El Retorno de las Cenizas.

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    SirAlbert II
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    El Retorno de las Cenizas.

    Mensaje por SirAlbert II el Sáb Dic 08, 2012 4:13 pm

    Traigo al foro un artículo que he encontrado acerca del retorno de las cenizas de Napoleón I. Si os gusta Napoleón,os aseguro que este artículo os emocionará.


    Fuente: Instituto Napoleónico México-Francia. Artículo traducido de Alain Decaux, profesor de la Academia Fracesa,Gran oficial de la Legión de Honor,Gran-Cruz de la Orden Nacional del Mérito y Comendador de las Artes y las Letras. Instituto Napoleónico México-Francia.


    EL RETORNO DE LAS CENIZAS


    El destino terrestre del EMPERADOR NAPOLEÓN se acaba aquí: la leyenda hace un alto en la historia con el regreso de las cenizas, toca tierra antes de retomar su vuelo. Uno se imagina lo que hubiese podido ser una oración fúnebre pronunciada en esa ocasión por el Águila de Meaux, y ya se oye la voz fuerte de Bossuet y sus graves palabras sobre la fragilidad de las grandezas humanas.


    El 12 de Mayo de 1840, los diputados que se aburrían en su sede parlamentaria, pudieron ver en el día gris y triste del Palacio Borbón, un hombre vestido de negro subir los escalones de la tribuna. El Sr. De Remusat, ministro del Interior, mostraba como de costumbre un aspecto rezongón e inclinaba en dirección de los escalones su rostro huraño. Apenas miró a sus honorables colegas y, con su voz sin calidez alguna, habló: - Señores, dijo, el rey ha ordenado a S.A.R. Monseñor el príncipe de Joinville dirigirse con su fragata a la isla de Santa Elena para recoger los restos mortales del Emperador Napoleón.





    De golpe, la átona asamblea pareció sacudida, como si hubiese recibido un choque eléctrico. Los más adormecidos se despertaron. Tras el primer instante de estupefacción, una intensa emoción se traducía en sus rostros. Hubo, en todos los escaños, un “largo murmullo de alegría”...
    De manera evidente, ya desde entonces, la idea flotaba en el aire. Desde el 2 de octubre de 1830, la Cámara debió pronunciarse acerca de una petición que reclamaba que los restos del Emperador fuesen llevados de regreso a Francia y puestos al pie de la Columna Vendôme. El general Lamarque defendió la propuesta con un vigor todo militar.
    La mayoría rechazó el proyecto. Víctor Ruga iba, en unos versos abrumadores, a lanzar a los diputados “prudentes”:

    Tenéis miedo de una sombra
    Y miedo de un poco de ceniza.
    ¡Ah! ¡Sois pequeños!



    Diez años pasaron...
    Luis Felipe designo como principal ministro a un “pequeño abogado revoltoso” quien había publicado, con un vivo éxito, una Historia de la Revolución francesa.
    En 1840, Thiers, todavía en el poder, se puso a volver a pensar en aquella gran idea: el regreso de los restos mortales de Napoleón. Sinceramente, admiraba al Emperador. Además, sutil maniobrero, político astuto, percibía perfectamente cuanto la opinión francesa se mostraba decepcionada por nuestros fracasos en Oriente y la pasividad con la cual el gobierno sufría las altivas lecciones de Inglaterra.





    Del sueño, Thiers pasó rápidamente a la realidad. Dio parte de sus meditaciones a Luis Felipe. En un principio, el rey-ciudadano dudó. Ciertamente, él mismo había tomado la iniciativa de hacer colocar nuevamente, sobre la Columna Vendôme, la estatua del Emperador. Ciertamente, le agradaba bastante oírse llamar “el Napoleón de la Paz”. Pero de eso a repatriar los restos de aquel quien había dicho que todo Borbón era para él un enemigo personal... Había en Francia fermentos que tal vez valía más no reanimar. ¿Hacer repentinamente flamear – y tan alto - la gloria del Hombre, no era jugar al aprendiz de brujo?
    Thiers, ante sus dudas, se hizo apremiante. Luis Felipe cedió. Fue Guizot, nuestro embajador en Londres – el frío, el compasado Guizot – quien tuvo que presentar a lord Palmerston el requerimiento francés. A decir verdad, el Primer ministro no se sorprendió en lo más mínimo. Esperaba la demanda a pie firme.
    Mi maestro y primo Jean Bourguignon, en un notable libro, ha reconstituido el enredo delicado de aquellos tractos subterráneos (1). El gobierno británico temía más que a nada los tejemanejes del gran agitador irlandés O'Connel. Ahora, éste, debidamente reprimido por el rey José, hermano del Emperador – quien actuaba según los consejos de Luis-Napoleón, el hijo de la reina Hortensia, el futuro Napoleón III - se preparaba para conminar literalmente al gobierno inglés a regresarle a Francia el cuerpo del prisionero de Santa Elena. Palmerston fue advertido. Decidió anticiparse al irlandés. Previno secretamente a Thiers que Inglaterra estaría toda dispuesta a dar satisfacción a una petición de restitución de las cenizas imperiales. El comunicado trajo probablemente con él la última decisión de Luis Felipe.





    Fue entonces, el 12 de mayo, cuando el Sr. de Remusat subió a la tribuna del Palacio-Borbón e hizo su sensacional declaración; nadie se lo esperaba. De las negociaciones, nada se había sabido. El Sr. de Remusat, escuchado con una atención apasionada, proseguía:
    - Venimos a pediros los medios de recibirlo dignamente en la tierra de Francia y de erigir a Napoleón una tumba.
    En ese instante estalló un aplauso “casi unánime”. Por aclamaciones, una Comisión fue nombrada para estudiar el proyecto. Se reunió sin demorar, encontró la propuesta “mezquina”. ¡No era una fragata lo que se debía enviar a Santa Elena, sino una escuadra, y no era bajo la Columna Vendôme donde se debía inhumar al Emperador, sino en los Inválidos!





    EL PEREGRINAJE DE LOS FIELES


    El 7 de octubre de 1840, al final del día, el marinero apostado en el trinquete de la “Belle-Poule” emitió de repente un largo grito:

    - ¡Santa-Elena; Santa-Elena!

    Tuvo lugar, sobre el puente, una riada hacia el frente. Viejos y jóvenes, lisiados y válidos, corrían. Esperanza frustrada. La noche cayó sin que se pudiera distinguir tierra. Hubo un reencuentro durante la merienda, en torno a la lámpara contra tormentas de la cámara de oficiales. Se habló poco. Cada uno soliloquiaba con el pasado – un pasado que era la Historia.
    Extraña reunión. En torno a Joinville – veintitrés años, con toda la barba – que la emoción embargaba, estaban todos ahí, los supervivientes de la epopeya, los compañeros del exilio, los fieles de la hora última. Ahí, Bertrand, el ex-mariscal Corte imperial, quien, silencioso, inclinaba hacia la mesa su rostro arrugado, enmarcado por patillas entrecanas; ahí, Marchand, discreto, recogido, vestido con el uniforme de teniente de estado mayor de la guardia nacional, quien se acordaba tal vez que cuando moría Napoleón había dicho del modelo de los mayordomos: “Los servicios que me ha prodigado son los de un amigo...”






    Ahí, Emmanuel de Las Cases, quien dirigía tal vez un pensamiento a su viejo padre – el autor del Memorial, el primer creador de esta Leyenda, que era la causa directa y primordial de este viaje; enfermo, ciego, él no había podido dejar Francia. Emmanuel, único de los Las Cases, volvería a ver esa isla en la que, muy niño, algunas noches, debía escribir tantas páginas bajo el dictado paterno, tantas páginas en las que se inscribía epopeya...
    Ahí, el joven Arthur Bertrand quien debía rememorarse su infancia en esa isla de Santa Elena en la que había nacido y de la cual, mañana, pisaría el suelo; ¿Acaso no repetía su madre riendo que él era el único francés en haber entrado en la isla sin permiso del siniestro Hudson Lowe? Más lejos, los “sin-grado” estaban ahí, ellos también: Alí, Pierron, Archambault, Noverraz, Coursot... Un lugar estaba vacío: el de Montholon. Tras haber recibido el último suspiro del Tío, se había puesto al servicio del sobrino, ese joven Luis Napoleón quien, pronto, en Boloña, trataría – proyecto aparentemente insensato - de derrocar a Luis Felipe...
    En los rangos de los compañeros de cautividad, la muerte había segado ampliamente: muerto Antommarchi. Muerto O'Meara. Muertos Buonavita y Vignali. Un médico y un cura, agregados a la expedición, tomaban su lugar: el doctor Guillard y el abate Coquereau.

    Habían dejado Tolón el 7 de Julio en la noche. En conserva, la fragata “la Belle-Poule” y la corbeta “La Favorite” habíanse hecho a la mar – por tres meses. Tres meses de sueños absortos y emocionantes. Tres meses de coloquios con la gran sombra. Joinville, príncipe de bello humor, escuchaba primero educadamente los relatos de aquellos testigos. Pronto, les oyó con un interés conmovido. Emmanuel de Las Cases releía en voz alta el Memorial, y todos estaban atentos a esta lectura como los creyentes la de los textos sagrados.
    Se durmió poco, aquella noche del 7 al 8 de octubre, en la “Belle-Poule”. Antes del alba, todos estaban sobre la cubierta. A las cuatro, al levantarse el día, reconocieron al fin los peñascos de Santa Elena. Se hubiera dicho - Las Cases lo notó - una “vasta torre sacada del océano”. Los 800 metros de altitud de aquel peñón surgido de las aguas imponían la imagen. Poco a poco, la isla se precisaba. Percibieron la meseta de Longwood, con sus árboles de goma que marcaban los linderos de ésta. Longwood... Los viejos compañeros no pudieron retener sus lágrimas. Así, ante ellos, frente a sus ojos, se elevaba la última prisión de aquel hombre que tanto habían amado...





    La jornada estaba demasiado avanzada para que se desembarcara. No fue hasta el día siguiente, a las once, cuando la misión inició el ascenso de la escalera marina de piedras resbalosas; en 1815, un pequeño hombre verde de máscara impasible las había subido. Contenida por una barrera doble formada por trescientos hombres del 91º regimiento de infantería, la población, como antaño, se apiñaba, silenciosa, con la cabeza descubierta.
    Detrás del príncipe de Joinville y su ayudante de campo el comandante Hernoux, y el comisario del Rey, el conde de Rohan-Chabot, Gourgaud, Marchand, Las Cases y el abate Coquereau se dirigieron hacia Plantation House, residencia del gobernador. Se habían preparado veinte caballos para los franceses.
    Lord Middlemore no recibió en un principio más que a Joinville y a Rohan-Chabot. La entrevista duró una hora. Enseguida, el gobernador octogenario apareció en el umbral del salón, recargado sobre su hijo y dijo con gran nobleza:
    - Señores, el jueves 15 de octubre, los restos mortales del Emperador Napoleón serán entregados en sus manos.





    ¡El Emperador Napoleón! Amarga ironía. El gran jefe cautivo había combatido hasta su hora última por Hudson Lowe le llamase por el título que un Papa había consagrado. Obstinado, Lowe no quería reconocer en su prisionero más que al “general Bonaparte”. Veinte años más tarde, en la residencia del gobernador de Santa Elena, una boca inglesa – y oficial - pronunciaba: “El Emperador Napoleón”. Desde más allá de la tumba, el combate trágico estaba ganado.
    Al dejar Plantation House, la pequeña tropa se dirigió hacia la Tumba. Con el corazón encogido, los peregrinos del recuerdo reconocían el sitio que antaño Napoleón había tocado. Cuando vivía en Hutsgate, el Emperador había bajado a este vallejo, se había acercado a una fuente y había bebido de ella. Le había gustado el sabor del agua, se había quedado un tiempo en este hueco en donde bajaba lentamente el crepúsculo. Ningún ruido más que el del agua que fluía, hojas que susurraban. Una paz inmensa. Napoleón, al dejar el lugar, había dicho a Bertrand:
    - Bertrand, si después de mi muerte, mi cuerpo se queda entre las manos de mis enemigos, lo depositareis aquí.
    Su deseo había sido cumplido.

    La misión silenciosa bajó a la ondulación del “Tazón de Ponche”. Los hombres pusieron pie en tierra, fueron hacia una barrera pintada de negro. De una garita – negra ella también - un viejo sargento salió y saludó. Entonces, descubrieron la tumba: “una reja de hierro, una lápida sin nombre”. De los dos sauces que otrora daban sombra a la piedra, uno estaba muerto; el tronco seco yacía en la tierra. Los amigos del Emperador cayeron sobre sus rodillas. El abate Coquereau murmuraba ardientemente una plegaria. El joven Arthur Bertrand vacilaba; estaba tan blanco que los demás creyeron que se iba a desmayar.
    El peregrinaje a Longwood siguió a la visita a la Tumba. Había empezado a llover. La larga casa baja se dibujó ante los ojos de los visitantes, en medio de la planicie desolada... Todo parecía abandonado. Las hierbas se habían apoderado de la avenida.
    No más prados, sino landas de borregos. Se acercaron: Longwood caía en ruinas. Un granjero la ocupaba; todo estaba abandonado. No más vidrios en la veranda. No más ventanas, ni puertas, ni chimenea en el salón. Sobre el piso podrido, un molino para ahechar cuya parte superior perforaba el plafón.





    Marchand quiso servir como guía para el príncipe de Joinville. Pero, él que había vivido ahí durante seis años sin jamás dejar al Emperador, ya no reconocía nada. Quiso mostrar la recámara y el estudio de trabajo: encontró una caballeriza “con sus pesebres y su estiércol”. Gourgaud estaba rojo de indignación. Emmanuel de Las Cases miró a los ingleses y salió bruscamente. Los demás consideraban con pesar el comedero, el pesebre que señalaban el lugar en el que el Emperador dictaba sus campañas. “Del clavo en el que enganchaba su espada colgaba el ronzal de un amuleto. Unos tablones cegaban las ventanas. El suelo estaba cubierto de estiércol (2).”
    Recorrieron rápidamente los jardines diseñados y plantados con tantos esfuerzos. No quedaba nada de ellos, fuera de unas siemprevivas, sembradas por el Emperador, y que – como un símbolo de verde y oro se habían extendido en abundancia. Enseguida, bajo la lluvia que caía siempre, se fueron...





    LA EXHUMACIÓN


    El 14, a medianoche, llovía todavía. La noche era fría, de una humedad que helaba. Cerca de la Tumba, dos tiendas se erguían, iluminadas por la luz temblorosa de antorchas y de faroles sostenidos por soldados ingleses. Bertrand y Gourgaud, Las Cases y Marchand, Arthur Bertrand, el abate Coquereau con sus niños de coro, Alí Saint-Denis, Novarraz, Pierrón, Archambault, esperaban cerca del conde Rohan Chabot, de los capitanes de corbeta Cuyet, Charner y Doret, del doctor Guillard y del obrero plomero Leroux. Joinville se había quedado a bordo, para protestar contra la decisión inglesa: la exhumación, había ordenado Londres, tenía que ser hecha por británicos.
    El trabajo comenzó. Las plantas fueron recogidas con esmero. Se desellaron las lozas; se les colocó a un lado. Luego se empezó a quitar la tierra. El pequeño grupo de franceses, transido, mudo, estaba atento al ruido de cada paleada.
    A las cuatro, los picos golpearon un obstáculo sólido: la fosa de mampostería. Rohan y el capitán Alexander – comisario británico – descendieron a la excavación y constataron que la mampostería estaba intacta. Se precisaron tres horas para romperla.
    Se levantó el día, gris y apagado. La lluvia envolvía a las cosas y a las gentes con un halo un poco irreal. En esta claridad triste, la loza de la fosa apareció al fin.
    El capitán Alexander dijo:
    - Señores, seis pulgadas apenas nos separan en este momento del féretro de Napoleón.
    Se debió llevar a cabo aún un duro esfuerzo para levantar la loza y quitar la tierra de la fosa. Eran las nueve y media, cuando los sepultureros, agotados, se detuvieron. La caoba del féretro relucía bajo los rayos pálidos y mojados de un sol invisible.
    El trabajo se detuvo. El abate Coquereau, portando sus ornamentas, se acercó, recitó las primeras plegarias. Inmediatamente después, se comenzó a izar el pesado féretro. Doce soldados de infantería se apoderaron de él, lo levantaron con dificultad sobre sus hombros y lo llevaron bajo la tienda instalada en la capilla ardiente. El abate acabó las plegarias para el levantamiento del cuerpo...





    El momento tan esperado, tan temido por los amigos del Emperador, había llegado. Bertrand, Gourgaud, Marchand se sofocaban. Sus viejos corazones se estrechaban en la tenaza de su esperanza y de su angustia. El féretro iba a ser abierto... ¿Pero qué espectáculo iba a aparecer, qué horrorosa imagen tal vez de aquel hombre quien, para ellos, seguía estando tan prodigiosamente vivo?
    Por invitación del conde de Rohan-Chabot, el doctor Guillard se dispuso a abrir el féretro. Primeramente, se quitó completamente el primer féretro de caoba. Había sufrido alteraciones (3). El segundo féretro, en plomo, se encontró de este modo al descubierto. Lo abrieron y hallaron una segunda caja en caoba - ésta perfectamente intacta. Fue imposible dar vuelta a los tornillos, cuando hubo que aserrar los de la primera cubierta. Un tercer féretro de hojalata apareció: era la última capa (4). Lentamente, cortaron la soldadura y levantaron la placa superior.

    Todos se asomaron con ansiedad, una emoción llevada al paroxismo. Un simple satín algodonado, blanco, cubría el cuerpo de Napoleón de quien se adivinaba la forma indecisa. El doctor Guillard tomó la envoltura por una extremidad y la enrolló, yendo de los pies hasta la cabeza.
    ¡Conmovedora sorpresa!
    El cuerpo estaba intacto. El Emperador estaba ahí, presente, tal como en sí mismo la eternidad lo había captado, tal como lo habían visto vivir y morir sus viejos compañeros. El rostro, rejuvenecido por la muerte, parecía el de un hombre dormido. Su carne parecía de mármol. El uniforme célebre, el gran cordón de la Legión de honor habían conservado su lustre. Pero las costuras de las botas habían cedido. Se podían percibir las puntas de los dedos de los pies.





    Una increíble grandeza, una serenidad inmensa emanaba de esa realidad. Marchand, Gourgaud, Bertrand, impactados, volvían a ver la imagen misma que nunca, de su espíritu, había podido salir. Bertrand volvía a ver aquella mano inalterada – tan bella – que había apretado durante la puesta en el féretro. Marchand contemplaba los objetos que él mismo había colocado en el féretro. El legendario “sombrerito” cubría el pantaloncillo blanco. Gourgaud sollozaba sin moderación. Todos lloraban. Bertrand temblaba convulsivaemente.
    Minuto único. El doctor Guillard rompió el encanto; en voz baja, propuso levantar el cuerpo para proseguir su examen; unos jarrones se encontraban en el féretro, conteniendo las víceras. El médico quería abrirlos. Violento, Gourgaud se interpuso: ¿no habían acaso reconocido al Emperador? ¡Así pues, que no se permitiera profanación alguna! Guillard se inclinó. Cada uno llenó sus ojos de la increíble visión. Luego, el médico, piadosamente, volvió a colocar el satín.
    Se había traído de Francia un féretro monumental de ébano, chapado en su interior de plomo. Se llevó hasta él las tres cajas primitivas, vueltas a cerrar una a una. Las cinco envolturas así obtenidas fueron protegidas por un sexto féretro de roble. Todo esto componía una masa enorme. Hicieron falta cuarenta y tres hombres para llevarla hasta la carroza fúnebre. Ahí, se le revistió con el velo traído de Francia: “terciopelo violeta salpicado de abejas de oro y bordado con armiño” (5).





    Bertrand y Gourgaud, Las Cases y Marchand, fueron a colocarse cerca de las esquinas bordadas de “N” rematadas con la corona imperial. Las cogieron. Luego el cortejo se puso en marcha en dirección de Jamestown. Se caminaba en el lodo. Los caballos resbalaban. La lluvia, siempre...

    De toda la isla, los “santos” (6) habían venido. Estaban en grupos apretados, detrás de dos filas de soldados. La muchedumbre se quitaba el sombrero al paso del cortejo, luego, una vez que éste había pasado, corría detrás de él. Cuando se llegó a Jamestown, eran las cinco media. La lluvia, finalmente, había cesado. La ciudad temblaba bajo las salvas incesantes, cuyas ráfagas de confundían. Las baterías del puerto disparaban. El puerto de High Knoll disparaba. Los navíos ingleses disparaban. Los navíos franceses disparaban.





    La carroza fúnebre se detuvo cerca del desembarcadero. La bóveda celeste, extrañamente, se había liberado de sus nubes, “el cielo habiéndose tornado azul, apunta Las Cases, parecía iluminado por un reflejo del sol de Austerlitz.” El príncipe de Joinville, en gran uniforme, rodeado el estado mayor de los navíos franceses, avanzó hacia el carro. Tomó el agua bendita que le presentaba el abate Coquereau. En ese instante, los navíos – pintados de negro – izaron sus pabellones.
    Lord Middlemore hizo algunos pasos en dirección de Joinville y, oficialmente, entregó a Francia los restos de su Emperador.
    La música de la Belle-Poule empezó a tocar aires fúnebres. Se embarcó el féretro sobre una chalupa. Joinville se colocó en la cruceta. Los compañeros de Napoleón se embarcaron. Lentamente, en el crepúsculo, la chalupa se alejó del muelle. A las seis y media, se acercó a la fragata.
    Toda la tripulación de la Belle-Poule estaba de pie en los travesaños del mástil. Los oficiales se mantenían firmes, con el sable desenvainado. La noche había caído en ese momento.





    EL REGRESO DEL EMPERADOR





    Se alzó al féretro sobre el puente iluminado por antorchas. El abate Coquereau dio la absolución. Toda la noche, el cuerpo se quedó sobre el puente, en una capilla ardiente, velado por cuatro centinelas de honor relevados cada hora. Uno por uno, los oficiales en gran uniforme fueron a tomar su guardia.
    El viernes 16 de octubre, a las diez de la mañana, frente a toda la tripulación, el abate Coquereau, solemnemente, celebró la misa de los muertos, tras lo cual, el cuerpo del Emperador fue bajado a la entrecubierta; desde la salida de Tolón, se había adaptado en ella una capilla ardiente.
    El 18 de octubre, en la mañana, la Belle-Poule se hizo a la mar. Napoleón bogaba hacia Francia..

    29 de noviembre de 1840, seis de la tarde: la Belle Poule reconoce los fuegos de Cherbourg. El día siguiente - un domingo – el navío entra en la gran dársena. Arbola pabellón imperial...
    Durante el viaje, se enteraron de que una guerra amenazaba entre Francia e Inglaterra. La sempiterna cuestión de Oriente era el pretexto. Joinville hizo armar su fragata. Dijo a la tripulación:
    - ¡Con el féretro de Napoleón a bordo, podemos morir; pero ser capturados, jamás!





    La tensión se calmó, afortunadamente. Pero otra noticia ha llegado a los viajeros: durante el mes de agosto, el joven Luis-Napoleón ha desembarcado en Boloña con cincuenta hombres y ha tentado un bastante ridículo “golpe de estado”. Ha fracasado, ha sido echado en prisión, juzgado por los Pares, condenado a prisión perpetua... En ese momento, acaba de ser llevado al fuerte de Ham, al mismo tiempo que Montholon, quien estaba metido en el asunto. ¡El viejo general, después de haber compartido el cautiverio del tío, va a vivir la del sobrino!





    Luis Felipe, en esa época, se preguntó si había tenido razón de seguir el consejo del pequeño Thiers. Jamás la Leyenda ha sido tan omnipresente, insinuante, peligrosa... Los buhoneros propagan en todo el país miles de canciones, de endechas, de imágenes que, celebrando el regreso des cenizas, exaltan el gran recuerdo. ¿Qué hacer? Es demasiado tarde. El rey-ciudadano jugará pues el juego.
    En Cherbourg, la muchedumbre congregada en el muelle deja estallar su entusiasmo. Grita “¡Viva el Emperador!”. Cantan sobre el aire de la Marsellesa los versos sorprendentes de un poeta local:


    Bons habitants de cette ville,
    Sachez correspondre a l'honneur
    Que vous fait le prince de Joinville
    Pour les cendres de votre Empereur (bis).
    Que tout le monde soit en armes.
    Soldats, bourgeois, citoyens,
    Quittez vos travaux et vos biens,
    Accourez, sur lui versez des larmes!
    Suivez votre Empereur,
    A son char attachés.
    Marchez ! Marchez!
    Que de vos pleurs vos pas soient arrosés! (7)



    O bien, sobre otra música:

    Français, pour nous quel jour de gloire,
    Le grand homme est donc revenu...



    Más de sesenta mil personas son admitidas a bordo de la Belle-Poule y desfilan ante el cuerpo. El frío es vil. El pueblo espera, en interminables filas, durante horas. Frente al catafalco, uno se detiene y dobla la rodilla. Algunos hombres lloran. El puente está sembrado de ramos de flores, de coronas.
    El 8 de diciembre, después de una última y grandiosa ceremonia, se transporta el féretro a bordo de un barco fluvial, el Normandie. Siguiendo la costa, luego remontando el Sena, va a subir hasta Rouen. Ahí, una nueva trasferencia tendrá lugar, sobre un barco de débil calado, la Dorade.





    ¡Admirable semana! Lentamente, la flotilla fúnebre remontaba los meandros del río. En las riberas, todo un pueblo - citadinos, pescadores, campesinos, obreros, hombres, mujeres, niños – se inclinaban ante los restos mortales del Hombre. Cada cierta distancia, una silueta temblorosa se destacaba en el cielo gris: el traje de uniforme agujerado por el tiempo, las charreteras desdoradas, los zapatos destaconados, los vieux de la vieille estaban ahí. Con frecuencia habían venido a pie, cojeando, caminando toda una noche en el desierto glacial. Y entumecidos en un último “garde à vous”, cargadas lágrimas caían en los rudos mostachos que el frío escarchaba, los grognards (9) saludaban por última vez a su Emperador...
    .
    El 14 diciembre, el cuerpo del héroe arribó a Courbevoie. En el cielo, el abate Coquereau vio planear una gran águila, que el frío sin duda había echado de los bosques... Para entonces, ya una muchedumbre inmensa acudía. Miles de parisinos no querían esperar los fastos oficiales. Uno de los primeros en subir al barco fue el viejo Soult, el antiguo mayor-general de Waterloo, y quien había, tan estrepitosamente, renegar de su señor, tratado por él de aventurero. Ante el féretro, se “prosternó”.





    Toda una masa de grognards, de “viejos mostachos” se estrechaba en la ribera y no quería irse. La noche cayó. No se movían. Como antaño en Rusia, en España, en Polonia, volvían a encontrar sin esfuerzo las costumbres nunca olvidadas. Los vivaques surgían de la tierra, y, alrededor de las fogatas, los viejos granaderos, los mamelucos, los antiguos lanceros, se instalaban en orden preciso velando sobre el barco de la misma manera en que otrora montaban guardia alrededor de la tienda de campaña del Rapadito (10)...
    Un testigo cuenta que en medio de la noche se vio aparecer dos siluetas envueltas en largos mantos. Una voz gritó por costumbre: “¿¡Quién vive!?” La respuesta surgió, estalló en la obscuridad: “¡Oficiales de ordenanza del Emperador!”. De un brinco, todos se pusieron de pie. Estaban “engalanados como antaño”, el conde de Montesquiou, antiguo coronel, y el barón Dumoulin, héroe de la campaña de Francia.

    El 15 de diciembre, a las cinco de la mañana, el cañón de los Inválidos comenzó a retumbar. Hacia las nueve, la carroza fúnebre fue a arrimarse al desembarcadero de Courbevoie, edificado en forma de templo griego. Era una enorme máquina, de una longitud de diez metros, de una igual altura, de cinco metros de ancho y de trece toneladas de peso. A pesar del amontonamiento de símbolos, de genios, de renombres, de banderas, de las águilas, de las abejas, de las N, de las victorias, de las guirnaldas, al conjunto no le faltaba garbo. El edificio estaba a la medida de su aplastante destinación. Dieciséis caballos encaparazonados de oro lo jalaban, y una gran gasa violeta bordada de abejas lo rodeaba “como una nube” Y, en volutas ligeras, flotaba tras de él.





    En el momento en el que se colocaba el féretro sobre la carroza, miles de voces juveniles se elevaron. Cantaban la Marsellesa. Cuatro mil estudiantes del Barrio latino se habían dirigido al puente de Neuilly. Cada cierta distancia, el canto fue retomado por la muchedumbre que esperaba hasta el Arco de Triunfo de la Estrella.
    Siempre, y de todas partes, el cañón retumbaba. Las campanas de las iglesias repicaban a todo dar. Las ventanas temblaban bajo el estruendo.
    Majestad, entráis en vuestra capital...

    Entraba bajo la nieve. Ésta había empezado a caer. Ni uno solo entre el millón de espectadores formados entre el puente de Neuilly hasta los Inválidos se movió. ¿Quién, por el precio de una bronquitis, hubiese querido faltar a esto: el regreso del Emperador?

    Se cantaba, se gritaba. Se aplaudía. La gendarmería del Sena iba a la cabeza del cortejo. Luego la guardia municipal de París, enseguida los lanceros. “Fanfarrias y tambores.” La guardia nacional: frente a esos burgueses, la multitud ríe. Se calló, de repente, absorta por el respeto: la antigua Guardia desfilaba, los granaderos, los cazadores, los dragones de la Emperatriz, los húsares de la muerte, los velitas, los guías, los lanceros rojos... “Pobres gentes reducidas a los magros empleos de los viejos”, avanzaban, algunos apoyándose sobre bastones, ¡pero soberbios! ¡Qué escolta para la carroza imperial! Entonces, la multitud no aguantó más. El viejo grito afloró de todos los pechos:

    “¡Viva el Emperador! ¡Viva Napoleón!”


    [img]http://inmf.org/images/cenretourchampselysees.jpg[/img


    Desde que a lo lejos se vio aparecer la carroza, hubo, durante todo el recorrido, un silencio total, absoluto, impresionante: el recogimiento de una nación. El sol, por fin, se mostró. “El efecto es prodigioso, anotó Víctor Hugo. Se ve en la lejanía, en el vapor y en el sol, sobre el fondo gris y grana de los árboles de los Campos Elíseos, a través grandes estatuas blancas que parecen fantasmas, moverse lentamente una especie de montaña de oro, no se distingue más que una suerte de destello luminoso que hace resplandecer sobre toda la superficie de la carroza, ora estrellas, ora rayos. Un inmenso murmullo envuelve esta aparición. Se diría que este carro arrastra tras de sí la aclamación de toda la ciudad como una antorcha arrastra su estela de humo...”

    En el patio de los Inválidos, Luis Felipe avanza hacia el cortejo. Joinville, el sable desenvainado, dice:
    - Majestad, os presento el cuerpo del Emperador Napoleón que he traído a Francia conformemente a vuestras órdenes.
    Luis Felipe, con una voz alta, respondió: - Lo recibo en nombre de Francia.
    Soult llevaba la espada de Austerlitz. La ofreció al rey.
    - General Bertrand, dijo Luis Felipe, os encargo colocar la espada del Emperador sobre su féretro.
    Enseguida:
    - General Gourgaud, colocad sobre el féretro el sombrero del Emperador...





    La ceremonia religiosa comenzó, celebrada por Monseñor Affre, arzobispo de París. Duró dos horas, en un frío glacial. Algunas viejas emigradas, algunos viejos realistas de corazón seco, venidos para hacer su corte, se preocupaban más de la temperatura que de la grandeza del instante. Hay que lamentarlo por ellos. El mariscal Moncey, por su parte, octogenario y casi agonizante, se había hecho transportar cerca del catafalco. Cuando el servicio fúnebre se terminó, murmuró:
    - Ahora, regresemos a casa a morir.

    Todo estaba acabado. Napoleón dormía en los bordes del Sena, en medio de ese pueblo francés que tanto había amado. Veinticinco años solamente habían pasado desde 1815, desde Waterloo, desde la anatema echada sobre el vencido.
    La Leyenda había vencido a la Historia. Napoleón no se había equivocado. En los días más negros de Santa Elena, había dicho:
    - Oiréis otra vez a París gritar “¡Viva el Emperador!”

    Allá, en medio de los pantanos de Picardía, en una fortaleza de piedras que escurren, un prisionero iba a acechar el eco de este grito formidable. Él también sabía la implacable fuerza de la leyenda. Para él mismo, el prisionero de Ham, podría repetir:
    - Oiréis otra vez a París gritar “¡Viva el Emperador!”


    Alain Decaux.






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    Re: El Retorno de las Cenizas.

    Mensaje por SirAlbert II el Dom Dic 09, 2012 4:19 pm

    ¿Lo ha leído alguien?
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    Re: El Retorno de las Cenizas.

    Mensaje por Mikeboix el Dom Dic 09, 2012 4:27 pm

    Uf, yo empecé diciéndome: "¡Anda, mira!¡Cosas sobre Napoleón! ¡Esto me interesa!" pero después vi lo largo que era y me dije: Tio, debes estudiar Razz

    Descuida, en cuanto tenga más rato libre me lo leo, porque realmente mi interesa.
    Un saludo!


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    Re: El Retorno de las Cenizas.

    Mensaje por SirAlbert II el Dom Dic 09, 2012 5:53 pm

    Bueno, la lectura se hace bastante amena Razz Si admiráis a Napoleón o os gustan las Guerras Napoleónicas os aseguró que os gustará. La exhumación del cuerpo y la llegada del féretro a París son completamente épicas.
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    Re: El Retorno de las Cenizas.

    Mensaje por SirMetrac el Dom Dic 09, 2012 6:20 pm

    Yo lo lei, soy un amante de Napoleón por unas cosas (justicia,administración) y lo odio por otras (guerras innecesarios, millares de muertos inocentes)


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    Re: El Retorno de las Cenizas.

    Mensaje por garfielz77 el Dom Dic 09, 2012 7:14 pm

    Un articulo muy interesante. Un dato curioso, y que yo desconocia, que fuese Luis Felipe quien ordenó traer los restos de Napoleon desde Santa Elena. Siempre habia pensado que habria sido Napoleón III quien los habia recuperado.
    Estan bien estos articulos que llegan alli donde los libros de historia ni se acercan, olvidandose del Emperador una vez queda desterrado en aquel islote, lejos de Francia.


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    Re: El Retorno de las Cenizas.

    Mensaje por SirAlbert II el Dom Dic 09, 2012 11:57 pm

    Pues ya ves que se le adelantó Luis Felipe Razz Aun así Napoleón III tampoco se olvido de la historia de su tío y durante su mandato hizo entrega de 500 hectáreas de terreno con viñedos en Algeria a Betsy Balcombe, la niña de 14 años que se convirtió en la mejor amiga de Napoleón durante su exilio en Santa Elena. Siempre mantuvo una estrecha relación con la familia Bonaparte, y José (nuestro Pepe Botella) la visitó en su casa en Londres. Que cosas tiene la historia...

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    Re: El Retorno de las Cenizas.

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