El caballero misterioso

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    Mensaje por rauli48 Lun Ene 01, 2018 3:24 am

    El agua descargaba su furia sobre el camino. La lluvia llevaba días azotando los caminos del norte, impidiendo a cualquier viajero reanudar su trayecto, obligando a mercenarios, caballeros errantes, comerciantes y a toda suerte de viajeros a refugiarse bajo el techo agrietado de alguna taberna de mala muerte, en algún cruce de caminos.

    Es, en efecto, en una taberna de mala muerte, en un cruce donde los caminos que conectaban la capital del imperio con la ciudad fronteriza de Loodgard se juntaban, donde nuestra historia se desarrolla.

    Era en estas épocas del año, cuando los dioses decidían castigar a los viajeros, que en su vanidad creyeron poder transitar sin tener que pagar un peaje, bendiciendo así a los posaderos que, ociosos, esperaban mirando a través de la ventana el mal tiempo, a sabiendas de que las lluvias siempre traían consigo la necesidad de un techo y una comida caliente.
    "Podría abrir esta semana y cerrar el resto del año, y aún así tendría dinero suficiente como para vivir sin que me falte de nada durante un tiempo", pensó el tabernero al ver la posada llena. En una encrucijada como aquella, hombres y mujeres de todos los tipos compartían el techo y el pan en aquella posada. El tabernero apenas daba crédito a lo que veían sus ojos; la posada, que tan solo hacía 2 días había estado únicamente habitada por el, el mozo de cuadras y dos solitarios viajeros, estaba ahora a rebosar de vida. El hombre más gordo que jamás hubiera visto en su vida era un comerciante de múltiples papadas, con un profundo bigote titubeante que se posaba sobre unos labios que con otro color bien podrían haberse confundido por babosas. Tenía una piel aceitunada, tostada por el sol y convertida al esperpento por la grasa, que deformaba su cuerpo aquí y allá, convirtiendo un brazo en un tonel, una pierna en un puerco y unas manos, de dedos diminutos e increíblemente gordos, que a duras penas cumplían su función, pues para cualquier tarea por simple que fuera, suponían un estorbo, ya fuera para darse el placer así mismo de engullir comida o el de dar placer a las mujeres.
    Detrás de aquel hombreton, que vestía caras prendas de la más excelente seda, se encontraban un grupo de caballeros errantes, que por lo que había oído el tabernero, pretendían asistir al torneo que celebraba Lord Skull en el castillo de Altozar, varias leguas al norte.
    El pequeño grupo se componía de seis hombres, todos ellos vestidos con una sobrevesta de lana barata, con manchas de sangre, barro y lluvia, debajo de la cual se lograba mal ocultar las piezas de armadura barata, algunas forjadas en castillo, otras adquiridas en el mercadillo, e incluso bajo el juicio de aquel tabernero, alguna podría ser robada. Lánguidas espadas acompañaban también a los caballeros, largos tronchos de acero que colgaban de sus cinturones, protegidos por una vaina que con suerte en algunos casos, sería de roble. Los caballeros estaban sentados en un banco de piedra, incómodos por la armadura y por las botas embarradas del camino, esperando a que su líder volviera a la mesa para subir a sus habitaciones y poder deshacerse de aquellas pesadas marcas del destino.
    El tabernero, que miraba copiosamente a los caballeros, quitó del fuego el pato que estaba guisando, y sirvió mitad y mitad en dos enormes platos, llenos de un delicioso caldo con especias afrutadas, cebolla, vegetales varios e incluso puede que un poco de carne de venado. Después de servir ambos platos, acompañados además de una jarra de cerveza a el hombre del bigote, el tabernero decidió hablar con los caballeros.

    Sin embargo, a medida que se dirigía a la mesa de los caballeros, comenzó a pensar en si realmente era apropiado usar el termino de caballero. Las manchas que hubiera creído ser de sangre, eran la gran mayoría de ellas sin duda alguna, vino. La herredumbre se asomaba a cada pieza de armadura que la sobrevesta dejaba a la vista, algunas vainas sencillamente, vacías, cascos abollados en la mesa, que bien le podrían haber servido a el como cazuela para sus guisos. Cuanto más se acercaba, más los consideraba como pordioseros que por caballeros, llegando a ver incluso manchas de vomito en alguna sobrevesta. El tabernero, un hombrecillo pequeño, de papada incipiente y tripa hinchada, no pudo sino ceder ante el tembleque que le recorría desde la punta de los dedos de los pies hasta la punta de los pelos de su bigote, que ahora temblaba en igual manera lo hacía el del comerciante gordo. El tabernero, ya a un paso de la mesa, convencido de que nada bueno iban a traer esos limosneros (se fijó y no vio ni una solitaria bolsa en los cinturones), levanto un solo dedo, pequeño y regordete, pero cargado de rabia, a medida que los caballeros se giraban.
    Justo en el momento en el que estaba abriendo la boca para dejar paso a una retalia de insultos que obligaran a aquellos desgraciados a marcharse, el caballero que estaba sentado de espaldas a el, del cual solo había alcanzado a ver su oscura cabellera larga, se levantó en un instante y se giró para encararse con el tabernero. El hombre no lo aparentaba sentado, pero de pie superaba ampliamente los dos metros.
    Sus ojos, de un color negro como el azabache, oscuro como su pelo, brillaron con agudeza mientras sonreía ante la mirada de asombro del tabernero, que dejo de temblar y poco a poco bajo el dedo amenazante, eso si, dejando la boca bien, bien abierta.
    El caballero vestía una esplendida sobrevesta de lana negra como sus ojos, con un árbol blanco, custodiado por un perro que descansaba sobre las raíces. Debajo de la sobrevesta se podía adivinar una cota de malla, que a simple vista, parecía sin duda alguna forjada en un castillo. Su casco, que portaba bajo el brazo, era un esplendido trozo de metal, moldeado con una gracia que aparentemente solo podría ostentar un dios. El casco, negro de nuevo como sus ojos, estaba moldeado a la medida exacta de la cabeza de su portador, con dos agujeros para los ojos que le permitían una visibilidad parcial, un buen sistema de ventilación mediante pequeños respiraderos situados a la altura de su boca y sus fosas nasales. Pero no era esta simplicidad la que lo dotaba de tanta espectacularidad, sino las dos grandes placas de metal que sobresalían desde la parte trasera del casco, dándole el aspecto de las gigantescas alas extendidas de una águila. De su cinto colgaban una espada larga, con un pomo decorado con un gran rubí, y un guardamanos fino y con forma de uve.

    Al lado de la espada colgaba una bolsa llena de monedas, que el caballero cogió con fluidez y extendió a el tabernero como si el hecho de levantarse, sonreír y darle el dinero hubiesen sido un solo acto.
    -Pasaremos una noche aquí. Díganos donde nos hospedaremos, y así podremos deshacernos de estos ropajes malogrados por las adversidades del tiempo. Los caballos ya se los hemos dado a tu mozo de cuadras, y querremos una jarra de vino y un plato de ese guiso de pato para cada uno. Tomad, con eso debería bastaros.

    El tabernero prácticamente le arrebato de las manos la bolsa, avaricioso por saber que contenía, y fue a la vez una sorpresa y un alivio encontrarse al abrirla el fulgor dorado propio del oro.

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