Díario de un No muerto.

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    JPrieto1396
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    Díario de un No muerto.

    Mensaje por JPrieto1396 el Dom Feb 07, 2016 7:19 pm

    Día 1:
    Es el primer dia de trabajo, estoy tan contento de poder ayudar a mis padres. Por fín van a verme con orgullo, no puedo esperar a que me pagen mi primer lingote de oro. Dicen que el laberinto es enorme, pero con la ayuda de los Barakas el trabajo se facilita. Lo único que tengo que hacer es alzar los bultos llenos de diamantes, plata y oro. Llevarlos ante el encargado de mi división y recibir un lingote de oro por cada diez bultos.

    Día 2:
    Todo va muy bien, me han pagado exactamente como prometieron, he hecho muchos amigos y he conocido tantas cosas. Uno de ellos es Yuishente, otro es Morkantano y también una chica hermosa que dice ser de Warkará, pero yo insisto en que viene desde la mismísima Malakias. Pienso cortejar con ella, y tal vez crear una familia, que ella no trabaje, que me deje todo a mí. Tengo tantos planes para mi vida ¡Gracias a este laberinto, gracias a Thongar!

    Día 15:
    Hoy emos visto al viejo rey Baraka. Llevaba consigo una pequeña caja de metal adornada con demonios de oro. Debe contener algo muy valioso dentro, pues estaba escoltado por más de mil lanceros, no es mi deber pensar en qué es lo que llevan allí, pero la curiosidad es muy grande.

    Día 65:
    La magia de los Barakas nos hace avanzar en el tunel como si hubieran pasado cien años. No entiendo cómo hacen esos hombres, pero son tan poderosos que rompen montañas de roca con solo mirarlas. Algunos de mis amigos me han dicho que en las divisiones más profundas, los hombres están desertando; pues según dicen escuchan una rugido tan grande que hace temblar el suelo. Si me dieran la oportunidad de ir allá abajo, no dudaría en aceptar, quiero escuchar y sentirlo yo mismo.

    Día 100:
    Me he ofrecido para la división profunda de escavación, en donde pagan mejor y dan de comer grandes cerdos a cada trabajador. He estado bajando por más de dos semanas, y los guardias Barakas dicen que no estámos cerca. Que los dioses me den fuerza, no se en qué me estoy metiendo.

    Día 375:
    Cuantos días, cuantas horas de largas caminatas. El equipo me pesa y la oscuridad es agoviante, estoy desesperado. El jefe Baraka nos ha dicho que solo faltan dos días, eso es una luz en esta inmensa soledad, aunque ya me estoy arrepintiendo, tendré que vivir muchos años aquí abajo, pues para salir son tres semanas y cuatro días a buen paso. No hay vuelta atrás, ya estoy hasta el cuello en esto, así que no me queda de otra.

    Día 376:
    Llegamos un día menos de los pensados, tan pronto como bajé mi equipaje, el rugido atronador de un titán escondido en la noche me hizo temblar hasta la médula. Ha valido la pena llegar hasta acá, quiero ver todo, quiero conocer, quiero trabajar hasta el cansancio. No entiendo por qué este extraño sentimiento de hambre, nunca había sido tan curioso y desde que ví esa caja, todo ha cambiado.

    Día 420:
    Resulta que el rugido era producido por una especie de Troll gigante, el hijo de puta estaba atrapado entre dos enormes rocas y los Barakas están haciendo hasta lo imposible para hechizarlo. Me imagino qué harían los reyes de Sarkus al ver semejante bicho, pronto los Barakas dominarán el mundo y no me parece malo; son muy generosos conmigo.

    Día 567:
    La rutina es una mierda, estoy perdiendo la cabeza, quiero ver la luz del Malakias, escuchar el canto de los pajaros, bañarme en un río bajo el cielo estrellado. Todos los días me levanto cuando suena la estúpida trompeta, salgo de mi tienda, me lavo el rostro y agarro mi pico. Desayunamos mientras trabajamos, no descanzamos ni un solo segundo. Los sabios Barakas nos dan una extraña poción azúl que nos quita toda la pereza y aumenta nuestra fuerza. El estrés se propaga entre los trabajadores, algunos se han amotinado y hasta lograron matar a un guardia Baraka. Esto ha generado desconfianza entre los Barakas y trabajadores, las miradas hostiles son comúnes y muchos están desertando. He decidido no volver a escribir en este diario hasta que algo nuevo suceda, pero según van las cosas, en dos años o más se va a terminar la tortura. Extraño a mis padres, quiero verlos y abrazarlos, llevarles todo este oro para que se compren una granja, aquí el oro es basura.

    Día 1095:
    Escribo esto para dar testimonio de lo que ha sucedido en este laberinto. Las construcción ha terminado, he escuchado hablar sobre una corona con poderes extraordinarios. Todo el laberinto es una trampa diseñada perfectamente para matar, no se puede salir de este lugar, los Barakas se han asegurado de asesinar a cada uno de sus trabajadores; pues no quieren que existan personas en la superficie que conozcan el laberinto. Estoy vivo de milagro, me he escapado de la división y he intentado localizar la corona, si la encuentro y la uso podría acabar con todos esos idiotas y salir de aquí. No entiendo a quién estoy escribiendo, creo que la locura invade mi ser.


    Nieve y Polvo: Los reyes de sarkus


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    Re: Díario de un No muerto.

    Mensaje por Ysgramor el Vie Oct 21, 2016 2:24 am

    murio? pintaba bien
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    JPrieto1396
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    Re: Díario de un No muerto.

    Mensaje por JPrieto1396 el Jue Ene 12, 2017 5:14 am

    Otra versión de la misma historia

    Hace ya varios años abandonamos nuestros hogares. Los grandes sabios Barakas y sus promesas llenas de mentiras nos llevaron a cometer atrocidades en este agujero pútrido y oscuro.

    Mi hermano ha muerto bajo mi propio mandato, muchas familias han sido masacradas y sus aldeas arrasadas. Niños, mujeres, ancianos y guerreros; Todos pasados por el filo de mi espada y mi insaciable ambición. Soy un hombre con el alma muerta, llena de oscuridad, maldito por un ser superior que solo quiere ver el universo cubierto por una eterna capa de desgracia y terror. Y mi única escapatoria es el regicidio.


    Nací en Libor hace veinte años, me críe como porquerizo y crecí rodeado de gente rica que eran expertos en el arte de hacer sentir mal a los pobres. Asesiné por primera vez a la edad de siete años, una bruja loca que siempre escupía en mi sopa por el mero hecho de ser más pobre que ella. La muy puta no tenía nada que la diferenciara de mi familia, pero sólo porque su hijo era un grán guerrero saqueador, se sentía superior y nos hacía la vida imposible.

    En cierta ocasión envió a su hijo que con el grupo de maleantes destrozó nuestros puercos y se robó el poco grano que nos quedaba. Mi padre casi muere de un infarto, mis hermanos mayores insistieron en ir a por la bruja y su hijo, pero mi señor no era un guerrero. No dije ni una palabra, y esa misma noche salí de la casa con cuidado de no ser descubierto, ayudado por las sombras.
    Me infiltré en la casa de aquella vieja desquiciada, tomé un cuchillo, y sin darle tiempo a despertarse, le enterré el filo en el cuello, le aplasté la cara con su propia almohada y con gritos ahogados de desesperación, el problema de mi padre se esfumó; o eso pensaba yo.


    Resulta que el hijo de aquella puta se enteró, fue a mi casa, mató a casi toda mi familia mientras me obligaba a observar. Cuando al fin, se propuso a terminar mi sufrimiento. Un Baraka enorme entró y con un simple traqueteo en los dedos las cabezas de los mercenarios estallaron en pedazos. Mis hermanos huyeron despavoridos, ciegos por la sangre de nuestros padres y heridos por las garras del matón que vengaba a hierro.

    El hombre salvador, anciano, vestido con una túnica azul me obligó a seguirlo. Compró dos caballos blancos y cabalgamos al sur, adentrándonos en el enorme desierto de Sofar.

    No dijo palabra alguna en varias semanas, y cuando lo hizo fue para privarme de la vista con un saco de cuero. Entramos en una ciudad, lo sabía por el sonido de los mercaderes y la plebe. Hablaban en el hermoso idioma Baraka, y el aire estaba impregnado por un olor a rosas muy agradable, pero algo me hacía sentir incómodo, aunque no sabía qué era.
    El viejo se hacía llamar Dartaían, un anciano lleno de vigor con una magia tan poderosa que cualquier rey en el planeta temería enviar un ejército a su encuentro. Me presentó a todos sus asistentes, aprendices que deseaban ser iguales de poderosos, vestidos con capas rojas y cotas de malla plateadas. Una de ellas era hermosa, fue el primer amor de mi vida, hasta pensamos en casarnos en varias ocasiones, pero el viejo no nos dejaba acercarnos, parecía su padre y yo odiaba eso.

    En aquella ciudad misteriosa, me entrenaron hasta el punto de convertirme en un guerrero altanero, lleno de fuerza y valía. No había hombre en todo Sofar que pudiera derrotarme, llegué a ser tan fuerte y temible que muchos de aquellos idiotas que osaban a enfrentarme se unían a mi mesnada para ser mis discípulos.  Tantos fueron aquellos que intentaron mostrar su valía, tantos jóvenes guerreros quisieron enfrentarse al más valiente y prestigioso guerrero en el reino, que a la final terminé por formar un ejército numeroso.

    Una vez conseguí mi hueste, el viejo Dartaían me dio varios objetivos. Saquear, robar, asesinar y esclavizar a los enemigos del rey. Pero el más importante de todos: Encontrar un lugar inhóspito y desagradable, para esconder un tesoro maldito que nadie puede tener en sus manos. Mis aventuras me llevaron por todo el desierto, aquellos indeseables que osaban a poner en duda el derecho al trono de nuestro señor Almagor II cambiaban de parecer una vez les mostraba mi acero. Cumplí con todos los objetivos, cada vez haciéndome más y más poderoso. Un general rebelde me desafió a un duelo, pero al verme en persona huyó como un perro herido a esconderse al sur, en el valle oscuro. No fui un vago, y no me importaba perseguir a mis enemigos hasta el fin del Katharis. Varios meses se escondió en aquellos bosques negros, pero de nada le valió. Allí, en el valle oscuro había una cueva bastante parecida a lo que el señor Dartaían me pedía. Construí un largo camino de piedras desde la aldea pantanosa hasta la caverna y volví de inmediato con mi señor. Al ver la enorme y desafiante boca de la caverna, Dartaían sonrió y me dio las gracias. “Parece la boca de un enorme Lobo a punto de tragarse una presa invadida por el miedo” Dijo, dio media vuelta, y cabalgó hasta su ciudad escondida.

    Al volver, traía consigo un ejército de trabajadores y expertos en excavación. Me presentó al ingeniero y me explicó que allí abajo construirían un laberinto para albergar la corona maldita que había heredado el rey. Aquella corona de la que tantos hablaban, poseída por mil demonios y tan hermosa como el propio Malakias al amanecer. Mi trabajo consistía en el cuidado de los esclavos y trabajadores, muchos de ellos intentaron desertar, y maldita sea la lealtad; Gracias a ella, ordené la muerte de todos los desertores, su decapitación y la exposición de cabezas podridas a la entrada de la caverna.
    Después de cumplida mi voluntad, volví desde la aldea pantanosa para continuar con mi trabajo. Pero gran sorpresa me llevé cuando vi entre aquellas cabezas las de mis tres hermanos. La tristeza que sentí fue tan grande que intenté suicidarme lanzándome al vacío oscuro de la caverna. Pero el viejo Dartaían con solo tocarme el hombro me hizo despertar, todo lo que hice lo hice por un bien; Evitar que la corona siga corrompiendo el mundo.

    El día final de la construcción, conocí al rey en persona. Un hombre enorme, con una armadura rojiza oscura que parecía tragarse la luz del Malakias. Allí en el valle oscuro se veía negra, y dentro de la caverna, los colores de las plantas luminosas se reflejaban en ella como un espejo. Almagor llevaba consigo una caja, en donde guardaba la corona maldita. Tras él iba toda su guardia real, doscientos caballeros Barakas con armaduras blancas y espadas enormes. El propio Rey en persona me felicitó y me nombró caballero. Aquél día es inolvidable, me entregó mi propio escudo de armas y una espada adornada con rubíes de todos los colores, espada que hoy en día sigo amando.

    Una vez enterrada la corona, la orden de masacrar a cada uno de los trabajadores fue dada. Ninguna persona fuera de la realeza y la nobleza podría salir con vida del laberinto, pues cualquiera que conociera un mínimo detalle de la estructura del laberinto sería una amenaza para la humanidad. Incluso el ingeniero fue asesinado, pues era el más peligroso de todos, recuerdo cómo lloró ante los pies del rey, mientras yo mismo le arrancaba la cabeza con un cuchillo pequeño. Me arrepiento de aquello, y de saber lo que hubiera pasado, no lo habría hecho.

    Mi título de caballero no duró mucho tiempo, fui detenido por orden de Dartaían y enviado al laberinto. Me encerraron en una de las millones de estancias que tiene aquella bestia de oro y me quitaron todo lo que tenía. El viejo maldito me dio una poción de inmortalidad, una poción encantada por sus propias manos que solo sería rota por la sangre de la realeza. Dartaían no era el mismo, siempre hablaba sobre la corona y una oscuridad temible invadió su ser. Me dijo que enviaría a alguien para recuperar la corona, pues ni él mismo se atrevía a ir a las profundidades del laberinto; en donde la oscuridad era negra y  los monstruos habitaban libremente. Y mi única oportunidad de salir de allí era asesinando a quién la encontrara, salir de allí con vida y dársela para hacerse con el control del reino. Me encomendó una pequeña llave purpura, tenía la cabeza de un lagarto grabada y era tan brillante que iluminaba toda la celda. No me dijo para qué la necesitaba, pero si me dijo que si la perdía, algo aún peor que la muerte me esperaba.

    Escupí en su cara cuando me dijo aquello. El viejo no dijo más y se marchó dejándome en este maldito laberinto sin salida. Muchas veces me acerqué a las puertas, pero estaban cerradas y una plaga de Bultars amenazaba con tragarse mi cerebro. No llevo la cuenta exacta de cuántos años he estado en esta mazmorra gigantesca. Pero son más de quinientos años y estoy impaciente por aquella persona que vendrá a sacar la corona. Quiero sangre y cada vez estoy más ansioso por matar, no me basta con matar demonios de la oscuridad, reptiles gigantes o Bultars podridos. Quiero sangre Baraka, quiero acabar con todos los hombres de la tierra.


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    Re: Díario de un No muerto.

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