
    La sangre comenzaba mancharle la ropa, y aun así no detuvo su brutal golpiza dirigida al rostro hasta que los espasmos, producto de los impactos que realizaba, cesaron completa y definitivamente. Ya no había reacción.
    Entrando en razón y recordando que seguía rodeado, corrió hasta su hacha y tiró de ella para preparar un recibimiento contra el siguiente que intentara tomar su vida.
    El mercenario con media nariz, empuñando el hacha a dos manos, había cortado, como si de un tronco se tratase, el brazo completo de su contrincante, que no paró de gritar hasta que el mango del arma le atravesó el ojo. Fue asqueroso y recordó, por alguna razón, la historia del ternero y el dedo.
    Junto al mercenario, además del nuevo cadáver que había dejado, otros dos cuerpos estaban alrededor, lucían como si estuvieran descansando en el suelo hasta que se veía el charco de sangre sobre el que estaban tirados.
    Achilleus miró con frenesí hacia todos los lados, esperando a que le viniera cualquiera cosa, pero nada sucedió. El campo estaba en silencio, ese silencio especial que se producía únicamente cuando una batalla terminaba, y que se te pagaba en la cabeza como un parasito. Aquel silencio tenía la cualidad especial de demonizarte, de hacerte ver que te habías equivocado, ese espacio te mostraba que habías matado no solo a personas parecidas a ti, sino también tu propia humanidad, te golpeaba con las preguntas: «¿Qué he hecho?» o «¿Por qué lo he hecho?».
    Reteniendo las náuseas que le ocasionaban los combates, vio cómo la figura que le había advertido del número de atacantes salía desde atrás de unas rocas. Mantenía las manos levantadas para dar a entender que no tenía intenciones de luchar. Achilleus imitó el gesto mientras les gritaba a sus compañeros que todo había terminado. Era sorprendente la facilidad y rapidez con las que podían morir siete personas.
    Mirando en dirección por la cual su grupo venía, el cuerpo de dos mercenarios, el que había disparado las flechas a modo de distracción y el que había cargado contra el enemigo, estaban siendo llevados por Osbourne y el que había distraído al enemigo con el escudo.
    —Gracias por tu advertencia. — dijo Achilleus mientras extendía una mano.
    —No hay nada de qué agradecerme.
    La mano que recibió su apretón era fuerte, pero no tan grande y callosa como se esperaría de un hombre moldeado por la vida. De hecho, la otra parte era un joven que posiblemente rondaba la edad de quienes los habían seguido, de piel morena y profundos ojos oscuros. Claramente no era swadiano, además de que su acento era más liviano, y uno de los jóvenes no tardó en evidenciarlo, gritando:
    —¡El esclavo sarranés!
    Aludido, el joven que estaba intercambiando el apretón con Achilleus intentó retroceder, pero olvidó que su mano estaba siendo tomada por otra persona, por lo cual no pudo moverse de su sitio. No hacía falta ser un genio para ver que los jóvenes habían acertado.
    —¡Quieto!
    El joven del arco, poniendo en práctica lo que se le había enseñado ese mismo día, apuntaba en contra del esclavo. Achilleus se arrepintió, en ese momento, de haberle dado consejos que no solo no había utilizado momentos atrás, sino que ahora quería matar a un inocente.
    Era la mayor expresión de naturaleza humana que había visto, o estaba entre las mayores. Se había acobardado cuando un grupo preparó una emboscada improvisada, había sido incapaz de reaccionar en aquel momento y se había quedado paralizado. Pero ahora la cosa cambiaba. Era el agresor. Era capaz de ser el agresor porque la otra parte era débil, estaba en desventaja, y además, solo, a diferencia de él, quien contaba con sus compañeros.
    —¡Detente! — ordenó Achilleus.
    —¡No te metas, Extranjero!
    —¡¿Que no me meta?! ¡Este hombre acaba de salvar tu vida, la mía y la de todos los que estamos aquí! ¡¿Y así le pagas?!
    —¡Una cosa no tiene que ver con la otra, es un esclavo fugado!
    —¡Esclavo o no, de donde vengo las deudas de honor se pagan! ¡Baja ese arco o te juro que te ahogaré en el Rio Estigia!
    Los ánimos, caldeados por un derramamiento reciente de sangre, eran imposibles de calmar. El mercenario con media nariz estaba observando el intercambio en silencio, no tenía intenciones de inmiscuirse en el asunto, y tampoco mostraba interés en sus compañeros muertos; por otro lado, Osbourne no se sentía capaz de mediar y observaba a distancia, era obvio que sentía que, no importara lo que hiciera, no ayudaría en nada.
    Se estuvieron observando por un tiempo, hasta que uno de los jóvenes, impulsado tal vez por el olor a sangre, llevó su mano hasta el hacha para leña que llevaba. El cuerpo de Achilleus reaccionó de inmediato, obviamente más rápido que la otra parte y su hacha, todavía manchada con la sangre de los bandidos, terminó en el cráneo del chico.
    Los demás jóvenes, paralizados por la muerte soplándoles la nuca, solo pudieron observar cómo el extranjero recuperaba su arma y, todavía poseído por la sed de sangre, se abalanzaba sobre ellos, cubierto no solo por el líquido vital, sino también por la furia. Ninguno era un guerrero experimentado, era su primera vez viviendo algo como eso, y la visión de un alto y fuerte guerrero que se acercaba a ellos blandiendo un hacha ensangrentada los helaba hasta los huesos.
    Achilleus clavó su arma en el que tenía más cerca, era el joven al que le había dado consejos respecto al arco, y en lugar de usar el hacha para continuar con su labor, agarró la flecha de sus ahora fríos y muertos dedos, para clavársela directo en el ojo al último de ellos. Fue tan rápido como lo que había ocurrido con los bandidos, ni un solo grito, solo el sonido de la carne rasgada, los huesos rotos y la sangre salpicando.
    Reaccionando a lo que hizo, contuvo las ganas de vomitar, pero pudo saborear algo en su lengua. Había matado niños. Había levantado su arma, sucia por la sangre de bandidos, en contra de niños. Los había asesinado como un perro rabioso o cualquier animal salvaje.
    Maldiciendo su sangre, escupió al suelo. Su familia, a pesar de haber vivido en la cuna de la civilización durante cuatro siglos, todavía cargaba aquella maldición de sus inicios. Las batallas los convertían, a todos sin excepción, en animales hambrientos que solo se saciaban cuando el combate terminaba. Era una especie de trance, y por los escritos de hacía cientos de años, parecía que era mucho peor; Achilleus, al menos, todavía razonaba en medio del combate. Y lo peor era que la maldición que su sangre portaba, que se desarrollaba cuando la persona entrenaba a lo largo de su vida, era glorificada en el pasado, en la tierra de su fundadora.
    Los mercenarios, cargando con su herido y sus muertos, se alejaron del lugar. Ya no había nada para ninguno allí, y uno de ellos debía recibir atención que sería proporcionada en el pueblo y, cada segundo, era completamente valioso como para gastarlo observando cuerpos que nada tenía que ver con ellos.
    —Gracias, realmente te lo agradezco. — dijo el esclavo mientras se acercaba. —Mi nombre es Rasheed, ¿puedo conocer el tuyo?
    —Soy Achilleus.
    Trataba de calmar los pequeños espasmos de sus mejillas y enseñar una expresión neutral, pero estaba seguro de que no lo lograba en absoluto, y no porque pudiera sentir sus mejillas, solo lo adivinaba.
    —Estoy en deuda contigo, Achilleus.
    —No, nos…
    —No, incluso sin mi ayuda ustedes habrían derrotado a los bandidos. Agradezco que me defendieras.
    —Sí, sí, no hay problema. — contestó sin animo.
    —Debes estar cansado, — dijo Rasheed, comprendiendo cómo se sentía Achilleus —por lo cual no te molestaré más. Espero que algún día podamos volvernos a ver, para de esa forma pagar mi deuda contigo.
    —Espera. — Achilleus lo detuvo antes de que se diera la vuelta —¿A dónde irás?
    —No estoy seguro, pero seré perseguido donde quiera que vaya.
    —Entonces ven conmigo.
    —¿Ah? — lucía impactado.
    —De esa forma podrás pagarme.
    —Realmente no quiero causarte problemas.
    —Bien. Si eso quieres, no te obligaré. Si cambias de opinión, estaré aquí hasta el amanecer.
    Le ofreció la mano y ambos se despidieron con un apretón. Rasheed simplemente se perdió entre la penumbra, debiéndose más a que Achilleus no se había molestado en seguirlo con la mirada, seguía observando a sus víctimas.
    Los ojos de los niños estaban alineados en su dirección, abiertos completamente y con expresiones de sorpresa. Lo estaban acusando. Le estaban preguntando la razón de su muerte, la razón por la cual había elegido a un esclavo por encima de ellos, hombres libres. El chico del arco era quien más lo fulminaba con la mirada, y estaba seguro de que escuchaba el último sonido extraño que hizo cuando el hacha lo atravesó.
    —¿Realmente estás bien? — preguntó Osbourne, que se mantuvo en silencio hasta ahora.
    —¿Hay algo aquí que está realmente bien? Acabo de matar niños, Osbourne, niños. ¿Cómo quieres que mate niños y diga que todo está bien?
    —Eran hombres, no niños.
    —¡¿Hombres?! ¡¿Dónde en el mundo esos niños son hombres?!
    —Aquí. — le contestó con calma —Aquí son hombres. ¿Has olvidado en qué lugar estás? Nunca olvides eso, Achilleus. Y vendrán cosas peores.
    La última frase fue casi como un murmullo, pero Achilleus fue capaz de escuchar claramente qué estaba diciendo, por lo cual reaccionó:
    —¿Qué quieres decir?
    —Nada…
    —Obourne, ¿qué quieres decir?
    —Verás… — desvió la mirada por unos segundos, pero luego encaró a su interlocutor —el aumento que recibí se debía a que habría bandidos de por medio.
    —¿Este grupo que nos emboscó?
    —No, esos solo eran exploradores, pero no tenían idea de nosotros. Un grupo de alrededor de treinta se dirige hacía Tosdhar, estaban buscando el paquete que ya recibí y entregué.
    —¡¿Los habitantes lo saben?! — preguntó airado.
    —No, no lo saben, el cliente no quería que lo supieran.
    —¡¿Acabas de vender sus vidas por unos malditos denares?!
    —Escu…
    —¡¿Que te escuche?! — lo interrumpió —¿Qué excusa me dirás?
    —No es ninguna excusa, se le envió una carta al conde Haringoth sobre el asunto.
    —¿Una carta? ¿Y cuándo llegará la carta?, ¿cuándo llegaran los bandidos?
    —La carta no lo sé, pero los bandidos llegaran el día después de mañana.
    —Debemos advertirles, nos regresamos a Tosdhar de inmediato.
    —¿Estás loco? Acabas de tener una batalla, debes descansar. Además, los mercenarios no se moverán con un recién herido en la noche.
    —¡¿Descansar?! — estaba indignado —Gente va a morir.
    —Escúchame. Te prometo que iremos a Tosdhar mañana por la mañana, pero debes descansar hoy.
    —¿Qué me impide irme ahora con tu caballo?
    Podía robar el caballo del carro y marcharse de esa forma, llegaría sorprendentemente rápido y sería capaz de advertirles para que evacuaran a tiempo hacia Dhirim. Los mercenarios, heridos y cansados, no se interpondrían en su camino, y sería fácil derribar a Osbourne si intentaba detenerlo.
    —¿Y qué dirás? — Osbourne preguntó, calmado. —Eres un extranjero en Calradia, nadie te dará la atención que crees merecer. Escúchame, todavía te considero un amigo, así que confía en mí, ¿quieres?
    Achilleus observó fijamente a su interlocutor durante un tiempo, quedándose así bajo la luz de la luna y con el olor a sangre pegándoseles en el cuerpo. La otra parte le había ocultado información tan importante, información que ponía en peligro la vida de un pueblo entero; y ahora, sin ningún tipo de vergüenza o disculpa, le pedía que confiara nuevamente en él.
    Tal vez debía apuñalarlo en ese momento, irse, no escuchar las palabras melosas de alguien que fue capaz de vender a tantas familias por unos cuantos denares más. Alguien así no era digno de ser seguido por nadie, pero, a pesar de eso, a pesar de no haber ningún motivo por el cual tener fe en alguien así, repondió:
    —Bien. — se vio obligado a aceptar, pues, desgraciadamente, seguía confiando en Osbourne, ya que pudo callarse el tema de los bandidos o haber mentido; era un comerciante y debía ser bueno mintiendo. —Pero partiremos cuando salga el sol.
    —Entiendo.
    Achilleus, suspirando audiblemente, limpió su arma en la ropa de una de sus víctimas y murmuró:
    —Osbourne tiene razón. Esto es Calradia.


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    Mensaje por kianrz el Mar Oct 08, 2019 3:20 am

    Brulote


    La prisa con la cual abandonaron Burglen les granjeó la posibilidad de llegar antes del mediodía. Partieron, tal como había dicho Achilleus, al momento de salir el sol, y lo hicieron solo Osbourne, el mercenario con media nariz y el esclavo sarranés, Rasheed.
    El grupo de mercenarios había decidido no tomar parte en lo que estaba por pasar, y tenían motivos legítimos para negarse: lo primero fue su compañero herido al cual debían cuidar, parecía que no estaba sanando correctamente; y la segunda, la principal de las razones, se debía a que fueron contratados para transportar un paquete y proteger al mercader durante el camino, no para luchar una escaramuza. Al menos tuvieron la decencia de dejar pasar la otra mitad del pago.
    Por otro lado, el mercenario con media nariz, que se presentó esa misma mañana como Oddvarr, había resumido sus deseos de participar con las simples palabras: «Me pagan por luchar». Aunque no lo había visto durante la pelea anterior ya que había estado demasiado ensimismado contra sus oponentes, estaba claro que una pelea contra él podría ser la última que tendría.
    Luego estaba Rasheed, quien los siguió y se presentó cuando se adentraron al bosque, confesando que, por los gritos de Achilleus, había regresado y escuchado la conversación a escondidas, siendo esa la razón de que se hubiera enterado de lo que iba a suceder. Se ofreció como voluntario a modo de pagar la deuda de vida que tenía, y Achilleus estaba dispuesto a recibir a un luchador que aparentaba ser hábil.
    Y con el grupo anterior de solo cuatro combatientes y un comerciante, el anciano del pueblo aceptó reunir a todos los habitantes en el centro, esperando con expectación, cada uno de ellos, las noticias que traían los forasteros. Y quien dio un paso al frente no fue otro que Osbourne, diciendo:
    —Escúchenme, tengo algo importante que decirles a todos. Desde Burglen hasta aquí, fuimos atacados por un grupo de bandidos. — Osbourne abrió los brazos, señalando a sus escoltas, continuando: —Como sabrán, vine aquí ayer con seis escoltas, y miren ahora, tres de ellos han muerto en la lucha. — los pueblerinos mostraron preocupación ante esa mentira, pausando momentáneamente el discurso del mercader. —Logramos vencerlos a todos, pero descubrimos de uno de ellos que solo se trataba de exploradores, que el verdadero grupo vendrá aquí mañana, se trata de los Mutilados.
    Con la última palabra arrojada a la multitud, esta entró en pánico inmediatamente. Achilleus estaba confundido, no sabía quiénes eran estos tales Mutilados, pero, pudo intuir, gracias a esas reacciones, que se trataba de gente excesivamente peligrosa; no era extraño que un gran bandido se labrara un nombre, mucho menos un grupo de ellos.
    Las mujeres estaban abrazando a sus niños y clamando el nombre de su señor, el conde Haringoth, para que viniera a protegerlos. En ese momento sería normal orarles a los dioses por misericordia, por fuerza; pero, en su lugar, las plegarias iban dirigidas a sus lores, como si fueran alguna especie de seres superiores y omniscientes. Esa fe era genuina, Achilleus apostaba por ello, lo que lo convertía en algo más extraño, pero prefirió dejar ese pensamiento para después.
    Los hombres, en lugar de quedarse paralizados, estaban discutiendo soluciones y todas terminaban en un asunto: evacuar hacia Dhirim. Era lo más sensato, y Achilleus los apoyaría, a pesar de que era una decisión catastrófica a largo plazo. Los habitantes de Tosdhar comenzarían a poblar las calles de la ciudad como mendigos, o algunos recurrirían a la delincuencia y socavarían el orden público, desmejorando la calidad de vida de todos los ciudadanos.
    Achilleus podría aventurarse y regresar a caballo hasta la ciudad e intentar avisarle a cualquier guardia que se encontrara, o al regente, no podía haber ausencia de autoridad, alguien debía estar a cargo. Pero nadie le prestaría atención a un extranjero. Y no podía enviar a Osbourne, no estaba seguro de que pudiera sobrevivir al viaje solo, debía tenerse en cuenta su falta de habilidad marcial. Tampoco era útil el mercenario, estaba claro que tenía un déficit en sus habilidades sociales, y no le extrañaría que fuera arrestado por irrespeto o que nadie lo escuchara seriamente.
    —Esto es malo. — murmuró Osbourne.
    —¿Por qué? — Achilleus le preguntó en voz baja.
    —No estoy seguro de que sean recibidos con los brazos abiertos en Dhirim, pero, en caso de hacerlo, ¿qué pasará con sus pertenencias?
    —Son solo objetos.
    —No es así de simple. Deben almacenar su propia comida, pues, incluso con la ayuda de mis amigos, no podríamos mantenerlos a todos. — se trataba de un grupo de alrededor de cuarenta, pero Achilleus no le replicó, lo dejó continuar: —Deben traer consigo sus pertenencias: ganado, alimento o cualquier cosa para vender. Se retrasarán y es posible que nos atrapen en el camino, sin contar que tomará tiempo organizarlo todo. — tenía toda la razón —Además, — enfatizó cada palabra —hay ancianos, mujeres embarazadas y niños.
    Achilleus echó un vistazo. Algunas mujeres, cargando con su pesado vientre, estaban sentadas para no esforzarse demasiado, acompañadas de hombres y mujeres de edad avanzada que posiblemente no podrían caminar por mucho. Todos eran peso muerto. Pero Achilleus no abandonaría ese peso muerto.
    —Lo entiendo. ¿Qué sugieres que hagan? — ya conocía la respuesta, pero preguntó.
    —Deben quedarse y luchar.
    Achilleus examinó a los pueblerinos con rapidez. Había, por lo menos, veinte hombres, o eso creía, con la capacidad de defenderse a sí mismo; tenían desde la edad de los chicos que mató en los alrededores de Burglen, hasta unos con los que parecía compartir edad u otros que aparentaban doblársela. Sería, de todas formas, contando a su grupo, un veintitrés contra treinta; pensando en positivo seguía siendo desfavorable, y todo sin tomar en cuenta que las personas frente a él nunca en su vida utilizaron armas, a excepción de los cazadores, si es que había siquiera uno.
    —¿Lucharemos con este grupo tan pequeño e inexperto?
    —¿Qué otra cosa sugieres? Podemos evacuar, pero tendrán que dejar atrás el ganado, la mayoría de sus pertenencias y a miembros de su familia. Conociéndote lo poco que te conozco, eres incapaz de abandonar mujeres y niños.
    —¿Seguro que es la única opción?
    Achilleus lo sabía, pero de todas formas lanzó la pregunta, todo mientras seguía exprimiéndose el cerebro para buscar una solución alternativa. No servía de nada llevarlos a Dhirim y, si intentaban llevarlos a Burglen, solo los arrastrarían al problema, además de que tendrían que atravesar un bosque.
    —Ya te…
    —Espera. — levantó un poco la voz, pero luego volvió a su anterior volumen, diciendo: —¿No me dijiste que está ese castillo llamado Derchios? — aunque no recordaba el nombre del conde que lo gobernaba. —Podemos llevarlos allí, está mucho más cerca que Dhirim.
    Achilleus miró en dirección oriental, tratando, en vano, de mirar el castillo a la distancia. Sentía que sus esperanzas habían renacido, era una oportunidad de oro, no les tomaría ni mediodía llegar hasta allí para buscarles refugio. Desgraciadamente, Osbourne no compartía su entusiasmo.
    —Es imposible.
    —¿Qué?
    Sintiendo como si le arrojaran agua fría en pleno invierno, todas las emociones que habían estado entusiasmándolo se enfriaron bruscamente. Casi pudo sentir, incluso, cómo descendía su temperatura corporal.
    —El conde Tredian, quien gobierna el castillo Derchios, se encuentra en malos términos con lord Haringoth.
    —¿Y eso qué importa?
    —Por mucho que aparezcamos en su puerta e imploremos su ayuda, no obtendremos sino silencio en el mejor de los casos. En el peor, sus hombres nos matan.
    —Debes estar bromeando.
    —No, desgraciadamente no es una broma. Todo se debe, al parecer, sobre algo que ocurrió en uno de los tantos torneos del rey Harlaus. El conde Tredian derrotó en un enfrentamiento al conde Haringoth, lo que no le gustó a este último quien, durante el banquete, desafió a la otra parte a un duelo, delante de todos. Al tratarse de un desafío, negarse era imposible y, aunque el que acepta es quien tiene derecho a elegir las armas, lord Tredian le concedió ese derecho al conde Haringoth. Para resumirlo todo, dicen que el conde Haringoth hizo trampa durante el enfrentamiento, pero, al no haber seguridad sobre ello, sigue siendo una humillante derrota para el conde Tredian.
    Achilleus se quedó boquiabierto. Cerca de cuarenta personas estaban a punto de morir por el asalto de unos bandidos, y el castillo que se encontraba más cerca no prestaría ayuda por un desprecio personal hacia el lord de Tosdhar. Era el colmo de la estupidez, pero no podía hacer nada más que quejarse o ayudar a los pueblerinos.
    Permaneciendo en silencio, evaluó la situación. Sería imposible, incluso con ayuda divina, ganar aquella refriega. Eran pueblerinos contra bandidos acostumbrados a las masacres. Si querían salir triunfantes, debían utilizar su entorno, no había de otra, por lo cual, tras concebir parte de un plan mientras los habitantes discutían, dio un paso al frente y gritó:
    —¡Atención! — su voz, poderosa y enérgica, los acalló a todos, quienes lo miraron de inmediato. —¡El enemigo tocará sus puertas y escapar es imposible! — los golpeó, primeramente, con la dura realidad antes de continuar: —¡Mujeres, ancianos y niños están aquí, están alrededor de ustedes, los miran a ustedes, dependen de ustedes! ¡Pueden evacuar, e incluso los insto a hacerlo, pero, antes de irse, maten a aquellas mujeres, ancianos y niños! — todos lo miraron, horrorizados, pero no impidió que prosiguiera: —¡Mátenlos por piedad, evítenles a las mujeres la deshonra de ser violadas, montadas salvajemente por decenas de hombres que buscan satisfacer su lujuria! ¡No permitan que los niños tengan el futuro de un esclavo, el futuro en el cual una existencia miserable e imaginar un mañana todavía más miserable será su día a día! ¡Que los ancianos no sufran por su impotencia de defender su hogar, de cuidar a sus hijas, de salvar a sus nietos! ¡Mátenlos por misericordia, eso es lo que les pido antes de que escapen! — Achilleus sacó su hacha y apuntó al cielo, gritando todavía más fuerte: —¡O DEFIENDAN LO QUE ES SUYO! ¡PERMANEZCAN EN ESTA TIERRA QUE LOS VIO CRECER Y LES PROVEYÓ LA BENDICIÓN DE LA NATURALEZA, QUE SERÁ LA TIERRA EN LAS QUE SUS HIJOS CREZCAN, EN LA QUE SUS HIJOS SE CASEN Y LOS HIJOS DE SUS HIJOS VIVIRÁN! ¡USTEDES SERÁN LOS CONSTRUCTORES DE ESE FUTURO, ASÍ SEA OFRECIENDO SU CORAZÓN, OFRECIENDO SU VIDA! ¡NO TEMAN A LA MUERTE, ABRÁCENLA! ¡CIMIENTEN CON SUS CUERPOS UN CAMINO DE VIDA PARA LOS SUYOS! ¡NO MATEN A SUS FAMILIAS POR SU COBARDÍA, MÁTENLOS A ELLOS LUEGO DE MOSTRARLES EL MIEDO! ¡ÚNANSE A MÍ EN LA GLORÍA, QUE EL DIOS DE LA GUERRA NOS OBSERVE DESDE SU TRONO DE CADÁVERES EL CÓMO ENVIAMOS MÁS PASTO PARA LOS CUERVOS! ¡QUE EL BARQUERO LOS VEA PATALEAR COMO LOS CERDOS QUE SON! ¡QUE LOS RÍOS INFERNALES SE DESBORDEN DE SANGRE!
    El discurso improvisado de Achilleus, quien realmente nunca había hecho uno, encendió la llama de la guerra en ellos, la sed de sangre, despertó el resentimiento que estaba dormido en lo más profundo de su ser, quienes solo podían ver, años tras año, cómo sus casas eran saqueadas y quemadas; cómo sus familias eran asesinadas o esclavizadas frente a ellos; cómo sus mujeres eran violadas. Solo hacía un año era que habían vuelto a su hogar, y ahora les amenazaban con quitárselos. No aceptarían nuevamente aquella humillación.
    —¿Qué podemos hacer? — preguntó el anciano del pueblo.
    —No les mentiré, — dijo Achilleus —es imposible salir indemne de esto. Muchos morirán, puede que todos. Pero moriremos aquí, reteniéndolos, los que no puedan luchar deben marchar a Dhirim de inmediato.
    Achilleus invitó a todos los hombres, ancianos incluidos, a que entraran a la casa detrás de ellos. Discutirían el plan de batalla para el día de mañana, a pesar de no poder tomarse demasiado tiempo en ello; pero no podían salir a pelear sin uno.
    Las dos batallas que había librado en el pasado eran todas con igualdad de condiciones, no había mucha diferencia entre ambos bandos y la victoria de nadie estaba asegurada. Ahora era diferente. Lucharía en el bando perdedor, y posiblemente moriría con ellos.
    La fundadora de su clan no creía en los dioses de su tierra madre, sino en aquellos dioses nórdicos, en aquel salón reservado únicamente a los guerreros más valerosos que morían en combate. Achilleus había sido criado, principalmente, con los dioses de su tierra madre, pero no ignoraba la fe de su fundadora a pesar de odiarla, así que se preguntaba, al igual que en el pasado, si él tendría cabida en el Valhalla.


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    Mensaje por kianrz el Mar Oct 08, 2019 3:22 am

    II


    La reunión terminó luego de casi una hora de deliberación. Decidieron de inmediato el curso de acción, y sería tal como había sugerido Achilleus sobre dejar escapar a los incapaces y que aquellos voluntarios se quedarían a luchar; pero, cómo no podían enviarlos solos, dos de los hombres jóvenes los acompañarían, entre los que se sumaba Osbourne, el encargado de meterlos a la ciudad sin inconvenientes. Por esa razón, solo tendrían disponible catorce combatientes para la defensa, y con el grupo de Achilleus serían diecisiete, un panorama nada alentador.
    Lo primero fue ayudar a empacar la mayoría de las cosas, tales como pertenencias importantes y comida, además de arrear el ganado, que moverían a la ciudad para su comercialización o uso de alimento. Tomó cierto tiempo tenerlo todo listo, ya que también derribaron una casa para fabricar escudos improvisados, existía la posibilidad de que el bando enemigo contara con arcos, y no sería un asunto de risa verse bajo una lluvia de flechas sin oportunidad de defenderse.
    Luego de aquello, concernía pensar en el enemigo. Osbourne le había explicado, antes de marcharse, quienes eran los Mutilados. Aquel grupo de bandidos swadianos eran todos hombres que carecían de una oreja, un dedo, un ojo o cualquier parte del cuerpo que no les impidiera desarrollarse en un combate. Su líder, quien nunca daba su nombre y se hacía llamar Come-Orejas, un nombre estúpido a criterio de Achilleus, se lo había ganado ya que cortaba orejas, las asaba y devoraba; era temido, incluso, por unos pocos lores que veían sus pueblos saqueados o sus hombres emboscados por mero placer. Si aquel grupo decidía tomar prisioneros, era porque posiblemente fueras a ser usado como alimento, y ahora marchaban hacía el pueblo.
    El tercer punto consistía en tratar con los pueblerinos, a quienes debía enseñarles cómo defenderse para el día siguiente. Estaba, la mayoría, de pie en fila sin ningún tipo de disciplina, algunos encorvados, otros rascándose la nariz o axila; había uno incluso que estaba sentado. El discurso se había enfriado cuando comenzaron a empacar y vieron que serían ellos quienes se quedarían a morir. No había discurso que pudiera mantener a alguien indiferente ante la muerte.
    Achilleus había servido como instructor en su tierra madre, todo como favor a uno de sus amigos que debía permanecer ausente por un tiempo, y que él era el único en quien podía confiar por el momento. Todo lo concerniente al ejercito era demasiado estricto y cualquiera dudaría verse involucrado por miedo a ser juzgado por cualquier error; pero, cómo él solo estaba haciendo un favor, se encontraba bajo la protección de la garantía del delegado; consistía simplemente en que cualquier error o accionar indebido de Achilleus sería castigado a su amigo.
    Había una carencia de armas, por lo cual la mayoría solo llevaban un garrote improvisado, y había un par de ellos con horcas algo oxidadas, pero que servirían de igual forma. También iban acompañándolo todo con los escudos de madera de rápida fabricación, en el que simplemente unían los tablones cortados y que no resistirían más de uno, o milagrosamente dos, golpes de una espada o hacha.
    Además de las armas, las armaduras brillaban por su ausencia. Era algo bueno y malo a la vez. El plan que había ideado Achilleus requería cierto tipo de velocidad y movilidad, para lo cual no contar con ese peso extra se agradecía; pero, no estarían tan protegidos como para entrar a combatir sin preocupaciones, y una cota de malla, o incluso cuero endurecido, podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.
    Si tuvieran que preguntarle, no era muy aficionado a usar armadura, pero tampoco lo era de no usarla; su opinión estaba entre ambos, era algo necesario, y devuelta a su tierra madre, la había usado a menudo.
    No podría enseñarles a luchar en un día, era un asunto completamente imposible, tendría que descender el mismísimo Dios de la Guerra e imbuirlos con su bendición para eso, cosa que no pasaría en Calradia, la Tierra de los Dioses Muertos. Tal vez si le dieran, mínimo, una semana, podría conseguir resultados algo sobresalientes en algunos de ellos, pero solo había un día, asunto que no dejaba de acribillarle la mente. La única solución que había era enseñarles a seguir ordenes, que reaccionaran a tiempo, no se doblegaran debido al miedo, y todavía era dudoso hacerlo en poco tiempo.
    Ordenándoles que se pusieran de pie, gritó con fuerza y de repente, que subieran el escudo hasta el nivel de su pecho, donde podrían protegerse desde el cuello hasta la mitad de su estómago, un rango amplio. Era la acción mínima que se esperaba en un combate, ser capaz de cuidarse a sí mismo, o eso pensaba Achilleus, cuya filosofía era: «Cuando dos bandos se enfrentan, ganas por no morir, no por matar».
    Fue un desastre. Reaccionaron tarde y con nerviosismo, hasta el punto de que uno de ellos se golpeó la barbilla con el borde; otro, que, a pesar de salir indemne, soltó el escudo, lo que significaba la muerte en el campo, lo que era peor que simplemente golpearse la barbilla por error; un par de ellos lo levantaron al nivel de su estómago, pues, seguro pensaron que allí debía ir el antebrazo, un error común entre novatos.
    Achilleus soltó un pesado suspiro y apenas retuvo las ganas de sobarse el rostro con la mano. Era peor de lo que imaginaba. No solo fueron incapaces de reaccionar a tiempo, sino que hubo errores entre varios de ellos que los matarían en una batalla real. Eran bandidos, y por la descripción que había recibido, partía desde el supuesto de que ninguno de ellos tenía disciplina; pero, en su lugar, al menos contaban con instintos para pelear.
    El único consuelo era la presencia de Rasheed y Oddvarr, quienes estaban realizando los preparativos para el plan que, si no les daba la victoria, al menos podrían causar el número suficiente de bajas para dejarlos fuera de lugar durante un tiempo, salvando así otras vidas durante ese periodo, hasta que cualquier lord decidiera deshacerse de ellos. Al menos, aquella era la esperanza de Achilleus, de que la Diosa de la Sabiduría y la Estrategia le hubiera bendecido.
    Dejando a los dioses tranquilos, volvió su atención al mundo terrenal. Les ordenó a los dos que habían dejado el escudo demasiado abajo que lo subieran, y cuando uno le replicó que le estaba cubriendo el pecho y no era necesario obedecer, Achilleus lo golpeó en el cuello con el mango del hacha. No le gustaba recurrir a la violencia injustificada, pero, no había tiempo para explicarle que allí mandaba él, y que sus órdenes, al menos en el campo de batalla, eran un mandato divino.
    El chico comenzó a jadear por aire y, cuando su compañero, quien también había levantado a medias el escudo, se acercó a socorrerlo, fue derribado con una patada. A pesar de la falta de tiempo, lo estaban desperdiciando en tonterías; era tan típico que ya hasta quería reír.
    —¡Escúchenme atentamente, escorias! — pisó al segundo que derribó —¡Ahora deben seguir mis órdenes como si las de su lord se tratase, ¿entendieron?! — algunos asintieron, así que, molestó, repitió con voz más fuerte: —¡¿ENTENDIERON?!
    Tenían el destino de sus familias sobre sus hombros y estaban actuando como niños malcriados, era indignante. Se preguntaba cómo eran incapaces de actuar con seriedad y escuchar a quien se había desviado de su camino, a quien realmente no tenía nada que ver con el asunto, y estaba allí ayudando.
    Un «¡Sí!» colectivo y estridente se escuchó, incluso los que se encontraban en el suelo hicieron un esfuerzo, por lo cual los perdonó en su mente y se alejó de la fila. Seguir intimidándolos podría generar el efecto contrario, aunque un poco de miedo servía de vez en cuando para cuando se negaran a hacer las cosas.
    Repitió la orden a los pueblerinos de que levantaran el escudo al nivel del pecho, y a pesar de que los resultados no fueron tan diferentes, lo que pudo reconocer era que ninguno había cometido algo tan garrafal como dejarlo caer. Sí hubo retraso, pero nada grave.
    De vuelta a su ciudad natal, los niños debían aprender a ser soldados al mismo tiempo en que estudiaban para volverse sabios, gracias a lo cual no existían cosas como la que estaban pasando frente a sus ojos; sería impensable que adultos no pudieran levantar bien un escudo tras recibir la orden.
    Era algo extraño que en una nación como lo era Calradia, donde no había un solo año sin que alguien estuviera en guerra con otro, sus habitantes no fuesen todos guerreros versados; y no era esto para que pudieran ir a luchar, sino, al menos, un requisito mínimo para la preservación personal.
    Tal vez fuera solo la imaginación de Achilleus, pero la sensación que le dio la ciudad de Dhirim y los dos pueblos que visitó era que, la gente de Calradia, o al menos de Swadia, quería ignorar la guerra. Vivían sus vidas de tal forma como si la guerra no existiera, como si no hubieran escaramuzas en la cuales sus amigos y familiares murieran como moscas. Vivían en un estado de relajación total que era sorprendente, casi fantástico o como si estuvieran en una especie de trance.
    Mientras pensaba en cosas varías, les hizo repetir la misma acción varias docenas de veces, lo que les permitió habituarse y obedecer casi al mismo tiempo en que la voz retumbaba. Comenzaba a mostrarse la mejoría, preguntándose si sería suficiente por ahora, llegando en ese momento Rasheed.
    —¿Terminaste tu parte?
    —Sí, — contestó Rasheed —esparcí la paja dentro de las casas y en sus techos.
    Eso había sido rápido, ciertamente era tan ágil como hacía parecer a simple vista con aquel cuerpo delgado. Achilleus estaba seguro de que le tomaría más tiempo realizar aquella labor.
    —¿Qué hay de Oddvarr?
    —Se está tomando su tiempo, es el encargado de esparcirla por el suelo de la aldea.
    Achilleus miró alrededor sin detener sus comandos a los pueblerinos, divisando al susodicho en su tarea. Oddvarr caminaba relajado mientras esparcía los tallos secos con desgano. Era alguien fácil de leer, mostraba apatía en aquellos asuntos que no trataran sobre su trabajo directamente, y no parecía ser capaz de encontrar la similitud entre luchar y esparcir paja.
    Oddvarr era un nórdico, y como su sangre fluía por las venas de Achilleus, entendía muy bien que la gran mayoría de ellos desconocían las tácticas, no entendían otra cosa que no fuera el combate cara a cara, la pelea encarnizada, el choque de dos ejércitos sin ningún tipo de estratagema. Y era aquel salvajismo que Achilleus odiaba. Incluso los dioses nórdicos alentaban aquella bestialidad.
    —Comprendo.
    —¿Crees que estarán listos antes de mañana? — preguntó Rasheed, preocupado.
    No era una exhibición tan desastrosa, o tal vez eso quería pensar para complacerse a sí mismo, pero solo podrían pasar como un mal chiste ante el enemigo.
    —No espero mucho de ellos, si son capaces de seguir mis órdenes, con eso me conformaré.
    Cambió repentinamente el comando y, en lugar de ordenarles que pusieran el escudo a la altura de su pecho, les gritó que soltaran todo y se arrojaran al suelo. Claramente aquello generó una confusión y un caos a tal magnitud que, cuando intentaron obedecer, chocaron entre sí y se derribaron mutuamente, quedando algunos encima de otros. Solo podía ser descrito como lamentable.
    —¿Crees que estarán listos? — volvió a repetir la pregunta.
    —Cambiando de tema, — dijo Achilleus —¿el caballo está en buenas condiciones?
    Había un solo caballo en todo el pueblo que, al parecer, debía ser utilizado por cualquiera de los habitantes para transmitir mensajes importantes y que no podían esperar. El anciano del pueblo se los había entregado por si podía resultarles útil de alguna manera, y obviamente Achilleus le consiguió utilidad.
    —Sí, aunque un poco viejo, podrá servir para su propósito.
    Tras levantarse torpemente y disculparse por aquella penosa exhibición, recogieron nuevamente su improvisado equipo y esperaron. La orden que recibieron fue levantar el escudo sobre sus cabezas y, acostumbrados a la primera de las ordenes, unos cuantos lo dejaron en su pecho y, cuando recapacitaron, fue que levantaron hasta donde les fue ordenado. Sin tiempo para descansar, les ordenó repetir la acción de arrojarse al suelo, y esta vez no se chocaron entre sí a pesar de haberse retrasado.
    —¿Eres realmente bueno cabalgando?
    Necesitarían, en ese momento, alguien que pudiera controlar muy bien aquel animal, alguien que lo domara cuando se asustara y que fuera capaz de esquivar así fuera a un solo arquero. Con esos requisitos, y tras haberse postulado como voluntario, Rasheed contaba con las dos partes más importantes del plan. Si fallaba, se acobardaba o los traicionaba, todos iban a morir.
    Achilleus había montado a caballo en diversas ocasiones y no se consideraba malo en ello; pero, hacerlo para combatir era un asunto completamente diferente, se requería maestría para poder calmar al animal si este no estaba entrenado, o un buen balance para no perder el equilibrio tras el golpe. La segunda razón por la cual no se había ofrecido para ninguna de las partes era porque debía estar comandándolos, o estaba seguro de que escaparían a la primera muerte.
    —Sí, monté unos cuantos caballos en el desierto del Sultanato. Era de los mejores ya que mis compañeros preferían montar camellos.
    Achilleus los regañó y les advirtió que debían tener la cabeza vacía y únicamente enfocarse en sus palabras, dejar fuera cualquier tipo de distracción innecesaria, y eso incluía a sus familias.
    —Me dijeron que eras un bandido, ¿es eso cierto?
    Deseaba saber sobre este tema, porque si había el mínimo indicio de que algo era sospechoso o no resultaba alguien digno de confianza, tomaría él mismo, a pesar de no ser recomendable, las riendas de las dos partes más importantes; esto se debía a que Oddvarr, como cualquier nórdico, era completamente ignorante sobre aquellos animales, no sabía cabalgarlos.
    —Sí, pertenecía a los Escorpiones Perlados. — respondió, un poco cabizbajo.
    —No me importa tu pasado, — declaró Achilleus —simplemente quería confirmarlo contigo.
    —¿Estás seguro? — preguntó, un poco sorprendido por la respuesta —Es posible que te traicione, que me una a los Mutilados.
    —Sé que puedo confiar en ti. — le ofreció la mano a Rasheed, quien la tomó de inmediato —Además… — apretó de tal forma el agarre que lo hizo casi arrodillarse, la diferencia de fuerza era notoria, así que, inmovilizado, se acercó a él y le susurró: —inténtalo, y tendrás que rezarle a Eleos para poder librarte de mí.
    Tras soltarlo, lo ayudó a ponerse de pie y le dio un par de palmaditas en el hombro, como si lo de hace un segundo no hubiera ocurrido. Era capaz de intuir que no sería traicionado, la otra persona parecía un poco honesta a pesar de su antigua ocupación; y, aun así, nunca estaba de más dar una advertencia.
    El rostro de Rasheed no mostraba resentimiento, por el contrario, contaba con una sonrisa. Tal vez se hubiera preocupado si Achilleus hubiese dicho que confiaba plenamente en él. Una persona precavida se preocuparía si todo salía demasiado bien para ser verdad, y aquella amenaza parecía ayudarlo a cerciorarse de que todo estaba bien.
    Les ordenó correr segundos después de que hubieran bajado el escudo, y al tratarse de otra orden sorpresiva, comenzó fatal, era natural, solo que había un aspecto positivo y era que nadie terminó en el suelo; fueron capaces de evitar algo así.
    Comenzó a dar órdenes de forma rítmica y sin descanso, tanto las iniciales como unas cuantas al azar para probar su capacidad de adaptabilidad. Cada minuto comenzaban a agotarse, y a pesar de que el tiempo estaba jugando en su contra, decidió dejarles un descanso corto; de nada servirían si terminaban lesionándose.
    Acompañado de Rasheed, fue a buscar a Oddvarr que ya había terminado con su trabajo, el suelo verde debido al pasto ahora era de un amarillo pálido y casi no podían distinguirse las delgadas hojas de la hierba. Para no arruinar el trabajo, caminaron rodeando el pueblo hasta el otro lado donde había un fuerte y amenazante nórdico afilando un instrumento asesino.
    Cuando Rasheed entró en el campo de visión de la otra persona, este último le entregó la espada tras un asentimiento corto. Aquella arma pertenecía al líder de los exploradores que se encontraron en el cumulo de rocas por allá en los alrededores de Burglen; se le fue concedida ya que no contaba con armas.
    Sin estar dispuesto a conversar, Oddvarr tomó esta vez su hacha y comenzó a observarla fijamente, tanto el filo como el mango, buscando cualquier signo de debilidad o desgaste.
    —¿Estás de acuerdo en permanecer aquí? — le preguntó Achilleus tras tomar siento.
    —Sí. — no apartó los ojos del arma al responder.
    —Anteriormente me preguntaste de donde era, ¿no? — asintiendo con suavidad, pero sin girar su cabeza, el mercenario lo afirmó. Achilleus prosiguió: —Soy de un lugar llamado Atenas, que forma parte de Grecia, rodeado por el mar Egeo, Mediterráneo y Jónico.
    El mercenario se detuvo, asimiló las palabras de Achilleus y regresó a su trabajo con la curiosidad saciada. Había sido reticente sobre hablar de su tierra madre, pero podía morir mañana y el anhelo de su hogar se hacía latente, y compartirlo con alguien que sentía curiosidad y que podía acompañarlo a la tumba no lo hacía sentir mal.
    —¿Qué clase de lugar es Atenas? — preguntó Rasheed.
    La mano del mercenario se detuvo y estaba claro que quería escuchar lo que se estaba a punto de decir. Achilleus soltó una ligera carcajada por aquella reacción y dijo:
    —Es una ciudad-estado, es decir, consiste en solo una ciudad con su territorio circundante. No sé por dónde comenzar a decir sobre lo sorprendente que es. Creo que lo que hace que mi ciudad brille es su conocimiento. Atenas es conocida como un lugar repleto de sabios, lo que atrae todavía más personas deseosas no solo de saciar su curiosidad, sino de compartir cualquier conocimiento, incluso pequeños trozos de sus culturas. La razón por la cual hablo calrano fue por eso. — recordó que le había mentido a Osbourne y prometió disculparse luego. —Un calrano visitó Atenas y me enseñó las bases de su lenguaje, aunque soy incapaz de escribirlo. Creo que me desvié. — carraspeó y continuó: —Me criaron como a cualquier niño ateniense, aprendiendo el valor del conocimiento y la importancia de un cuerpo sano y fuerte; además de inculcarme la fe griega: Zeus, el padre de todo y gobernante del Olimpo; Hades, Dios del Inframundo y Señor de la Muerte, quien vela por nuestras almas en su dominio; Poseidón, el Dios de los Mares, encargado de brindarles un viaje seguro a cada marinero; Ares, Dios de la Guerra, además de la violencia. Por último, y a pesar de la larga lista, la más importante: Atenea, — Achilleus agachó ligeramente la cabeza en señal de respeto, pero prosiguió: —la Diosa de la Guerra, Diosa de la Civilización, Diosa la Estrategia y, lo más importante, Diosa de la Sabiduría. — tras percatarse de las miradas extrañas que estaba recibiendo por parte de ambos debido a su entusiasmo, volvió a carraspear. Fue vergonzoso verse como un niño, pero, para continuar con la conversación, dijo: —Los atenienses apreciamos a nuestra Diosa de la Sabiduría como no tienes idea. Pero, aquí en Calradia no hay dioses.
    —Estás en lo cierto, — dijo Rasheed —mi fe iba para quien gobernaba a los Escorpiones Perlados.
    —¿No sabías quién era? — aprovechó la oportunidad para cambiar de tema.
    —No, nunca pude verlo. Solo unos cuantos de los Escorpiones han recibido una audiencia en persona.
    —Ya veo.
    Continuaron con la charla, solo que esta vez hablaban de diversos temas para matar un poco el tiempo. Rasheed le habló un poco de las costumbres sarranís, tales como aquella en la cual no usaban sillas de ningún tipo, todos se sentaban sobre esponjosos cojines que estaban sobre el suelo. También le comentó sobre sus bebidas, su vino no era ni dulce ni amargo, se quedaba entre ambos sabores, pero, era el más refrescante de todo Calradia.
    Agotándose el tiempo que le había dado a los pueblerinos para que tomaran un descanso, se levantó de donde estaba y, luego de despedirse de ambos, regresó solo. Se sobresaltaron al verlo e inmediatamente todos se pusieron de pie lo más rectos y alineados que podían. Achilleus sonrió ante ese hecho y continuó con su labor.


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    Mensaje por kianrz el Mar Oct 08, 2019 3:23 am

    III


    Achilleus se levantó de su saco improvisado para dormir y se alejó del grupo que estaba descansando en torno a una fogata. El pueblerino que estaba de guardia, ya que existía la posibilidad de que llegaran antes o enviaran exploradores, lo saludó con asentimiento y le permitió el paso. No podía dormir así que daría un corto paseo.
    Era una noche sin luna, que reposaba detrás de la cortina de nubes. Podía verse como un mal presagio si se era pesimista, pero trató de evitar cualquier tipo de pensamiento parecido.
    «Diosa Atenea, —Achilleus se llevó la mano al pecho, buscando el medallón; era una costumbre cada vez que pensaba o rezaba— ruego para que nos concedas tu bendición, la fuerza y la sabiduría que estos mortales sean capaces de albergar en sus cuerpos. Guía nuestras manos, así como guiaste la mano de Perseo contra Medusa; aconséjanos, así como aconsejaste a Hércules cuando necesitaba la piel del león de Nemea. Ruego humildemente que mires desde el olimpo y te regocijes de mi victoria, dedicada únicamente a ti».
    Aunque había utilizado a Ares en su discurso, ya que este era mucho más popular entre los hombres quienes eran, hasta cierto punto, reticentes de rezarle a una mujer, pero, la fe de Achilleus estaba encaminada hacia Atenea; Ares le resultaba casi tan desagradable como los dioses Nórdicos.
    Se acercó al pueblo sin saber el motivo, pero tomó asiento apoyándose en una casa tras apartar un poco de la paja. A veces era bueno sentarse bajo el cielo nocturno y simplemente quedarse a recibir la brisa primaveral, mirar el cielo o solo pensar en varios tipos de cosas.
    Su cabeza lo condujo hacia el pasado, la primera batalla que había luchado en nombre de su ciudad y que le había concedido un futuro brillante, o así se suponía que debió ser. Ni siquiera valía la pena recordar al bando enemigo, había sido una guerra tan fugaz que estaba seguro de que casi nadie la recordaba, a pesar de que no había pasado mucho tiempo desde que terminó. Y el por qué no la recordaban era porque querían olvidarla.
    La primera vez que iba a combatir estaba emocionado, eufórico como los otros efebos presentes, jóvenes e imprudentes. Cualquiera se sentiría así si le dijeran que debía matar al enemigo que estaba amenazando la paz, que era un obstáculo para el progreso. Se sintió importante en aquel momento y, con la cabeza llena de basura y halagos, se encaminó al lugar en el cual se arrepentiría de haber ido.
    Achilleus se encontraba en la tercera fila, su escudo se sentía ligero y el casco agradable, además de la armadura cálida y reconfortante. Eran las óptimas condiciones para entrar a combatir, o eso se había encargado de repetirles el instructor.
    El enemigo se iba acercando, ni siquiera contaba con catapultas, escorpiones o balistas, era como si se hubieran propuesto tirar las puertas a base de ariete y paciencia. Era un plan estúpido, no tardaría en lloverles aceite hirviendo si por suerte podían derrotar a la infantería, y allí se evaporarían sus esperanzas de triunfar. Al final, la incompetencia del comandante enemigo fue algo beneficioso para los atenienses.
    A pesar de lo cerca que estaban, de que podía ver sus rostros sudorosos bajo los cascos, sus expresiones nerviosas o asustadas, no sentía que eran humanos. Le repitieron hasta la saciedad que se trataba de enemigos, no de humanos. Le fue grabado a fuego que debía matarlos a la primera oportunidad y pensar después. El otro bando fue reducido a un monstruo para que, al momento en que los jóvenes efebos como Achilleus los mataran, no fueran golpeados por el remordimiento. Y funcionó.
    La primera y segunda línea habían bajado sus lanzas, llamadas doru, y los retenía, lejos de la tercera hilera, quienes permanecían en espera por órdenes de su líder, que estaba gritando comandos desde la parte trasera. No se trataba del strategos quien estaba al mando en ese momento, sino su segundo, su más confiable y cercano amigo.
    Aquel día fue el segundo en el que Achilleus había visto sangre. No se comparaba a la primera vez, aquella en la cual había matado a golpes a un joven asaltante que había intentado atacar a su madre. Ahora estaba viendo morir a personas con quienes había compartido tiempo, habitación y comida; camaradas que antes eran personas a las que llegó a detestar.
    Un sentimiento de asco lo había sobrecogido aquel momento, quería quitarse el casco para poder vomitar el contenido de su estómago. Nunca supo cómo permaneció de pie durante ese periodo de tiempo. Llegó a pensar que se trató de la fuerza de su antepasada, o incluso la mano de Atenea.
    Cuando la segunda hilera estaba flaqueando, la tercera dio un paso al frente con las lanzas en ristre. Achilleus fue capaz de actuar debido a todo el entrenamiento que lo había condicionado para seguir órdenes. Pero pronto perdería el autocontrol, producto de la sangre que corría por sus venas. El enemigo había preparado una sorpresa.
    —¿Qué haces aquí?
    Achilleus se sobresaltó al no haberse percatado de que alguien se había acercado silenciosamente a él, rompiéndose así su frágil hilo de pensamiento.
    —¿Rasheed?
    —Sí, soy yo. — la persona en cuestión se acercó un poco más —Siento haberte sorprendido.
    —No, yo soy quien debió prestar más atención. Me sentía nostálgico, así que me distraje con facilidad.
    —¿Es porque te preguntamos sobre tu ciudad?
    —Sí, — admitió —tengo buenos recuerdos de ese lugar. Pero, al final, sé que no pertenecía allí. No, olvídalo. Tenemos un asunto importante mañana y yo estoy aquí perdiendo el tiempo.
    Achilleus se puso de pie y acomodó la paja en su lugar, pues, a pesar de ser solo un puñado, no quería que todo saliera mal por un pequeño descuido suyo.
    —No te preocupes por eso. Diciéndote la verdad, me siento un poco nervioso. Mi última batalla resultó en un fracaso y fui capturado, no me gustaría que se repitiera lo mismo, o peor aún, morir. — soltó un pesado suspiro y miró en dirección sur, diciendo: —Me sentiría mal al ser incapaz de sentir otra vez el cálido viento del desierto golpeando el rostro mientras galopo. Esa era mi vida. Amaba la libertad. Fue una tortura verla reducidas a un pequeño cuarto, cadenas, trabajos forzados y azotes.
    Rasheed se calló, sacudió la cabeza y luego se disculpó por haber expresado quejas también. Achilleus podía apostar que el único de ellos que se encontraba impasible era Oddvarr, parecía alguien realmente imperturbable. Deseaba tener esa imperturbabilidad.


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    Mensaje por kianrz el Mar Oct 08, 2019 3:24 am

    IV


    Rascándose la calva cabeza, inspiró con pasión animal, el olor de las orejas en descomposición que colgaban de su cuello eran alentadoras; servían para recordarle la caza por venir, que podría obtener más para reemplazar las que pronto perdería.
    Ahora estaban mirando, con el sol naciente frente a él, su próxima víctima. Tosdhar era un pueblucho sin nada especial, o eso debería haber sido, pero los habitantes estaban tan locos como para esparcir paja sobre los techos de las casas o dejarlo desperdigado por el suelo. Si eso no era una prueba de algún problema en la cabeza, entonces ya no sabía cuál lo era.
    Algunos de los pueblerinos estaban charlando entre ellos, sentados sobre tablones de madera y sosteniendo, algunos, horcas que reposaban sobre sus hombros con las puntas oxidadas expuestas al sol. Eran unos completos vagos que, en lugar de trabajar diligentemente para llevar comida a su familia, perdían el tiempo conversando entre ellos. Era de las personas que más odiaba.
    De vuelta al pasado, siempre se burlaban de él los demás niños por su pequeña estatura, se había vuelto normal ser superado por más de una cabeza y su aspecto delgado hacía solo que la situación empeorara; y todo había permanecido igual con el pasar del tiempo, era la persona más pequeña de entre sus hombres. A pesar de no ser musculoso y alto como el resto, se había esforzado a su mayor capacidad para no ser un lastre, más aún con un padre de mierda que no servía para nada, el hombre más odiado del pueblo.
    Con el pasar de los años, llegó un momento en que se cansó de todo aquello. La vida de pueblerino no era para él, así que solo le quedaba marcharse para nunca volver. Tomó algunos denares que su padre guardaba y que milagrosamente no se lo había gastado en bebida; además de que también una daga que dijo haber robado a un mercader que pasó por allí años atrás. Así que luego de tomar a escondidas, durante la noche de otoño, el único caballo del pueblo, se marchó sin mirar atrás. Allí comenzó su descenso a lo que se había convertido.
    Sacudió la cabeza y centró su mirada al frente, no era el momento de ponerse a rememorar el pasado y quedarse embobado mirando a la nada.
    —¿Es allí, Jefe Orejas? — le preguntó su mano derecha, llamándolo por su característico apodo, el cual le parecía mejor que ser llamado Come-Orejas, ya que nunca se había comido ninguna. —No luce especial.
    —Sí, es ese.
    Sentado sobre su caballo, miró a su acompañante, un alto hombre que estaba seguro de que superaba los dos metros, era la viva imagen de un oso, solo bastaba ponerle la piel encima y que comenzara a gruñir. Aquella persona era su más confiable camarada, al que llamaba Troll por su aspecto tan feroz, faltándole un ojo, una oreja y media nariz; y felizmente había aceptado aquel apodo irracional de cuentos infantiles.
    —Nuestro cliente es un extraño.
    —Y que lo digas.
    Estaba completamente de acuerdo con las palabras de Troll. Fueron, un día, repentinamente contactados en su escondite por un hombre encapuchado que decía servir a alguien importante. Pudo haberlo matado, pero no ganaba nada decapitando a un sirviente, por lo cual lo dejó continuar con lo que había ido a buscar.
    «Gracias por escucharme, prometo no tomar mucho de tu tiempo. —había dicho con tono educado— Mi señor desea conseguir un objeto muy, muy importante que será entregado por un mensajero el veinticinco de marzo, en el pueblo de Tosdhar. —recordó preguntarle por qué lo necesitaban— Debes conseguirlo por cualquier medio posible, sin hacer preguntas o mirar en su interior. Si lo haces, serás recompensado no solo con denares, sino con la eterna amistad de mi señor. Es todo. Por favor, recuerda que te estaremos observando y esperando resultados»
    Y con la entrega del mensaje, el hombre se había marchado de la misma forma. Al principio había dudado sobre si debía hacerlo o no, podía ser alguna trampa de uno de los lores, pero la curiosidad le había sido introducida a la fuerza.
    Tras días de deliberación y preguntando, en vano, por consejos a los tontos de sus hombres, llegó a la conclusión de que lo mejor sería meterse en lo que sea que le estaban pidiendo y conseguir tantos denares como para nadar en ellos. Las familias de sus hombres no comían del aire.
    Mentiría si dijera que no era más que sospechoso. Un paquete misterioso por un hombre misterioso. Más extraño, todavía, era la ubicación; pues de ser tan importante, la entrega debía llevarse a cabo en un lugar en el que no supusiera problema alguno. Pero, ya no había vuelta atrás, había aceptado y cumpliría con su palabra.
    —¡Escúchenme muchachos! — gritó mientras desenvainaba su espada —¡Les espera un buen botín justo delante de ustedes, así que, ¿qué harán?! ¡Saquearemos! ¡Mataremos a todos los hombres que se resistan, y también a los que no! ¡Violaremos a sus mujeres de aquí hasta regresar a casa! ¡Reguemos todo con su sangre!



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    Mensaje por kianrz el Mar Oct 08, 2019 3:28 am

    V


    Los Mutilados cargaban con sus armas y escudos a la mano, todos con cotas de malla, o eso había informado Rasheed, que contaba con una excelente vista; además de informarle sobre la presencia de ocho arqueros, así que los escudos improvisados serían útiles; y no había caballos además del que llevaba quien parecía hacerlas de líder.
    Los pueblerinos siguieron la orden que se les había dado con anterioridad, que era movilizarse y posicionarse detrás de Achilleus y Oddvarr, preparándose para la carga de la infantería enemiga. Rememoró, por unos segundos, que Osbourne le había dicho que la caballería swadiana era la mejor de toda calradia, únicamente igualada por la sarranés, por lo que agradecía que no hubiera caballería en el bando enemigo.
    Había silencio de su lado. El silencio que siempre anticipaba la masacre. Podía sentirse la tensión en el aire, el cómo los hombres a sus espaldas inhalaban y exhalaban repetidamente para intentar mantener aire en los pulmones. No era lo mismo entrenar y saber que un enemigo se acercaba, a verlo venir directamente con intenciones asesinas.
    Achilleus los acompañaba en el sentimiento. Quiso llevarse la mano al pecho para sentir el medallón, pero recordó que se lo había dejado a Osbourne ya que, si moría allí, prefería que su más valiosa pertenencia terminase en manos de un conocido, en lugar de ser botín para los bandidos. Dándose cuenta del pensamiento negativo, sacudió la cabeza.
    «Ruego me observe diosa Atenea, le brindaré la victoria que le juré».
    Los arqueros se detuvieron a cierta distancia y prepararon sus armas, disparando una rápida ronda y cargando de inmediato una segunda, por lo cual Achilleus gritó:
    —¡Escudos a la cabeza!
    Levantando su propio escudo para cubrirse, miró hacia alrededor. A su lado, Oddvarr lo imitó y se estaba cubriendo detrás del suyo propio, todavía con aquella mirada indiferente en su cara. Por parte de los pueblerinos nadie se retrasó para seguir la orden y no hubo ningún tipo de error, todo quedó perfecto, tal y como habían practicado.
    Las flechas, que eran ya de por si pocas, comenzaron a clavarse en la madera que les servía como defensa con su característico ruido sordo, quedando varías a medio camino de su destino, en el suelo repleto de pasto. La pequeña lluvia de la cual se protegían no se comparaba a la cual Achilleus sufrió bajo el servicio de Atenas; pero se sentía igual, como si fuera a atravesar un agujero invisible del escudo y clavársele en cualquier parte.
    La infantería comenzaba a acercarse ya que no había resultados por parte de los arqueros, y esas dos docenas de criminales deformes eran tan intimidantes como ver una manada de bestias salvajes acercándose.
    A la cabeza de ese grupo, un hombre pequeño dirigía el caballo que se detuvo en el borde del pueblo. Achilleus sintió que sus miradas se encontraron, y las sospechas se hicieron realidad cuando levantó su espada en tono burlón. No se dejaría provocar por algo así, su labor era la de comandarlos a todos, no de un simple soldado que podía permitirse aceptar un duelo dudoso propuesto por un bandido.
    Deteniéndose junto al pequeño hombre sobre el caballo, uno que estaba claramente en los dos metros estaba sosteniendo un mandoble y hacía guardia junto al que claramente era el líder. Pensaba que el famoso Come-Orejas sería un gran hombre intimidante que debía ser capaz de agrietar la tierra por donde pisaba.
    El resto de hombres sí que no mermaron su marcha y continuaban acercándose, aullando como locos y oscilando los martillos, hachas, espadas, cuchillos o cualquier cosa que les estuviera sirviendo como arma en aquel momento. Sin siquiera voltear a ver era capaz de adivinar el estado de los pueblerinos, quienes estaban asustados y querían retroceder.
    Ya no era un lugar tan silencioso, ya faltaba casi nada para que terminara el preludio y la obra, con su variopinta colección de actores, diera inicio. Ahora el enemigo estaba a un tiro de piedra, sus facciones eran fáciles de distinguir y hacían honor a su nombre, los Mutilados. No era ni siquiera necesario dar el típico discurso para convertir al enemigo en un monstruo, el simple hecho de mirarlos a la cara era suficiente para generar asco.
    Oddvarr fue el primero en dar inicio, arrojando su escudo al más cercano cuando las flechas se detuvieron definitivamente, tumbándolo. No deteniéndose con uno solo, sostuvo con fuerza su hacha a dos manos y cargó sin miedo a los objetos afilados que le apuntaban.
    Achilleus siguió a su compañero mientras rugía, entregándose a su antepasada, tal como siempre hacía en el campo de batalla. Podía escuchar una docena de pasos que lo seguían de cerca, también expresando su emoción a través de sus voces, unas más fuertes, otras más débiles; pero, al final, todas eran las muestras de hombres valientes que iban a luchar y morir por su hogar.
    El hacha de Achilleus se hundió en el vientre de un hombre con una larga melena castaña y de barba desarreglada. Ese fue el comienzo. Sentía cómo su sangre recorría indómita todo su cuerpo, el cómo sus venas se hinchaban, el cómo su corazón galopaba sobre su pecho.
    Una espada que se acercaba por su costado derecho fue detenida por la intervención de un pueblerino, su horca encontró el hombro del bandido; y, aunque luego tuvo que rematarlo enterrando el arma en su cuello, fue en un momento oportuno.
    Bloqueando un hacha con el escudo, que perdió en ese momento un cuarto de su totalidad, utilizó su arma para clavársela en la mejilla que había estado adornada con un puñado de horribles cicatrices. Parte de la sangre le salpicó en la barba, cerca de los labios, pero simplemente lamió y miró hacia otro lado.
    Oddvarr parecía cortar leña con aquella hacha sin importarle que se encontraba rodeado, para él solo existía el momento en que el arma probaba la sangre y el cuerpo se desplomaba a sus pies, ya había quedado más que claro ese hecho.
    La sangre que penetraba sus fosas nasales instaba a Achilleus a seguir. El enemigo estaba frente a él, solo bastaba romper la línea y llegar, arrancarle las extremidades y usarlas como garrote para dejarle el rostro convertido en una masa sanguinolenta. Para conseguir aquella gloriosa victoria bastaba con desmembrar a los obstáculos de carne que osaban interponerse en su objetivo.
    Matar, desmembrar, cercenar y desangrar, era lo que deseaba, pero siempre negaba su naturaleza. Le gustaba fingir ser aquel hijo de la civilización que se sentía cómodo entre papel y letras, entre sabios y eruditos; se sentía encantado al fingir ser uno de ellos. Pero su verdadera naturaleza siempre estaba allí, al acecho. Solo debía dejarse abrazar por su antepasada y que la furia de los berserker lo hiciera todo.
    Solo a un paso de dejarse consumir por la sangre y la locura, los gritos de los pueblerinos lo trajeron de vuelta a la realidad. No estaba luchando por él, no estaba luchando para saciar su ego o su deseo de masacre. Luchaba para salvar a esas personas. Deseaba golpearse por haberlo olvidado, pero, al no haber tiempo, retrocedió para evadir el corte de una espada y gritó:
    —¡Retirada! — y de inmediato todos, incluido el apático Oddvarr, comenzaron a dispararse. El plan consistía en no dirigirse a un solo punto, sino escapar hacia todos los lugares y, tal como había previsto, los bandidos no hicieron ningún movimiento para seguirlos, simplemente gritaron emocionados, entrando a las casas sin importarles sus camaradas caídos. Para ellos, no era nada extraño que los pueblerinos se retirasen luego de un intento de resistencia. Las casas, parte de la carnada, habían sido ocupadas por unos cuantos bienes de valor o comida para llamar la atención, y que de esa forma permanecieran el tiempo suficiente. —¡PROMETEO! — bramó con todas sus fuerzas al encontrarse en terreno seguro.
    La segunda señal fue rápidamente respondida por una solitaria flecha envuelta en fuego que surcaba, cual ave, el despejado cielo de la mañana. Era atrayente ver el arco perfecto que estaba dibujando hasta que, de pronto, golpeó el techo de una casa. En ese momento comenzó la operación Brulote.
    La paja que había sido dispersada con anterioridad, manteniéndose seca y limpia, ardió en menos de un parpadeo, dando a luz un hermoso mar de llamas coronado por un fuerte humo blanco que surgía. Habría preferido ser capaz de generar aquel humo negro gracias a su toxicidad, pero no contaba con los elementos suficientes para eso, debido a lo cual tenían que conformarse con lo que estaba al alcance en una situación como esa.
    Aquel plan se había ideado para cerrar la diferencia, algunos podían arder dentro de las casas, pero todos, sin excepción alguna, se quedarían desconcertados e ignorantes, sobrecogidos por la situación; y también, sus ojos serían incapaces de enfocar cualquier cosa, les llorarían mientras comenzaban a jadear por oxígeno. Con oponentes tan debilitados, incluso pueblerinos o hasta niños serían capaces de derrotarlos.
    La razón por la cual se ordenó una dispersión total en lugar de una retirada organizada se debía a la próxima reacción del enemigo. Dentro de las llamas, serían incapaces de pensar racionalmente y dirigirse todos, de forma ordenada y segura, hacia un solo punto; simplemente correrían desenfrenados como pollos sin cabeza, siendo emboscados cuando salieran del pueblo.
    Achilleus había quedado en la parte nororiental de Tosdhar, por lo cual fue capaz de ver a Rasheed cabalgando a toda velocidad con su espada en mano. Su trabajo consistía en deshacerse de los arqueros antes de que tuvieran tiempo para matar a los habitantes que estaban rodeando el pueblo. Era un trabajo difícil, peligroso e importante, por lo que todo dependía de su desempeño.
    Sabiendo que quedarse no servía para nada y cerciorándose de la presencia del mercenario, se encaminó hacia el mencionado Come-Orejas, quien debía estar todavía sobre su caballo. Tal vez si derrotaba al líder, existía la pequeña probabilidad de que perdieran su moral y escaparan.
    Los bandidos comenzaron a salir del fuego como conejos asustados por un cazador, tosiendo salvajemente y casi arrastrándose por el suelo. Sus cuerpos exhibían quemaduras de leves a graves, con incluso todavía partes de sus ropas ardiendo. Por razones obvias recuperaron parte de su vigor cuando vieron a Achilleus y Oddvarr, pero lo último que sus ojos vieron fueron el filo de las hachas dirigiéndose hacia sus rostros. Estaban demasiado débiles como para hacerles frente.
    Miró en derredor buscando el progreso de los suyos. Los pueblerinos estaban golpeándolos con sus mazos de forma desorganizada. La disciplina se había perdido desde el momento en que el fuego fue encendido, ya eso se había convertido en una batalla sucia. Los golpes, patadas, mordiscos y arañazos eran repartidos a diestra y siniestra, parecía una pelea de bar organizada al aire libre, pero sabía que no duraría mucho, llegaría un momento en que los bandidos se reagruparan.
    Sin que nadie más se interpusiera en su camino, rodearon Tosdhar con rapidez y, tal como había previsto, el líder estaba allí junto al que parecía su mano derecha, descendiendo del caballo con un rostro de irritación total; pudo reconocerlo debido al collar de orejas que le colgaba del cuello. No tenía tiempo para quedarse contemplándolo, así que continuó corriendo.
    El hombre alto, siendo esa la primera vez que estaba frente a alguien más alto que él, trotó hacia el frente para interponerse en su camino. Achilleus no daría marcha atrás y lo derribaría allí mismo; o eso pensó.
    Oddvarr, diciéndole a Achilleus que se hiciera a un lado, embistió al bestial bandido, haciéndolo retroceder a pesar de la gran diferencia en estatura y masa muscular. El camino estaba ahora libre, por lo cual podía continuar, pero se detuvo frente al bandido, quien sacaba una daga para su mano derecha.
    —Así que tú mandas, o al menos aparentas hacerlo. — dijo el pequeño hombre.
    De cerca, parecía que sus dientes eran, más que todo, colmillos desiguales, concediéndole una apariencia inquietante. Su cabeza calva mostraba signos de marcas hechas con un arma afilada, aunque no sabía leer el significado ya que estaba en calrano. Los ojos, grises y pequeños, parecían los de la persona más racional que había visto desde que llegó a aquella nación, con todo y el hecho de su ceño fruncido.
    —Da la orden de retirada y te perdonaré la vida. — declaró mientras acomodaba su escudo.
    —¿Retirada? No, ahora es que comienza la verdadera diversión, haré que te arrepientas por lo que le hiciste a mis hombres, te cortaré las orejas mientras sigues vivo.
    —¿Verdadera batalla? ¿Arrepentirme? Fue tu arrogancia lo que trajo esto, la que causó todas estas muertes... olvídalo, no pienso seguir razonando contigo. Desperdiciaste la oportunidad que te di.
    —Yo tampoco perderé mi tiempo.
    Come-Orejas, empuñando la espada corta en su mano izquierda y la daga en su derecha, se abalanzó en contra de Achilleus, quien mantenía su escudo en alto para detener cualquier ataque. Podía contar con ventaja, su equipo era más balanceado que el de su contrincante, quien claramente prefería una ofensiva. Siempre y cuando bloqueara, tendría un pequeño margen para golpearlo, para acabar de una vez por todas con aquella estupidez.
    Preparado para el impacto de la daga o la espada, el cuerpo del contrincante dio un rápido giro y lo que salió disparado fue una patada. Y lo que sucedió lo dejó helado. El escudo se quebró completamente y el brazo de Achilleus fue tan fuertemente golpeado que casi pudo imaginar el sonido de sus huesos rompiéndose, mientras que la mitad izquierda de su cuerpo fue doblada. Pero allí no terminó. La otra parte, a pesar de su mala postura, volvió a girar y golpeó con el codo, derribando a Achilleus, un hombre que era dos cabezas y el doble de musculoso que él. Era simplemente ilógico.
    «¿Cómo es posible que sea tan fuerte? —su pecho se sentía como aquella vez en que su instructor lo golpeó con el escudo— Esto debe ser alguna especie de broma».
    Sus pensamientos no podían germinar en paz debido a que el enemigo se acercaba y, a punto de clavarle la espada en las piernas, rodó hacia la derecha mientras agarraba un pedazo del escudo que había caído a su lado, siendo ahora un tablón de madera del tamaño de una espada corta.
    Levantándose lo más rápido que era capaz, sostuvo con fuerza la tabla que acababa de agarrar e inclinó su cuerpo, con ambas armas al nivel del pecho. Había bajado su postura ya que su contrincante era alguien más pequeño, así que, para no quedar en una desventaja por la ausencia de armadura, debía quedar lo más cerca posible de su altura.
    Estuvieron intercambiando miradas por un tiempo, caminando en círculos como lobos que buscaban la espalda de su presa. El hombrecillo frente a él no era tan débil como aparentaba, tenía la fuerza de embestida de un caballo desbocado, lo había saboreado de primera mano.
    Acabando con el concurso de miradas, la daga del pequeño hombre buscó el brazo de Achilleus como el intento de mordida de una serpiente, y si no fuera por el hacha que movió para desviarla, ahora tuviera un brazo menos para la lucha. Aunque, por otro lado, la tabla de madera le sirvió para desviar la espada, pero su antebrazo izquierdo todavía dolía en exceso, haciendo de sus movimientos un tanto torpes y lentos.
    El proceso de atacar primero con la daga y luego con la espada se repitió una, dos y hasta tres veces, para luego ser reemplazado por la opuesto, dejando la daga para el final y comenzando con la espada. El brazo que había sido herido al principio era el primero que se cansaba, ya que era el que usaba para desviar el arma más grande; pero, también, se estaba desgastando el trozo de madera.
    Se encontraba a la defensiva, el único movimiento, aparte de los usados para defenderse, eran los de sus piernas retrocediendo, cediéndole terreno a su contrincante. Su forma de luchar era la de un salvaje, se hacía evidente la ausencia de cualquier tipo de entrenamiento; era el tipo de estilo que aprendían los hombres expuestos a los peligros del mundo, y eso los hacía más peligrosos.
    El sonido de un caballo le dio esperanzas a Achilleus, significaba que Rasheed había logrado asesinar a los arqueros con éxito y ahora estaba galopando en su ayuda. Estaba agradecido con la presencia de cualquiera en ese momento, y deseaba la mínima ayuda que pudieran brindarle, pero, aun así, gritó:
    —¡Ve con los pueblerinos!
    No pudo prestarle atención a la respuesta de su compañero ya que se vio obligado a dar un gran salto hacia atrás, la espada estuvo solo a centímetros de dejarle el rostro como el de Oddvarr.
    Observando a su compañero mientras aprovechaba la pequeña distancia que había conseguido, el mercenario usaba el mango del hacha para hacer a un lado los pesados golpes de aquel gigante y, luego, le regresaba un puñetazo. Claramente Oddvarr no perdía por fuerza a pesar de la estatura inferior; y lo mismo se podía decir de lo que estaba sucediendo con Achilleus.
    Cuando Come-Orejas acortó la distancia, intentó patearlo luego de haber hecho una finta con su hacha. La otra parte fue capaz de prever y, haciéndose a un lado, intentó cortarle la pierna elevada, aunque solo encontró un trozo de madera.
    Sin haberse acomodado, soltó la tabla para pasar el arma a su mano izquierda y atacarlo con ella, únicamente cortando el aire y, debido a eso, su oponente pudo realizar una patada baja para derribarlo.
    Achilleus, en el suelo y a merced de la otra parte, lo agarró de la pierna y lo tiró junto a él, descubriendo que, efectivamente, su peso era lo que aparentaba ser. Con esa oportunidad, rodó hasta quedar posicionado sobre el enemigo, con hacha en mano y descendido hasta su rostro.
    La espada del hombrecillo detuvo el arma de Achilleus, obligando a este último a recurrir a su puño derecho, que fue detenido por la mano libre de Come-Orejas. Con esa competición de fuerza, claramente iba a perder Achilleus, debido a lo cual recuperó su arma, levantándose tras intentar cortarle la mano y obligándolo a liberarle el puño.
    Gotas de sudor comenzaban ya a bañarle el rostro, no sabía cuándo tiempo había pasado, pero apostaba que no podían ser más de unos cuantos minutos. El hombre, pequeño y flaco, había sido el oponente más duro con el que se había visto obligado a luchar; eso solo hacía ver lo débil que era.
    Oddvarr estaba, por otro lado, arrinconando al bandido, el hacha pasaba a centímetros de sus extremidades, que ya estaban cubiertas de cortes y moretones; también con las ropas rasgadas y la cota de malla, desgastada y golpeada, expuesta.
    Achilleus, sacudiendo la cabeza, rugió y se abalanzó. Nunca ganaría si solo se dedicaba a recibir los golpes del enemigo, debía tomar la iniciativa e intentar arrinconarlo a él, hacer valer todo el entrenamiento que había recibido en el pasado.
    Come-Orejas, de pie y listo, ahora solo con una espada, desvió el hacha que le había apuntado al pecho, pero no el puñetazo que le impactó en la mejilla, haciéndole girar el rostro. Y antes de que continuara con un segundo golpe, contraatacó contra el pecho de Achilleus, que usó la mano libre para intentar amortiguar un poco.
    Levantando su mano, hizo que el hacha descendiera y obligó a que el bandido subiera su espada para defenderse. Era lo que quería. Achilleus enganchó la espada con el filo del hacha y, tirando de ella, arrojó ambas armas a un lado, para luego atacar con la rodilla.
    Era pequeño, pero no significaba que fuera blando. El rodillazo de Achilleus fue bien recibido, y en lugar de tumbarlo, permaneció de pie y le pagó con un golpe al rostro, haciéndole escupir una muela envuelta en sangre.
    De espada, daga y hacha, ahora era una pelea a puñetazos. Uno enviaba al rostro y el otro recibía con los antebrazos, el pecho o el estómago, para luego regresarle el favor con una patada o cabezazo.
    Achilleus comenzaba a jadear por aquel intercambio, además de sentir sus brazos adormecidos, ya ni sabía cuanta fuerza era capaz de colocar en cada ataque, pero sabía que, si dejaba de moverlos, significaría su muerte. Tener que bloquear los golpeas de alguien el doble de fuerte que él era como intentar detener un martillo con las manos desnudas; la posibilidad existía, pero no era nada placentero.
    En Atenas, en la famosa palestra, había peleado hasta el cansancio con tantos de sus conocidos que regresaba a casa con el rostro hecho un completo desastre. Y ahora se sentía de vuelta a aquel tiempo.
    Mientras el mundo comenzaba a hacerse cada vez más y más borroso, su sangre comenzaba a calentarse nuevamente, a bombear con salvajismo. Había logrado preservar el autocontrol debido a que era necesario para llevar a cabo la operación Brulote y no morir quemado, pero ya no existía ese obstáculo.
    A medida que Come-Orejas golpeaba con su pequeño pero fuerte cuerpo, Achilleus le daba la bienvenida a cualquier puñetazo, patada o codazo. Le instaba a atacar. Le gritaba que debía hacerlo cada vez más fuerte, siempre acompañado de un golpe aquel consejo, para que de esa forma aumentara su intensidad.
    No había nada mejor que una buena pelea. Hacía tiempo que no tenía una. Los combates en la palestra eran siempre detenidos antes de que cualquiera resultara realmente herido, cosa que hacía perder la diversión a todo. Ahora no había reglas. Quien matara primero sería el ganado.
    Los hematomas de su cuerpo y del de la otra parte entraban en su campo de visión, pero eso solo lo encendía cada vez más, avivaba el deseo de seguir golpeando, de alcanzar la victoria o morir en el intento, cualquiera le servía igual.
    Repentinamente, Come-Orejas fue golpeado por un palo de madera y cayó de espaldas, aunque no tardó en volver a ponerse de pie, y debido a que estaba cerca de la daga, la recogió.
    Achilleus recobró el sentido y miró a su lado. Allí, sangrante y ahora con una oreja menos, Oddvarr lucía su habitual rostro apático y sostenía el palo, antes un hacha, que había sido utilizado para derribar a la otra parte.
    Aprovechando el momento de descanso, miró hacia el gigante que había servido de oponente. Su cuerpo estaba desangrándose en la tierra mientras una espada le atravesaba el pecho, la que estuvo blandiendo en contra del mercenario segundos atrás.
    Come-Orejas, percatándose también lo que significaba la presencia de Oddvarr, miró también hacia el cuerpo inerte de su compañero, y fue la primera vez, desde que había comenzado el combate, en que lo vio realmente enojado. Su rostro, hinchado y sangrante, lucía una asquerosa mirada de furia. Achilleus no quería saber cómo se veía su propia cara.
    Gritos de emoción y los cascos de un caballo comenzaban a sonar detrás de él, lo que esta vez le quitó la furia al rostro del bandido y la reemplazó por una que mezclaba la vergüenza y el arrepentimiento.
    —¡Te destriparé por esto! — gritó Come-Orejas.
    Intentando seguir al bandido que corrió en dirección del caballo, sus piernas se rindiendo, definitivamente, ante el cansancio y arrojaron su cuerpo contra el césped. Sabiendo que no podría alcanzarlo, le ordenó a Oddvarr que lo siguiera, pero era demasiado lento como para alcanzarlo.
    Come-Orejas subió a su caballo con una habilidad sorprendente que no pertenecía a la de un hombre herido, y lo espoleó desesperadamente para escapar de allí. Ni siquiera Rasheed, quien sí contaba con caballo y habilidad, sería capaz de alcanzarlo ya, por lo cual le ordenó que se detuviera allí.
    Mirando con impotencia a quien estuvo a punto de matarlo, quería gritar por la debilidad que había mostrado. Si no hubiera sido por la intervención de Oddvarr, habría muerto en una pelea a puños con alguien mucho más delgado y pequeño que él; era completamente gracioso. Había aprendido una lección, y eso era que los músculos no significaban fuerza.
    El mercenario lo ayudó a levantarse y le tendió el hacha que había estado tirada en el suelo, dándole el apoyo para girarse y encarar a los pueblerinos que, incrédulos por lo que había sucedido, estaban derramando lágrimas de felicidad. Era difícil de creer que hubieran podido oponerse a un grupo de bandidos tan peligrosos como lo eran ellos, se alegraban de haber sobrevivido y protegido a sus familias.
    Achilleus era el único que no compartía su entusiasmo. Había un total de cinco de ellos que lograron sobrevivir, y de esos cinco solo tres estaban en óptimas condiciones, apenas y con heridas superficiales. No solo se trataba de que menos de la mitad sobreviviera, sino también de que el líder había sobrevivido, y eso solo significaba que podía reunir hombres nuevamente y atacar, si es que no había dejado un grupo en espera en su base.
    Las palabras de agradecimiento que los habitantes estaban regalándole no servían para apaciguar el mal sentimiento que estaba creciendo en su interior. Sentía que se iba a arrepentir por no haber matado a la otra parte.




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    Mensaje por kianrz el Mar Oct 08, 2019 3:29 am

    VI


    En la puerta que protegía a Dhirim de cualquier invasor, Osbourne estaba de pie con los brazos cruzados, esperando su llegada. Al momento de verlos a la distancia, corrió de inmediato hacia ellos, acompañado por los guardias que los habían recibido el día en que llegaron.
    Caminar era un tormento a pesar de la ayuda que Rasheed le estaba brindando, habría preferido ir sobre el caballo, pero este llevaba encima a un hombre en una peor condición, por lo cual no podría quejarse. Oddvarr estaba ayudando a otros dos que habían resultado completamente agotados, pero solo resultaba sorprendente toda la energía que tenía el mercenario.
    —¡Maldición Achilleus! — fueron las primeras palabras de Osbourne —¡¿Sabes lo preocupado que estaba?! Maldita sea, pensé que ahora tu cuerpo sin orejas estaría pudriéndose entre las cenizas de Tosdhar.
    —No te preocupes, estoy vivo. — hablar también era molesto, pero respondió.
    Los dos guardias apartaron a Rasheed y fueron ellos los que le prestaron su hombro a Achilleus, quien de buena gana aceptó el ofrecimiento.
    —Osbourne nos contó lo que hiciste. Bien hecho Extranjero. — dijo el guardia a su derecha.
    —¡Sí! Alguien debía darle una lección a esos Mutilados. — continuó el segundo, dándole, junto a eso, una palmada en la espalda.
    Abriéndose las puertas, un grupo de gente, que no eran los pueblerinos que habían sido traídos a la ciudad, estaba congregada del otro lado, vitoreando al verlos regresar. Era una imagen extraña, por lo cual Achilleus llamó al mercader y le susurró:
    —¿Qué sucede aquí?
    —¿Esto? — mostró una amplia sonrisa —Pensé en hacerte un poco de publicidad. Piénsalo: un extranjero misterioso que llega a Dhirim y salva a la gente de Tosdhar, derrotando al temido Come-Orejas. Es demasiado bueno para el negocio, ¿no crees? Y, además, tendrás muchos trabajos como mercenario. Es perfecto, soy un genio.
    —No lo derroté, logró escapar, aunque solo.
    —Es lo mismo, — le restó importancia —pero ¿al menos derrotaron a su mano derecha?
    Achilleus asintió y, tras llamar a Oddvarr, le pidió que sacara la cabeza del rumoreado Troll. El mercenario le tendió a uno de los pueblerinos a Osbourne y el otro a Rasheed, para luego exhibir la cabeza cortada al público, generando una oleada todavía más grande de ovaciones; reconocían de quién se trataba.
    —¡Perfecto! — gritó Osbourne —Ven, vamos al lugar en que mis amigos y yo nos reunimos. No se encuentran allí, todos están corriendo a través de la ciudad y aprovechando tu nombre y tu nueva hazaña para los negocios.
    —¿Es eso posible? — preguntó Achilleus, incrédulo.
    —Oh, amigo mío, ¿olvidaste que estamos en Calradia? Cualquier derramamiento de sangre es una oportunidad.
    Abriéndose la multitud para cederle el paso a los héroes del momento, los guardias se mantuvieron ayudando a Achilleus a moverse hasta donde Osbourne los estaba guiando. El lugar al que llegaron no resultó tan sorprendente, ya había pensado que la persona frente a él era demasiado conocida para ser un simple mercader.
    —Bienvenido a la Cofradía de Dhirim. Toma asiento.
    El edificio era de tres plantas construido de la misma forma que todos los demás, piedra y madera; lo único diferente era el interior, limpio y ordenado, con sillas, mesas, y adornos de alta calidad. Lámparas colgaban del techo para las noches oscuras, al igual que los candelabros que reposaban sobre las mesas, con velas nuevas y listas para ser encendidas.
    Siendo dejado sobre una de las tantas sillas de la mesa, Oddvarr y Rasheed se sentaron junto a él, mientras que los pueblerinos fueron dirigidos al segundo piso por un empleado, donde los estaban esperando sus familias. Osbourne había cumplido su palabra.
    —Casi lo olvido, aquí tienes.
    Sobre la mesa fue dejado el medallón negro junto a la bolsa con los mil denares, todo había sido entregado con anterioridad a la batalla. Rápidamente volvió a colgarse el medallón, sintiéndose completo una vez más.
    —Gracias por cuidarlo.
    —No te preocupes. De hecho, me gusta el medallón y, si morías, esos mil denares me hubieran venido perfecto.
    —Eres un horrible ser vivo.
    —¿Me lo dices a mí? Tú pequeña operación Brulote era para quemar vivos a los bandidos. Y, ¿qué es un brulote?
    —Es un barco, — contestó mientras se acomodaba en la silla —se usan en las guerras marítimas tras envolverlos en llamas y arrojarlos contra las embarcaciones enemigas. Es muy útil, ¿no te parece?
    —Tus congéneres son crueles. En fin, te traje para preguntarte: ¿qué harás ahora?
    —¿Qué quieres decir?
    —Puedo presentarte a mis amigos y que trabajes oficialmente para nosotros. Ya sabes que pertenecemos a la Cofradía, y pertenecer a la Cofradía significa que servimos directa y únicamente a nuestro señor, el conde Clais. ¿Te unirás a Swadia? Puedes rechazarlo, no me molesta e incluso te contrataré para cosas menores, no soy rencoroso. Pero, si decides unirte a nosotros, tendrás los mejores trabajos garantizados, siempre con prioridad. También existe la posibilidad de que, dependiendo de tu desempeño, puedas reunirte en persona con lord Clais.
    —¿Me estás pidiendo que me una a un bando en Calradia?
    —Sí y no. No te obligaremos a participar en la guerra, pero, serás reconocido como un habitante de Swadia a pesar de ser extranjero, con las ventajas y desventajas que eso conlleva. No podrás visitar Rhodok, pero, ¿y qué? — bufó —Tampoco es que haya mucho por esas montañas.
    —¿Sabes que no he conocido ninguna de las otras ciudades o facciones? Tomar una decisión así de rápido sería algo tonto.
    —Sí, sí, — admitió con un suspiro —no pretendo obligarte, p…
    —Acepto.
    —¿Qué?
    —Dije que acepto, me uniré a la Cofradía.
    Osbourne lo estaba mirando con una cara de sorpresa por las palabras que acababa de decir como si nada. Achilleus aguantó las ganas de reír mientras deseaba tener un espejo a la mano para mostrarle su propia expresión.
    —¿No me acabas de decir que es una tontería unirte a nosotros?
    —Lo sería en una situación normal. Estoy en una tierra desconocida con costumbres y personas desconocidas, además de haberme ganado un enemigo para toda la vida. Y entre todo eso, me están ofreciendo un lugar para trabajar y la posibilidad de convertirme en ciuda- quiero decir, habitante de Swadia. También podría intentar aventurarme a cualquier otro lugar, pero los caminos están repletos de bandidos y no hay garantía de que pueda conseguir trabajo en cualquier lugar.
    —Tienes un punto. Entonces, bienvenido a la Cofradía de Dhirim. — Osbourne se levantó y le ofreció la mano —Me presento nuevamente. Soy Osbourne de Dhirim.
    Levantándose con dificultad y un poco de apoyo de Rasheed, aceptó el apretón con ligereza, todavía le dolían las manos por la pelea anterior. Agradecía, al menos, no tener ningún corte.
    —Estaré contando contigo a partir de ahora, Osbourne. Soy Achilleus Solveigsson.
    —Ahora viene lo segundo. ¿Qué haremos con los pueblerinos? La Cofradía no puede encargarse de ellos por siempre, pero, sé que no te gustará arrojarlos a su suerte.
    —¿No puedes hacer que trabajen?
    —No es tan fácil. Hay mendigos en Dhirim, lo que significa que casi no hay trabajos disponibles. Además, la mayoría son mujeres, ancianos y niños, nadie los aceptaría ni que nosotros se los pidamos. Tal vez los niños podrían ser aceptados como aprendices, pero no ganarían dinero para sus familias.
    —¿Entonces qué me aconsejas?
    Osbourne se arrojó sobre el respaldo del asiento y se quedó mirando fijamente el techo. Achilleus también comenzó a pensar qué podía hacer, pero nada se le venía a la mente. No podía enviarlos de regreso a un lugar que fue quemado ese mismo día, y tampoco sería bueno poner a trabajar a las mujeres. Osbourne de pronto se enderezó y dijo:
    —Rasheed, ¿podrías ir por el anciano del pueblo?
    El sarranés asintió y subió las escaleras de a dos, regresando con premura con la persona que le habían ordenado buscar. El rostro del anciano era una mezcla entre tristeza y alivio, era obvio que no se decía cuál de las dos debía sentir; muchos de los suyos habían muertos, pero el hecho de que sobrevivió la mayoría existía.
    —¿Qué puedo hacer por ustedes? — preguntó con cierta pesadez en su voz.
    —Su salvador aquí presente, — comenzó el mercader —está interesado en fundar su propia compañía mercenaria y quiere que le permitas contratar a los hombres sobrevivientes.
    Hasta Achilleus mostró sorpresa. No se le había cruzado por la mente hacer eso debido a que los pueblerinos no eran aptos para la lucha, solo lo habían hecho por necesidad.
    —Pe-pero, necesitamos a los hombres jóvenes para reconstruir el pueblo.
    Fue una respuesta racional. El anciano era capaz de prever que la Cofradía no se haría cargo de ellos por mucho y tendrían que valerse por sí mismos pronto; de esa forma, reconstruir sus hogares debía ser su prioridad.
    —No hay nada de qué preocuparse. El trato consiste en cederle los hombres que lucharon en Tosdhar a Achilleus, y de esa forma puede comenzar su compañía, trabajando directa y exclusivamente para la Cofradía. Nosotros nos haremos cargo del salario, que será la mitad del habitual, y el alimento. En cuanto a los niños, comenzaran su entrenamiento como mercenarios para cuando tengan la edad suficiente sean capaces de alistarse. Y las mujeres simplemente lavarán o harán cualquier cosa, excepto por las embarazadas. Los ancianos… no lo sé, que hagan lo que sea, luego lo decidiré. ¿No te parece un buen trato?
    El anciano estaba atontado, parecía considerar la propuesta que se le ofreció repentinamente. Por un lado, podía arriesgarse a volver a aquella tierra quemada para intentar reconstruir lo que quedara allí, que sería la acción más normal en esa situación; pero, la otra salida consistía en poner a los hombres jóvenes a luchar y a los niños a entrenar.
    —A-acepto la amable oferta. — dijo mientras se inclinaba.
    —Perfecto, — la sonrisa de Osbourne se ensanchó —ves a avisarles a los hombres sobre la decisión.
    El anciano volvió a inclinarse y se dio la vuelta para marcharse, solo que Achilleus lo detuvo y lo llamó. Incapaz de rechazar la petición de su salvador, se acercó a la mesa, dubitativo.
    —Ten, repártelo entre las viudas.
    Achilleus dejó sobre la mesa los mil denares con el sonido característico del choque entre monedas, sonido que enmudeció la habitación completamente. Nadie parecía capaz de creer lo que estaba pasando, hasta que el anciano tartamudeó:
    —Pe-pero…
    —De donde vengo, — interrumpió Achilleus —el comandante que luchó la batalla entregaba el dinero directamente a las viudas. Me gustaría hacerlo, pero no me siento muy bien como para subir escaleras, — dijo sonriendo —y me sentiría incapaz de hacer que mujeres embarazadas vengan a mí.
    El anciano quería, claramente, replicar sobre el asunto, devolver el dinero que no se habían ganado. Achilleus no aceptaría queja alguna o devolución, sentía que se los debía, y quería, más que ayudarlos, acallar a su conciencia. Al final, el hombre se rindió a rechazar y, con varias reverencias, se marchó agradecido.
    —Eres demasiado blando. — le amonestó Osbourne.
    —Todavía tengo los doscientos denares que me debes, ¿no?
    —¿Doscientos? — Osboruen bufó —Me dejaste tirado en Tosdhar, así que te daré cien.
    —Qué tacaño. No aceptaré menos de doscientos.
    —Ahora que lo pienso, — quiso cambiar de tema —ni creas que el mismo trato se aplicará al resto de hombres que vayas consiguiendo a lo largo del camino. Esta oferta es solo para los pueblerinos. Cualquier otro recluta deberás de pagarle por tu cuenta y alimentarlo por tu cuenta, ¿te queda claro? Pero no te preocupes, te enseñaré cómo conseguir descuento en alimento y agua. Ahora que lo pienso, ¿ustedes estarán con Achilleus?
    La respuesta fue lanzada a Oddvarr y Rasheed. El primero, con su estoicidad característica, asintió bruscamente; estaba claro que donde hubiera lucha, allí estaría. Rasheed afirmó indudablemente, parecía todavía sentirse en deuda, pero también se alegraba de tener trabajo al ser un esclavo fugado.
    —Entonces, espero que tus enseñanzas me sean útiles.
    —Por supuesto que lo serán, capitán. Ahora que lo pienso capitán, — parecía que lo iba a llamar así por un tiempo —¿cómo llamarás a tu compañía?
    Achilleus se llevó la mano al medallón y cerró momentáneamente los ojos. Era algo extraño tener que nombrar a su propio grupo mercenario, pero, un nombre le vino sorpresivamente, a lo cual contestó:
    —Centinelas de Atenea.


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    Mensaje por kianrz el Miér Oct 23, 2019 4:31 am

    Un Brindis por Dionisio I



    El olor del alcohol siempre iba bien con el estrepitoso bullicio de hombres peleándose o gritando; lamentándose o celebrando; era una creencia muy popular y Achilleus no era de los que la contrariaba mucho a pesar de ser uno de los tantos partidarios del silencio. De todas formas, visitar una taberna de tanto en tanto era algo habitual entre hombres, y bueno para la moral.
    —¡En serio, ¿qué es esa cosa que tienes luego de tu nombre?! — gritó Osbourne, meneando su jarra de vino color magenta.
    —Se llama apellido, — contestó calmado Achilleus, a pesar de que sus ojos comenzaban a dar vueltas —¿por qué ustedes no tienen?
    —¡Ah! Cierto, cierto, apellido, sí, sí, eso estaba en el Imperio de Calradia, sí, sí. Ya nadie usa esa basura, ¿sabes? Debes vivir en el presente, ¡el presente! Ni siquiera los lores se molestan en usarlos. ¡Y ahora viene un extranjero con apellido!
    —Ustedes los calranos son los extraños, ¿sabes lo difícil que es adaptarme? ¿Y qué me dices de su escritura? ¡Ni siquiera saben usar bien los pronombres! Por Atenea, es una tortura aprender a leer y escribir.
    —¿Estás desperdiciando mis esfuerzos? Me estoy tomando la molestia, a pesar de lo ocupado que estoy, para enseñarte nuestras letras, ¿y las insultas? Si tanto te disgusta, ¿qué haces en Calradia?
    —¿No te dije que lo perdí todo? Una amable mujer me dijo que podía ir a Calradia, me dijo que aquí a nadie le importa de dónde soy, que nadie haría preguntas y podría vivir en paz. Qué mentira. Desde que vine aquí no han dejado de llamar “Extranjero”. “Extranjero esto”, “Extranjero lo otro”. ¿Es que no saben que me llamo Achilleus? Ojalá no la hubiera escuchado.
    Recordando a aquella mujer, la única razón por la cual se había acercado a hablar con ella se debía a que también era griega, y se sintió cómodo escuchar su lenguaje otra vez. Además, tenía que admitir que, a pesar de su intento de parecer una mujer dulce y frágil, hubo algo en ella que lo mantuvo constantemente en guardia, como si sus instintos le gritaran que ella era más peligrosa incluso que luchar en un duelo contra Ares. Temblando con ligereza, escuchó a Osbourne diciendo:
    —Sí, ojalá no la hubieras escuchado, ahora no tendría que escuchar yo tus quejas. ¿Y dónde queda todo lo que hago por ti?
    —Lo que digas. — bebió otro trago. Osbourne no le había mentido al respecto, el vino swadiano era la cosa más dulce que había probado en su vida, parecía alguna especie de jugo de fruta extraño, pero adictivo. —Tal vez me reciban mejorar en otro lugar, sin estar arrojándome a la cara cualquier ayuda que me brindan.
    —¿Y dónde irás? ¿Te irás a esa basura de Rhodok o con esos khergitas?
    —Tal vez me vaya al sur, ¿no me llevarías hasta el Sultanato, Rasheed?
    Achilleus golpeó el hombro del joven sarranés, quien estaba tirado sobre la mesa, babeando y con algo de la bebida sobre sus brazos. Todo el vino que había bebido lo dejó fuera de combate, lo que mostraba que no estaba acostumbrado a largas jornadas de bebidas o simplemente no era resistente.
    —¡Bien, vete! Pasarás hambre y sed, buscando cualquier gota de agua para lamer sobre la arena caliente antes de que se evapore. No sé qué le ven esos sarranís a vivir en ese desierto, ¡solo camellos y arena! Tengo razón, ¿cierto, Oddvarr?
    —¿Le preguntarás eso a un nórdico?
    El mercenario estaba impasible mientras miraba a la distancia que le era bloqueada por la pared de la taberna. Ni siquiera en ese tipo de ambiente soltaba la lengua, era siempre un tipo estoico, de palabras escasas y personalidad simple.
    —¡Oye! — exclamó el mercader —Ni siquiera has tomado una gota.
    Forzando la mirada de unos ojos que comenzaban a rodar, Achilleus miró a la jarra del hombre sentado junto a Rhaseed y, a pesar de no ser capaz de identificar si se trataba realmente de la misma jarra, algo dentro de él le decía que así era.
    —No bebo. — contestó secamente.
    —¡Sé que no es hidromiel, pero te pedí cerveza! ¡Venga, ¿qué clase de nórdico rechaza una bebida?! Si eres un guerrero nórdico, debes beber y pelear.
    Instándolo con su propia jarra, Osbourne parecía capaz de levantarse de donde estaba, agarrar un embudo y, luego de metérselo forzosamente a la boca, arrojar el contenido allí.
    —No bebo. — repitió.
    Y allí murió la conversación. El mercader seguía hablándole, pero era lo mismo que dirigirle palabra alguna a una estatua, por lo que, cuando se percató él mismo, agarró la bebida de la otra parte y se la arrojó a la boca; no parecía importarle en lo más mínimo mezclar los sabores.
    —Qué raro es tu grupo. Un esclavo sarranés que se fugó de su amo, y un nórdico que no bebe; además de pueblerinos reclutados hace un mes de Tosdhar. ¿Al menos los entrenas bien?
    —Claro que lo hago. Ya cuentan con buena disciplina y capacidad de reacción. — humedeció su garganta y continuó: —Puedo decir que he hecho un buen trabajo también en enseñarles a pelear. Si lo comparamos cuando atacaron los Mutilados, la respuesta es obvia.
    Las primeras semanas de entrenamiento de los que no se encontraban graves fueron únicamente de seguir órdenes, repetían los mismos ejercicios de cuando se preparaban para enfrentar una muerte segura. Les había inculcado cierta capacidad de reacción, pero pensaba que no era suficiente, un soldado debía actuar incluso antes de que la frase o palabra fuera dicha por completo.
    Cuando creyó que estaban lo suficientemente disciplinados, o al menos por el momento ya que hay una disciplina que se aprende luchando, comenzó con el uso de armas. Los había equipado enteramente como a un hoplita, eran una infantería pesada perfecta con su amplio escudo redondo, las largas lanzas doru y las espadas xiphos; el herrero había puesto una cara extraña tras ver los diseños, pero, como era un profesional recomendado por la Cofradía, su trabajo fue rápido y excelente, aunque solo era para unas seis personas por el momento, pues Achilleus se contaba entre ellos; las otras veinticuatro llegarían mucho tiempo después.
    —Y ahora hasta se ven como esos hopitas que dices.
    —‘Hoplitas’. Sí, y el equipo fue de muy buena calidad.
    —Entonces agradéceme invitándome la bebida.
    —¿Invitarte? Apenas y me queda la mitad de la recompensa por escoltarte.
    —¿Y aun así te endeudaste con la Cofradía? Nos debes hasta tu nombre si tenemos en cuenta que no tienes nada. Pudiste haber aceptado el equipo que ofrecimos.
    La cofradía había hecho entrega, o al menos lo había intentado, de un equipo estándar para un recluta, únicamente una cota de malla corta para detener algún corte; un escudo de madera con golpes y grietas del tamaño de dedos; y, por último, unas cuantas espadas cortas que no se veían confiables. Tal vez en Calradia, para los mercenarios, aquello podía constituir una infantería ligera optima, teniendo en cuenta que era recién creada; pero, claramente Achilleus discrepaba, y aseguraba que lo haría también cualquier persona sensata que hubiera luchado en una falange.
    —Era necesario, en la guerra ganamos por no morir, no por matar.
    —¡Avísame cuando puedas conquistar un fuerte sin morir!
    —Solo dime, ¿qué hay de los nuevos reclutas que te pedí?
    —¡Y allí vas otra vez! No tienes ni donde caer muerto, ¿y piensas hacerte cargo de pagar y alimentar otros veinticuatro hombres? ¿Por qué no mejor te vendes como esclavo y acabamos rápido con esto?
    —Me dijiste que tendría mucho trabajo, que podría tener denares a montones. ¿Y dónde están? — le cuestionó mientras bebió otro trago —No he trabajado nada. Nada. Estoy empezando a pensar que me mentiste.
    —¡No he mentido! — se apresuró a objetar —Simplemente ha habido trabajos menores, nada digno del hombre que decapitó a Troll y ahuyentó a Come-Orejas.
    —Fue cosa de Oddvarr.
    —Es lo mismo, tú estabas al mando, capitán, su victoria es tu victoria.
    Terminando de sorber lo que quedaba dentro de la jarra, la dejó caer con fuerza sobre la mesa y soltó un suspiro. No solo sus ojos estaban dando vueltas, sentía su cerebro atontado y que le gritaba insultos para que dejara de tomar aquella sustancia venenosa. No le gustaba particularmente beber debido al sabor generalmente amargo del alcohol, a lo mucho aceptaría un par de copas, pero con la bebida swadiana era diferente, su sabor era atrayente. Juró no beber en grandes cantidades por segunda vez, temía volverse adicto a aquel néctar.
    —Creo que me marcho por ahora. Paga por nosotros Osbourne.
    —¡Algún día me pagarás esto! — gritó, pero no sin dejar los denares sobre la mesa.
    Moviendo el hombro del joven sarranés, lo llamaba por el nombre e intentaba despertarlo, pero estaba tirado como un tronco y solo había dos factores que determinaba que lo ingerido no había sido venenoso; primero era su respiración, el sube y baja de su espalda; y segundo, se trataba de que hacía sonidos extraños.
    Formando una sonrisa irónica, lo sostuvo del brazo y con habilidad se lo arrojó sobre la espalda. Era ligero, casi parecía una mujer que apenas y llegaba a la edad para casarse, pero no se lo diría para no lastimarle el orgullo.
    Luego de haberse despedido del comerciante y ordenándole Oddvarr que lo siguiera de regreso, se pusieron en marcha. Las calles de Dhirim eran solitarias por la noche, no podía ni siquiera verse animales callejeros que buscaban devorar algunas sobras que hubiera arrojado cualquiera.
    Caminar era un poco complicado con todo el alcohol que tenía en la cabeza, y ahora debía cargar con su compañero de armas que estaba inconsciente y babeándole el hombro. Era asqueroso, pero tampoco podía tirarlo y dejarlo allí; y también sería vergonzoso cargarlo como si fuera un bebé.
    Oddvarr, que caminaba a su lado todavía inexpresivo, llevaba dos armas sobre su espalda, pesadas como las que más, pero todavía sin inmutarse. La primera era su hacha ya reparada y prácticamente nueva; y la otra era el mandoble del tal Troll, que, mirándolo de cerca, la guarda era ligeramente curva y con pequeñas muescas.
    Mientras se disponía a disfrutar la corta caminata, parecía que todo se interponía en brindarle algo de paz. Desde los callejones, como podía esperarse en ese tipo de situaciones, un puñado de asaltantes iban con dagas en mano. Ya ni siquiera le sorprendía o preocupaba, solo podía suspirar con resignación, era la cuarta vez que intentaban robarle en Dhirim mientras salía a dar una caminata nocturna; parecían enfilárselas todos al extranjero, a quien se le había mentido diciéndole que se trataba de una ciudad segura.
    —Oddvarr.
    El mercenario asintió en completo silencio y sacó su arma preferida, que no era otra que el hacha, de su amplia espalda, que ahora lo separaba de las nulas amenazas. Tal vez si hubieran elegido otro grupo, o a Achilleus solo y medio-borracho, fueran a gozar con un botín, pero se habían encontrado con aquel nórdico que los iba a masacrar en un parpadeo.
    Mientras dedicaba una plegaría a los tontos inoportunos, los gritos no tardaron. Cada oscilada de hacha significaba una extremidad menos del tonto que se acercaba lo suficiente. Si Achilleus se aventuraba a intentar adivinar lo que pensaban, de seguro creyeron que podrían cerrar la distancia con el lento nórdico y matarlo; pero estaba seguro de que ninguno de ellos consideró que podría ser más rápido de lo que aparentaba.
    Ver a Oddvarr luchar le reafirmaba el pensamiento de nunca cruzar armas contra él, aquello se convertiría en su último error. No es que hubiera disciplina, técnica o algo parecido a un entrenamiento especial; aquel hombre daba la misma sensación que Come-Orejas, un guerrero que se forjó única y exclusivamente en el fragor de la batalla y fue templado con la sangre tibia. Parecía que encontraría a menudo ese tipo de personas en Calradia.
    —Déjalos allí, — dijo Achilleus cuando lo vio terminar —de seguro alguien vendrá a recogerlos.
    Pasaron en silencio junto a los cadáveres y regresaron a la posada. Achilleus se metió en la habitación de Rasheed, lo tiró sobre la cama, le cogió la llave y lo dejó encerrado dentro; no sería gracioso si lo encontrara, a la mañana siguiente, muerto o sin ningún tipo de pertenencias.
    Regresando a su propio lugar de descanso, se dejó caer sobre el lecho de paja y, luego de rememorar un poco su día, cerró los ojos y se dispuso a dormir. Últimamente se había relajado demasiado, simplemente se entrenaba a sí mismo o a los reclutas, todo se reducía a esa monotonía. Deseaba que Osbourne le consiguiera rápidamente un trabajo, tal vez así podría, por fin, poner a prueba a los suyos, quienes parecían deseosos. No era que quisiera verlos morir, simplemente ansiaba saber si eran aptos para ese tipo de vida; de no serlo, se desharía de ellos, sería mejor que pasaran su tiempo con sus familias y que decidieran hacer otra cosa.
    Cuando Morfeo comenzaba a reclamarlo, un picor inesperado le molestaba en la nariz. Era desagradable y le provocaba unas ganas abismales de toser gracias a que evitaba su respiración. A punto de exteriorizar una queja al idiota que estaba incordiando, reconoció el olor de inmediato. Humo.
    Saltando de la cama, la embriaguez se disolvió en el aire y, evitando el pánico, llegó a reconocer que no se trataba del lugar en el que estaba, así que eso llevó algo de paz a su interior. Luego, con el primer hecho establecido, miró por su ventana. A lo que sería un tiro de piedra, el rojo sustituyó el telón negro de fondo que siempre venía con la noche.
    Las casas en Dhirim estaban hechas de una mezcla de madera y piedra, debido a lo cual un incendio en todo el corazón de la ciudad estaba pidiendo a gritos que se extendiera. Entendiendo esto último, abrió la puerta rápidamente y bajó las escaleras casi saltando. Iría a ayudar, existía la posibilidad de no solo afectar a la posada, sino que era un hecho que afectaría a las casas circundantes.
    Ya había una multitud de ambos géneros observando lo que pasaba, y de entre ellos varios hombres estaban arrojando agua sacada del lugar más cercano. Achilleus se les unió y, recibiendo el cubo, lo arrojaba rápidamente y se lo entregaba al más cercano. El calor le acariciaba no tan tiernamente el rostro y le quería decir que retrocediera antes de que algo serio pasara, pero ignoró la advertencia.
    Las personas seguían llegando desde todos los lugares, aumentando así las manos que ayudaban, entre los cuales pudo contar al ya no tan borracho Osbourne y al taciturno Oddvarr; y definitivamente debía evitar darle cualquier bebida a Rasheed nuevamente, caía prácticamente muerto.
    Todos se estaban coordinando para arrojar los contenidos de los cubos en sus manos, se encontraban siendo dirigidos por un viejo hombre de barba canosa, el que posiblemente tuviera más edad allí. Era un trabajo fastidioso, pero cada vez que sentía que tenía que entregarle el cubo a alguien, ese pequeño margen en que sus manos se quedaban vacías y no podía intentar apagar el fuego era insoportable.
    Ya ni siquiera los guardias podían ignorar el asunto y dejar que la demás gente se encargara, pues incluso muchos comerciantes que se veían claramente bien vestidos, a diferencia de Osbourne, estaban apoyando para evitar una catástrofe.
    Cuando las fuerzas comenzaban a flaquearles a la mayoría, las pocas brasas que quedaban fueron extinguidas por una pequeña jarra usada por un niño que parecía haber estado esperando esa oportunidad todo aquel tiempo.
    Soltando el cubo y limpiándose el sudor de la frente, arrojó un pesado suspiro mientras volvía su mirada hacia el resto. La gente mantenía sonrisas momentáneas luego de haber evitado que algo muy, muy malo ocurriera; pero pronto sería reemplazado por la preocupación y sospechas, por lo que se alejó antes de que comenzara.
    Osbourne se le acercó por detrás cuando salieron de la multitud, luciendo horrorizado. Era la primera vez que Achilleus lo veía así, ni siquiera se había preocupado en exceso cuando fueron atacados por los exploradores en los alrededores de Burglen.
    —Ese lugar… — dijo apenas con un susurro.
    —¿Qué sucede? — Achilleus se preocupó —¿Era tu casa? — aunque parecía dormir en la Cofradía —¿Le pertenecía a un conocido?
    —¡Era la fábrica de vino! — gritó.
    —¿Eh?
    —¡Nada de “¿Eh?”! ¡Era la Fábrica de vino! ¡¿Qué vamos a hacer?! — repentinamente se calló, como alguien que recibía algún mensaje de Hermes, para luego golpearse ligeramente la frente y decir: —Hablaremos mañana. Pensaré en algo. Ven a la Cofradía cuando salga el sol.
    Ni siquiera se despidió y comenzó a caminar en dirección de la Cofradía. Achilleus solo pudo mirarlo como el que veía a un demente y regresar a su propia habitación. Tras pasar por la de Rasheed, confirmó que no se había despertado a pesar de estar toda la ciudad patas arriba. Juró nunca dejarle probar bebida nuevamente, tendría que contentarse con agua, jugo o leche


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    Mensaje por kianrz el Miér Oct 23, 2019 4:32 am

    II



    Rasheed se sobaba la cabeza como si quisiera arrancarse el cabello mientras entraban a la cofradía. Los efectos de la resaca ya lo habían abofeteado, y luego fue el turno de Achilleus, relatándole los hechos y diciéndole que no fue capaz de reaccionar cuando hubo una emergencia, lo que lo hizo sentir avergonzado. Achilleus, por otra parte, simplemente contaba con un ligero dolor de cabeza, nada serio.
    —¡Ya era hora! — allí estaba Osbourne, gritando otra vez —¡Esta es una oportunidad! ¡Una oportunidad! No sé si fue gracias a esa diosa que tanto adoras, pero ¡tenemos una gran oportunidad!
    —Detén tu caballo y dime de qué se trata esa oportunidad.
    Era el trabajo de Achilleus hacer avanzar la conversación que sería, de otra forma, un monologo del swadiano. Oddvarr estaba sentado con su habitual apatía y observaba con desgano al comerciante charlatán; Rasheed tenía una mirada de desconcierto en su rostro, como si mirara a una persona con problemas mentales.
    —La fábrica quemada es nuestra oportunidad.
    —¿No estuviste a punto de llorar anoche porque se quemó?
    —Es diferente, ahora sé que es una oportunidad. ¿Quién pensaría que se presentaría una oportunidad así?
    —¿Y si ya me dices en qué consiste esa oportunidad?
    A veces era exasperante tratar con aquel comerciante que parecía solo escucharse a sí mismo, pero alguien tenía que hacerlo, y a él le tocó.
    —Meteremos nuestro propio vino en la ciudad, ¿no es una idea maravillosa? Aprovecharemos esto para tener el mercado del vino.
    —¿Y cómo piensas hacerlo?
    —Simple. — se acercó a los tres, y con una voz tan baja que Achilleus tuvo que forzarse sus oídos, susurró: —Lo traeremos directo de Rhodok.
    Rasheed pareció tragarse algo que lo estuvo ahogando ya que se escuchó por toda la habitación. El joven fue el único que reaccionó, era obvio que Oddvarr tenía algún problema con sus emociones y, en cuando a Achilleus, no había nada que pudiera sorprenderlo sobre Osbourne.
    —¿Y es seguro hacer algo así?
    —¿Por qué no habría de serlo? Enteramos a Rhodok, negociamos un precio, un lugar de entrega, compramos un poco de paso y regresamos a Dhirim. Listo. Fácil y rápido.
    Tal vez fuera una excepción de su primer trabajo, pero no confiaría cuando la otra parte le dijera calmadamente que sería un trabajo rápido y fácil, ya que significaba, obviamente, todo lo contraria. La vez anterior tuvo que luchar una escaramuza y quemar vivos a bandidos, además de que un enano le hizo escupir un diente; fue todo menos fácil.
    —Tal vez solo sea un extranjero tonto, pero ¿no estamos en guerra contra Rhodok? No creo que los guardias, tras vernos y darse cuenta de que mis hombres y tú son swadianos, especialmente miembros de la Cofradía de Dhirim, nos dejen ir con una sonrisa. ¿No puedes simplemente comprarlo en cualquiera otra ciudad de Swadia? O mejor aún, de cualquier otro lugar que no sea Rhodok.
    —No funcionará. Estamos en tiempos de guerra, ninguna ciudad estará contenta de desprenderse de su vino. Son conscientes de la necesidad swadiana, de que el vino es nuestra agua, así que, si lo hacen, será a un precio tan alto que preferiría beber cerveza u orina. — puso una cara de asco y prosiguió: —Y me niego rotundamente a meter ese intento basura que los khergitas llaman bebida. Y el vino de Vaegir casi tan malo como el anterior, así que es un completo no. El de los sarranís no tiene sabor, así que mejor bebo agua. “¿Y el Reino del Norte?”, te preguntarás. Ellos ni siquiera saben qué es el vino. El vino debe ser dulce, ¿escuchaste, Achilleus? Dulce. La única opción es Rhodok y me niego a ceder.
    Parecía un niño que hacía una rabieta porque de pronto se le antojó algo, y en este caso era un niño grande que superaba los veinticinco que quería beber algo de Rhodok a pesar de que podían matarlos por el camino, ya fuera por bandidos o por las mismas patrullas.
    —Supongamos que, hipotéticamente hablando, acepto ayudarte, ¿cuál es el plan?
    —¡Me alegra que preguntes! — como si esperase por ese momento, sacó un rollo amplio de papel que estaba bajo la mesa y lo extendió sobre esta; era un mapa de Calradia. —Nos dirigiremos completamente hacia el oeste y nuestra primera parada será en la ciudad de Uxkhal. Pasaremos la noche allí, y aunque no es tan buena como mi Dhirim, es una mejor opción que dormir fuera. Allí compraremos unas cuantas cosas como pieles o lo que sea, lo importante es que nuestro carro se encuentre lleno. Cuando partamos, iremos hasta el castillo Haringoth, donde cruzaremos el puente al territorio de Rhodok. No hay vigilancia o guardias de ningún tipo en todos los puentes, es un pacto que se hizo para no molestar a los mercaderes de otros lugares que nada tenían que ver con el conflicto. Allí, en el bosque inmediato luego de cruzar, tus hombres se quedarán y acamparán cerca del rio con la comida que les dejaremos, junto a algunos denares por si nos toma más tiempo del necesario. Me gustaría llevarlos con nosotros, pero nos reconocerán como swadianos. En mi caso puedo imitar el acento khergita. — declaró lo último mientras simulaba la forma de hablar de un khergita. —Nosotros continuaremos el camino hasta el castillo Maras, el único acceso hacia la ciudad de Yalen. Allí, si podemos, buscaremos algún mercader que se dirija a Jelkala y lo acompañaremos, de esa forma podremos movernos sin llamar tanto la atención. En Jelkala seremos capaces de negociar un trato para que nuestro vino sea enviado a Halmar. Luego regresamos por la misma ruta. Fácil. ¿No soy un genio? Alábenme sin contenerse.
    Achilleus, ya que estaba un poco desconcertado, levantó la mano como cuando era un niño y tenía una pregunta para su maestro, solo que ahora hablaba con un desquiciado.
    —¿Por qué debemos rodear tanto? Nos tomará días llegar hasta Jelkala. Simplemente atravesemos Veluca y terminemos con el asunto.
    —No es tan fácil. Verás, hice negocios en el pasado con Veluca, debido a lo cual conocen mi rostro en todos los castillos y pueblos de los alrededores, incluso en el castillo Almerra. Si me acerco un poco me matan.
    —Bien, acepto eso. Pero, lo más importante, ¿por qué enviarla a Halmar? Esta es la Cofradía de Dhirim, y no creo que tengan tanto poder.
    —Le enviaré una carta a un antiguo amigo khergita, él puede recibirlo por nosotros antes de ser enviado nuevamente a Dhirim. Si lo hacemos de esa forma no nos arriesgaremos a nada, es simple.
    —¿Y estás seguro de que aceptará? Puede que no quiera verse involucrado.
    —Esto es Calradia, no hay tiempo de tantas contemplaciones, debes tomar la primera oportunidad que se te presente o morir, y nadie quiere morir. Hasta los esclavos quieren vivir.
    No parecía, luego de haber escuchado atentamente y pensado sobre ello, un plan descabellado. Si obviabas el hecho de que tenían pensado violar la frontera de un reino con el cual estaban en guerra, era incluso factible siempre y cuando no hubiera elementos irregulares. Nadie se esperaría a un miembro de la cofradía de Dhirim fingiendo ser un khergita, atravesando el castillo Maras, recorriendo todo Rhodok mientras se escapaba de bandidos y negociando un raro trato en Jelkala solo por un miserable sorbo de vino.
    —Harás que me salgan canas. Solo te conozco alrededor de un mes y ya me siento diez años más viejo.
    —Sí, sí. Cuando estemos nadando en denares me lo agradecerás. Ya puedes irte, estaré ultimando los detalles para irnos. Ni una palabra a nadie, ni a tus hombres ni a la Cofradía, ¿entendiste?
    —Entiendo. Estoy empezando a pensar que tú quemaste la fábrica.
    Se despidieron y Achilleus vio cómo subió las escaleras antes de él dirigirse al patio de la Cofradía. Sus hombres, los Centinelas de Atenea, estaban en sus prácticas matutinas tal como se les había ordenado.
    Los más jóvenes comenzaban, como no podía ser de otra forma, a seguir las ordenes, era mucho más fácil, y mejor, inculcarles la obediencia desde que eran pequeños; y, junto a eso, contaban con ejercicios de mayor duración, ya que no les enseñaría a usar armas de inmediato, eso arruinaba la disciplina. Los mayores simplemente estaban repitiendo la posición de la falange, uno al lado del otro, cubriéndose una parte del cuerpo con la mitad derecha del escudo y protegiendo, con la otra mitad, a su compañero de la izquierda; mientras tanto, el compañero a su derecha le protegía con su mitad izquierda.
    Todos, incluyendo los niños que estaban en entrenamiento, detuvieron sus actividades al verlo y golpearon sus escudos con lanzas o espadas a la mano a modo de saludo; y le gustaba ese saludo que había visto en la ciudad de Esparta, así que lo había atribuido a su compañía, solo quitándole el grito que iba incluido.
    —¡Suspendan su entrenamiento y empiecen a empacar! ¡Quien olvide así sea el más mínimo detalle de su equipo tras la inspección de rutina, cargará con los equipajes de todos, incluido el que debe llevar el caballo! ¡Partimos hacia el oeste de inmediato!
    Repitieron el saludo en silencio y los cinco que eran los únicos listos para combatir se retiraron. Le gustaba la disciplina que se estaba formando, pero no todo era lo que parecía; de vez en cuando había enviado a Rasheed para que los siguiera a escondidas y todavía flaqueaban en algunos aspectos, cosa que corregiría luego.
    El grupo volvió a la posada para recoger el resto de pertenencias que habían dejado atrás. Oddvarr solo agarró una pequeña bolsa con denares y salió, no había mucho que le perteneciera y sus armas siempre estaban encima; Rasheed buscó el arco que Achilleus le había cedido, además de la espada de repuesto y algo de dinero; por último, el extranjero simplemente agarró un par de prendas, sus denares y el equipo de hoplita.
    —¿Están seguros de seguir las instrucciones de ese loco? — les preguntó a sus acompañantes.
    —Necesitamos denares, ¿no? O sino nunca seremos capaces de pagarle a la Cofradía. Además, siempre he querido ir a Rhodok. Ya visité las praderas, faltan las montañas, las estepas y la nieve.
    —¿Y tú Oddvarr? — Como de costumbre, hubo solo un asentimiento. A pesar de ser un nórdico, ya Achilleus le estaba cogiendo algo de aprecio por el silencio que tendía a rodearlo. —Entonces pongámonos en marcha… ah, casi lo olvido, ¿alguien sabe algo sobre los rhodianos? La prisa de Osbourne me hizo olvidar preguntarle.
    —No mucho, — dijo Rasheed —dicen que son muy parecidos a los swadianos. Y su ejército es diferente, se centra principalmente en el uso de ballestas, es como un credo; dicen que un rhodiano es capaz de orinar en el ojo de una aguja. Y su infantería cuenta con lanzas y esos grandes escudos, esos…
    —Pavés.
    —Sí, ese. Su infantería lleva eso. No sé nada más, mis compañeros y yo nunca nos metimos a Rhodok, pero, sé que no quiero verme bajo una lluvia de flechas. Tampoco sirven nuestros camellos o caballos, así que nada tendríamos que buscar en las montañas. A lo mucho iríamos a las estepas.
    —Al menos tenemos escudos. Me alegra haberle insistido a Osbourne por el equipo. El único problema es que somos pocos, necesitamos más hombres. Aunque no deberíamos preocuparnos por eso, no iremos allá a combatir, solo a ‘negociar’.



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    Mensaje por kianrz el Miér Oct 23, 2019 4:33 am

    III



    El viaje de la ciudad de Dhirim hacia el oeste había resultado tan pacifico que parecía mentira. En ningún momento fueron visitados indecorosamente por bandidos, sufrido algún accidente o retrasados por el clima. Siempre eran guiados por un sol brillante y amigable, junto a noches claras y reconfortantes; todo durante los dos días que les tomó viajar hasta el castillo Haringoth, donde pasaron la noche en el patio tras sobornar a los guardias.
    Siguieron el rio luego de haber salido de la ciudad en la cual pasaron la primera noche, asunto que les sirvió para mantener sus reservas de agua intactas. Era un agua tan cristalina y pura que parecía nunca haber sido profanada en ningún sentido. Al menos esa era la mascarada. Si escarpaba el fondo, o incluso, sin necesidad de hacerlo, encontraría un cadáver que corroboraría la sangrienta historia de la nación; o eso era lo que pensaba, ya que no quería averiguarlo.
    Los carros, pues Osbourne había pedido prestado otro de la Cofradía, que ahora cruzaban el puente, habían sido abastecido completamente en Uxkhal; uno de ellos, el de Osbourne, iba con algo de comida, pero, en su mayoría se trataba de herramientas y pieles que usarían para pasar desapercibidos en Rhodok; y el segundo, tirado por un vigoroso caballo blanco, era puramente alimento y agua.
    Doblaron a la izquierda inmediatamente estuvieron del otro lado, y cuando se adentraron en el pequeño y nada espeso bosque, que de seguro no ocultaría ni a un conejo que fuera verde, se detuvieron y los reclutas comenzaron formarse delante de Achilleus.
    —¡Escúchenme atentamente! Vigilaran esta posición sin moverse, manteniendo la distancia y escondiéndose de cada patrulla o bandido al alcance hasta nuestro regreso. Si una emboscada es inminente, tienen permitido regresar a territorio swadiano; también está permitido si tardamos más de lo necesario y sus raciones se agotan. ¡Monten inmediatamente el campamento y tomen posición! ¡¿Preguntas?!
    Agregaba, en varias ocasiones, una pequeña sección de preguntas cuando terminaba de dar sus órdenes, era importante estar informado sobre las inquietudes más importantes de los hombres, o al menos eso pensaba. Era la primera vez que Achilleus, ahora que se encontraba al mando, quería implementar mecanismo que, durante su corto tiempo como soldado, había visto como necesario.
    Saludaron y fueron a obedecer la orden dispensada, lo que significaba que no había dudas sobre nada. Trabajaban con celeridad mientras se ayudaban mutuamente, era una visión alentadora si se comparaba con el pasado, cuando lo único que hacían era estorbarse entre todos y discutir.
    No esperaron que montaran el campamento cuando ya hicieron andar al caballo. Las montañas de Rhodok estaban a ambos lados, como centinelas que vigilaban un sendero único, un terreno ligeramente nivelado, comparado al resto que era escabroso, que iba siempre en ascenso. Sobre las puntas de los centinelas naturales, un rocío blanquecino las coronaba mientras la vegetación iba muriendo, dejando la tierra gris y expuesta.
    Rhodok era tierra tan fértil como la de Swadia, o eso parecía, pero, según Osbourne, era más difícil cultivar granos allí, por lo cual el pescado, abundante a niveles exagerados, era un alimento principal en el plato de los rhodianos; lo hacían de mil y un formas tan curiosas que parecía hacer falta una vida para probarlos todos; había escuchado que una de sus formas era sumergirlo en vino y cocerlo, lo que no se escuchaba nada delicioso.
    —Moriremos por un trago de vino, por un trago de vino.
    Rasheed se estaba quejando, luego de que ningún hombre podía verlo, mientras andaba sobre el caballo que se había encariñado con él tras la quema de Tosdhar; los pueblerinos tomaron la decisión de dejárselo como forma de agradecimiento. No estaba en contra de sus quejas, y en ese momento quería darse la vuelta, pero ya había aceptado ayudar al mercader.
    —¿Algo que debamos saber para no tener sorpresas? — preguntó Achilleus.
    —No mucho. Cuando nos acerquemos al castillo tú no hables. Que crean que eres un nórdico, así harán menos preguntas. Cuando ya nos alejemos más de la frontera puedes abrir la boca.
    —¿Tienen algún problema con los extranjeros?
    —No es eso, simplemente es mejor prevenir que lamentar cualquier cosa. Ah, y tienen un fuerte odio hacia nosotros los swadianos.
    —¿Por qué?
    —Verás, Rhodok era parte de Swadia luego de que el Imperio de Calradia muriera, así que podría decirse que conservábamos la hegemonía sobre la nación. Aunque no duró mucho, las montañas comenzaron a sentirse incomodas por el gobierno de la pradera. Sinceramente no sé qué pasó, hay varias versiones de eso. Algunos dicen que el rey de las praderas en esa época le gustaba usar la ley de la primera noche únicamente con las mujeres de la montaña; otros dicen que se debe a que unos nobles de las praderas asesinaron a nobles de las montañas a sangre fría; también se comenta que hubo una especie de testamento que desacreditaba el reinado de las praderas, y que confería mayor autoridad a la nobleza de la montaña. Al parecer, solo las familias importantes y los nobles rhodianos y swadianos conocen la verdad del asunto.
    —¿Eso quiere decir que si nos descubren podemos darnos por muerto sin posibilidad de argumentar nada? — preguntó Achilleus.
    —Y eso sucederá luego de acusarnos de espías. — comentó Rasheed.
    —Tranquilos, tranquilos. Nos odian, pero siguen haciendo negocios con nosotros en tiempos de paz. Todo en esta vida puede ser negociado, especialmente las vidas, mucho más aquí en Calradia.
    —Espera. La razón por la cual el equipo usado por Rhodok se trata de los escudos pavés y lanzas, ¿es solo para oponerse a la caballería swadiana?
    —¡Exacto! — Osbourne exclamó con una sonrisa —Y no olvides las ballestas. Bueno, sí les sirvió aquello, pero, si intentan enfrentar una incursión nórdica, la mejor infantería de Calradia, no servirá de nada.
    —¿Y no estás preocupado?
    —Para nada.
    Achilleus suspiró para sus adentros. Parecía no entender que no estaban en posición de resistir una lluvia de virotes, y simplemente anunciaba todo con emoción. Estaba bien ser positivo, pero ya Osbourne exageraba.



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    Mensaje por kianrz el Miér Oct 23, 2019 4:34 am

    IV



    El castillo fue dejado atrás con rapidez luego de haber respondido, únicamente Osbourne, un par de preguntas. Casi se metían en problemas Oddvarr y Achilleus, su silencio había resultado sospechoso, pero una mentira rápida los había salvado. El mercader fue capaz de convencer, gracias al rostro desfigurado del viejo mercenario, de que ambos perdieron la lengua cuando habían sido capturados por una compañía rival. A veces agradecía ese pico de oro; pero luego lo maldecía cuando comenzaba a hablar incoherencias.
    También dejaron atrás un par de pueblos llamados Reveran e Ilvia, donde nadie, a diferencia de cuando fueron a Tosdhar y Burglen, los miraban fijamente. Sí les echaron ojos curiosos durante un momento, ya que eran forasteros, pero luego de haber saciado la curiosidad, los dejaron en paz; en ningún momento detuvieron sus actividades o los siguieron incansablemente, tal como había pasado en swadia. Comenzaba a hacerse evidente la diferencia cultural.
    Yalen contaba con muros más altos que los de Dhirim, y era necesario cruzar un puente para acceder gracias a un rio que, también, cortaba la ciudad justo a la mitad. Era un beneficio táctico, se hacía obligatorio la utilización de puentes, lo que generaba un embotellamiento que, tal como había escuchado, los ballesteros de Rhodok los llenarían de agujeros antes de que pudieran cruzar.
    Tras haberles respondido otras preguntas, solo que muchas menos, ingresaron y, a diferencia de cuando entraron a Dhirim, no había mercaderes gritando. Sí había un par de hombres que tenían puestos, pero estaban en silencio atendiendo a los clientes que ya estaban allí, no tratando de atraer más sin haber terminado de vender.
    El castillo, la residencia personal del lord, se veía al fondo, no había casas o cualquier edifico bloqueando la visión, era un camino recto para llegar. Había algo en la ciudad que la hacía más agradable que Dhirim, y eso se debía al silencio, el cual estaba disfrutando hasta que Osbourne abrió la boca:
    —Ustedes adelántense a la taberna.
    El grupo se detuvo momentáneamente, con el sol del mediodía sobre sus cabezas, luego de hacerse a un lado para no estorbar a los otros transeúntes. Achilleus quería saber qué tontería estaba planeando, por lo cual preguntó:
    —¿Qué haremos en una taberna?
    —¿Tú comprarías algo sin haberlo probado? Debemos hacer una prueba de calidad, prueba de calidad, ¿entiendes? Como no podemos confiar en nadie, es mejor hacerlo por nuestra cuenta. — «Este tonto solo quiere beber» —¿No tengo razón, Rasheed? — buscó apoyo tras la mirada de Achilleus.
    —Cla-claro.
    —Tú no beberás nada. — dijo inmediatamente —A lo mucho te permitiré agua o leche. Y tú, ¿a dónde vas?
    En territorio amigo, lo que era únicamente Dhirim y sus alrededores, quien se encargaba de dirigirlo todo y dispensar las indicaciones no era otro que el mercader parlanchín; pero ahora estaban en un territorio enemigo, lo que significaba que el mando quedaba en manos única y exclusivamente de Achilleus.
    —Iré a visitar la Cofradía. Verás, si un comerciante llega a una ciudad, claramente con la intención de vender, es una ofensa grave si no pasa por la Cofradía a presentar sus respetos o dejar un regalo, todo depende de qué tan lucrativo sea el negocio que llevas. Ustedes, como mercenarios, pueden ir por allí y divertirse. Adelante, los veo después.
    Hizo andar a su caballo nuevamente y se marchó sin mirar atrás, ignorando al hombre preocupado que quiso hacerlo cambiar de parecer sobre irse solo. Tuvo un punto con lo que dijo anteriormente, y a pesar de que dejarlo marchar por su cuenta seguía sin gustarle en lo más mínimo, lo mejor sería esperarlo en la taberna. Su pequeño grupo estuvo de acuerdo y lo siguieron.
    Mentiría si dijera que no tenía curiosidad sobre la bebida que se fabricaba en Rhodok ya que Osbourne, swadiano hasta la medula y amante del buen vino, había catalogado el de los demás como basura, únicamente alabando a sus actuales enemigos; la curiosidad en ese momento era algo de lo más aceptable. Había prometido no tomar, pero eso solo se aplicaba al swadiano, y un sorbo del vino rhodiano no le haría mal.
    La señal que se usaba para simbolizar la taberna era la misma en Yalen, una jarra con espuma en la cima; y algo le decía que posiblemente fuera lo mismo en toda Calradia, por lo cual no se molestó mucho en seguir pensando en eso.
    Cuando abrió la puerta, una alterada voz femenina le arañó los tímpanos, por lo cual buscó su origen, a pesar de no haber mucho que buscar; los que estaban dentro a esas horas del día eran únicamente un puñado de desempleados, sentados de forma desperdigada frente a mesas circulares. Era un poco más ordenada que la taberna que había visitado en Dhirim, pero el olor característico seguía flotando en el aire.
    Dos mujeres rubias, cuya diferencia era el largo del cabello, su masa muscular, la estatura y la ropa, estaban discutiendo entre sí; aunque, más que discutir, era una gritería unilateral hacia una que estaba, claramente y sin ocultarlo, intentando ignorar a la otra.
    —¡Sé que sabes dónde está! — repitió la mujer de cabello más largo, delgada y baja.
    —No es de tu incumbencia y tampoco me importa. — respondió tranquilamente la otra, llevándose su bebida a los labios.
    Ardiendo de furia debido a la indiferencia mostrada, la pequeña rubia, de un manotazo claramente no tan fuerte, le tiró la jarra hasta los pies de los hombres en la mesa más cercana.
    Hubo un momento de silencio preocupante hasta que la mujer rubia de cabello corto, quien también iba vestida con un traje masculino de cuero acolchado, con lana alrededor del cuello y botas que vieron mejores días, se levantó y llevó la mano hasta la vaina de su espada. Tenía una cara que parecía esculpida en piedra y dejada reposar al frío viento del norte, con un par de cicatrices en las mejillas y cerca de los labios.
    Nadie estaba interesado en hacer nada, todos miraban con ligero interés para conocer el desenlace, que claramente sería el de ver a la pequeña rubia tirada sobre un charco de su propia sangre, así que le correspondía a Achilleus, el único aparentemente sensato, intervenir. Acercándose con celeridad y evadiendo a un borracho que se levantaba, sostuvo la mano de la mujer cuando ya había desenvainado la mitad.
    —¡¿Qué está pasando aquí?! — preguntó mientras llegaban sus compañeros.
    Chasqueando la lengua y tras haber enfriado sus emociones, la mujer de cabello y vestimenta masculina apartó a Achilleus bruscamente y guardó el arma. Este último la miró y le dieron ganas de suspirar con irritación. La mujer armada era, sin lugar a dudas, una nórdica.
    «¿Por qué siempre tengo que meterme donde hay nórdicos? ¿Es alguna especie de maldición?».
    Su primer encuentro fue con Oddvarr, y no era algo de lo cual pudiera quejarse, había conseguido a un compañero fuerte y peligroso, quien intimidaría incluso a adultos. Pero estaba en Rhodok, y lo último que esperaba, y quería, era encontrarse con algún habitante del Reino del Norte; e ignorando su deseo, los dioses le enviaron una nórdica.
    Sabía que acababa de entrar en un problema del cual no podría salir si no lo resolvía, y claramente allí estaba pasando algo que no era precisamente una nimiedad; apostaba que le tomaría un tiempo si es que las partes querían siquiera su presencia.
    Llevándose la mano al medallón, miró en dirección de la otra mujer rubia, una que lucía un atractivo, aunque desgastado, vestido rosado y blanco, estando este último color alrededor del cuello y la falda. Viendo detenidamente, notó que había sido remendado un par de veces, pero habría que observar detalladamente para poder percatarse de ello. Su rostro era ligeramente redondo y, si tenía que admitirlo, atractivo; daba una sensación de delicadeza que no había visto desde que llegó.
    —¿Puedo saber qué está pasando? — volvió a preguntar, esta vez a la delgada.
    Tal vez pudo haber simplemente detenido el conflicto, pero ya había metido su nariz donde nadie lo había llamado, solo quedaba la opción, al menos para él, de sumergirse en el problema.
    —Lo siento… no es algo de lo que…
    —¿Quieres saber, Extranjero? — interrumpió la nórdica —Bien, te lo diré. Esta bebedora de leche quiere que le diga donde están unas personas que está buscando. Ni me interesan sus malditos problemas, ni tampoco gano nada con decirle.
    La mirada de los hombres de los alrededores comenzaba a resultar fastidiosa, y estaba claro que la mujer delgada no diría nada en ese tipo de situación, ya que ahora que se había calmado, hablar delante de unos cuantos ojos curiosos podía acobardar a quien no estuviera acostumbrado.
    —¿Puedo pedirles que discutamos este asunto fuera? — solicitó educadamente.
    —¿Por qué debería escuchar a un…
    Achilleus sintió cómo Oddvarr dio un paso al frente y la nórdica enmudeció completamente, mirándolo con los ojos completamente abiertos que luego, tras parecer haber notado su propia expresión, la regresó a una de irritación. Parecía que el nórdico que lo acompañaba intimidaba a otros de su clase.
    Con el consentimiento de ambas partes, y tras dejar unos cuantos denares por las bebidas de la nórdica, salieron del local y se metieron en un callejón adyacente donde nadie, a menos que se dejara ver ya que Rasheed vigilaba, sería capaz de escuchar su conversación.
    —¿Es posible hablar en estas condiciones?
    Achilleus trataba de ser lo más educado posible con su interlocutora, ya era suficiente que hubiera dos nórdicos salvajes presentes, entre los cuales una intentó matarla y el otro tenía una cara aterradora; todo aquello hacía obligatorio que el que parecía uno de ellos se comportara de manera cortés.
    —Bueno… yo…
    Parecía ser algo difícil de decir, así que simplemente esperó, analizando su cara. Sus facciones eran delicadas y su tez no parecía la de alguien que hubiera realizado labores duras, y sería dudoso que una mujer noble anduviera por allí sin escoltas; solo quedaba la opción de que se trataba de la hija de un comerciante acaudalado.
    —¿Me gritas a mí toda tu mierda, pero no a alguien que sí te lo pregunta? — la nórdica escupió a un lado y continuó —Lo que pasa es que esta niña de las montañas no encuentra a su hermana y ahora quiere culparme a mí.
    —¡Tú sabes dónde está!
    —¿Y? ¿Solo por eso debo tomarme la molestia de decírtelo?
    —¡Eres…
    —Suficiente. — cortó la conversación antes de que se convirtiera en otra pelea. —¿Podría alguien contarme qué sucedió? Desde el principio.
    —Yo lo hago, Extranjero, para ver si así se largan y me dejan beber. Vine aquí para alejarme del Reino del Norte, y cuando crucé la frontera de Rhodok, los malditos patrulleros pensaron que sería una buena idea matarme, violarme o lo que sea. Una vez le hice un favor al líder de unos piratas sin saber que lo era, porque de haberlo sabido le habría cortado la cabeza. El punto es que, aquel grupo, quienes se perdieron en una tormenta mientras andaban por los alrededores en su barco, terminaron en las costas de aquí de Rhodok. Me ayudaron con la patrulla a modo de pagarme el favor. Ahora se me acercó esta niña diciendo que su hermana fue secuestrada por piratas, y que debo decirles dónde es su escondite.
    —¡Mi hermana será vendida como esclava!
    —¿Acaso es mi problema?
    —¿No podrías decirle? — pidió Achilleus —Si fuera una deuda de honor podría entenderlo, pero ellos solo te pagaron lo que te debían.
    —No sé exactamente dónde queda, — admitió —creo que es en alguna parte del noroeste o eso dijeron. No estoy dispuesta a guiarla por nada.
    —¡¿Cómo puedes decir que es por nada?! ¡La vida de mi hermana está en riesgo!
    —En Calradia la vida de todos están en riesgo, no te creas tan especial.
    —¡Insensible!
    —¿Y si hubiera una recompensa? — preguntó Achilleus.
    —¿Qué?
    —Son piratas, lo que significa que deben tener un gran botín almacenado, ¿o me equivoco? Imagina las posibilidades, los cofres llenos de denares, los collares de oro arrebatados de los cuellos de mercaderes incautos, las relucientes espadas y armaduras que deben almacenar de sus víctimas en combate. Todo eso podría ser tuyo, solo debes llevar a la chica donde tienen a su hermana y avisar a los guardias.
    La mujer nórdica miró fijamente hacia un punto en la nada mientras dejaba reposar su mano sobre el pomo. Claramente estaba sopesando las opciones sobre si debería tomar el riesgo o no. Era una oferta tentadora, y casi ningún nórdico era capaz de resistirse al saqueo, lo llevaban en la sangre; era como pedirle a un ateniense que no leyera un manuscrito.
    —Bien. Pero no crean que iré sola a morir por intentar rescatar a la hermana de esta niña. Ustedes vienen conmigo o no hay trato. También les advierto, me llevaré la mayoría de las ganancias.
    Estaba siendo demasiado exigente, pero siendo la única que conocía, más o menos, la ubicación, podía darse el lujo de ser agresiva; y si a eso le sumabas el hecho de que se le había ofrecido la totalidad y, en su lugar, solo tomaba la mayoría, podría considerarse una acción amable. Achilleus podía negarse ya que tenía asuntos que atender y requería ser completado en el menor tiempo posible; pero, sus principios le gritaban que no podía dejar a una persona desesperada a su suerte. Casi suspirando, dijo:
    —Está bien. Nos marcharemos mañana cuando…
    —¿No podemos marchar ahora? — suplicó.
    —Bien. Iremos ahora.
    —¡Gracias!
    La mujer, que estaba abatida solo hasta hace unos segundos, mostraba una sonrisa tan radiante que era difícil mirar, por lo que apartó ligeramente los ojos. A su lado, había un Rasheed que parecía querer atravesarla con la mirada, así que lo Achilleus golpeó ligeramente en la espalda para que dejara de ser tan obvio.
    —¿Puedo conocer sus nombres? Yo soy Achilleus Solveigsson, este es Rasheed y este otro Oddvarr.
    —Lamento no haberme presentado. Soy Ymira.
    Todos observaron a la mujer nórdica que, chasqueando la lengua, y dejándose llevar por la situación, dijo:
    —Matheld.
    —Iré por mis pertenencias a la posada, volveré rápido.
    —Deja que mi amigo te ayude. También, trae un poco de comida para el viaje.
    Achilleus, dándole un golpecito en el hombro a Rasheed, junto a los denares, le guiñó el ojo y lo instó a caminar. Estaba algo dudoso, pero cuando Ymira sonrió y le agradeció, parecía un perro que movía la cola detrás de su ama. Se lo dejaría pasar ya que todavía era joven, y solo había una vida.
    Girando desde una intersección, Osbourne hizo acto de presencia, lo que significaba que la visita había terminado con éxito, o eso se suponía; acompañándolo, un hombre bien vestido era seguido por un puñado de mercenarios, no tan aterradores como Oddvarr, pero que hacían de escolta igualmente.
    Al momento de ver a Rasheed, Osbourne lo saludó amigablemente y le hizo señas al hombre a su lado, claramente presentando a un amigo. Todo iba bien hasta que Ymira intentó refugiarse detrás de Rasheed, pero no encontraría mucha cobertura cuando la otra parte no era mucho más alto que ella. El rostro del acompañante de Osbourne era el de alguien que veía a su peor enemigo, un repudio total, para luego dar media vuelta y marcharse, dejando al comerciante swadiano con una cara de sorpresa y la palabra en la boca.
    Rasheed intercambió palabras con Osbourne cuando el rhodiano se marchó sulfurado, señalando en dirección del grupo dentro del callejón, despidiéndose y siguiendo a Ymira para ayudarla.
    El mercader se acercó casi corriendo hacia ellos, claramente molesto y preguntando con la mirada qué había pasado. Como no estaba bien dejarlo en la ignorancia, Achilleus prosiguió a contar los hechos y, antes de que tuviera tiempo de quejarse, se giró hacia Matheld que todavía seguía allí, diciendo:
    —Todavía hay algo que no nos has dicho, ¿cierto? Es imposible que ella sepa tu relación con los piratas.
    Chasqueando la lengua, lo que parecía ser su acción favorita, contestó de mala gana:
    —Me pidieron ayudar a algunos a meterse a la ciudad. Lo hice y me dieron unos cuantos denares, es todo. ¿Ahora debería sentir remordimiento por haber hecho eso? ¿O es que debía adivinar que iban a secuestrar a una niña de las montañas?
    —No te pido eso. ¿Era mucho pedir que le dieras la información?
    —¿Y luego qué? ¿Qué se fuera en una misión suicida para buscar a su hermana? No me hagas reír. ¿Por qué te estoy contando esto?
    Chasqueó la lengua y cruzó sus brazos, parecía que era la señal para que la conversación terminara definitivamente, por lo cual Achilleus anunció:
    —Nos reuniremos en la puerta de Yalen. — se giró hacia Osbourne y dijo: —Quédate aquí y espera nuestra llegada, sería arriesgado que vengas con nosotros.
    Matheld, sin interés de lo que estaban hablando, caminó en dirección de la puerta con largas zancadas. Solo se detuvo durante unos segundos cuando caminó junto a Oddvarr, intentando disimuladamente mirarlo, pero se marchó de inmediato a paso rápido. Tal vez tenía el mismo pensamiento que Achilleus tuvo la primera que vez que vio al mercenario nórdico, lo que no sería extraño que se lo quedara viendo.
    —¿Entiendes lo que estás haciendo? Vas a meterte en una guarida de piratas. Sé que lidiaste con Come-Orejas y su banda, pero tenías hombres, ahora solo cuentas con Oddvarr, Rasheed y esa tal Matheld, en quien no confiaría. También tenías una estrategia, ahora lucharas en territorio enemigo.
    —Lo sé, pero ya di pa…
    —Maldición, eres tú quien me saca canas a mí. Mira, cuando encuentres a la guarida no ataques, envía a Rasheed de regreso a la ciudad para informarme. Trataré de convencer a la Cofradía de que envíe mercenarios. Si no me hacen caso pagaré por mi cuenta, ¡pero estarás en deuda conmigo!
    —Sí, sí. — mientras sonreía, le golpeó con ligereza el hombro —Gracias por apoyar mis estupideces.
    Osbourne, con un pesado suspiro, se despidió mientras se metía a la taberna. Achilleus simplemente caminó junto a Oddvarr hasta las puertas de la ciudad, pronto llegaría Rasheed con la promotora de la situación y la comida para el viaje, que no era mucha, las finanzas de Achilleus no estaban en números positivos.
    Segundo problema en el cual se metía por su naturaleza amable. Primero con Tosdhar y ahora con una desconocida que, posiblemente, podía estar conspirando con Matheld y los piratas para atraer incautos, matarlos y robarles sus pertenencias; y ahora Achilleus era ese incauto.
    La figura de Matheld estaba de pie con brazos cruzados, espantando con la mirada a los transeúntes que andaban por su lado. Parecía un animal salvaje que estaba protegiendo a sus crías y no podía moverse, pero que se comía con la mirada a cualquiera.
    Achilleus le hizo una señal a su compañero para que mantuviera la distancia, la otra parte parecía sentirse incómoda con la presencia del mercenario, así que los mantendría separados lo más que pudiera.
    —Eres un nórdico, — lo abordó inmediatamente cuando se acercó —a pesar de ser un extranjero, pero te preocupas por esa niña de las montañas. ¿Eres alguna especie de idiota?
    —Te dejaré algo en claro. No soy un nórdico, ¿escuchaste? — tenía la sangre corriéndole por las venas, pero jamás dejaría que lo catalogaran con aquellos salvajes. —Y ayudar a alguien en problemas no me hace un idiota.
    —¿No será que su carita de niña y su cuerpo de ramera lograron seducirte? Hombres como tú son aquellos que mueren apuñalados por una prostituta.
    —¿Rezas a los dioses con esa boca? Deberías corregir tu actitud, no todos serán tan pacientes de escucharte como yo lo hago. Y para responder tu pregunta. No. No me sentí atraído por ella. Empaticé con su situación, es todo. ¿O no sabes qué es la empatía? Supongo que no puedo esperar mucho de los salv- quiero decir, nórdicos.
    —Contén esa lengua, perro, a menos que quieras que te la corte.
    Tal como su sangre caliente le dictaba, llevó la mano hacia la empuñadura para tratar de resolverlo todo con la violencia. Achilleus era reticente sobre golpear a una mujer, nunca lo había hecho y a pesar de su nulo aprecio por los nórdicos, no eran una excepción.
    —Olvida lo que dije.
    Rasheed caminaba junto a Ymira, lo que era señal para que Oddvarr se moviera hacia la pareja nórdica que charlaba en la entrada, quienes habían dejado la discusión a un lado, o al menos Achilleus lo hizo, la otra parte seguía mirándolo con repugnancia no disimulada; era una prueba de que se trataba de una persona que no parecía mentir respecto a lo que sentía, así que podía confiar un poco en ella.
    —Lamento haberlos hecho esperar. — se disculpó Ymira.
    Rasheed había tomado el caballo y lo llevaba por las riendas, por lo cual Achilleus colocó su equipamiento sobre este, solo que antes buscó algo en su interior y luego se lo tendió a Ymira.
    —Tómalo.
    Aquello que le había ofrecido a la chica mientras caminaban era una daga, específicamente aquella que había sido abandonada por Come-Orejas al momento de escapar; y aunque también había dejado la espada, esta reposaba entre las pertenencias de Osbourne.
    —N-no puedo aceptarlo.
    Estaban dirigiéndose hacia un lugar con altas probabilidades de morir, y no haría que una joven mujer los acompañara sin la más mínima probabilidad de defenderse. Pudo haberle quitado la espada corta a Osbourne y dársela a ella, pero no estaba seguro si podría usarla bien, así que una daga, algo que podía manejar incluso un niño, era la opción correcta.
    —Míralo como un préstamo. Cuando nos separemos puedes devolvérmela. Mientras tanto, tómala por tu seguridad. Bien, pongámonos en marcha. — La primera en andar fue Matheld, seguida por Oddvarr e Ymira. Deteniendo a Rasheed, lo arrojó al suelo como si se hubiera tropezado. Todos miraron hacia atrás, por lo cual Achilleus se inclinó y dijo al desconcertado sarranés: —¿Estás bien? — acercándose todavía más, susurró: —Vigila a ambas.
    —¿Te encuentras bien? — preguntó Ymira mientras Achilleus lo levantaba.
    —S-sí. Estoy bien, solo me distraje por unos momentos, es todo.
    —Deberías tener más cuidado. — le dijo Achilleus, regresando a la cabeza del grupo.
    Rasheed lucía un poco preocupado, pero tiró de las riendas del caballo y, ahora junto a Ymira, caminaban para seguirlos. Estaba sonriendo como un tonto, pero al menos parecía feliz; y eso no evitaba que las mantuviera a ambas en su campo de visión, sus ojos intercalaban entre las mujeres con aquella visión sagaz que tenía.
    —Qué grupo tan extraño son ustedes. — Dijo Matheld cuando Oddvarr se hubo quedado en la cola de la formación.
    —¿Por qué lo dices?
    —Dos nórdicos, un sarranés y un khergita. ¿Por casualidad no tienen un swadiano entre ustedes, o un vaegita?
    «Si tan solo lo supieras, creo que te llevarías una sorpresa».
    —Como ya te lo dije, no soy un nórdico. Es obvio que ni siquiera soy de Calradia. Y no creo que haya ningún problema, la variedad siempre ha sido buena. ¿O es que tienes alguna queja? Estoy abierto a sugerencias.
    —Ya que preguntas, deberías deshacerte de ese sarranés.
    —¿Rasheed?
    —¿Eres un idiota o simplemente actúas como uno? Es un bandido. Mira su cuello. Reconocería esa marca en cualquier parte.
    Achilleus había visto la nuca de Rasheed, la imagen de un escorpión tallada con una daga estaba allí. Había mencionado que pertenecía a los Escorpiones Perlados, y al parecer eran tan famosos como para ser reconocidos en cualquier parte. Le sugeriría taparse mejor la próxima vez.
    —Rasheed dejó su pasado atrás.
    —¿Y solo por eso piensas tenerlo cuidándote la espalda?
    —Todos tenemos derecho a una seg… — el chasquido de su lengua lo calló, para luego decir:
    —Olvídalo. No me interesa.
    Achilleus tenía ganas de suspirar, los cambios de humor repentinos de su compañera temporal eran tan variados y caóticos que, para no empeorar la situación, prefirió callar. No era nada parecido a la agradable conversación que tenían los dos tórtolos en la parte de atrás.
    Desacelerando su ritmo, Achilleus quedó al mismo nivel de Oddvarr, observando la espalda de todos los demás y, como estaban a una distancia un tanto segura, le preguntó en voz baja:
    —¿Qué opinas de Ymira y Matheld?
    —Nada.
    —Matheld parece tener algún interés en ti. ¿La conoces?
    —No.
    —Lastima, me hubiera gustado saber qué tipo de persona era. ¿Crees que deberíamos confiar en ellas?
    —No lo sé.
    —Yo tampoco tengo idea. Osbourne cree que no, pero no podía dejar a alguien sin ayuda. ¿Qué hubieras hecho en mi lugar? ¿Habrías ayudado si fuera tu decisión?
    —Por dinero.
    —Debí suponerlo. ¿No tienes otra motivación que no sea el dinero?
    No hubo respuesta. Aquella era una conversación habitual entre Achilleus y Osbourne, uno soltaba parrafadas sin parar y preguntas a diestra y siniestra, mientras que el otro respondía con monosílabos, asintiendo o, a veces, ni siquiera se molestaba en responder. No era muy interesante, pero tampoco podía forzarlo a que fuera un hablador; y, de todas formas, lo prefería antes que al charlatán del mercader.
    Las montañas lo hacían sentir pequeño, como si fuera observado y juzgado desde allá arriba. No era que se tratara de la primera vez que divisaba aquellos cúmulos de tierra, pero sentía que los de Rhodok eran especiales, extraños y fascinantes, y solo era tierra acumulada por siglos. Daban la sensación de haber sido forjado por los dioses, a pesar de estar en la nación en la que estaba, donde la fe era dirigida a mortales.
    Debido a que quería una conversación para sacarse los pensamientos tontos de la cabeza, volvió a caminar de prisa y quedarse al lado de Matheld, quien lo insultó solo un momento atrás; y, todavía así, buscaba su compañía, así eran los humanos. Él no dijo nada, simplemente esperó a que ella iniciara, lo que no tardó mucho.
    —¿Ya enfriaste tu cabeza?
    «Yo soy quien debería decirte eso a ti, eres una granada de fuego salvaje siempre a punto de estallar»
    —Sí, sí. Dices que no debería confiar en Rasheed, pero, ¿qué hay de ti?
    —¿Qué quieres decir?
    La nórdica estaba a punto de morderlo, o esa fue la impresión que sus ojos de oso salvaje estaban dándole; podía hacerlo o no, dependiendo de la respuesta.
    —Me estás guiando hacia una guarida pirata, ¿no es así? ¿Cómo sé que no se trata de una trampa?
    —Fuiste tú quien me obligó a venir, ¿o es que no lo recuerdas? Me prometiste un tesoro. — «¿Desde cuándo te lo prometí?» —Así que soy yo quien debería estar en guardia. También está esa niña de las montañas. Tal vez ustedes la enviaron para molestarme y matarme, y mírame aquí, acompañándolos a ustedes, cerdos.
    —Eso debería decir yo. ¿Cómo sé que no fue todo un acto para atraer algún alma pura y bondadosa como yo?
    —Si continúas con ese fastidioso sarcasmo te cortaré la lengua.
    —Lo siento.
    Las reacciones de Matheld comenzaban a ser, en lugar de amenazantes, divertidas; se trataba de una persona que se irritaba con facilidad, por lo que lanzarle pullas de vez en cuando podría resultar un pasatiempo divertido. Achilleus sonrió disimuladamente, el viaje no sería tan aburrido si tenía a alguien a quien pudiera molestar un poco.



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    Mensaje por kianrz el Miér Oct 23, 2019 4:38 am

    V



    Pasaron de largo Ilvia, ni siquiera se asomaron allí para pedir dirección alguna, simplemente hicieron como que no estaba y siguieron su camino para adentrarse al bosque, cuando el camino comenzaba a inclinarse. Había bandidos de la montaña por lo que había dicho Ymira, y como ya estaba oscureciendo, se detuvieron para tomar un descanso.
    Con el campamento improvisado, que era únicamente reunirse alrededor y sentarse, hubo un corto debate sobre si debían encender o no una fogata. Matheld estaba completamente en contra para no atraer la atención de ningún bandido, pero era peligroso por si los atacaban bestias salvajes; aunque esto se descartó inmediatamente, ya que Ymira dijo que no había depredadores por los lares, y que en el lugar donde no podía hacerse eso era más al norte o cerca de Veluca.
    Al final, la ganadora de la discusión fue Matheld luego de haber amenazado con matarlos mientras dormían; pero, a pesar de haber dicho algo así, forzó la guardia al grupo de Achilleus y fue la primera en ser reclamada por Morfeo, o eso dio a entender con sus ronquidos. El primer turno sería tomado por Rasheed; el segundo, el más complicado ya que el sueño era interrumpido, lo tomó Achilleus; así que al final quedó Oddvarr, la hora en la cual eran menos probables las emboscadas.
    Fue una noche tranquila y pudieron ponerse en marcha luego de haber comido un poco de lo que Achilleus llevaba en su equipaje. Al principio le pareció fácil moverse por Rhodok, no pensó que sería muy diferente de Swadia, pero se equivocó.
    Descubriendo lo difícil que era moverse en una tierra montañosa, el camino no solo se hacía cada vez más y más inclinado, pues si fuera una rampa en ascenso sería pasable; el inconveniente radicaba en que el terreno estaba tan desnivelado que cada paso resultaba agotador. Había que tener cuidado y verificar dónde se pisaba para no tropezar y rodar hasta la base de la montaña, muerto o, en el mejor de los casos, con todos los huesos rotos. Se hacía necesario utilizar algunas raíces de árboles que sobresalían o agarrar las rocas con las manos y subir a cuatro patas, como un vulgar animal. Debido a la dificultad del terreno, el caballo fue dejado atrás y vigilado por Oddvarr, ya que, de todas formas, Rasheed debía volver.
    La primera en cansarse no fue otra que Ymira, por lo cual Rasheed comenzó a asistirla, hasta que este reemplazado rápidamente por Achilleus, haciéndole el ascenso lo más fácil posible; básicamente la estaba llevando de la mano y halándola cuando encontrara difícil subir con sus propias fuerzas. A pesar de que tenía de vuelta su equipo, notándose la diferencia, se esforzaba por ayudar al miembro más débil.
    Matheld estaba, como no podía ser de otra manera, insultando a la joven que era incapaz de valerse por sí misma en aquella situación. La nórdica no lo estaba pasando mejor, su respiración jadeante y entrecortada podía ser escuchada hasta el otro lado del territorio; pero, aun así, le reconocía el hecho de que todavía tenía energías para ascender e insultar al mismo tiempo.
    Podía entender, en aquel momento, por qué los rhodianos hablaban despectivamente sobre los hombres de las praderas, quienes, al igual que Achilleus y su grupo en aquel momento, solo podían arrastrarse como gusanos para subir, era lamentable.
    Cuando llegaron a la cima, solo quedaba hacer una cosa, y esa era descender. Todos soltaron un suspiro colectivo, maldijeron para sus adentros, excepto por la nórdica que lo exteriorizó, y comenzaron el descenso.
    Debían ser más cuidadosos que cuando estaban subiendo, a pesar de que era más fácil bajar, solo que ya había dos miembros en estado crítico. Matheld le sostuvo la mano a Ymira que iba delante, por si perdía el equilibrio la nórdica pudiera evitar que muriera en la caída, o ese era el plan, pues siempre podían caer ambas; y Achilleus, en cambio, sostenía al sarranés como si de un niño y su madre se tratase.
    De no haber estado en esa situación precaria, el basto horizonte del mar resultaría relajante y, dependiendo de su humor, incluso algo romántico. El problema era que ahora toda su atención estaba en no tropezar y convertirse en el hazmerreír de los dioses, si es que alguno podía ver lo que pasaba en Calradia.
    Luego de aquella lucha, descendieron y Achilleus agradeció a Atenea por la fuerza que le fue brindada; dándose cuenta de inmediato que ya había pasado hacía tiempo el mediodía, y que el atardecer comenzaba a asomar su color rojizo en el horizonte. Aunque quería tirarse a descansar en ese momento, todos aceleraron el paso a Glunmar, que estaba cerca.
    Debido a la anterior tortura que fue subir y bajar, las piernas de la rhodiana cedieron por fin. Hubiera preferido dejarle a Rasheed la oportunidad de cargarla, pero él también, como un sarranés habituado al desierto, parecía a punto de desmayarse en cualquier momento.
    Dejándole el equipaje a Matheld, la que todavía contaba con mayor energía, cargó a Ymira sobre su espalda y continuaron con el camino. No tuvieron que dar muchos pasos cuando encontraron a un pueblerino que parecía haber estado dando un paseo; definitivamente tenía tiempo libre.
    El hombre, un tanto mayor pero todavía conservaba fuerza y vigor, preguntó un tanto preocupado sobre lo que les había pasado al ver a la mujer semiconsciente y al resto en estado de agotamiento. Achilleus narró su ascenso por la montaña y cómo ninguno de ellos estaba habituado a esas actividades, le costó un esfuerzo sobrehumano.
    Mientras el pueblerino los guiaba hacia Glunmar, soltó una estridente carcajada ante su problemática situación, para luego decirles algo sorprendente: había una cueva que servía como pasaje, e incluso había guardias apostados para evitar que fuera un punto de asaltos de los bandidos. Matheld ya ni siquiera tenía energías para replicar, Rasheed parecía un perro en sus últimos momentos y Achilleus solo pudo sonreír con ironía. Habían hecho una estupidez.
    Cuando llegaron al pueblo, entregó ocho denares, lo que se pagaba en una posada, al jefe del pueblo para que les diera alojamiento y comida. Este último aceptó agradecido y le abrió las puertas de su casa, lo que era agradecido incluso por la gruñona de Matheld.
    Ymira pareció resucitar con el olor del estofado y rápidamente se unió a la mesa por su parte. Aprovechando la situación en la que se encontraban, Achilleus dijo:
    —Agradezco su hospitalidad, pero, me gustaría hacerle una pregunta.
    —Adelante. — contestó el anciano mientras su esposa amonestaba al niño.
    —Estamos buscando a un grupo de piratas que parecen tener una guarida por los alrededores.
    —Oh, sí. Hace un tiempo hubo una tormenta y aparecieron los piratas. No nos han hecho nada, pero no me gusta su presencia, así que enviamos a uno de los nuestros a Yalen a pedir algo de ayuda.
    —Ya veo. ¿Sabe exactamente donde está su guarida?
    —Sí, lo sé. Puedo incluso enviar a alguien para que los guíe, pero debo conocer sus razones.
    —Quiero rescatar a una amiga que fue raptada por su líder, quien estuvo en Yalen unos días atrás.
    El jefe lo escrutó con la mirada como el que busca cualquier mentira en la confesión de un acusado. Era normal, ya que podían representar una amenaza para el pueblo, y sus intereses siempre debían estar con los suyos.
    —¿Y por qué traes mujeres contigo?
    Matheld pareció ofenderse por el comentario, ya que empuñó con fuerza la cuchara de madera. Achilleus rezó para que no la rompiera con su fuerza, pero le contestó al hombre:
    —Una de ellas fue asaltada por los piratas, — señaló a Matheld habiendo dicho lo anterior, para luego señalar a Ymira —y ella es la hermana de mi amiga, quien me avisó sobre lo sucedido.
    —Aunque puedan llegar, son alrededor de quince de ellos, y ustedes son solo dos.
    El malhumor de Matheld, a su lado, estaba llegando a niveles inimaginables, por lo cual estiró la mano bajo la mesa y le pellizco el costado para calmarla; aunque, al haber hecho eso, casi escupió el contenido de su boca, por lo cual lo miró con rencor. Dejando el hecho de que ella era sensible a las cosquillas para después, habló:
    —Somos solo los exploradores, nuestro trabajo es encontrarlo y enviar a mi amigo, — señaló a Rahseed —para que nuestros refuerzos vengan aquí.
    Hubo otro silencio acusador en la habitación. Achilleus miró al niño que había terminado y, cuando sus ojos se encontraron, le sonrió para que no se asustara; ya había tenido la traumática experiencia de haber hecho llorar a un bebé en Atenas.
    —Bien. — el jefe cedió con un suspiro —Enviaré a uno de nuestros jóvenes contigo mañana cuando salga el sol. Solo espero que te encargues de todos ellos.
    —Le doy mi palabra.
    Achilleus ofreció la mano como si estuvieran concertando un negocio y la otra parte respondió de la misma manera. Todo había resultado perfecto, solo bastaba llegar y enviar a Rasheed de regreso para avisarle a Osbourne.




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    Mensaje por kianrz el Miér Oct 23, 2019 4:39 am

    VI



    Sintió que la noche anterior fue la mejor de toda su vida, posiblemente debido al cansancio que lo había golpeado por el ascenso y descenso de aquel terreno, y ni siquiera era una montaña de verdad, cosa que lo hacía sentir más que avergonzado por su falta de resistencia.
    El grupo se puso en marcha lo antes posible con el rhodiano encargado de guiarlos. Era un joven que posiblemente estuviera rondando los dieciséis años, y como se esperaría a esa edad, tenía los ojos puestos en Ymira, a quien trataba de abordar charlando sobre distintos temas. Lo anterior no le pareció gracioso a Rasheed, quien se inmiscuía en sus charlas arbitrariamente.
    Su tambaleante, pero todavía femenina forma de caminar, gracias a las secuelas del cansancio, podía atraer el deseo de protegerla, sumándole el hecho de que siempre mantenía una brillante sonrisa en el rostro cuando hablaba con otras personas, mostrando interés y escuchando pacientemente. Tenía siempre las palabras correctas para decir en el momento correcto. Ymira, o era una ignorante sobre el efecto que causaba en los hombres, o una excelente actriz digna de los teatros de Atenas.
    Matheld, al contrario, caminaba con zancadas largas como lo haría cualquier hombre, bebía sin tapujo a plena luz del día, hablaba como si cada insulto le bridara más años de vida y, para complemento, su cara malhumorada espantaría hasta al más atrevido de los mercenarios. Solo un hombre valiente, o un tonto, que al cabo es lo mismo, sería capaz de intentar algo con ella.
    —Absurdo. — dijo Matheld a su lado.
    Achilleus concordaba. Sin saberlo, o sabiéndolo, la joven rhodiana podía ser catalogada como la manzana de la discordia, y ninguno de sus dos pretendientes tenía la fuerza de voluntad para alejarse. Pensando que podía aprovechar la oportunidad, Achilleus le dijo:
    —¿No serán celos?
    —¿Celos? ¿De qué? ¿De tener cerdos detrás de mi falda? Paso.
    —Una mujer con encanto es capaz de generar guerras. Helena de Troya es un buen ejemplo de aquello.
    —¿Quién es esa Helena?
    —Como sé que no te gusta escucharme hablar, lo haré corto. Helena era la esposa de Menelao, pero, cuando recibían hospitalariamente al príncipe troyano Paris, Menelao tuvo que viajar hasta Creta para asistir al funeral de su abuelo. ¿Sabes cuál era la razón por la cual Paris se marchó de Troya? La diosa Afrodita le prometió el amor de Helena, y lo logró, haciendo que esta se enamorara del príncipe y ambos escaparan hacia Troya. Y esa nimiedad, hecha por una mujer, desencadenó la Guerra de Troya.
    —¿Hablas en serio? — su rostro mezclaba asco e incredulidad —Ese Paris era un imbécil, al igual que esa Helena, y tú también lo eres. — «¿Yo por qué?» —Solo un grupo de idiotas pensaría en morir en masa por una mujer.
    —Creo que si hubieras tenido pretendientes lo sa…
    —Los tuve, — contestó ofendida —pero nunca me casaría con nadie débil. Un nórdico debe ser fuerte, y si quiere una esposa, debe ganársela con sangre.
    —¿Eso quiere decir que, si te derroto, te casarás conmigo? — cuando vio que la nórdica llevó la mano hacia su empuñadura, levantó los brazos en señal de rendición, diciendo: —Es una broma, una broma. Deberías aprender a sonreír, tal vez te verías un poco más… no, olvídalo.
    Sabiendo que sería algo malo seguir haciéndola enojar, optó por escuchar la conversación que mantenía el trio delante de él. Quien tenía la palabra ahora era Ymira, diciendo:
    —Realmente amo las montañas, su vista del mar es hermosa cuando atardece.
    —Lo sé, — decía el joven rhodiano —a veces escalo por el simple placer de verla.
    Achilleus quería reír, claramente estaba mintiendo. En primer lugar, difícilmente tendría tiempo alguno un joven de su edad, siempre estaría trabajando; segundo, apostaría lo que cualquiera quisiera que lo último que un hombre querría era ver la puesta de sol. Sus vacías palabras eran un intento de agradarle a la rhodiana, intento que la nórdica miraba con asco.
    —Cuando se vive en el Sultanato, el sol no tiene nada de agradable. Únicamente te hace sudar hasta que mueres deshidratado. Y tampoco se puede esperar mucho de la noche, son demasiado frías.
    —De lo que no se puede esperar mucho es de un salvaje sarranés.
    Rasheed empuñó las manos con fuerza, como si fuera a asestarle un golpe en cualquier momento. Parecía amar mucho su lugar de nacimiento a pesar de ser un bandido, por lo que, antes de que este pudiera decir algo, surgió una replica:
    —Eso no fue muy amable, — amonestó Ymira —sus circunstancias son diferentes a las nuestras.
    El rostro del joven rhodiano estaba rojo como una manzana, mientras que el de Rasheed sostenía una sonrisa de oreja a oreja, mirándolo desde arriba como un ganador. Aquel pequeño acto hacía que Achilleus quisiera reír, pero una fastidiosa voz a su lado lo trajo a la realidad:
    —¿No te vas a unir a su comitiva de cerdos?
    —¿De los admiradores de Ymira? Ya te dije que no, gracias. Estoy bien tal como estoy.
    —¿Crees que no noté como la mirabas el primer día? — su tono era de irritación —Me sorprende que no te la hubieras comido.
    —Llevo en Calradia alrededor de un mes y solo he visto sangre, fuego y hombres sudorosos. Ymira ha sido lo más adorable que he conocido en esta tierra desangrada. Pero eso no significa que me convertiré en un idiota que seguirá el revoloteó de su falda. Estoy demasiado viejo para eso.
    —¿Demasiado viejo? Si admites ser viejo, solo eres débil.
    —Tal vez. Mi único deseo es vivir una larga y pacifica vida, morir de forma natural mientras leo un manuscrito de mi tierra madre, bañado por la puesta de sol, sin ar…
    —Me das asco. — interrumpió —¿Te consideras a ti mismo un nórdico?
    —Como ya te lo dije… no, ¿sabes algo? Ni siquiera sé por qué pierdo el tiempo hablando contigo.
    Finalizando la conversación, desaceleró el paso para quedar al final de la formación y simplemente observar los alrededores. Para dirigirse a la guarida de los piratas había que bajar al sur y caminar por el borde del terreno elevado de sus pesadillas, todo en dirección este hasta quedar lo suficientemente cerca de la costa para asestarle al agua con una flecha.
    El guía los detuvo bruscamente y los llevó a que subieran nuevamente, a lo cual todos pusieron una mal cara, pero le hicieron caso. El resultado fue completamente distinto. Ser guiados por un rhodiano que subía y bajaba montañas constantemente hacía todo diferente. Les explicaba atentamente dónde debían pisar o qué terreno era el mejor para un ascenso rápido o lento.
    Su subida no resultó un inconveniente y, tras agradecerle al joven guía, este los llevó al borde del barranco y, con cuidado, les hizo señas para que mantuvieran la cabeza gacha. Abajo, una cueva obviamente natural en donde el agua de mar ingresaba, podía verse un guardia en su entrada mirando por los alrededores.
    En la arena de la playa, trozos de madera estaban desperdigados por todas partes, nadie se había molestado en quitarlos o apilarlos. Debería tratarse de las partes de su barco que fueron arrastradas a la horilla debido a la tormenta.
    —¿La cueva conecta con alguna otra salida? — le preguntó Achilleus.
    —Sí, conecta a una entrada en el este.
    Queriendo golpearse por idiota, pensó en todo el recorrido que pudieron haberse ahorrado si hubieran sabido eso de antemano. Y de haberle hecho caso a la nórdica estarían peor, pues los piratas le habían mentido y dijeron que estaban en algún lugar entre Istiniar y Glunmar.
    —Entiendo. Necesito que me hagas otro favor.
    —¿Qué es?
    Aprovechando que estaba Ymira rondando por los alrededores, esperaba pedirle algo gratis al rhodiano frente a él. Definitivamente había resultado útil la jovencita.
    —Quiero que lleves contigo a Rahseed y le enseñes esa cueva secreta que conecta este y oeste, además de la otra salida de la guarida. Es imprescindible que sea rápido, ¿entiendes? — bajó la voz y se acercó al joven —La hermana de Ymira está en peligro, fue secuestrada por los bandidos.
    Le dejaba un mal sabor de boca tener que decir algo así para aprovecharse de él, pero no estaba mintiendo y todo sería hecho por un bien mayor, así que debía soportarlo un poco.
    —E-entiendo.
    No le agradaba en lo más mínimo estar en compañía del sarranés, pero con el simple hecho de poder hacerle un favor a la mujer que cortejaba, soportaría la presencia de su rival en el amor. Rasheed tenía la misma expresión agría en su cara cuando se le informó, pero ambos llegaron a un acuerdo silencioso y se marcharon con rapidez.
    Con solo los tres allí, un silencio incomodo se formó en el grupo. Achilleus no tenía nada de lo que hablar con ninguna de ellas, pero, al parecer, una pensaba lo contrario, preguntando:
    —¿Ya nos dirás la verdad?
    Matheld parecía aprovechar la ausencia de Rasheed y Oddvarr para arrinconar a la joven rhodiana, pues, al parecer, Achilleus no resultaba una molestia para ella.
    —¿Q-qué?
    —No te hagas la inocente. Algo sucede en Rhodok, aquel hombre te miró como si fueras la peor escoria sobre la Calradia. Créeme, reconozco esos ojos, he recibido esa mirada muchas veces.
    —N-no…
    —Y cuando entraste a la taberna a perturbar mi tranquilidad, lucías como una maldita fugitiva. ¿Crees que nadie lo notaría? Estabas gritando a los cuatro vientos que alguien te buscaba.
    —¿Tal vez solo se escondía de los piratas? — intervino Achilleus.
    —¿Eres idiota? — «Deja de llamarme idiota» —Esa mujer estaba buscando a los piratas, ¿para qué esconderse de ellos?
    —N-no es algo de lo que q-quiera hablar.
    —¿Y tenerme aquí, a punto de morir por la zorra de tu hermana, es algo que quieres? Puedes comenzar a decirme qué pasa antes de que yo misma te lo saque a golpes. Elige.
    «Creo que hay un malentendido, estás aquí por el botín. —pero no dijo nada— Aunque simplemente pudo dar una dirección falsa y deshacerse de nosotros»
    Ymira parecía capaz de levantarse en cualquier momento y echarse a correr, y como estaban a plena luz del día, no había duda de que serían descubiertos y asesinados, así que le tocó interceder:
    —¿Está bien si nos calmamos? Ymira, yo también noté que algo sucedía, pero, como todos tenemos nuestras circunstancias, no quería molestarte. Ahora es diferente, ¿no podrías decirnos que pasa? Tal vez sea posible que podamos ayudarte.
    —No… — comenzó luego de mirarlos en silencio —no es algo de lo que puedan ayudarme. Soy Ymira de Yalen, así que saben lo que eso significa, ¿no? Nací en esa ciudad como hija del jefe de la Cofradía de Yalen. El hombre que me miró de esa forma era… era mi padre. Crecí como cualquier otra hija de un comerciante, aprendí a leer y escribir, disfrutaba de los atardeceres mientras charlaba con otras señoritas, bebiendo té y comiendo postres. — destapando la caja de pandora, ahora no se detenía, continuó hablando: —También disfrutaba escuchar música, todos los bardos eran bienvenidos en casa de mi padre solo para satisfacerme. Incluso apoyó mi capricho de aprender a jugar ajedrez, pasatiempo que disfruté con mi hermana mayor. Era todo tan magnifico, vivía en un sueño. Tenía una hermana agradable con la que siempre jugaba o charlaba, que siempre me comprendía y ayudaba. Tenía un padre cariñoso que hacía cualquier cosa por su hija. Cualquier cosa que deseara, el dinero de mi padre lo podía conseguir. — enmudeció repentinamente, y cuando Matheld estuvo a punto de obligarla a seguir, dijo: —Y yo lo traicioné. Quería que me casara con uno de sus socios, un hombre que contaba ya con treinta, y sentí repulsión. — Achilleus, en su lugar, sintió lastima consigo mismo; no le gustaba ser considerado viejo por una joven como ella, a pesar de él admitirlo. —No quería casarme con él. Quería casarme cuando yo quisiera, cuando yo lo decidiera, con quien yo deseara. Escapé y le di la espalda a mi familia. Me escondí en Jelkala donde, luego de haber engañado a unos parientes que vivían en Veluca, me establecí mientras me enviaban algo de dinero.
    —Eres despreciable.
    —Mi hermana nunca me repudió. — ignoró el insulto de Matheld —Todavía intercambiamos cartas semanalmente y, al parecer, tras unos meses, ella había sido ofrecida para tomar mi lugar en el matrimonio. Me sentí horrible. Pero no pude volver, no tenía el valor. Seguí haciendo como si nada pasara, seguí intercambiando cartas con mi hermana. Hasta que comenzó a decirme… — su voz se hizo más baja, pero volvió a subir el tono —me dijo que sentía que la estaban siguiendo. Inmediatamente me preocupé, y todavía era incapaz de volver a Yalen. Reuní el valor cuando me confesó que podía sentir a hombres merodeando su casa, acechándola día y noche, así que volví. Allí fue cuando me enteré de la conexión de Matheld con los piratas, del secuestro de mi hermana.
    —Así que solo buscas redimirte. — la nórdica escupió hacia un lado —Eres una patética y miserable existencia que fue incapaz de pagar lo que su padre hizo por ella. Y no contenta, obligas a tu hermana a cargar con tu responsabilidad, como a una niña que no le tocó lo que quería. Y ahora, como si eso pudiera remendar todo lo que has hecho como si de unas malditas botas viejas se tratara, engatusas a un amable extranjero y su sequito para que vayan a morir por ti, por tu intento de redención. Personas como tú me dan asco.
    Achilleus no tuvo intenciones de intervenir hasta que la vio derrumbarse de rodillas, con lágrimas en sus ojos que intentaba limpiarse frenéticamente con el dorso de las manos. Estaba de más decir que todo lo que había hecho fue de mal en peor; aunque no le gustara la idea del matrimonio, su padre había hecho tanto por ella que, para muchos, sería una nimiedad pagar de esa forma; o simplemente dirían que su padre lo hacía por su bien.
    —Está bien, no llores.
    Aunque lo que se merecía era una reprimenda, no era ni el lugar ni el momento, y él no era su padre. Era una ‘victima’ de su engaño, tal como había dicho Matheld, pero, había una vida inocente en juego. La hermana de Ymira no tenía que ser asesinada, violada o vendida como esclava por los piratas, solo porque su hermana evadió un matrimonio.
    —¿Y ahora la perdonas? — Matheld lo miraba con furia.
    —No la perdono, simplemente no tenemos tiempo para esto. Podemos discutirlo de regreso en Yalen, pero ahora hay algo más importante, ¿o no?
    Sin formas de replicar, la nórdica se dio la vuelta y comenzó a ignorarlos completamente. Achilleus quedó momentáneamente impactado cuando los ánimos se calmaron, ya que, en lugar de llamarlo extranjero idiota, había usado la palabra amable.



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    Mensaje por kianrz el Miér Oct 23, 2019 4:40 am

    VII


    La figura de Rasheed a la distancia, seguido por Oddvarr y precedidos por un número de hombres que superaban las dos docenas, lo revitalizaron a tal punto de que el día de espera había resultado satisfactorio. Pero, repentinamente se quedó anonadado cuando levantó la vista. Sobre un fondo azul marino, tres cisnes en vertical reposaban. Era, tal como había dicho Osbourne durante su camino, la bandera que representaba al lord de Yalen.
    Achilleus volvía a mirar detenidamente a los hombres que seguían a Rasheed. Todos, sin excepción, llevaban atuendo mitad café oscuro mitad verde claro, puestos sobre unas largas y relucientes cotas de mallas, además de cascos, guanteletes y botas que parecían recién pulidas, a pesar de la suciedad tras su recorrido. La lanza que llevaban era una guja, que se caracterizaba por su hoja, que podía medir alrededor de veinte centímetros, era curva como un sable. La forma en el cual los hombres se movían, con los pesados escudos y lanzas sobre sus espaldas, denotaba la disciplina de un soldado.
    Esperando con el corazón en la boca, cuando la comitiva estuvo lo suficientemente cerca, los soldados se abrieron y, desde el centro, un hombre de edad avanzada surgió. Con la parte superior de su cabeza completamente calva, el cabello a sus lados, al igual que su barba, estaba pintado completamente y sin excepción de blanco; y combinado con todas las arrugas, era imposible hacerse pasar por alguien que todavía podía luchar. Llevaba una armadura parecida a la de los hombres que lo servían, solo que su túnica era azul y con los cisnes estampados; y, todavía así, podía notarse su delgadez.
    Ymira fue la primera en realizar una marcada reverencia junto a Rahseed, seguidos por Matheld y al final Achilleus; para Oddvarr no parecía haber diferencia entre un lord y un campesino.
    —Oh, no es necesario que sean tan formales. — dijo sonriendo —Como ya sabrán, soy el conde Gutlans, ¿puedo conocer sus nombres?
    —Permítame presentar a mis seguidores. — Achilleus prefirió tomar la palabra antes de que alguien dijera algo que no debía —Estas encantadoras señoritas son Matheld e Ymira. — las señaló respectivamente y luego al sarranés y el mercenario —Este joven es Rasheed, y él Oddvarr. Pido que lo excuse si cometió alguna afrenta contra usted, no es muy bueno hablando, y menos con una figura tan distinguida. Ah, ¿dónde están mis modales? Soy Achilleus Solveigsson. No soy de Calradia, como mi lord habrá notado.
    —Un extranjero, ya veo. Hablas muy bien el calrano, y también con gran educación, ¿quién te enseño?
    —Un hombre de Calradia que visitó mi tierra madre cuando era un niño. Me habló maravillas de Rhodok, especialmente de su dulce vino. Lástima que no tuve tiempo para probarlo por mi cuenta.
    —Debería sentirme halagado. — el hombre sonreía, pero su expresión se volvió un poco más seria —El joven Rasheed me informó lo que estaba sucediendo. ¿Cómo puedo hacerme llamar lord de Yalen y vasallo del rey Graveth si no protejo Rhodok de pillos sinvergüenzas? Y debo estarles agradecidos por su esfuerzo. — miró a Ymira e inclinó con ligereza la cabeza, para luego decir: —Y permítame disculparme por lo que sucedió con su hermana. De haber mantenido segura la ciudad, nada de esto habría pasado.
    —N-no es ne-necesario que se disculpe.
    —Entonces permítame jurarle, en nombre del rey Graveth, que recuperaremos a su hermana sana y salva.
    —Agradecemos su ayuda. — dijo Achilleus.
    —¿Conoces su número?
    —Los habitantes de Glunmar dicen que son alrededor de quince de ellos. Posiblemente sean más.
    —¿Quince? — el conde se llevó la mano hacia la barbilla, dubitativo, para luego declarar con una sonrisa de confianza: —¿Ocho de nosotros seremos suficientes?
    —¿Perdón? — Achilleus quedó casi boquiabierto, no parecía bromear.
    —El joven Rasheed, Oddvarr, la señorita Matheld, tres de mis hombres, tú y yo. Pienso que es un buen numero, ¿no te parece?
    —E-eh, no tengo deseos de contrariar a mi lord, pero, ¿no deberíamos disponer de todos los efectivos presentes?
    Achilleus estaba seguro de que habría unas treinta personas solo con los hombres del lord, por lo cual podrían atacar y diezmarlos en cuestión de segundos, y ni siquiera habría riesgo de bajas.
    —Tal vez, pero, ¿qué es la vida sin un poco de riesgo? No viviremos eternamente, debemos disfrutar el presente, especialmente ustedes, los jóvenes, el futuro de Calradia. Ustedes, — se giró a sus hombres —esperen aquí con las ballestas listas, se encargarán de proteger a la señorita Ymira. Quiero que tres vengan conmigo. — volviéndose hacia Achilleus, dijo: —¿A qué esperamos?
    Mientras Achilleus estaba anonadado, un soldado que llevaba sobre su espalda dos escudos, le entregó uno de ellos a su señor. El escudo pavés del conde llevaba su emblema también, y parecía un poco maltratado, posiblemente por los años de uso. Contra todo pronóstico, el delgado brazo del lord cargó aquel muro en miniatura como si se tratara de un bebé.
    Mirando a sus acompañantes para buscar consejo, todos estaban, a excepción de Oddvarr, mirando con incredulidad al gobernante de Yalen, un hombre de edad avanzada que estaba a punto de meterse en una refriega con una desventaja de, al menos, dos a uno. No era lo que esperaba en ningún momento, pero, no podía escupir en la cara de quien le había brindado una mano, así que debía aceptar a esos tres valiosos hombres que le fueron ofrecidos.
    Dando la orden de marchar, el primero en seguirlo en silencio fue Oddvarr, a quien nada le molestaba o inmutaba; agradecía que fuera así en esos momentos. Cuando Rasheed reaccionó, corrió para alcanzarlos y posicionarse a su lado, todavía dudando sobre sí hacerlo era lo correcto. La última en moverse fue Matheld, quien chasqueó la lengua, maldijo en voz alta y dio sus habituales zancadas. Ymira, quien contaba con cero habilidades marciales, se quedaría junto a los hombres de lord, encargados de velar por su seguridad.
    El grupo se detuvo, a petición de Achilleus, en el lado derecho de la cueva, en un punto ciego gracias a un cumulo de rocas que allí residían. Dejando el equipaje sobre el suelo, comenzó a desempacar su nostálgico uniforme.
    De un color grisáceo opaco, la armadura que le cubría el pecho se sentía fría al tacto, y pesada entre sus manos; contaba, en la parte inferior, con un tonelete negro con bordes dorados hasta las rodillas, como era habitual. La dejó a un lado y tomó el casco corintio, un poco abierto en la boca para no interrumpir su voz, al igual que las orejas para no dejar de escuchar y alrededor de los ojos para tener una visión panorámica; y contaba con el mismo color que la armadura, solo que tenía unos penachos negros, que luego caían libremente hasta la zona media de su espalda; parecía un casco confeccionado en Esparta, casi no se notaba la diferencia. Luego estaban los brazales, grebas y las sandalias, todo de color similar; y eso era lo único que defendía su cuerpo, lo único que separaba a la muerte de su lado.
    Soltar las cintas de cuero de las hebillas le traía, nuevamente, el recuerdo de su primera batalla. No estaba particularmente nervioso de salir al campo, pero, todavía le resultó un poco difícil ponerse su peto. Se le había resbalado de las manos, tal vez gracias a la emoción, pero todos sus demás hermanos de armas pensaron lo contrario y le dieron palmadas en la espalda; había sido de lo más humillante.
    Sacudiendo la cabeza, se apresuró y, tras haberse puesto la armadura con rapidez, pero todavía casi hipnotizado por el pasado, llegó la hora de su equipo. Su escudo color ceniza era el único que contaba con una lechuza dorada que fue pintada por un famoso artista de Dhirim, quien también se encargaría de su estandarte; había elegido aquel animal ya que este era el mensajero de la diosa Atenea. Agarrando la lanza, se acomodó el hacha en su cintura y sostenía el casco con la mano izquierda, donde tenía el escudo.
    —Qué indumentaria tan interesante. — comentó el lord, mirando de arriba a abajo.
    No era el único intrigado, ya que también Matheld lo observaba con evidente curiosidad, pero no le dijo nada al respecto. Achilleus sonrió y contestó:
    —Esto usan los soldados en mi tierra madre. ¿Puedo pedirle a mi lord que me permita intentar hablar con ellos?
    —¿Hablar?
    —Sí. Desearía rescatar a la hermana de Ymira sin que esta esté en peligro. Además, existe un pasaje para escapar que conecta con el este.
    —Conozco el pasaje. Tengo hombres apostados allí en caso de que logren escapar. Pero está bien. Tienes permitido hablar.
    Achilleus le agradeció con un asentimiento y comenzó a caminar luego de haberse puesto el casco; si era atacado, no tendría tiempo de hacerlo. Estaba nervioso, más que por sus oponentes, por tener una vida en sus manos, pero prefería resolver el primer asunto charlando que arriesgando a la mujer.
    Mientras se acercaba con las manos levantadas, pero sin soltar su arma, el guardia apostado en la entrada dio la voz de alarma y, como si hubiera dicho que había denares regados en el suelo, una multitud se congregó. Los contó tan rápido como pudo, descubriendo que los pueblerinos se habían equivocado a la hora de contar, había veintidós a los que sus ojos podían ver.
    —¡Vengo a hablar con su líder!
    Silencio. Medio centenar de ojos estaban posados sobre él irradiando malicia. Eran ojos de asesinos, saqueadores y violadores, capaces de hacer encoger a hombres comunes. Pero cuando se estaba habituado a la guerra, un puñado de rufianes no resultaba una amenaza real. Y, aun así, se encontraba agradecido por el respaldo que estaba recibiendo en aquel momento, por los hombres dispuestos a saltar para protegerlo cuando las cosas se pusieran sangrientas.
    Desde allí, con la arena bajo sus sandalias, que era humedecida por los residuos del mar que se arrastraban hasta la orilla, veía cómo algunos hombres estaban tensando sus arcos o preparando las hachas. Se sentía como un juicio en el cual no había cabida a la defensa.
    De pronto, una mano, gruesa y quemada por los rayos del sol, se levantó para hacer que las cuerdas de los arcos se relajaran. Abriéndose paso, un hombre tan alto como Achilleus, tal como deberían ser los nórdicos, se acercó mientras sostenía un par de hachas cortas.
    —Yo mando aquí. Habla rápido Extranjero, o te arrojaré al mar atado a una tabla.
    —He venido por una mujer… — Achilleus enmudeció por unos segundos, había sido tan estúpido de no preguntar el nombre de la secuestrada, pero, para que nadie sospechara nada, prosiguió tan rápido como pudo: —estoy pensando en montar mi propio burdel en Jelkala. Sé que ustedes tienen una que secuestraron recientemente, así que he venido a negociar. Puedo ofrecerles un jugoso precio para que la entreguen sana y salva, me gustó su rostro cuando la vi.
    Era, tal como se esperaba, una mentira. No tenía tantos denares y estaba seguro de que, ni rogándole a Osbourne cuando estuviera borracho, le ofrecería un préstamo de tal magnitud. Lo único importante era que la liberaran de inmediato.
    —¡¿Escucharon eso muchachos?! — el líder de los piratas soltó una carcajada —¡Quiere negociar! ¿Qué nos impide matarte, arrojar tus restos al mar y luego buscar los denares por nuestra cuenta?
    —¿Crees que traería los denares conmigo? Están enterrados en los alrededores de Yalen.
    El líder dio un par de pasos al frente, relajando la postura con la cual sostenía sus armas. Lo había enganchado la conversación tan simple, al igual que a Matheld, demostrando que los nórdicos no eran las velas más brillantes del candelabro llamado Calradia.
    —¿Y cómo sabremos que no es una trampa? ¿Crees que somos idiotas?
    —Pueden tomarme a mí como rehén luego de dibujarles un mapa. También pueden venderme a mí, pero, ¿cuánto sacaran por alguien como yo? ¿No les resultaría más rentable ser mis proveedores de mercancía? Piénsenlo. Y, como extra, pueden tener un descuento especial en mi negocio.
    El silencio regresó. El pirata lo estaba escrutando con la mirada de tal forma que podía corroerle la armadura. En su interior rezaba a Atenea para que fuesen lo suficientemente tontos de caer en la mentira.
    —¡Ya escucharon, tenemos otro comprador! ¡Traigan a las chicas!
    «¿Chicas? No, esto no era parte del plan, —no había previsto que se trataba de más de una— ¿qué se supone que haga ahora? —a lo mucho sería capaz de salvar a una sola de ellas, y no había garantía— Piensa, piensa»
    Mientras se quedaba como una estatua, con su cerebro a toda potencia para tratar de averiguar qué debía hacerse a continuación, las rehenes comenzaron a abandonar la cueva una por una. Todas iban desnudas del torso para arriba, con sogas atándole las muñecas, pero sin limitarle la movilidad de sus pies, obviamente no esperaban que huyeran. Los ligeros hematomas y las miradas muertas demostraban que los actos salvajes se habían llevado a cabo mucho antes de que ellos llegaran. Maldiciéndose a sí mismo, el pirata dijo:
    —Aquí están todas, elige a la que quieres comprar. En lo personal, disfruté más con esta. — agarrando a una mujer de cabello castaño, la arrastró del brazo media docena de pasos y la arrojó a la arena. —Sabe cómo mover las caderas a pesar de que al principio se negaba.
    Mientras recorría las marcadas curvas de la sollozante mujer, Achilleus apartó la vista en dirección de sus aliados. Uno de los hombres del lord, asomándose ligeramente desde atrás de la roca, apuntaba con la ballesta hacia el líder.
    —Tráela más cerca, quiero verla. Me gusta inspeccionar la mercancía por mí mismo.
    —¿No te han dicho que eres exigente?
    A pesar de haber replicado, detuvo el manoseo y, halando desde la pierna izquierda, la arrastró hasta quedar a unas ocho zancadas. Mientras fingía mirarle detenidamente el rostro, también echaba ojos a las que estaban detrás.
    —Me gusta, me gusta. Me la llevo. ¿Qué hay de las otras? ¿Pueden andar? Ponlas a caminar un poco y luego que se acerquen.
    —Qué fastidio. Pero, oye, ¿alguna otra? — preguntó mientras caminaron hacia la derecha.
    —Bueno, esa rubia tiene un cuerpo excelente, — señaló a una al azar —así que tal vez sea esa. Bien, ahora que caminen hacia el otro lado.
    Haciéndoles señas, obedecieron la orden y caminaron hacia la izquierda mientras que, la castaña todavía en el suelo, se veía asustada ante la posibilidad de ser vendida. El grupo de mujeres se alejó de los piratas, quienes disfrutaban viendo sus cuerpos desnudos. Era el momento. Emitiendo un grito a modo de señal, el rhodiano disparó. El pirata mostró una cara de desconcierto segundos antes de que sus ojos se apagaran y el grito de las esclavas, quienes se dispersaron hacia izquierda y derecha, opacaba el susurro de las leves olas.
    Achilleus cerró con un salto la distancia con la mujer que apenas se estaba levantando y, regresándola al suelo, la protegió con el escudo, poniéndose en cuclillas. Una flecha rozó su baluarte protector, a lo que solo pudo agradecer no haber entrado únicamente con el hacha y unas tablas unidas inapropiadamente, tal como había hecho antes.
    —¿Puedes andar? — la mujer asintió con vigor —¡Entonces corre!
    Luego de gritarle la orden, se levantó y corrió hacia el frente. Las flechas silbaban a su alrededor, golpeaban el casco, se rompían contra el escudo, le rozaban la piel. A pesar de ello, continuó, solo echando una leve mirada a su lado.
    El lord, quien se movía como un caballo en galope a pesar de todo el peso que llevaba encima, era capaz de cubrir perfectamente a las mujeres con su escudo mientras que, dos de los tres hombres que había traído, los habían plantado en tierra a modo de muralla, tras la cual se refugiaban las mujeres antes de seguir corriendo, todo al tiempo que ellos disparaban sus ballestas y Rahseed su arco.
    Oddvarr, como un hombre cuya vida había perdido valor, iba al frente sin utilizar escudo alguno, pero las flechas solo pasaban a su lado, era como si tuviera alguna especie de bendición. Con una que le rozó el rostro, ni siquiera parpadeo o mermó su marcha, siempre con el hacha en ristre. La nórdica, por el contrario, se escondía detrás del conde, una acción sensata ya que era un muro con piernas.
    Regresando su atención al frente, un pirata, con el torso desnudo y tatuajes azulados, gritaba mientras blandía sus dos hachas como un completo demente. Achilleus, aprovechando el impulso, lo golpeó con el borde del escudo y rápidamente volvió a cubrirse tras escuchar el sonido de su cráneo roto.
    A su derecha, uno con escudo y espada se acercaba lentamente, por lo cual, tras escuchar cómo una de las flechas golpeaba su defensa, aprovechó para girar en sentido del reloj y, con la punta al nivel de los pies, realizó un corte que lo derribó. Rápidamente se agachó para bloquear otra de las flechas que se dirigía hacia sus muslos; ya habían aprendido donde apuntar. Utilizando el reverso del doru, también afilado, y con el impulso al agacharse, terminó con la vida del hombre que había derribado.
    La arena levantada le generaba picor en la nariz, por lo cual sacudió su cabeza y, mientras tanto, el conde golpeó a uno de los piratas con el escudo, que zarandeaba como si nada y era capaz de moverse como alguien que se encontraba completamente desnudo. Sus cortes eran tan precisos, fuertes y rápidos, que hacía palidecer la capacidad de Oddvarr para cercenar miembros.
    Cubriendo al lord de Yalen, Matheld parecía tener una predilección por cortar los rostros, pues unos cadáveres a sus pies habían perdido la nariz o los labios. Tampoco perdía en una competencia de fuerza con un hombre, ya que había recibido un puñetazo y simplemente se lo regresó como si nada, para luego derribarlo de una embestida.
    Escuchando pasos delante de él, se levantó bruscamente, golpeó con el escudo para hacer retroceder al agresor, lanzó una rápida estocada y luego volvió a agacharse, escuchándose el sonido del escudo siendo impactado.
    Su corazón estaba comenzando a esprintar tal como hacía a menudo, pero, cuando llevaba su uniforme, cuando empuñaba su lanza, cuando veía el reverso del escudo, sentía que podía tal vez no contener, pero si retrasar en gran medida, la naturaleza de su sangre, la maldición de su antepasada, la llamada de los berserker desde el Valhalla. Se sentía como un hechizo protector.
    Golpeando su casco contra el borde del escudo, se tranquilizó y, cuando no escuchó más flechas, confiando en los tiradores rhodianos que tanto fueron alabados, se irguió para cargar nuevamente. Ante él, al menos una decena quedaba todavía de pie, al borde de la cueva, claramente discutiendo en su interior el valor y la cobardía. Se entendía el sentimiento. Detrás del lord, una decena de cadáveres mutilados estaban reposando sobre la arena, todos muertos de un solo golpe.
    Quien se acercó de frente con escudo en alto, pero manteniendo las piernas alejadas y listas, quería llamar su atención para que su compañero flanqueara lo flanqueara. En respuesta al que tenía delante, arrojó una patada que lo hizo tropezar y, antes de acabarlo, bloqueó el golpe de un hacha que venía desde su izquierda. Embistiendo, por poco tropezó cuando el contrincante se hizo a un lado, evitando caerse al usar la lanza como apoyo tras enterrarla en el suelo y, antes de recibir un golpe letal, la soltó, tomó el hacha y se la enterró en el vientre.
    Con la espalda descubierta, el pirata que había derribado se levantó para apuñalarlo a traición, solo que pudo evitarlo al poner su defensa en su espalda, patearle la espinilla y girar para hundirle el hacha en la mejilla, arrancarle y guardarla en su cintura, agarrando otra vez su lanza.
    Mientras recuperaba la postura, escuchó un alarido a su lado derecho, que resultaba ser otro de los bandidos cargando con espada en mano. Antes de que pudiera reaccionar para defenderse, el cuerpo se desplomó con un virote que había pasado cerca de su oreja. Definitivamente no quería enfrentarse en ningún momento contra los rhodianos, esa puntería era digna incluso de Artemisa.
    Sin tiempo para descansar, uno de los piratas, delgado y con un casco que le cubría completamente el rostro, fue el primero en reunir las agallas suficientes para lanzarse contra Achilleus. Debido a que el golpe venía desde arriba, subió el escudo para defenderse e inmediatamente después arrojó una patada a su pecho para ganar algo de distancia.
    El casco del agresor se resbaló debido a que le quedaba grande, y cuando iba a recibir el golpe de gracia, Achilleus se quedó paralizado, con el reverso de la lanza apuntándole al cuello. Un chico que estaba rondando los quince o quizás menos, lo miraba aterrado.
    Los ojos de los jóvenes swadianos todavía se le clavaban en su conciencia, cómo seguían juzgándolo incluso luego de que la luz de sus vidas se hubiera extinguido de forma tan abrupta. No habían aceptado morir en aquella tierra lejos de su hogar, a manos de un extranjero que salvaba a un esclavo. Y ahora se repetía. Un niño casi estuvo a punto de morir bajo su mano.
    Un dolor en su muslo lo sacó del ensueño en el cual había sido conducido por sus recuerdos. El acero frio, la hoja de una daga, se había abierto paso en su carne mientras jadeaba por el nauseabundo aire que apestaba a sangre. Era capaz de sentir las pocas raciones que había comido intentando escapar de su estómago.
    Incapaz de mantener el equilibrio mientras retrocedía, cayó sobre su trasero al tiempo que se levantaba el joven pirata, habiendo recuperado su espada del suelo. Tratando de defenderse con el escudo, la persona frente a él perdió la cabeza de pronto, y detrás, cuando el cuerpo fue llamado por la tierra, estaba el mercenario taciturno con el mandoble ensangrentado, del cual se había olvidado.
    Oddvarr, luciendo flechas incrustadas en sus hombres, se hizo a un lado, pero permaneció cerca de Achilleus, quien todavía tenía la vista desenfocada, sintiendo que podría vomitar si hacía algún movimiento brusco.
    Los piratas restantes, que eran unos cinco, habían decido rodear al lord para, en un intento de preservar algo de su miserable orgullo, derribar al anciano que los había humillado. Mientras se acercaban, Gutlans soltó su espada larga y dejó el escudo enterrado en el suelo, lo que parecía símbolo de una rendición, ya que Matheld estaba encargándose de su propio grupo.
    Deseosos de clamar venganza sobre un enemigo que había depuesto todas sus armas, el grupo, sin excepción, se apresuró hacia él. De un movimiento que solo podía ser descrito como rápido e increíble, el conde retomó el escudo que había enterrado y giró con él extendido. El sonido de cuatro cuellos rotos enmudeció el ambiente. El último de ellos, quien había quedado vivo solo porque estaba un paso atrás del resto, soltó inmediatamente su hacha y cayó de rodillas. Achilleus también habría tomado aquella decisión si se hubiera encontrado en el bando enemigo.
    El número que había contado no se acercaba a la realidad, claramente habían superado los treinta e, incluso, podía arriesgarse a decir que pudo tratarse de unas cuarenta personas muertas; en ningún momento pensó en quienes pudieron retirarse.
    Oddvarr lo ayudó a ponerse de pie y, con él como apoyo, comenzó a andar. Rasheed se acercó como un vendaval preguntando por su seguridad, pero lo relajó con un ademan, para luego entregarle la lanza, el escudo y el casco, quería sentirse lo más ligero posible. El mareo y la pierna herida disminuían la poca fuerza que le quedaba, había perdido la costumbre de usar armadura gracias a los años de relativa paz que había vivido.
    Matheld caminó tan rápido como siempre lo hacía y, al ponerse junto a él, fue la primera vez que le vio una sonrisa; era tan radiante y segadora que no parecía la misma persona e, incluso, si su vida no corriera peligro, se arriesgaría a decirle que se veía hermosa, a pesar de resultar perturbador que pudiera sonreír en esa situación, con el rostro bañado en sangre. De todas formas, el espectáculo no duró mucho, ya que regresó a su rostro de piedra cuando se percató de cómo estaba siendo observada tan fijamente.
    El grupo se dirigió al interior de la cueva luego de haberle preguntado al pirata rendido el lugar donde estaban los objetos robados, el botín de la victoria, la segunda motivación de aquel largo y agotador viaje. Una pequeña abertura a la derecha, luego de unos diez pasos tras entrar, se encontraba metido un cofre de madera desgastado por la humedad y los años. Había un olor a rancio en el ambiente, junto a distintos aromas que prefería ignorar por lo desagradable que resultaban.
    La primera en dirigirse al premio, emocionada y como una niña que recibía un regalo, fue la nórdica a la cual se le había prometido un tesoro. Así que, luego de abrir el cofre y estar Achilleus a punto de preguntar sobre el contenido, esta lo patea tan bruscamente que voló junto a su contenido, un puñado de denares con herrumbre sobre los bordes.
    Envuelta en furia, salió de la cueva con la mano en la empuñadura de la espada, así que, lo más rápido que su cojera le permitía, la siguió. Llegó justo en el momento en el cual el pirata estaba comiendo arena y con una hoja reposándole en la espalda. No sentía especial lastima por el pirata, pero igual iba a intervenir ya que era un enemigo que se había rendido.
    —¡¿Me quieres tratar como a una idiota?! ¡¿Dónde está el botín, maldito marinero de agua dulce?! ¡Dime dónde está antes de que te corte la verga y se la dé de comer a los peces, cerdo asqueroso!
    «Por Atenea, qué mujer tan… poco refinada, por decir lo menos».
    —E-e-es to-todo lo que te-te-enemos.
    Del miedo a ser ejecutado cuando ya se había rendido, ni siquiera podía articular bien las palabras. Nadie estaba haciendo nada, ni siquiera el conde, quien solo disfrutaba la vista con una sonrisa en su rostro.
    —¡¿Así que si crees que soy una idiota?! ¡Bien, si así quieres jugar, comenzaré cortándote los putos dedos antes de ir por tu v…
    —Cálmate Matheld, no creo que esté mintiendo, de nada le sirve. Además, míralo, está…
    Con aquellos ojos en llamas, incluso el extranjero habituado a la guerra enmudeció y sintió la necesidad de retroceder, pero ella fue mucho más rápida y cambió el objetivo de su ira hacia él. Oddvarr lo arrojó hacia Rasheed quien, soltando nervioso los objetos que Achilleus le había dado, lo atrapó con esfuerzo ya que la diferencia de peso se notaba de sobra. Se aseguraría, luego, de meterle un poco de sentido común al viejo taciturno en la cabeza.
    Deteniéndose gracias al muro que se había puesto en su camino, un repelente perfecto de salvajes, eso no le impidió que le gritara desde allí:
    —¡Me debes un tesoro, ¿escuchaste?! ¡Me lo debes! ¡No te dejaré ir de Calradia hasta que me pagues aquello que me debes! ¡Te perseguiré por el resto de tu vida, ¿estuchaste?! ¡Jamás te desharás de mí!
    «¿Otra deuda? —soltó un suspiro— ¿Es que podré, en algún momento, pagar? Y eso de nunca deshacerme de ti… por Atenea».
    Una carcajada del conde Gutlans le recordó a la salvaje nórdica, ahora con el ánimo enfriado, que seguía en presencia del lord de Yalen. Pareció haber disfrutado el espectáculo que se montó, pero ahora, con algo que decir, habló:
    —Qué grupo tan divertido, me recuerda mis tiempos de juventud, cuando cazaba bandidos junto a los demás lores. Era un tiempo en el cual podía relajarme, sin preocuparnos en lo más mínimo de nada. Oh, pero supongo que no quieren escuchar los desvaríos de este viejo. Achillues, ¿te parece si hablamos en privado?
    Incapaz de rechazar una petición directa del lord, que fue incluso tan amable de ayudarlo a caminar hasta la cueva, comenzó la conversación:
    —No pensé que mi lord sería un luchador tan esplendido a su edad. La forma en la cual se movía era la de un hombre que no sentía el peso de su armadura y luchaba como solo podía hacerlo un veterano.
    —Oh, me adulas. No es nada sorprendente.
    —Su modestia también es digna de una figura tan ilustre. Y también permítame agradecer su ayuda, jamás habríamos logrado el sometimiento de los piratas solo nosotros.
    —Oh, no hay nada de qué preocuparse. — le ofreció la mano y Achilleus se apresuró a responder; su agarre era fuerte, tal como se esperaba de un hombre capaz de cargar el escudo pavés como si de una rodela se tratase. —Fue un placer ayudar, — pero sus siguientes palabras lo dejaron helado: —especialmente a nuestros vecinos de swadia, ¿no es así, mercenario swadiano?
    —¿Eh?
    A pesar de intentar librar su mano, la diferencia entre sus fuerzas era como querer comparar el cielo y la tierra, por lo cual permaneció en su posición, esperando su dictamen.
    —Oh, por favor, no hagas esa cara. Lo supe desde un principio. ¿Crees que un swadiano fingiendo ser un khergita, un mercenario extranjero, un nórdico y un sarranés pueden entrar a Yalen, respaldados por la Cofradía de Dhirim, y no lo notaría? Puedo estar viejo, pero mis ojos y oídos todavía funcionan en Calradia. Aunque… — lucía pensativo, diciendo: —tal vez esta es la razón por la cual he vivido tanto. Sinceramente, todo se debe a tu nueva y adquirida fama, es imposible que el hombre que derrotó a los Mutilados pueda pasar desapercibido.
    —Permítame solicitar la libertad de Rasheed, Oddvarr y Matheld, ellos no tienen nada que ver ni conmigo ni con swadia, y ya mi lord debería saber que Ymira nació en Yalen.
    —Virtuoso hasta el final, ya veo. Eres un hombre digno, ¿nunca te lo han dicho? No te preocupes, no pienso hacer nada con ustedes. Participaron en la subyugación de un grupo de piratas y salvaron a la hija de un viejo amigo. El padre de la señorita Ymira ha sido un amigo desde que lo conocía cuando él todavía no sabía cómo comerciar, así que, ¿qué clase de hombre sería si arresto y ejecuto al benefactor de un amigo?
    —Se lo agradezco. — suspiró aliviado, sintiendo que sus piernas estuvieron a punto de ceder.
    —Yo soy quien debería agradecerte. Si en algún momento sientes que tu trabajo en la Cofradía de Dhirim no es bien remunerado, o si necesitas la ayuda de este viejo, puedes acudir a Yalen en cualquier momento. — Achilleus se inclinó lo mejor que pudo con su muslo lastimado y, para no molestar al lord, se apoyó en la pared para moverse, solo que el conde Gutlans dijo repentinamente: —Oh, permíteme darte un consejo antes de separar nuestros caminos. — Achilleus se giró para escuchar —No llamas mucho la atención, mantén tus hazañas siempre al mínimo, ¿sí? Si quieres vivir en Calradia, pasa desapercibido, nunca debes llamar la atención de un lord, tal como hizo Come-Orejas, ese fue su error. Nunca, por ningún motivo, hagas que tu nombre esté en boca de todos, sería una lástima perder a un hombre tan virtuoso como tú. Especialmente si soy yo quien debe acabar con tu vida.
    Queriéndole preguntar a qué se refería, el lord se despidió y él, como plebeyo, no le correspondía hablar con una figura de sangre azul.
    «¿No llamar la atención? ¿No es muy tarde para eso? ¿Y qué tiene que ver conmigo ese bandido? Yo no soy un bandido, por lo cual no debo preocuparme de ser un poco famoso. ¿Y qué quería decir con acabar con mi vida por ser famoso?».
    Todo eran preguntas, preguntas y más preguntas. Achilleus nunca había conocido a nadie que hubiera muerto por el único motivo de ser famoso. Faltándole un paso para salir, la figura de Matheld lo interceptó, lo que casi lo hizo tropezar de la sorpresa de no ser porque ella lo agarró antes; todavía seguía algo alterado tras el combate y su cuerpo reaccionaba solo.
    —Lo diré de forma directa: me uniré a ti.
    —¿Perdón? Si es por los denares, encontraré la manera de pagarte, pero no es necesario que me persigas por toda Calradia para cobrarme.
    —En parte es por eso, pero hablé con ese tal Oddvarr. — «¿Estamos hablando del mismo Oddvarr, que no habla con su capitán?». —Me dijo que pagas tus deudas. — «Si tan solo supieras que debo hasta mi nombre» —Y que, como nórdica, encontraré una muerte gloriosa si decido seguirte.
    —Puedo entender lo primero, pero escucha con atención: yo no busco morir, me gusta la vida. No busco que mis homb- seguidores mueran, así que creo que esta compañía es el lugar equivocado para ti.
    —¿Qué clase de tonto o lunático quiere que sus seguidores mueran? Si quisiera suicidarme puedo hacerlo yo sola, no necesito la ayuda de un intento de nórdico. — negó con la cabeza —Busco morir en una batalla gloriosa, es todo. — «¿No es lo mismo?» —Así que no tienes derecho a negarte.
    —¿Te…
    —¡Gracias!
    La repentina voz de Ymira lo hizo saltar y, de no ser nuevamente por Matheld, estaría en el suelo comiendo arena. Parecía que todos estaban conspirando para dejarlo arrastrándose.
    —No hay nada por agradecer.
    Mirando en derredor, solo una de las esclavas liberadas estaba hablando con el conde en persona. No había duda alguna de que se trataba de la rumoreada hermana de Ymira, no todas cruzarían palabras con el lord y lo demostraban las otras, quienes estaban, primeramente, celebrando su libertad; además, la mayor característica que las hacía similares era su cabello rubio.
    —Salvaste la vida de mi hermana. — dijo mientras se acercaba Rasheed.
    —Hice lo que cualquiera haría.
    El joven sarranés, con todo el equipo que Achilleus le había dado, venía con la cara como la de un hombre hipnotizado al tiempo que se rascaba la mejilla. No había que ser un genio para saber lo que había pasado.
    —No todos hubieran hecho eso por una desconocida y su egoísmo.
    —Tal vez tengas razón. Lo importante es que ahora puedes volver a casa con tu familia. Trata de reconciliarte con tu padre, estoy seguro de que sabrá perdonarte. A veces los padres pueden ser autoritarios, pero siempre quieren lo mejor para sus hijas.
    —Sobre eso… — miró hacia todos los lados, para luego centrar sus ojos en la persona con la que estaba hablando —¿puedo acompañarlos? — al notar la forma en la cual todos la miraban, se apresuró a agregar: —Prometo no ser una carga, puedo lavar la ropa, cocinar, limpiar, pulir las armaduras, afilar las armas, cualquier cosa que necesiten tus hombres.
    —Me niego. — contestó inmediatamente Achilleus. Rasheed, quien estaba esperanzado segundos atrás, ahora parecía un hombre arrojado a las fauces de la desesperación, como si la mayor oportunidad de su vida se hubiera esfumado. —Una compañía de mercenarios no es un lugar en que las mujeres puedan jugar. Además, los soldados deben encargarse de lavar su propia ropa o del mantenimiento de su equipo, es parte de la disciplina.
    —Pe-pero, Matheld…
    —Matheld es diferente. Ella puede cuidarse por sí sola, lo acaba de demostrar perfectamente. ¿Qué hay de ti? ¿Crees tener alguna habilidad que resulte útil?
    Estaba siendo demasiado rudo con ella, pero no podía permitirse ceder en ese asunto solo porque Rasheed se encontraba embelesado por la rhodiana. Si se unía a su compañía, pasaría a ser su responsabilidad.
    —Y-yo a-aprendí un poco de primeros auxilios.
    —¿Es verdad? ¿Y cuáles son tus verdaderas razones para unirte? — preguntó, ya que antes había ocultado información.
    —S-sí. Padre a veces llevaba algunos libros a casa, así que los leía a escondidas. Y mis razones… — quiso callar, pero prosiguió: —mi padre descubrió que engañaba a mis parientes en Veluca, así que tengo que buscar un nuevo lugar en el cual quedarme, y algún trabajo para vivir.
    —Puede ser útil, — se apresuró a agregar Rasheed —¿no necesitas tratar tu pierna ahora?
    —¡Puedo hacerlo por ti!
    Realmente no quería permitirle a una pequeña y poco hábil mentirosa quedarse entre ellos, especialmente porque era mujer. No tenía nada en contra de que una mujer luchara, incluso Matheld sería bienvenida entre ellos, pero con Ymira era diferente, estaba seguro de que haría que los hombres se comportaran de manera extraña. Con una repentina idea, anunció:
    —Bien, te permitiré venir con nosotros. — antes de que pudiera celebrar y que Matheld lo fulminara con la mirada, dijo: —Pero habrá dos condiciones. La primera es que debes aprender a utilizar un arco para poder defender, Rasheed puede enseñarte eso; tienes que presentarme progreso semanalmente. Y lo segundo es que vas a fingir ser su esposa. Si una mujer como tú se une a un grupo de mercenarios, la disciplina no tardará en romperse. Y por si todavía no te ha quedado claro, le resultas atractiva la mayoría. Así que, si alguna de las dos condiciones es quebrantada, especialmente si tu presencia causa alguna clase de problema, personalmente te llevaré a Yalen, ¿te quedó claro?
    Un poco abrumada por aquellas condiciones y la forma autoritaria en la cual le habló, solamente asintió en silencio. Rasheed volvió a estar contento con la decisión y agradeció con los ojos, ahora brillando nuevamente. La nórdica no tenía queja, parecía que la condición de obligarla a aprender a luchar había logrado convencerla.
    Recordando que todavía tenía una herida, le hizo señales a la nueva integrante para que se acercara y lo tratara, por lo cual se sentó en la roca más cercana. No sería algo hecho por un profesional, pero luego le sacaría algunos denares a Osbourne para pagar un médico.
    Imaginando la forma en la cual le iba a decir a Osbourne que había adquirido una nueva deuda de estimaciones desconocidas, una sonrisa le afloró al rostro. Estaba seguro de que el comerciante le gritaría hasta quedarse completamente ronco, y ya ni hablar de su reacción con los nuevos miembros.
    Dejando la reacción de su amigo a un lado, se centró en el viaje por delante, ya que todavía faltaba dirigirse a Jelkala para hacer el trato y, si algo había aprendido, era que con Osbourne ningún trato era realmente fácil.




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    Mensaje por kianrz el Lun Dic 30, 2019 7:08 am



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    Mensaje por kianrz el Lun Dic 30, 2019 7:09 am



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    Mensaje por kianrz el Sáb Feb 01, 2020 5:03 am

    Ventisca Desértica


    Rememorando el tan familiar sabor amargo de la traición, Achilleus se arrastra moribundo hacia el territorio vecino, el Sultanato Sarraní. El calor abrazador del desierto, haciendo brillar la arena cuales perlas, ha de guiarlo o condenarlo a perecer a manos de la maldición de Calradia.




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