El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

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    HoJu
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    El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Dom Oct 26, 2014 2:06 pm

    Esto requiere una introducción.

    Allá por 2008, descubrí un juego que a lo mejor os suena tongue . Se llamaba Mount & Blade. Ponéos en situación porque estos son los tiempos antes de Warband, antes de poder crear tu propia facción, antes de los sarranidas, antes del matrimonio y antes incluso de la versión 1.0. Esta historia empieza en los timepos de Zendar, para que os hagáis una idea, en la versión 0.903 de M&B. Así que esto no es solo un AAR, es un documento histórico de los primeros tiempos de nuestro juego favorito.

    En esos tiempos sencillos, yo estaba en primero de carrera y tenía tiempo para perder escribiendo tochos de cuatro páginas por cada semana de gameplay, y así escribí un AAR novelado sobre una partida con el mod 100 Years War, un antepasado muy lejano y mucho más cutre del actual La Guerre des Cent Ans. Era poco más que un reskin de tropas con un nuevo mapa y solo dos facciones (Inglaterra Y Francia); ni quests ni scenes propias, hasta algunos lords conservaban los nombres del native, pero por entonces había menos oferta y aquello parecía la rehostia. Además, acababa de estudiar el tema en la carrera.

    Hice el AAR en parte para explicar el funcionamiento del juego que en aquellos timepos era desconocido para casi todo el mundo, así que mientras el texto es novelado, las imágenes, sobre todo en los primeros capítulos, están llenas de perogrulladas sobre los conceptos más básicos del juego, además de estar editadas con el culo y ser bastante feas, pero del texto estoy razonablemente orgulloso en general, aunque puede ser largo y repetitivo, por la misma naturaleza del juego, que al final acaba siendo una sucesión de batalla-batalla-batalla-refuerzo-batalla-asedio-refuerzo...

    También hay que decir que a mitad de la partida, salió la versión 0.952 y el mod se actualizó, y empecé una nueva partida pero me inventé una excusa para continuar la historia. Ya iré haciendo comentarios retrospectivos en cada capítulo donde ses necesaria una explicación.

    El foro en el que posteé el AAR originalmente fue abandonado, y ahora me ha dado por rescatar esta reliquia y volverla a poner en circulación ¿Por qué? No sé. Supongo que me da pena que s epierda y si hay una comunidad en la que pueda interesar, será esta. Así que, allá va.

    Si esta presentación os ha parecido un tocho, preparáos para lo que viene. No habéis visto ná :wink:


    Ugh, mirad qué asco de banner... qué vergüenza  Embarassed


    Última edición por HoJu el Dom Oct 26, 2014 3:19 pm, editado 1 vez

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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por Lord_Eddard_Stark el Dom Oct 26, 2014 2:58 pm

    ¡Sen-sa-cio-nal! Ciertamente, estoy seguro de que será un aporte muy interesante Smile.


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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por Mikeboix el Dom Oct 26, 2014 3:08 pm

    Qué demigrancia, tío. Sólo el banner habla por sí solo. Qué bella época aquella, en la que el perfeccionismo no era requerimiento sine qua non para ser alguien en la vida xD

    Tengo muchas ganas de ver lo que nos traes, porque eso fue una época que yo me perdí. La época de Zendar no llegué a vivirla, así que... ¡quiero ya el primer capítulo! Very Happy


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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por Sir Centu el Dom Oct 26, 2014 3:47 pm

    Yo por aquella época ya coleaba en las comunidades de M&B y si te digo la verdad el título me suena mucho. Esperando impaciente.


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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Dom Oct 26, 2014 4:00 pm

    Lo publiqué en un foro escindido del foro de Paradox, no de M&B. De ahí las explicaciones "para dummies".

    Después de comer postearé algo. Cool


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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Dom Oct 26, 2014 5:57 pm

    Capítulo I

    Mi nombre es Guillermo. No necesitaís saber más y tampoco nada más importa. Mi historia comienza en el año de nuestro Señor de 1371. Las tierras de Francia estaban entonces sumidas en una contienda interminable. Las matanzas eran de una cotidianeidad tal que a nadie le espantaba encontrar un campo sembrado de cadáveres y en lugar de huir o rezar, registraban a los muertos en busca de algo de provecho. Todavía se sentían los estertores de la Gran Peste del año cuarenta y ocho y los sucesivos rebrotes, aumentando la lobreguez de aquellos años tenebrosos, en los que se mezclaban los lamentos de los moribundos por el acero, el fuego y las plgas, con los rítmicos compases de los misereres fúnebres, como un continuo recordatorio de la muerte que era entonces señora del mundo, mientras ingenuos reyes peleaban por las sobras que ella les dejaba.

    Eran años duros. Cualquiera diría que no los mejores para buscar y encontrar fortuna, pero si algo me han enseñado el tiempo y las cicatrices es que siempre hay quien se beneficia de los años duros, si es lo suficientemente duro. Al fin y al cabo, también los gusanos prosperan en la podredumbre.

    Aquella mñana húmeda de marzo me vi solo, arrojado a la aventura en plena campiña bretona, montando un rocín más que viejo y cubierto por los restos de mi herencia de segundón: un yelmo abollado, un apolillado jubón de cuero y una bolsa cada vez menos pesada desde que salí de la arruinada casa de mi padre, casi tan vacía entonces como lo estaba mi estómago. El único motivo de orgullo en mi miserable impedimenta era una razonable hoja de buen acero, afilada y rebotando sobre mi muslo al ritmo del andar de mi montura, dentro de su raída vaina.


    Yo era en aquellos días un joven vigoroso y resuelto, manejaba las armas con soltura y me encontraba presto para emprender mi destino. Y mi destino me llevó a esta tierra de guerra y desolación, donde la naciente primavera no parecía tener lugar. Aquí esperaba labrarme el nombre que nacer detrás de mi hermano me había negado, aprovechando la necesidad que de hombres tenían tanto ingleses como franceses. Me sentía preparado para lograr la gloria en el campo de batalla y allegar a mi persona botines y honores sin cuento.


    Pero tan encomiable menester necesitaba de más brazos que los míos, dispuestos a acometer las más altas empresas. Con mi aspecto poco próspero no me creía en condiciones de unir bajo mi enseña más que piojos y pulgas, séquito poco acorde con mis elevadas espectativas de futuro. Pero Dios no quiso truncar tan pronto mis ambiciones y me envió un grupo de nueve desgraciados que me abordaron en el camino de Brest. "Aquí acabó tu aventura, amigo", me dije y me apresté a rubricar un digno final contra los que se me antojaban bandidos. Cuál sería mi asombro al ver que uno de ellos, armado de todas piezas, desmontó y me hizo una reverencia, presentándose como un escudero libre en busca de señor, como sus compañeros, otros tres de a caballo y cinco granjeros que huían de la miseria de sus pagos arrasados para caer en la miseria y estrecheces aún mayores que prometía el servicio a tan desastrado caballero como yo. Debían estar desesperados pero yo también lo estaba, así que los acepté con muchos parabienes.


    Con esta exigua compañía, me dirigí a la ciudad de Brest, para dar comienzo a mi búsqueda de gloria entre los muladares de la guerra.

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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Lun Oct 27, 2014 5:55 pm

    Capítulo II



    A medida que mi harapienta tropa y yo nos adentrábamos en las tierras dependientes del alfoz de Brest, me asombraba de no encontrar en aquellos campos la desolación que la guerra prometía. Muy al contrario, estaban rebosantes de labradores vigorosos que trabajaban los vastos cultivos. En seguida comprendí la razón de la pujanza de Bretaña, ya que el duque mantenía un estado de tensa neutralidad con los dos reinos enfrentados y la paz, al menos aparente, atraía de todos los rincones de Francia a campesinos y artesanos que acrecentaban la prosperidad del ducado. Digo aparente y no miento, pues si bien el duque no se decantaba de ningún bando, recibía presiones de ambos reyes, que se consideraban sus señores naturales, y se veía obligado a practicar equilibrismos diplomáticos para no precipitarse al abismo de la contienda. También el señor de Bretaña había encontrado una forma, por precaria que fuera, para aprovecharse de la desgraciada situación en que se veía inmerso el corazón de Europa y de conseguir a la sombra de los muertos una influencia que no hubiera soñado tener en tiempos más boyantes.

    También había inconvenientes, claro está. A las puertas de Brest se apiñaban legiones de mendigos, enfermos y sujetos de mal vivir, por lo que no separé mi mano del pomo de la espada al cruzar las murallas del burgo, sin enseña ni acompañamiento, pues dejé a mis nuevos hombres a cargo del pequeño real que habíamos instalado fuera del recinto.


    Allí entable conversació con un hombre recio y de mediana edad, de nombre Guillaume y que trabajaba para el duque, como maestro de armas y entrenador, tanto para la guarnición como para los participantes en las peleas y torneos que se celebraban regularmente en Brest. Viome buena disposición para las armas y me invitó a probar mis fuerzas contra sus guerreros. No me pareció mala forma de acrecentar mi nombre entre los bretones y acepté.


    Claro que ni a Guillaume ni a su gente revelé mi origen y partes, ni los largos años de ejercicio caballeresco en la casa de mi padre, por lo que quizá esperaran encontrar un hombre menos ducho en el oficio de las armas.


    Si tal pensaban, desde luego no tardé mucho en desengañarlos majando a palos unas cuantas costillas y abriendo algunas cabezas. Maese Guillaume, impresionado, me dio sus bendiciones para jugar en los próximos combates que se ofrecerían el populacho, y aún creo que apostó por mí buenos dineros. La velada empezó con más pena que gloria para mí y para aquellos que tuvieron la desgracia de estar a mi lado.


    No os aburriré con detalles mas os diré que finalmente enderecé mi torcida suerte y logré la victoria en los combates a pie y a caballo. A fe mía que los golpes que recibí y propiné merecían más de las míseras monedas que recibí, que no servían apenas para pagar los emplastos que me hubieran hecho falta sobre los moretones, y que se esfumaron aquella misma tarde cuando de Brest cabalgamos hasta la villa de Vannes, ocupada por los ingleses, donde las ganancias tan duramente adquiridas pasaron a rellenar el colchón de algún panadero villano, que me vendió a precio de candeal, un pan tan negro como su corazón, viendo sin duda las trazas de necesidad y hambre que revelaban los rostros de mis compañeros. No obstante, otros dos campesinos se unieron a mi partida, a costa de mi bolsa, he de admitir.


    Así dio fin mi primer día en tierras de los franceses; con alguna magulladura, dolor de cabeza y un hambre apenas sofocada por unos tristes mendrugos. Mientras descansaba en el sombrío campamento, pensaba que la gloria no parecía perseguirme como yo esperaba, o si lo hacía, estaba claro que mi caballo era más rápido que ella.


    Brest es donde los autores del mod pusieron Zendar, la famosa ciudad neutral de las primeras versiones del M&B. No era técnicamente una facción, porque no tenía líder ni lords, pero por lo demás se podía hacer en ella lo que en cualquier otra ciudad

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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Miér Oct 29, 2014 1:26 pm

    Capítulo III


    El día siguiente, 24 de marzo, amanecimos agarrotados por el frío del rocío matinal y con un desagradable hueco en los estómagos, que rugían con una furia que las vacías paredes magnificaban con atronadores ecos. El campamento fue levantado en unos minutos, no por la diligencia de nuestros brazos agotados, sino por lo poco que había que recoger.

    Rezaba yo por una pronta solución a mis cuitas, ya que en los momentos de necesidad uno encuentra reservas de fe que se dirían agotadas tiempo atrás, mientras abría la marcha, de nuevo al norte, a las tierras de Normandía, dominios del rey Eduardo III de Inglaterra, pues que tan mal me recibía el ducado de Bretaña. En cuantas villas y aldeas topábamos a nuestro paso, con grandes patrañas y cuentos que he de pagar el Día del Juicio, atraía a mi causa a algunos incautos, sin reparar en que pronto no tendría ni con qué alimentarlos, tan escasas eran las vituallas aún para mis once compañeros. Así hice, ya pasado el mediodía, en los lugares de Bayeux y Lusieux, cerca de Caen, y en la propia ciudad normanda, donde contraté con mis últimos dineros a tres matones de a tanto el tajo y a tanto el revés, que se nombraban muy respetables y hacíanse llamar de todos “vigilantes”. Me acomodó esta ruda compañía porque pronto me adentraría en pleno corazón de Francia, donde las tropas en campaña no eran la peor de las desgracias que podía encontrar, sino las peligrosas partidas de forajidos y desertores sin ley ni Dios, dispuestos a acuchillar a cualquiera por un mendrugo de pan. Había muchas formas de sobrevivir en aquel infierno y mi honorable camino hacia la gloria no era el más fácil ni el más concurrido.


    De nuevo tuve que recurrir a poner mis brazos al servicio del general divertimento, no tanto esta vez por buscar fama como por llevar a mi escuálida bolsa algún desayuno. Mi victoria tampoco me reportó la ganancia que esperaba, así que dejé Caen entre maldiciones y remonté el curso del Sena hasta plantar aquella noche mis reales (míseras tiendas frías y remendadas) unas millas al noroeste de la ciudad de Rouen, donde esperaba encontrar una más calurosa acogida a  mis habilidades caballerescas.

    A fe mía que la encontré y tal fue mi actuación en el primero de los combates que mis compañeros de equipo no quisieron dejarme marchar ni dejar que me cambiaran la librea azul por la encarnada, como disponía el programa. De los otros tres combates, a pie y a caballo, con lanza, espada o arco, solo fui derribado en este último.

    Con el yelmo un poco más abollado y algo de oro con el que calmar el hambre y pagar a mis hombres durante unas semanas, retomé el camino por la ribera del Sena hacia Paris, donde uní a mi incipiente mesnada cinco nuevos valentones de taberna y, con gran dolor, gasté algunos ahorros en comprar una vieja lanza, robusta y pesada, pero con la moharra mellada y el astil doblado. Más no podía permitirme y con este dispendio, que ya me parecía excesivo unido al anticipo que me pidieron los mercenarios, cruzamos el Sena hacia Chartres donde un joven labriego francés entró también a mi servicio. Sin dinero, comida ni ganas para llevarme más hombres, acampamos aquel día a la sombra de los muros de Troyes, pues teníamos noticias de numerosas bandas de brigantes en aquellos pagos.


    Al día siguiente, concerté audiencia con el señor de la villa, el Vizconde Arnaud, para ponerme a su servicio si mandaba algo que nos fuera de mutuo provecho. No me acomodó su encargo de ir a cobrar lo que otro gran señor le adeudaba, de modo que partí sin demora hacia el sur, corriendo entre los días 27 y 28 mucha parte de aquellas fértiles tierras sin acontecer suceso que merezca reseña. Este último día nos vimos en Auvernia, en las estribaciones del oeste del gran macizo que llaman Central. Marchábamos ya despreocupados, pensando que las advertencias que de los facinerosos nos habían dado eran cuento de viejas comadres. El frío mordía, el hambre no iba a la zaga y andábamos atentos a cualquier pieza de caza que pudiéramos cobrar. Los ojeadores que mandé delante volvieron con noticias no de corzos ni perdices sino de un grupo de unos veinte hombres armados, sin librea alguna, a pie y a caballo, marchando vivamente pocas millas por delante de nosotros. Esperando que la suerte empezara a sonreírme, mandé apretar el paso, y antes del mediodía, habíamos caído sobre ellos, a pesar de sus esfuerzos por huir que no hacían sino acrecentar nuestra saña en la persecución y nuestra seguridad en la victoria.


    No hubo en aquel enfrentamiento vislumbres de gloria o heroísmo, ni alardes de estrategia. Fue un desagradable acuchillamiento, una carnicería. Los forajidos cargaron desesperadamente con su caballería, pero yo y mis hombres de a caballo íbamos ya hacia ellos. De nada me sirvieron mis lecciones de carga lanza en ristre; aquellos hombres no eran estafermos de entrenamiento ni caballeros de honor con los que cruzar las armas cortésmente. Mi ingenuidad me valió un par de feas heridas en el primer encontronazo, pero me rehice, al contrario que los enemigos, cuyos jinetes eran ya perseguidos por mis escuderos, y me uní a la caza, manchando la moharra de mi lanza con la suficiente sangre como para salvar la honra. Cuando resbaló por el astil hasta mi mano, la sentí pegajosa y caliente, escurriéndose entre los dedos. Entraron en juego entonces los peones y tirando de espada degollé a un par de los bandidos mientras mis hombres se ganaban la soldada. Los “vigilantes” actuaban con una determinación escalofriante, apuñalando metódicamente, sin perder en sus rostros el gesto sombrío, lo que hizo que no me arrepintiera de haberlos contratado.

    Quizá actuaron con excesivo celo, pues me hubiera gustado tener algún prisionero pero ni uno sólo de los bandidos quedó vivo. Mientras los matones capturaban para sí los caballos desbocados sin jinete y registraban los cuerpos, observé el desolador panorama: entre las verdes colinas yacían veinte hombres muertos o agonizantes, y uno de ellos no era enemigo, Dios tenga en su gloria a aquel muchacho campesino. Por fortuna, parecía haber quien se ocupara de su alma. Los cuatro granjeros que acompañaban a los jóvenes caballeros que me abordaron en Bretaña sacaban de entre sus ropas manchadas de barro y sangre escapulario y rosarios para asistir a los tres heridos y confortar a los moribundos. Interrogados por mí sobre tan extraña conducta en seglares, se disculparon con gran contrición, confesando que me habían engañado: huían de un monasterio víctima de la guerra, y se vistieron con ropas de villanos para escapar; aquellos gentiles escuderos no eran sus señores sino sus defensores. Sin saber apenas cómo, me vi capitán de una compañía de monjes o abad de una congregación de soldados. Dijéronme que seguían dispuestos a luchar a mi lado como guerreros, ¡cuánto había de lamentarlo alguno de ellos! , de modo que seguimos cabalgando.


    Cuando declinaba la tarde escuchamos los ecos de una batalla cerca de un puente sobre el Garona. Mandé allí a mis ojeadores: una poderosa hueste inglesa acosaba a lo que quedaba de una partida francesa. Aún no era tiempo, me dije, de empeñar mi acero en aquella guerra, fuera en el campo que fuera, de modo que volví grupas hacia un objetivo más a mi alcance: otra banda de salteadores, a la que perseguimos toda la noche de vuelta a las estribaciones del macizo, donde esperaban perdernos. No lo quiso Dios y hubimos batalla al amanecer del día 29 de marzo.


    El combate pareció como copia del primero, a pocas millas de donde lo habíamos entablado el día anterior. Los bandidos pelearon esta vez con mayor denuedo, en desorden pero con la ferocidad de bestias cercadas por los cazadores. Su gente de a caballo, más numerosa que la mía, hostigó duramente a mis peones mientras los jinetes más veloces nos mantenían ocupados con persecuciones vanas. Con azumbres de sangre pagué mi arrebato de audacia y parco me pareció el botín que costó la vida a cinco de mis hombres y heridas a otros siete. El único fraile que quedaba en condiciones de dar confesión y consuelo andaba atareado de aquí para allá y lloró amargamente junto al cuerpo traspasado de uno de sus hermanos. Poco trabajo tuvo entre los malhechores pues los veintitrés yacían muertos sin confesión, buen provecho le hicieran a  Satanás sus almas.


    Mas no había lugar a lamentos y ya entonces empezaban a cerrarse mis ojos a las lágrimas y a encallecerse mi corazón. Duras lecciones aprendimos aquel día y más habíamos de aprender en los venideros, y nos hicimos más fuertes y más sabios.


    Lo más reseñable del botín conquistado fue un recio caballo pinto que sustituyó a mi viejo tordo carcomido por la sarna. ¡Cruel broma del destino que un indeseable montara mejor corcel que un caballero de las nobles trazas que me enorgullecían entonces y me llenan hoy de nostalgia!


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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Jue Oct 30, 2014 7:22 pm

    Capítulo IV

    Tras las hazañas del día anterior y cargados con los trofeos de la victoria, volvimos riendas en dirección a  la ciudad de Clermont, capital de Auvernia, donde dimos merecido descanso a la fiereza de nuestros brazos, cura a las heridas de nuestros cuerpos y alivio a la pesadumbre de nuestras almas. Allí pasamos la mañana, confundiéndonos en las tabernas con los últimos parroquianos de la noche anterior. Entre tan augusta y abotargada concurrencia me llamó la atención una rosa crecida entre la inmundicia. Aquella mujer no era como las vulgares fulanas de las que mis hombres daban cuenta unas mesas más allá. Su bello rostro traslucía un resuelto ademán de nobleza que las bastas ropas de lana no alcanzaban a ocultar para unos ojos observadores. La nívea blancura de su piel y la cascada dorada de su cabello humildemente recogido hablaban de una joven de razonable posición, cuya presencia en aquel antro no podía ser menos extraña que la de los religiosos que me acompañaban. Intrigado y fascinado por su hermosura, me presenté a ella con tono galante y me interesé por el hado, sin duda adverso, que la obligaba a esas hechuras de villana. Dijo llamarse Laura y huir de la destrucción que los ingleses habían llevado a sus tierras, muertos su padre y hermanos y deshonrada y presa su madre. A punto de recibir la misma suerte, había apuñalado a un capitán inglés con un cuchillo de cocina y  había atravesado los frentes, en guisa de aldeana, sobreviviendo del robo y la caridad, hasta llegar a Clermont al mismo tiempo que mi compañía. Movióme a piedad su lastimosa historia y le ofrecí cuanto en mi mano estaba para hacer mías sus cuitas. No poca fue mi sorpresa cuando me pidió un puesto en mi mesnada, y pensé que no era serio andar en campaña con un séquito de curas y mujeres. Acepté, no obstante, dejando aparte tan lúcidas reflexiones por el embrujo de aquel rostro de leche y coral. El señor abad de mis monjes-soldados llevóme aparte con mil prevenciones sobre la pecaminosa naturaleza de la mujer, de cómo torcían la senda de los hombres virtuosos y sembraban la tentación y la discordia. Ilustró su sermón con ejemplos desde Eva hasta Helena de Troya, pero respondí tomando su mano que, pues nunca me había considerado hombre virtuoso, no debía temer la perdición con que Laura amenazaba y prometí defender la probada virtud de su paternidad y los hermanos frailes de la tentación, aún a trueco de caer yo mismo en ella, si Dios así lo quería. Marchóse rezongando y yo me entregué con meticulosidad a dotar a la dama de unos arreos más marciales, aunque tan pobres como su raído vestido, sacados de entre el botín de los bandidos.


    De nuevo, cabalgamos hacia el norte y en los siguientes días no hubimos ningún encuentro ni contemplamos cosa digna de mención, salvo el hecho de que la guerra parecía recrudecerse a nuestro paso y allá donde miráramos, no había sino campos de batalla. No podría seguir ignorando aquella contienda por mucho tiempo; si mi nombre empezaba a sonar en los oídos de los poderosos, pronto me vería obligado a decidir si poner mi espada al servicio de los ingleses y su felonía o de los franceses consumidos por la división de su reino.


    Recorrí las ciudades francesas de Orleans, Reims y Troyes, y en esta última permití a mi tropa descansar bajo techo en lugar de en el campamento. Al fin y al cabo, cuando hombres como aquellos tienen dinero en la bolsa, se vuelven a menudo díscolos e indisciplinados, pero cuando regresan por la mañana, con resaca y ni una blanca, es más fácil persuadirlos de la conveniencia de seguir las órdenes. Yo mismo me entregué al dispendio y me senté a las mesas donde se jugaban dados y barajas en uno de los garitos más infames de Troyes, frente a un hombre con trazas de caballero venido a menos, con manchas de vino en la librea francesa, de nombre Jean de Metz. La suerte acompañó mis jugadas pero monsieur de Metz estaba en la ruina. Había sido expulsado del servicio de su señor por turbios asuntos y no poseía más que la ropa que lo cubría. Como la cantidad que me adeudaba no era despreciable, acordé un arreglo de mutuo beneficio: el caballero ganó un señor y, aunque perdió una buena loriga que remplazó mi viejo coleto, se acomodó felizmente a mi compañía. Muchas veces, después de aquello, me confesó que, de no haber estado su entendimiento nublado por los elixires báquicos de la taberna, habría huido de tan desastrado señor a la primera oportunidad.

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    Seguimos camino hacia el norte de vuelta a las frías tierras de Normandía, de donde partiera mi glorioso tocayo, principiando con su conquista la eterna rivalidad que a la postre había conducido a la fea ocasión en que nos veíamos. Llevaronnos allí las nuevas que habían llegado a nuestros oídos acerca de las frecuentes incursiones de piratas, que amedrentaban a la población y hacían revivir los olvidados fantasmas de los que dieron a esta tierra el nombre de Normandía. Parecían encontrar gran placer en saquear y destruir monasterios y abadías por toda la región y decidí emprender su caza para congraciarme con mis píos acompañantes. Hacia mediodía del dos de abril, varias leguas al sur de Agincourt, topamos con varias cuadrillas de indeseables venidos del mar, a los que dimos su merecido a lo largo de aquel día, liberando de sus garras a varios hombres de Dios que traían prisioneros y que insistieron en unirse a mí para suplir algunas de mis bajas, animados por el encomio que de mi fe y cristianas maneras hacían sus hermanos. Estas bajas fueron cuantiosas y lamentabilísimas, pues a lo largo del día murieron ocho de mis hombres, y un número similar quedaron heridos, aunque enviaron de vuelta al infierno a cerca de cincuenta piratas.


    El botín me permitió armar con cierta decencia a madame Laura y a monsieur de Metz y en Calais conseguimos un precio no del todo malo por el resto, lo que me hizo olvidar lo ridículo de mi monacal séquito, hasta que encontré en una bodega a un fraile de aspecto desastrado, con el hábito sucio, cantando las virtudes del amor y la vida: un goliardo. Después de escuchar sus canciones y de entrarnos entre los dos varios azumbres de vino, ofrecí al hermano Hugues, que así se llamaba, ordenarse en mi congregación en la que no faltaban ya sotanas. Unióse a mí con buen humor y nos tambaleamos hasta mis reales a través de las solitarias calles.


    Al despertar en mi tienda, sintiendo como si una maza me golpeara los cascos, y recordar las malandanzas de la noche, me resolví a formar realmente un monasterio cenobita y enmendar mi pecadora vida, pues el Señor me enviaba tan claras señales. Un buen desayuno me apartó de tales pensamientos.


    Con renovado vigor, partí bien de mañana e intenté reclutar más brazos fuertes en la villa de Ghent, mas creo que viéndome en tan monástica compañía, los villanos temieron ser captados por una secta hereje y ninguno salió de su casa a nuestro paso. Mediada la tarde de aquel día, que fue el de paga para mi hueste, perseguimos a otra banda de piratas, a la que dimos caza al anochecer, acuchillando sus pellejos a placer.


    Hicimos noche en el camino hacia Amiens, adonde llegamos por la tarde del día cuatro. Allí entregué a mis prisioneros, a cambio de una humilde recompensa, y compré para mí un nuevo escudo.


    También allí abandonaron mi partida algunos de los monjes, contrariados por mi vida desarreglada. No obstante, se excusaron con el pretexto de fundar una abadía en aquellas tierras devastadas. Según supe después prosperaron en este empeño y me regocijo mucho de ello.


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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Dom Nov 02, 2014 6:02 pm

    Capítulo V



    Partidos que fuimos de Amiens, tomamos de nuevo la conocida ruta del Sena y llegamos a Paris al día siguiente. Allí quise entrevistarme con monsieur de Lalang, señor de la mayor parte del burgo, y viéndome de buena disposición, presentóme a otro alto señor de nombre Robert d’Artois, quien me encomendó fuera a cobrar las rentas de sus paisanos de la villa de Montargis, sobre la que ostentaba señorío, prometiéndome recompensar mi esfuerzo con largueza. Con sus bendiciones, marché inmediatamente y ayudé con mis hombres a los criados de monsieur d’Artois en el cobro de los impuestos. Los villanos andaban soliviantados por lo duro de las corveas y lo gravoso de las tasas que los rigores de la guerra imponían y dieron muestras de descontento que nos hicieron temer por una rebelión, que hubiera sido muy de lamentar para todos. Dios fue servido finalmente de meter en su juicio a los revoltosos y, retomé el camino de Paris, con más de tres mil florines en un arca bien herrada.


    Cuál no sería mi sorpresa al ser recibido en las estancias de monsieur de Lalang la tarde del día seis y encontrar al anfitrión solo, pues mi patrón Robert d’Artois había dejado la ciudad con su gente poco después que yo. A Lalang no dije nada de la pequeña fortuna que conmigo llevaba destinada a manos de su legítimo dueño, sino que pedí también su patronazgo si se servía mandarme algo. Su misión no fue grata a mis oídos mas la acepté envuelta en caballerosas maneras. Prometí encontrar a un asesino forajido que se escondía probablemente en la villa de Nesle y “encargarme de su caso”. Cuando se recurre a hombres como yo para tales menesteres no suele ser para que representemos al interesado en un juicio.


    No detallaré mis correrías en pos de aquel desgraciado. Baste decir que lo encontré. A mi vuelta a Paris, rehusé asqueado la bolsa de vil metal que me ofreció Lalang y me puse en marcha cuanto antes, pensando si habría de buscar a monsieur d’Artois, o si no sería mejor aprovechar en pro de mis hombres y de mí aquel oro, que con tanta soberbia d’Artois dejaba olvidado tras de sí, y darle al mismo tiempo una lección de humildad.

    Mi dilema encontró inesperada solución en el mercado de Troyes, en un taller de armero. Solía yo rondar aquellos lugares, maldiciendo mi pobreza, mas ese día llamó mi atención una pieza que no por vieja y rajada resultaba menos adecuada a mis necesidades. Era un robusto yelmo cerrado de factura un tanto tosca pero sólida, que el armero me ofreció a muy razonable precio, si bien demasiado para que mi maltrecha bolsa lo afrontara en solitario. Aun entonces resuelto por mi natural honradez a entregar las rentas a su dueño, pero sin grandes prisas por averiguar su paradero, decidí tomar mi quinta parte prometida por adelantado en aquel dispendio.

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    Topé poco después con la hueste de Hugues de Payens, que me pidió la merced de hacer llegar un mensaje suyo a Lord Baudri, caballero inglés. Como es de suponer, encargóme gran discreción en esta comisión. Llegué al castillo de Bourbon, dominio del señor inglés ya de anochecida y monté mis reales a corta distancia. No la suficiente,  a pesar de todo, para evitar la improvisada acometida de una partida de desertores entregados al saqueo, de tan mala o peor catadura que la de los piratas y bandidos con que ya habíamos lidiado, pero con las armas y maneras de curtidos guerreros. Apenas al amanecer nos despertaron los gritos de las guardias nocturnas y el retumbar de la cercana cabalgada. Nos armamos y montamos a toda prisa y hubimos una dura refriega, pues, aunque éramos más, nos las veíamos con hombres de armas, casi todos a lomos de briosas monturas.

    Fue un encuentro sangriento, estábamos demasiado lejos de Bourbon para pedir auxilio al castellano y no hubiera permitido yo la afrenta de huir ante un enemigo inferior en número, aunque fueran diecinueve Satanases los que cargaban contra nosotros. Traté de crear con mis más hábiles jinetes una pantalla para proteger a los bisoños campesinos y llevar el peso del combate, pero tras las primeras cargas concentradas, la refriega derivó en enfrentamientos parciales en los que la pujanza y el valor lo eran todo. Mis peones, más sobrados del último que de la primera, sufrieron graves descalabros, y al mediodía tres campesinos, un mercenario y tres religiosos yacían muertos. El resto no salió indemne, y me encontré con que más de dos tercias partes de mi compañía causaban baja por diversas heridas que traían, entre ellos monsieur de Metz, Laura y el hermano Hugues, de lo que recibí gran pesar. De los enemigos, ni uno quedó vivo, y de esto, lo confieso, me holgué grandemente.



    Nuestras pérdidas se compensaron con creces, en las personas de muchos y buenos soldados que nuestros enemigos habían prendido a lo largo de sus correrías. Tanto ingleses como franceses quedaronme muy agradecidos y aceptaron unirse a mi tropa en buena compañía. Entre ellos iban dos caballeros franceses de buena familia y un ballestero a su servicio que decían podía pasar un dardo por el ojo de una aguja, y cinco arqueros largos ingleses, de cuya fama no hay más qué decir. Unos bien pertrechados peones completaron este recuento.



    Tampoco fue despreciable el botín, del que tomé para mí una portentosa loriga de malla y cuero tachonado, algo ajada. Así pude devolver a monsieur de Metz so cota y sobrevesta y armar a mis otros dos compañeros con buenas cotas de malla.



    Entregué a Lord Baudri la misiva con la esperanza vana de que valiera al menos alguna de las vidas que por su causa se habían perdido y marché hacia el norte. En las orillas del Loira, perseguimos y dimos caza a unos bandidos que habían salido de los bosques, a pedir rescate por algunos prisioneros, a los que liberamos. Ese día, que debió ser diez de abril, pues fue el de paga para mis hombres, pusimos de nuevo dirección a Poniente y exterminamos en dos afortunadas cabalgadas, no menos de una treintena de piratas, de los que uno quedó preso en mi poder.



    Hecha esta correría, tornamos riendas. Ya por aquel entonces me sentía yo desaprovechado en tan ingrata tarea como era la de limpiar la escoria proscrita para beneficio de otros, y sentía en mi alma la indómita llamada de la batalla. El día catorce, domingo, bien de mañana, hallándonos a pocas leguas de Reims, hacíamos los preparativos para la misa campal que mis píos acompañantes insistían en celebrar rigurosamente. No bien estuvo colocado el altar y todos mis hombres recogidas en fervorosa oración, cuando escuchamos tras de nosotros gran estruendo de caballos, trompetas y atabales. El sacristán, ya dispuesto a cantar misa, pues el abad había muerto en lucha frente al castillo de Bourbon, quiso increpar a quienes tan impíamente alborotaban su sacramento mas quedóse sin voz al ver acercarse, precedidos de heraldos y estandartes de seda, al mismísimo Rey de Francia Carlos V y a sus pares. El rey, armado de una brillante coraza damasquinada, desmontó y se dirigió a mí con gran cortesía, rogándome le permitiera asistir a misa, pues él y su tropa habían dejado las murallas de Reims para reconocer los contornos y no habían previsto verse un domingo sin comulgar. Por fortuna, había comprado, gracias a la generosa contribución de monsieur d’Artois, suficiente harina candeal para elaborar unas obleas que desmerecieran lo menos posible de las ilustres lenguas sobre las que iban a ser depositadas. Cedí a su majestad el sitio de honor y él insistió en colocarme a su diestra mano y hacerme comulgar justo después de él, de lo que alguno de sus pares debió de recibir grande afrenta, debido a lo poco esclarecido de mi origen y linaje.



    Después de escuchar misa con gran contrición, quísome su majestad recompensar y yo, hincándome de rodillas a sus reales plantas, no pedí de él más sino que tuviera a bien aceptar mi espada en vasallaje pues no tenía otro deseo que servirle. Hondamente conmovido, quiso acceder con creces a mi demanda y en la solemne ceremonia que siguió, habiendo prestado juramento de fidelidad y recibido el inmixtio manum, me concedió señorío banal y dominical sobre todas las tierras y rentas y gentes del lugar de Lunoges, distante algunas leguas de Clermont.



    Por fin mi desmandada aventura en tierras francesas parecía encaminarse hacia más altas empresas y ya me tenía señor de feudos. Aquella guerra en la que ahora me veía empeñado podía ser mi perdición o, con la ayuda de Dios, mi oportunidad de medrar. Sólo quedaba rogar para que Dios estuviera de parte de los franceses.


    Última edición por HoJu el Dom Nov 02, 2014 9:37 pm, editado 1 vez

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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Dom Nov 02, 2014 9:36 pm

    Este es un capítulo de transición. Como ya comenté, el juego se actualizó a la versión 0.952 si no recuerdo mal y el mod también, así que decidí exportar el personaje y seguir la partida en la nueva versión. Pero claro, tenía que sacarme de la manga alguna excusa novelada para perder mi ejército, mis compañeros, etc.

    Capítulo VI

    Pedí licencia de mi señor para partir de inmediato a catar mis feudos, que tenían su centro, cual ya dije, en la villa de Lunoges, al pie del macizo en cuya falda se alza Clermont. Enteréme de que los ingleses hacían gran daño a todas aquellas tierras y hube gran congoja al ver el resplandor de los incendios aún a varias millas, y al llegarme al pueblo la mañana del día dieciséis de abril, no fue menor mi pesar de contemplar los mansos arrasados y los ganados muertos y las haciendas quemadas. Mandé buscar a los villanos, pues ninguno parecía, y encontréme que todos habían huido el saco marchando a los montes y las selvas, como era uso cuando andaban partidas armadas en guerra.


    Como habían de tardar días en volver y en retomar las faenas, no tuve más qué hacer allí, pues mi casa no era sino escombros ni mi reserva más que tierras humeantes. Hecho un rayo de furia, resolví hacer pagar cara su osadía a los ingleses y tornarles doblado el mal que a mis villanos habían causado. Aquella noche, llegámonos muy quedo a la villa de Rodex, ocupada a la sazón por los felones isleños a los que tributaba de buen grado. Dimos el asalto a sangre y a fuego y no hubo vida salva ni virtud segura en toda aquella endiablada noche y el día que siguió. Muy a placer, hicimos rico saco de todo cuanto pudimos llevarnos, ganándose mi gente la soldada que ese día habían de recibir.

    No saciada mi ira con esta bárbara acción, ya de madrugada quise hacer saco de la aldea de Cahors y la algarada no se refrenó hasta mediada la tarde, marchando bien cargados tan presto como habíamos venido. Corrimos toda la región haciendo iguales tropelías en cuantas villas pechaban a los ingleses.


    Hoy que las canas ornan venerables mi antaño orgullosa cabeza, lamento hondamente esta debilidad que algún demonio aprovechó para inspirarme tan tremendos actos, pues ni la más cruda guerra ha lugar para que tan atrozmente se ataquen villas desguarnecidas, más cuando las pueblan gentes de los mismos usos y aun la misma parla, cuya sola mala fortuna les obliga a dar pecho al invasor y llamar señor a quien les increpa en su áspera lengua perruna.

    Mas yo era entonces joven y la sangre de mil guerreros hervía en mis venas animándome a la vorágine. Mi sangrienta venganza llegó a oídos de los señores ingleses que, nombrándome de asesino cruel y de diablo infernal en la tierra, sacaron al campo sus huestes, armando en no más de dos días una mesnada de doscientas lanzas en mi demanda, que a pico de prenderme estuvo más de una vez, consiguiéndolo al final el aciago día treinta de abril. Presenté batalla y mis hombres se batieron con fiereza inigualable hasta el ocaso,  quedando muertos en el campo muchos de ellos, y otros tantos heridos y presos, como yo. Cayeron en la lid Laura y Jean de Metz, y lloré amargamente su muerte. Apenas tuvo tiempo de consolarme con su cristiana bondad, que la vida de goliardo no había podido obnubilar, el hermano Hugues, mi compañero de cautiverio hasta ser ajusticiado por un lamentable tribunal de eclesiásticos ingleses acusado de sabe Dios qué herejía.


    Temí correr una suerte pareja a la de mis desventurados compañeros, que el señor tenga en su gloria, pero mi condición de vasallo del rey de Francia me protegía contra los excesos de mis apresadores. Tuve como custodios a los largo de mi cautiverio a varios barones ingleses. Algunos me trataron como a cumplidos caballeros corresponde, regalándome con buen yantar y aun obsequiándome liberalmente a mi partida, mas otros tuviéronme a pan y a agua, despojáronme de cuanto llevaba y así salí libre del último, tan pobre como rico fui preso del anterior.

    Aquí es donde acabé la partida de la 0.903. La derrota y el cautiverio fueron la excusa que me inventé para explicar el cambio de feudo y la desaparición de los npcs (en la nueva versión del mod se les debieron traspapelar porque eran los del native otra vez, así que dejé de tenerles en cuenta en la narración). También se les pasó cambiar el año y en vezx de 1371 volvió al 1252 del native, así que tuve libertad para inventarme una elipsis de un año. En esta actualización del juego fue cuando deesapareció Zendar, así que en el mod Brest dejó de ser neutral. Entre los cambios buenos, por fin Francia era azul en el mapa e Inglaterra roja y algunos lords tenían banners históricos.

    Este asunto de mi liberación ocurrió al año de haber sido preso, meses después de concertadas paces entre los dos reyes. No eran éstas el fin de la guerra, como es sabido, pero mi señor Carlos V habíase visto acosado de muchos males, apretando los ingleses con mucha saña y carcomido su reino por enconadas luchas intestinas e intrigas palaciegas. Quiso mi mala fortuna que en las paces dichas quedara en poder de los ingleses toda la villa y señorío de Lunoges. Dolido de mi desgracia, de cómo me veía sin tierra ni futuro tras tanto tiempo penando en manos de los ingleses, quísome recompensar su majestad con un nuevo estado, concediéndome en feudo las rentas y tierras de Chalon, en la cuenca del Rhone. Pronto había formado una compañía de buenos hombres, mas, ¿de qué me habían de servir, estando concertada la paz? Hicimos audaces correría en busca de brigantes y bandidos y dimos caza a muchos, y a muchos harapientos soldados que, privados de la guerra y arrasados sus lugares, se veían arrojados a la deserción y el merodeo. Pronto me vi en campaña con cuarenta hombres, franceses e ingleses, a los que debía pagar y mantener con las escasas rentas de mi señorío.


    Pues no podía arrojar de mi lado a quienes tan fielmente me habían seguido, me resolví a conseguir dineros y demandé el patronazgo de cuanto rico señor me salía a los caminos, esperando tuvieran a bien concederme algún premio o merced. El propio rey me encargó instruir a algunos jóvenes de su corte como caballeros y me presté a ello mas, ¿como habían de aprender las armas sin enemigos a los que escabechar con ellas?



    Última edición por HoJu el Miér Nov 05, 2014 5:18 pm, editado 1 vez

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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Lun Nov 03, 2014 6:14 pm

    Capítulo VII

    En aquellos días de estrecheces que fueron los últimos de abril y primeros de mayo del año de Nuestro Señor de 1372, vi pasar por mis manos pequeñas fortunas y tentado estuve de traspasarlas a mi de nuevo raquítica bolsa, mas impúsose mi sentido del deber y las llevé íntegras a mis patrones, no pidiendo por premio más que lo que a bien tuvieron obsequiarme que, he de decir, no sirvió para aliviar las penurias de mi compañía. Me avergüenza decir que alquilé mi mano para menesteres de poco lustre en los más oscuros callejones de Paris, por encargo del señor de aquel burgo que, pues hace muchos años que dio a Dios su alma, no va en menoscabo de su honra decirlo aquí. La cristiana piedad detuvo mi mano en el momento justo, salvándome de perder aún más mi alma ya descarriada, mas mi patrón fue poco comprensivo con este ataque de fervor y me despidió de su lado.


    Híceme finalmente con una modesta suma con la que abonar lo que adeudaba a mis hombres y aguantar con cierto desahogo, mas no por mucho tiempo. Mi ánimo me sorprendía a veces añorando los aciagos tiempos de la guerra, que tantos males me habían traído. Más quería morir con honra en el campo de batalla que penar muriendo en vida durante la paz.

    Mi visita al señorío de Angulema, donde tenía su estado Poton de Xaintrailles, me mostró que no era yo el único que cedía a estos bélicos impulsos. El castillo de este señor se veía en pleno alboroto de soldados saliendo y entrando, y canteros trabajando en los baluartes. Monsieur de Xaintrailles era un hombre rudo y de modales poco caballerescos a veces, por lo que gustaba poco de compañías cortesanas. Como yo, se veía en apuros por la paz y opinaba que ésta no servía más que a los propósitos de los ingleses, que fortalecían sus líneas para atacar con renovada pujanza. Él puso en mis manos el destino de la contienda que ya por entonces era el asombro del mundo y superaba en mortandad a todas las campañas de César y Alejandro.

    Nunca leeréis esto en las crónicas de los reinos, pero sabed que fue por mi mano que volvió el caballo rojo de la guerra a hollar el maltratado suelo de Francia. Poco tenía qué perder, de modo que me presté a la tarea que Xaintraillles puso sobre mis hombros: debía saquear algunas caravanas de las que mercaban para los ingleses, y debía hacerlo pronto, aprovechando el gran escándalo que había sucedido a la anexión del ducado de Bretaña por parte de los pérfidos isleños. Mi patrón apoyaría mis actos en la corte y cerraría la boca de los que vertían ponzoñosas palabras de paz en los oídos del rey, y la guerra se reanudaría. Paro si me prendían antes, estaría solo y con seguridad se me trataría como a vulgar salteador de caminos.

    Dejé Angulema el cuatro de mayo y corrí Normandía y Aquitania como el ave carnicera que traza círculos de muerte en el aire antes de lanzarse y cebar su corvo pico en las carnes de la presa, mas, aunque mandé tender celadas y vigilar los caminos más concurridos de aquellas tierras, no hube encuentro reseñable en más de una semana, pero las apreturas en que me vi sirvieron para meter en mi endurecido seso constancia y paciencia.


    Finalmente, hacia la medianoche del día once, estando acampados en la linde de un bosque leguas a al sur de Dieppe, recibí de mis avanzadas informe de una caravana de mercaderes de parla inglesa de las que iban a Calais para pasar de allí a su isla, no lejos de nuestros reales. Mandé levantar el campamento muy presto, y llegarnos con gran cuidado adonde los ingleses estaban. Empero, debieron descubrir a mis batidores, pues los hallamos ya en marcha, todos sus guardias bien armados y en orden, defendiendo los carromatos.


    Trabamos cruda batalla pues peleábamos contra fuerzas casi parejas, mas impúsose la pericia y valor de mis hombres, y les hicimos gran carnicería pues ningún hombre armado quedó vivo y aun de los desarmados pocos escaparon. Era esto necesario para que llevaran la noticia de la gran crueldad del ataque francés. Cayó muerto uno de mis arqueros y otros cinco soldados recibieron heridas.


    Esta victoria nos animó sobremanera y proseguimos nuestra caza. Hubieron de pasar tres semanas sin encontrar, aunque parezca mentira, ni un mercachifle ambulante. Fueron días de gran pesar pues mis ahorros pronto no podrían afrontar la soldada de mi hueste y temía que mi patrón se cansara de esperar mis progresos y me retirara su apoyo. Para colmo de males, supe que los ingleses habían descubierto mi identidad pues me llegó la noticia de que una cruel compañía compuesta de lo peor de cuanto malo se halla entre sus filas, al mando del no menos infame Conde Ricardo, había llevado el terror a mi villa de Chalon, que yo creía segura por distar muchas leguas de cualquier frente, sin que ningún señor de Francia se cuidara de tal invasión. Maldije en alta voz al rey y a mi patrón Xaintrailles mas no podía hacer nada sino porfiar en mi empeño, aunque a pico estuve de volver riendas en auxilio de mis villanos. Apenas unos días después supe que, de nuevo, un escuadrón inglés volvía a hollar el arrasado suelo de mi feudo para rematar lo poco que quedara y de nuevo me sentí desesperado y solo, mientras me mesaba los bigotes y pensaba de nuevo en acudir hacia el sur. Pero, con gran dolor, logré controlarme: pues la guerra ya se me había declarado, mi única salida era arrastrar tras de mí al resto del reino.


    La oportunidad me la trajo Dios el día treinta, en un puente sobre el Loira. No bien la caravana lo había cruzado hacia el sur, buscando el abrigo de Poitiers, mis hombres, escondidos bajo los pilares y entre los juncos de la ribera, cayeron sobre ella. No obstante iban apercibidos y debimos combatir, aunque no por muy largo tiempo. Cuatro quedaron presos y matamos a muchos, al precio de dos de mis hombres.


    Supuse que ya había hecho suficiente ruido y me reuní con mi patrón, huyendo los caminos pues los ingleses pusieron en mi demanda varias mesnadas bien nutridas. Encontré a monsieur de Xaintrailles contento pero con aspecto de haber velado muchas noches, y me contó que a punto estaba de darme por muerto cuando había recibido noticia de mi último ataque y había movido en mi favor al rey, quien desairando a los embajadores ingleses que por mi causa le importunaban, había precipitado la guerra.

    Inmediatamente, me sumé a los combates, y fue el primero en las cercanías del alfoz de Orleans, donde ayudé a su señor Hugues de Payens a poner en franca retirada los últimos restos de la tropa que hacía el saco por los contornos.


    Marché al sur, a comprobar los estragos que se habían hecho a mis dominios y me detuve en Dijon para comprar algo de su famoso queso y para entregar en manos del rey la carta que para el me diera monsieur de Payens, además de traer a su presencia los siete caballeros que tiempo atrás eran jóvenes imberbes y que para su servicio había formado. Mucho pesar tuve por deshacerme de ellos, pues no había sido malo mi trabajo de instrucción, y no recibí del rey a cambio sino bellas palabras. Contraté en parca sustitución a dos aventureros de oscuro pasado y trazas de bandoleros, que vegetaban marinándose entre los jugos de una taberna y a quienes tuve que armar de mi bolsillo.


    Encontré mi feudo devastado y convertido en sitial de una banda de salteadores que imponían tiránico tributo a los campesinos y hacían no menos daño que los ingleses, cebándose en la miseria que éstos habían dejado tras de sí. Me maldije amargamente por haber iniciado la guerra que de nuevo me colmaba de males. Muchos hombres del campo habíanse visto forzados a dejar sus tenencias y vivían del forrajeo en las riberas del Rhone. Armados de palos, cuchillos cachicuernos y aperos de labrar, me siguieron dispuestos a vengar con saña el ultraje recibido.

    Dimos el asalto sobre Chalon a media tarde y la refriega duró lo que tardaron en expirar los ocupantes. Sobre ellos se abatió una tormenta infernal de espadas, lanzas, hoces y manos furiosas y ninguno pidió cuartel, pues lo sabían un esfuerzo fútil. Los últimos se refugiaron en un molino y allí murieron batiéndose con denuedo y dejando varios villanos muertos.


    Las gentes de la villa me vitorearon con un candor que me hizo sentir aún más culpable pues sus males no venían sino por mi causa. De nuevo llevado por la ira, sin reparar en las lecciones que mi año de cautiverio debiera haberme inculcado, me lancé al saqueo de municipios pecheros de los inglesas. Las tierras de Evreux sufrieron mi cólera en aquel aciago cuatro de junio, mas quiso Dios enviar un ángel que salvara mi alma cuando ya me disponía a llevar el fuego y la destrucción por otras aldeas y villazgos. Una joven que cabalgaba conmigo, una moza plebeya pero bien educada que había huido de la casa de su padre y a la que acogí en mi mesnada por recordarme sus rasgos a los de Laura, afeó mi acceso de furia. Díjome estas palabras ante todos mis hombres y respondí con dureza que no eran sino lances de guerra y que la guerra no era lugar para niñas. Aquella noche, acampada mi pequeña tropa en el frente de Normandía, mientras observaba a los peones que cargaban leña y a los que montaban guardia apoyados en sus lanzas, los reproches de la muchacha calaron en mí, y me resolví a poner por objetivo de mis armas, no a los pobres pecheros sino a sus cobardes señores, encaramados en los muros de sus castillos, cebándose en sus salones mientras dejaban morir a los que debían proteger. Miré al sur con pesar y pensé que aquella descripción bien valía para los señores de los franceses. Entreme en el pabellón con un suspiro y me tendí en el jergón, pensando en los duros días que habían de venir. Una compañía de cuarenta hombres bien sirve para atemorizar a campesinos y mujeres, pero doblegar la testuz de un castellano y hacer despeñarse su orgullo desde las almenas, es menester que debe ser acometido por un verdadero ejército.



    _________________
    Los papeles perdidos de Rafael de Llanza y Valls - - Un AAR de L'AIGLE

    Traducción de L'Aigle (actualizada a la versión 1.4)

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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Mar Nov 04, 2014 1:21 pm

    Capítulo VIII



    Supe por algunos viajeros con los que topé en el camino que ciertos mercenarios y caballeros sin señor habían llegado a la ciudad de Poitiers, donde causaban gran alboroto por su pendenciera naturaleza. Me resolví a hacer de ellos un refuerzo para mi compañía y me llegué sin tardanza al burgo, ya cayendo la noche, cuando los guardias ingleses a punto estaban de cerrar los portones. Iba solo, en guisa de pobre peregrino, el rostro embozado y un cayado por todo armamento, pues entre aquellas gentes era mi faz conocida ya como la de un vil salteador de caravanas y asesino de poblaciones, fama no del todo infundada, he de admitir.

    Más toda precaución se torna fútil frente al designio divino, y quiso Dios que un hombre, de los pocos que con vida habían escapado de mis correrías y que había venido a parar a la milicia y guarda de la ciudad, entreviera mi bigote en un descuido del embozo, y llamara al arma. O lo intentara, antes de que mi vara se abatiera sobre él tres veces, como un áspid de madera, dejándolo tendido en el suelo. Otros tres arrojáronse en mi persecución, espadas desnudas. Afirmé los pies y los enfrenté haciendo girar mi arma ante ellos. Cayeron uno tras otro con las cabezas rotas o los brazos partidos. Pocos de los hombres que guardan los burgos son hombres de armas; villanos de las milicias y algunos veteranos decrépitos llenan los adarves de sus murallas. No sin cierto temor, pues las puertas permanecían cerradas toda la noche y sin duda habrían de poner a buscarme a todas las lanzas de la ciudad, aproveché la confusión para perderme entre las sombras de los callejones.


    No tuve que porfiar mucho para encontrar a los ruidosos guerreros que pasaban las noches, y también los días, entre tabernas y lupanares, pues dejaban un rastro harto reconocible, de barricas vacías y frascas hechas añicos, de vino y de sangre. Al contemplar tan portentosos destrozos, se me figuró una hueste mercenaria tal que fuera bastante a tomar la plaza de Poitiers y abrir sus puertas al rey desde dentro, si lograra allegarla a mi causa. No sabría decir si quedé decepcionado o más maravillado aún cuando los encontré por fin y supe que tan formidable alboroto lo causaban apenas diez hombres: cinco genoveses de aspecto rufianesco provistos de ballestas y cinco hombres de distinta nación que se decían caballeros. Como tal iban armados y traían sus propias monturas, lo cual bastaba a acomodarme, de modo que no les pedí razón de su linaje.


    Después de haberlos convidado al segundo azumbre de vino, aceptaron venirse conmigo a la mañana siguiente, mas no creáis que me fue barato, pues ni el más ebrio de los mercenarios olvida pedir un adelanto.

    Abandonar los muros de Poitiers fue más fácil de lo que había previsto. Tan deseosos estaban todos en la ciudad por librarse de los revoltosos que apenas pararon mientes en el hombre harapiento y encapuchado que caminaba junto a sus caballos. Confiaba en que me tomaran por criado de los caballeros y así fue.

    Con estos nuevos y caros compañeros, volví riendas a Levante y al sur siguiendo el curso del Rhone, tomando a mi servicio a cuantos campesinos quisieran probar fortuna en la guerra, hasta mi señorío de Chalon, donde una veintena de mozos se presentaron ante mí para que les diera plaza en mi mesnada. El concejo de la villa había pagado parte de sus pertrechos y venían razonablemente armados.


    A cambio me pedían que dedicara unos días a la instrucción de los paisanos en el arte de las armas, pues sufrían, además de los temores de verse asaltados por tropas hostiles, las poco gratas visitas de un nutrido grupo de forajidos, que les forzaban a pagar por su vida. Me puse sin tardanza manos a la obra, y mientras me instalaba, recibí un mensaje del rey llamándome para que acudiera con mis tropas para cabalgar a su lado, como dictaban las leyes del vasallaje que le debía.


    Me dije que no sería grave trastorno hacer esperar unos días a su majestad mientras cuidaba de entrenar a mis súbditos y dediqué a tal menester a mis mejores hombres y a mí mismo con ellos. Enseñamos a los campesinos los rudimentos del combate cuerpo a cuerpo y varios se atrevieron a medir sus fuerzas contra mí y mis caballeros, de lo que salieron algo magullados pero considerablemente más prudentes e incluso más hábiles.


    Aún empeñado en esta tarea, me llegó nueva carta de mis amigos en la corte, que decían haber partido el rey con sus vasallos, y aseguraban que mi ausencia había sido muy comentada entre los señores, de lo que recibí no poca consternación, pues realmente esperaba que la hueste real se demorara más en abandonar Dijon. Poco me duraron estas tribulaciones, pues me advirtieron de que se divisaba una polvareda como de muchos caballos a galope. Sin duda, los bandidos venían ya por su botín, pero habían de encontrar la aldea vacía. Cuando se hubieron internado entre las calles, a mi orden, salieron los paisanos y mis peones de sus escondites y cargaron mis jinetes desde la loma tras la cual se ocultaban, cogiendo de improviso a los asaltantes y haciéndoles muchos muertos desde ventanas y zaguanes, tendiendo celadas a los caballos en cada esquina y acorralando a los hombres en grupos de dos o tres para caer sobre ellos como enjambres de abejas. Los que consiguieron salir a campo abierto, topáronse con mi caballería formada y su huida se tornó un infierno de sangre y gritos.


    No hube de lamentar en mis filas más que un par de heridos y algunos más entre mis villanos. En agradecimiento, otros siete muchachos bien pertrechados juraron seguirme hasta la muerte y la gloria. Me pregunto qué hubieran hecho de haber sabido que les esperaban más raciones de la primera que de la segunda.


    Se me llamó de nuevo a la corte para dar mi consillium en la elección de un nuevo mariscal del reino de Francia. No consideré oportuno hacer nuevo desaire a mi señor y me presenté raudamente. El rey continuaba en campaña pero los oficiales de su casa recibiéronme con honor  y el mayordomo real presidió el consejo en el que los pares y los vasallos que restaban en Dijon tras la partida del rey Carlos, dieron su parecer. Fue éste el de favorecer al conde Geoffroy frente al barón Olivier. Su majestad, por esta vez, siguió la recomendación de sus vasallos y así lo confirmó en un mensaje que de su sello y letra llegó a la corte. No obstante, como tenía por costumbre, no tardó sino el tiempo que le tomó volver a Dijon para arrojar de su lado al nuevo mariscal y arrogarse él mismo sus poderes, lo que no gustó al conde Geoffroy ni tampoco nos hizo gracia al resto de los señores.


    Sería el día ocho de junio cuando pagué las soldadas y marché hacia el norte con unos ochenta hombres para juntar mis esfuerzos a los necesitados señores de aquellas regiones, que se veían muy duramente presionados y habían abandonado varias fortalezas ante la pujanza de los traidores ingleses.

    Una de estas plazas era el castillo de Chalons y sus feudos adyacentes. Pues a la guarnición dejada por los ocupantes se habían unido las huestes de varios señores que allí se refugiaban, sumando una considerable fuerza, no me arriesgué a un cuanto menos poco prometedor asalto. Mis hombres estaban sin embargo deseosos de vengar las tropelías que los ingleses habían hecho en sus tierras y no me quedó otra opción que permitirles hacer saco en la villa que al abrigo de la fortaleza estaba para que vengaran exceso por exceso. De nuevo se quejaron algunos de mis oficiales pero no podía arriesgarme a un motín o una deserción masiva por escrúpulos de conciencia, pues eran tiempos de guerra. Además, confiaba en que, viendo la destrucción que causaran mis hombres, los de Chalons hicieran una salida para dar sobre nosotros con parte de sus tropas, esperando vencerlos así por partes y dejar desguarnecida la plaza. Mas su cobarde naturaleza les hizo quedarse tras los muros y vime obligado a volver riendas hacia empresas más asequibles.

    Apenas me había alejado unas leguas cuando topé con Lord Godwyn de los ingleses al frente de su mesnada, asaz pareja en número a la mía. Ninguno de los dos quiso eludir el combate y cruzamos armas en un campo de colinas suaves y árboles dispersos. Lamento no poder dar razón de lo más crudo de aquella batalla pues he de decir que, tras alancear en la primera carga a un par de infelices, hube de tirar de espada para abrirme paso entre los hombres de librea encarnada que pugnaban por asir las riendas de mi caballo. Una puñalada traidora de hoja innoble abrió el cuello de la gallarda bestia, que cayó arrastrándome a tierra. Por suerte rodé lejos de ella y no me atrapó bajo su peso, pero me vi desmontado, rodeado de enemigos y con la batalla desarrollándose lejos. Mi espada se empapó en sangre inglesa y aún mi brazo, pero me dieron un par de heridas y a buen seguro muy negro habría sido mi sino en tal lance de no llegar en mi ayuda algunos jinetes.

    La victoria se cobró su precio. Diez buenos hombres dieron a Dios sus almas en aquella jornada y hubo muchos heridos que sanaron a su tiempo. De los ingleses quedaron pocos vivos y menos aún sanos. A fe mía que lucharon con brío. Llevé presos a los que estaban en condiciones de marchar y dejé a los demás a su suerte. Me figuro que pocos volverían a levantarse.


    Anduvimos varios días corriendo las tierras que los ingleses habían arrebatado a Francia en su primera ofensiva y me maravillaba de los avances que habían llevado a cabo en tan corto tiempo. Me acongojó el corazón pensar en que yo había provocado tal desgracia, pero mi seso discurrió que, de haber esperado, nuestros enemigos tendrían aún más bríos, pues tantos mostraban ahora aun cuando les habíamos cogido por sorpresa... o al menos, así me lo había asegurado mi patrón.

    El día trece se hizo saco de Joinville pero prohibí a mis tropas excederse en demasía y frené en lo posible las muertes y las violaciones.

    Esa misma noche crucé espadas con otra partida enemiga, comandada por el discreto y honorable Lord Reyner, un caballero anciano pero vigoroso, con el que tuve una corta audiencia en el campo, entre las dos huestes formadas para la batalla. De haberme atacado de improviso, difícilmente hubiera podido salir con bien de la liza, pero demostró en todas sus acciones una caballerosidad que yo desearía hoy haber tenido más a menudo en mi vida. Ensalzó mis hazañas y yo correspondí con similares cumplidos.

    La lucha fue rápida y violenta. Con mis jinetes, cargué contra las líneas del inglés y derribé al propio Lord Reyner en singular combate. Me habría detenido para ponerlo a salvo en mi retaguardia pero me vi acosado de muchos peones y me abrí paso dejando entre ellos sangriento surco para reunirme con la caballería, mientras mis peones trababan ya combate con las deshechas filas enemigas. La batalla tuvo a partir de entonces un cariz menos heroico de lo que tan formidable adversario hubiera prometido; la noche confundía las formas y los colores y uno no se sabía si rodeado de amigos o de enemigos, las hojas brillaban blancas a la luz de la luna en una macabra danza, para hundirse y elevarse de nuevo con destellos de rubí.

    No supe muy bien quien había vencido y de quién eran los cadáveres que cubrían el campo hasta que me vi rodeado de mis hombres. Una voz alertó entonces y dirigí la vista hacia donde todos miraban. Unos pocos hombres apremiaban con gestos para que un escudero cargara sobre un caballo blanco el cuerpo de un hombre. En la distancia, advertí apenas que el herido se rebullía débilmente. Ya mis caballeros iban a galopar tras los supervivientes mas los detuve con gran alivio de saber que Reyner estaba al menos vivo, y dejé franca retirada a quien tan valientemente había lidiado, pues tampoco quería ni podía llevar más prisioneros.


    A pesar de que el tiempo me ha hecho cínico y pienso que una actitud menos noble al presentar batalla hubiera evitado la derrota de Lord Reyner, nunca he dejado de admirar a aquel hombre, templado de acero viejo, último vestigio de un tiempo en el que el honor todavía significaba algo en los campos de batalla.

    Hube de volver tras las líneas para añadir más brazos que suplieran las bajas sufridas y el día dieciocho, emprendida ya la marcha contra el castillo de Monterean, al que los ingleses habían dejado guarnecido de escasas tropas por las necesidades que de hombres les imponía la titánica Campaña de Junio, como dio en llamarse después. Yendo como digo, al asalto de Monterean, un nuevo encuentro en campo abierto hubo de retrasar mis designios. Fue éste con Lord Harald, un membrudo señor de hirsuta barba y voz de trueno, que mandaba una compañía de fieros soldados. No crucé con él otro parlamento que las mutuas conminaciones a la rendición, denegadas por ambas partes con menos cortesía de la usada anteriormente.

    En un campo cubierto de verde yerba y salpicado de ciclópeos pinos, dirigí a mis hombres de a caballo en una carga frontal, como es uso entre los de nación francesa. El cobarde Lord Harald, a lomos de un corcel blanco de gran alzada, ocultóse tras las filas de sus peones que, agrupados al pie de un gran pino, avanzaban vivamente al encuentro de los cascos de mis caballos. Las flechas disparadas con inigualable fuerza por los funestos arcos de tejo silbaron como marcando el inicio de la batalla y dos caballos rodaron por tierra de los que tras de mí cargaban. La línea inglesa resistió la carga a costa de muchos muertos que les hicimos, pero quedamos atrapados y no pudimos rehacer el escuadrón para repetir nuestra carga y nos vimos empeñados en combates parciales,  en los que sufrimos mucho hasta que los de a pie llegaron a auxiliarme. Yo me había destacado de los demás cayendo sobre los arqueros que empezaban a  afinar el tiro con sus infernales armas  y a fe mía que de cada flecha hubiera un francés muerto en tierra si no lo impidiera mi espada. Otros hombres me siguieron, haciendo gran descalabro y daño a las filas de los ingleses, pues así pudimos envolverlos y hacer descender sobre sus cabezas tal tormenta que el fuego del infierno les ha de resultar más grato. La nona parte de los ingleses eran muertos y solo siete quedaron vivos y éstos muy maltrechos, entre ellos Lord Harald, que huyó del campo.


    No así los últimos hombres de su retaguardia que quisieron forzar una desesperada huida hacia adelante y cargaron con más valor que cordura. Solo dos vivieron. No menores eran las penas de mis soldados. Más de veinte yacían muertos, casi todos ellos en la primera acometida y otros tantos quedaron descalabrados de diversas suertes. Del botín tomado, que fue grande, aparté para mí una armadura completa de buen acero con protecciones de malla y un yelmo cerrado para sustituir el mío.


    No quise arriesgarme al asalto con apenas cuarenta hombres en pie, de modo que volví a retaguardia para que allí sanaran sus heridas y de nuevo más gente engrosara mi mesnada. La guerra es un animal hambriento de vidas y todavía restaban muchos años para que aquel fuera saciado de su mortífero afán.

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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Mar Nov 04, 2014 7:00 pm

    Capítulo IX

    Dejamos el relato de estos famosos y tremendos hechos mediado el mes de junio de mil trescientos y setenta y dos, pasadas las batallas que ya referí. Sin resultar derrotada en ningún lance, quedó mi hueste, no obstante, grandemente quebrantada por el continuo bregar y hubimos de replegarnos para lamer las nuestras heridas sin llevar a término la empresa que propuesto me había, que no era sino la conquista del castillo de Monterean.

    Catadas las heridas de mis hombres y reemplazados los caídos, de nuevo marchamos en son de guerra contra Monterean. Guarnecían la plaza menos soldados de los que yo traía mas no era este asalto cosa de niños pues el castillo encaramábase a un empinado risco e hincaba sus murallas en la roca haciendo de la fatigosa ascensión un suplicio merced a las flechas de los defensores. Pusímosle cerco pero no tenía yo gana de sufrir las incomodidades de un asedio por hambre, pues no afligen éstas solo a los sitiados, que también a los sitiadores, de modo que dispuse el asalto con los parcos medios de que disponía.


    Tendida que fue la escala de mano, pues la puerta era fuerte y se podía guardar muy bien desde dentro, nos trepamos a ella bajo el silbido mortal de los arcos largos que, aun siendo pocos sus portadores, de parte a parte pasaban las almas, tanto como pasaban de parte a parte las carnes. Entre los merlones, erizábanse de lanzas y espadas los ingleses y no eran mis tropas capaces de romper su enconada defensa. Envuelto en hierro de pies a cabeza, enardeciendo a mi mesnada con guerrero alarido, alcancé las almenas y abrime paso hasta el adarve que ocupaban los enemigos. Caí en medio de ellos, asestando furiosos tajos, mas pronto me vi  muy embarazado por sus golpes, que no podían traspasar mi arnés pero me fatigaban los miembros y me lastimaban los lomos. Tras de mí iban mis peones y hombres de armas rompiendo las líneas y por cierto que, aun sin un caballo entre las piernas, mis caballeros, fueran vasallos o mercenarios, se batieron con sus mejores artes en este lance. Sin cuidarme más de aquella refriega, fuime muy presto contra los arqueros que, desde las torres, hacían gran mortandad entre los míos.


    Allí vierais a aquellos matadores de tantos buenos caballeros soltar los arcos y echar mano a porras y espadas para venir a las armas con uno solo de ellos. Diéronme poco quehacer y volví al adarve donde se ejecutaba crudelísima lucha, pues los contrarios pugnaban por cada palmo de muralla regando las piedras con azumbres de sangre propia y ajena, que una vez se derrama poco importa de quién salió. Pudo más en fin la pujanza de los franceses y echamos a los de Inglaterra al patio escaleras abajo, no abandonando éstos un peldaño sin antes perecer alguno en su defensa. Resulta admirable esta determinación en villanos solos, sin otro líder que los oficiales de la casa, pues andaba el castellano armado en guerra contra las tierras del rey Carlos y un señor que pernoctaba en Monterean con algunas guardas suyas, huyose cobardemente burlando nuestro cerco la noche anterior.

    Ya perdidas las murallas y con ello el castillo porfiaban algunos en hacerse matar matando, y dimos muy cumplido fin a sus deseos. El grande recinto de este castillo encierra grandes cortaduras y desniveles y les era fácil encontrar lugar desde el que hostilizarnos. A la postre no quedaron vivos sino algunos y estos heridos, y de los míos, a más de diez dimos tierra esa tarde. Fue gran fortuna, empero, que halláramos muchos soldados franceses presos, a los que habían de pasar a cuchillo si no hubiera llegado mi gente, en castigo por la brava defensa que de Monterean habían hacho ante los ingleses. Dieron un festín a sus famélicas carnes con las buenas viandas de que estaba avituallado el castillo y pronto sintiéronse con bríos para unirse a mi hueste.


    Despaché al más veloz de mis jinetes con recado para el rey, informándole de nuestra hazaña y ponderando la bizarría de los hijos de Francia en lo más reñido de la lid, esperando la justa recompensa de gozar lo que por nuestros brazos habíamos ganado. Con el refuerzo de los cautivos liberados, que suplían con creces las bajas, y ya sanos casi todos los hombres, me resolví a partir bien de mañana pues no había sino dado principio a mi campaña.

    Los ingleses habían hecho brecha en el frente y un grande avance pero no disponían de suficientes brazos para mantener guarnecidas tan dilatadas conquistas, al tiempo que continuaban sus ataques y defendían sus posesiones en Aquitania, Bretaña y Normandía. Andaban muchas partidas de ingleses en campaña pero sus fortalezas y castillos acusaban la osadía de sus nuevos señores y se hallaban vacíos. Tomé la resolución de asaltar por los mismos medios que Monterean el castillo de Albe, que distaba varias leguas de allí, confiando en coronar la empresa con igual éxito. Es este casillo pequeño y de fuertes muros, y álzase sobre una colina de yerba verde. Su asalto no es tan penoso como el de los escarpados riscos de Monterean. Guardaban las almenadas cumbres apenas cuarenta hombres, la mitad de ellos con arcos y ballestas, aunque muchos eran campesinos armados a toda prisa con armas de caza. Los prisioneros que Albe encerraba en su vientre eran tantos como sus guardianes y el deseo de liberarlos de tan injusta prisión en que se veían, alentaba nuestros ánimos a la batalla.

    Cercada la plaza, quise ofrecer al señor de ella generosas condiciones de rendición mas, como viéramos antes, el señor de aquellas tierras andaba armado en son de guerra corriendo los campos con la mayor parte de sus soldados. El mayordomo del señor, que era a modo de comandante y gobernador del castillo, escuchó mi propuesta y denegola con valerosas razones, conduciéndose como hombre de honor y caballero. Como la puerta estaba muy bien defendida de rastrillo y barbacanas, resolví de nuevo aparejar unas como escalas o pasarelas con planchas de madera que al efecto sacamos de mesas y demás muebles en los vecinos lugares.


    Cubriendo nuestros cuerpos con escudos y paveses de los abundantes y no siempre desatinados dardos que nos tiraban y conmigo a la cabeza, nos entramos (no sin trabajo pues la pasarela temblaba con la prisa de nuestros pies y los intentos que desde las murallas hacían por arrojarla abajo) por la brecha del antepecho que hicieran los ingleses en su conquista, siendo así que por su propia mano les venía su perdición. Ganadas las murallas con esfuerzo y sin que los ingleses dieran ni pidieran cuartel, seguimos luchando en el patio, en las casas y almacenes. Cuando ya sólo los gemidos y amargas lamentaciones de los heridos se oían en Albe, me tiraron de alguna parte una traidora flecha que por ventura erró el tiro. Supimos que el mayordomo y sus más fieles se habían encerrado en la torre del homenaje  y esperaban allí resistir. Había en el patio un carro cargado de leña que empujamos trabajosamente a modo de ariete contra la puerta. Estrellose dos veces y crujieron y se astillaron las maderas de roble y dobláronse los herrajes. Entré con unos pocos de mis hombres y buscamos a los postreros defensores, a los que hallamos en el salón principal, hecha barricada con las mesas. Viéndolos resueltos a batirse, no pudimos sino condescender y darles la muerte que parecían anhelar con tanto afán.

    Estuvo de Dios que aquel día murieran buenos hombres de ambas naciones, pues lamenté mucho la muerte de quienes tan bravamente se habían defendido, y mucho más la de aquellos de mis hombres que quedaron sobre las murallas, no sin ser atravesados de muchas flechas o lanzadas. De los prisioneros que tenían, algunos uniéronse a mí sin reservas, mas otros quisieron volverse a sus lugares o buscar a sus señores, a los que temían necesitados de auxilios, de modo que les di licencia para partir en buena hora.


    De nuevo escribí a Dijon, o adonde quiera que mi señor Carlos V estuviera para darle razón de la batalla que hubimos en el castillo de Albe, confiando en verme ya castellano. No era solo la ambición de ver aumentados mis feudos lo que me movía sino el gran temor que tenía por que los prisioneros, a despecho de las guardas que procuraba tener siempre con ellos, se me huyeran de noche aprovechando algún descuido en el campamento.

    Después de tan tremebundos combates, mi tropa era muy diferente de la que partiera a principios del mes de junio, que ahora iba tocando a su fin. Muchos hombres habían muerto de los que entonces traje conmigo pero aún así éramos más que entonces. Entonces solo contaba con bastantes hombres de a caballo, caballeros y escuderos suyos, y muchos peones armados pobremente. De estos los más eran muertos con gran pesar mío y habíalos sustituido con los cautivos rescatados, en su mayoría soldados de gran valía, infantes y caballeros bien pertrechados, y ahora me tenía por capitán de una compañía de bravos y diestros hombres de armas.


    Regresaron mis dos emisarios juntos acompañados de un joven pupilo de la casa del rey para comunicarme la decisión del soberano. Ésta me llenó de funestos pensamientos y amarga rabia pues, bien que Su Majestad consideraba muy valiosos los servicios prestados al trono por este su buen vasallo Guillermo señor de Chalon, me concedía en premio no más que un cofrecillo de oro que el joven escudero traía en custodia para entregar en mi mano. Al recibir tan parco presente, las palabras de agradecimientos se volvieron como bilis en mi boca y hube de escupirlas con más brusquedad de la que el muchacho merecía. ¿Qué se hizo de la plaza de Monterean, preguntaréis, en la que tantos buenos hijos de Francia dejaron su vida entre los peñascos? Recordaréis la ocasión en que fui llamado a Dijon para participar en la elección de un nuevo mariscal del reino de Francia y como este cargo recayó sobre el Conde Geoffroy, en perjuicio del Baron Olivier, que se fue muy corrido. Para congraciarse con aquel poderoso señor, el rey Carlos andaba buscando qué rentas o feudos podría entregarle sin menoscabo del patrimonio real, del que era muy celoso guardián. Cayóle como del cielo el castillo que yo ponía en sus manos y se lo regaló sin cuidarse de que hacía tamaño desaire a un buen vasallo para contentar a otro de lealtad mercenaria.

    ¿Y qué se hizo de Albe, fortaleza de gruesos muros? Tampoco fue para mí sino que quedó en manos de algún otro noble señor que empleaba su brazo más en hacer reverencias y donaires a los cortesanos de Dijon que en blandir con él una espada. Con grande resentimiento me puse en camino con mis dos cautivos ya sanos y entregados a murmuraciones en mi daño, de tal modo que hube de separarlos y sólo se veían y hablaban cuando comían en mi compañía y la de mis lugartenientes. Encaminamos pues nuestros pasos a retaguardia para allí hacer avituallamiento y descanso de nuestras fatigas.


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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Miér Nov 05, 2014 2:04 pm

    Capítulo X[/color]

    Es para mí muy ingrata tarea el traer a la memoria y narrar los males sin cuento que se abatieron sobre mí aquel mes de julio del año de Nuestro Señor de 1372, sin duda castigos que quiso enviarme Dios por mis muchos pecados, pero me es forzoso ser fiel a la verdad de esta crónica.

    El 1 de julio andaba yo corriendo las cercanías de Albe, castillo de que ya hablé, cuando, siendo ya noche cerrada y discurriendo si habría de allegarme a la fortaleza a pedir hospitalidad, alertáronnos ruidos de refriega y vimos que en un valle tenía lugar una escaramuza de poco monto entre una treintena de hombres. Iban los franceses muy quebrantados y su señor Philippe d’ Hainaut había caído. Los ingleses, por su parte no andaban con mejor pie. No fue menester poner en juego toda mi mesnada para hacer paz quedando muertos los ingleses que no se rindieron, como sí hizo su señor, Lord Talbar, al que tomé cautivo. Debía de ser caballero de alcurnia pues no pasó un día hasta que, so pabellón de paz, vinieron a ofrecerme por su rescate una suma que acepté, pues temía no poder controlar a mis tres nobles prisioneros si no tenía lugar fuerte donde custodiarlos. No pasó largo tiempo sin que vinieran a rescatar también a Sir Guy con mucho oro que sus allegados reunieron.


    Al día siguiente, no lejos de allí, topé con Lord Frere y hubimos crudelísima liza que dejó en el campo más de ochenta hombres muertos, la cuarta parte de mi campo. Perdí mi montura y a pico estuve más de una vez de perder también la vida pero logré el auxilio de mis jinetes y uno de ellos tuvo la caballeresco gesto de prestarme su caballo. Escapóse el Lord dejando como digo a los más de los suyos y no pocos de los míos muertos en tierra.


    Dos días después sorprendí en la oscuridad la tropa de cincuenta lanzas de Lord Gharmall, a la que puse en fuga con poca pérdida de mi parte y no quedando sano, según creo, nadie de la suya. Era mi propósito buscar algún otro castillo a cuyos muros encaramar mis esfuerzos, pensando que ya no hallaría el Rey razón para negármelo. A tal efecto busqué más peones por las villas y los burgos y no bien había repuesto mi hueste, habiendo liberado a los villanos de Vaucouleurs de una banda de salteadores que allí hacía su tiránica voluntad, recibí recado para reunirme con Su Majestad que, arrogados para sí los poderes de mariscal del reino, reclamaba de mí el auxilio que, a despecho de las ingratitudes sufridas, me resolví a darle luego como buen vasallo.


    Supe que había puesto cerco Su Majestad a la plaza de Neufchâteau, plaza que había estimado yo entre las más acomodadas a mis propósitos de conquista. Llegado a sus reales el día que debió ser siete de julio, me sorprendió grandemente ver que Carlos V de Francia emprendía campaña al mando de no mayores fuerzas que las mías, y se me figuró que pocos guardadores podrían hacer muy buena defensa del castillo contra tan pocos hombres. Quise unir a él mis esfuerzos y aun pensé que a ese efecto me había llamado, con lo que de seguro sería nuestro el castillo, mas no me dejó siquiera hablar y mandome a hacer una descubierta a las plazas y lugares que ocupaban los ingleses y volver a él con los informes que de allí sacara del número y calidad de sus guardas. No encontré en Chalons ni Senlis indicios de los movimientos que inquietaban al Rey, mas, comoquiera que él no me esperaba hasta pasados algunos días, quise llegarme cerca del castillo de Monterrean, pues la guerra sacudía violentamente aquellas tierras. Lo encontré sitiado de muy grandes fuerzas inglesas, a cuya cabeza iba el mismo rey Eduardo III. De ninguna manera podía la huérfana y escasa guarnición de la plaza resistir tales fuerzas, pues no montarían más de cincuenta hombres y no había noticias del barón Olivier a quien, con tanta liberalidad, Su Majestad otorgó lo que para él otros ganaron. Marcharon muchos de a caballo en mi demanda al verme ojeando el campamento y debí retirarme adonde mi señor aguardaba, no sin gran congoja de abandonar Monterrean.


    Me llegué a los reales de Su Majestad a darle mis informes que ponderó como de mucha valía y planté también mis pabellones frente a los muros de Neufchâteau, para tomar parte en la batalla que estaba por venir. Sucedió que el Rey, provisto, con las mías y las suyas, de no despreciables fuerzas con las que intentar forzar la plaza e informado por mí de que no lejos, el Rey de los ingleses andaba en campaña con gran hueste, no quiso prestar oídos a nuestros consejos y persistió en su empeño de rendir por hambre a la escasa y bien avituallada guarnición de Neufchâteau, en lo que demostró obrar muy mal y con poco seso.

    Temía yo por mi gente pues la ociosidad es grande enemiga de la disciplina y sin batalla en la que ocupar su cuerpo y su alma, el soldado añora el dulce lecho de la esposa que dejó atrás. Así, desperté el doce de julio y hallé que unos soldados, tomados sus sesos de alguna locura, cometieron la horrenda felonía, más vil siendo varios, como lo eran, caballeros, de desertar en lo oscuro de la noche. Ignoro si por hastío de la cruel espera a que el rey Carlos nos obligaba o por miedo de lo que había de llegar con el alba, que no fue sino el retumbar de las cabalgaduras, el trino de trompas y el brillo del sol naciente en cientos de petos bruñidos. Eduardo de Inglaterra se venía a nosotros con toda su fuerza; mi rey, en menos tiempo del que se tarda en narrarlo, abandonó las más de sus tiendas y montando a toda prisa, partió hacia la seguridad de los muros de Dijon. A buen seguro que juntos, habríamos podido hacer frente al inglés, pero ampliamente superado y tomado ya el camino por el que huía el Rey, me vi forzado a levantar yo también mis reales oyendo los vítores de los sitiados, esperando alcanzar Monterrean para refugiarme allí y resistir el sitio que momentáneamente parecía haber sido levantado. Cuál fue mi aflicción al ver ondeando en sus merlones el pabellón bermejo de los ingleses. Monterrean había cambiado de manos tan presto como cuando cayó en las mías.


    Vime sin remedio atrapado entre unos muros hostiles y casi doscientas lanzas que venían en mi demanda. Apresté pues a mis noventa y tres hombres para una desesperada lucha y revolvíme contra la mesnada real, queriendo romper sus líneas con una audaz carga a la francesa. Fue grande la mortandad que hicimos entre sus filas, allí vierais tantas lanzas hundirse y alzar, tantas adargas hender y traspasar, tantas lorigas quebrar y desmallar, tantos pendones azules, en roja sangre brillar. Fue una gloriosa escabechina la que allí hubimos, que tal vez no merezca más que una nota fugaz en los anales de la Historia, pero sabed que en ella cayó herido por mi mano el mismo rey de los ingleses y muchos barones suyos.

    No se retiraron del campo con tan grandes desgracias sino que redoblaron su furia y nos acosaron con muchos dardos, flechas y espadas, tendiendo muertos a muchos franceses de bien. Declinaba el sol y seguía la liza cruel, tiñendo en sangre los campos. Muchos dieron aquel día su alma, de ambos campos; perdido mi caballo, metíme entre las filas de los arqueros ingleses con tanta saña que, de cuantos probaron mi espada, ni uno quedó con sombra de vida. Mas por muchos miembros que cortáramos y cabezas que hendiéramos, no se agotaba la cascada escarlata que venía contra nosotros y vímonos cercados de decenas de enemigos unos pocos supervivientes, mis más fieles camaradas, y yo, los más, heridos y agotados, parapetándonos tras terraplenes de cadáveres y no reconociendo en nuestros rostros desencajados y manchados de sangre ya los rasgos del humano linaje, sino los de la bestia hambrienta de vorágine.

    No pedimos cuartel, ni nos lo ofrecieron. Al trepar entre la macabra muralla que nos defendía, encabritóse el caballo de un jinete inglés, al que con toda la fuerza que me restaba di tal tajo que quedaron tronchados el peto y la carne y aun crujieron las costillas y casi se partió en dos. Tomé la montura y mis tres compañero imitaronme y con broncas voces de rabia, lanzamos una última carga, rotos y ensangrentados, como muertos levantados de aquella fosa que había sido campo de batalla. Tan espeluznante imagen causó gran pánico unos momentos pero pronto se deshizo el pasmo y nos acometieron con presteza, derribándonos y dándonos tan grandes golpes que creí morir y así habría sido si el rey Eduardo, hondamente impresionado, no hubiera querido conocer a quien tan denodadamente se había batido, dejando a la mesnada real tan quebrantada que habrían de volver a sus cuarteles o aun al otro lado del Canal, pues de sus ciento setenta y nueve hombres ciento fueron muertos y solo siete heridos, de lo que recibieron todos gran horror y admiración. De los míos, cuarenta y nueve fueron a reunirse con el Creador y el resto sufrimos gran quebranto, muriendo muchos de resultas de las heridas.


    Convalecí unos días muy bien atendido de los médicos del rey, mientras la hueste marchaba hacia Chartres para allí reponerse, pues era esta plaza también tomada por los ingleses. En sus cercanías, hallé el modo de evadirme junto a unos pocos de mis compañeros de prisión, lamentando amargamente la pérdida de tantos buenos hombres pero resuelto a formar nueva mesnada con la que llevar a término los más grandes prodigios, como veréis, si Dios me da fuerzas y a vosotros paciencia.


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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por Firefrost el Miér Nov 05, 2014 10:36 pm

    JAjajaja unas buenas carcajadas con tu historia, es un gran arr
    ´*rep para ti


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    "Algunas aves no deben estar encerradas. Sus plumas son demasiado brillantes... y cuando escapan, la parte de ti que sabe que fue un pecado haberlas encerrado se regocija, pero la parte con la que vives se siente vacía y triste de que se haya marchado

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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Jue Nov 06, 2014 1:18 pm

    Gracias, me alegro que te guste  Smile

    Capítulo XI

    No creáis que habían de tener coto mis desventuras  con estos ominosos sucesos de mi derrota y prisión, pues aunque de ellos salí con regular fortuna, no fue sino para caer de nuevo en los hondos abismos de la desgracia.

    Concedióme el Señor cierto reposo de mis cuitas que por lo efímero y engañoso diríase más burla cruel que divino premio. En este tiempo, que fue el de la segunda mitad de julio del Año de Gracia de 1372, anduve corriendo las villas y burgos en donde era bien conocido e híceme a las pocas semanas con respetable compañía. Me vi forzado en aquellos días a de nuevo perseguir el latrocinio de los vulgares salteadores y desertores y huir de cuanta hueste inglesa se me presentaba a los ojos. No por mísera y desarreglada fue mi vida entonces peor que en los venideros días, y me holgaba mucho de hacer buen servicio a mi ingrato señor, extirpando de sus campos a la canalla más vil.


    No pudo agradecerme Su Majestad mis desvelos pues cayó preso en lamentabilísima escaramuza que le hicieron los ingleses. Andaba el reino descabezado por esta causa y se reunieron en Dijon los pares a toda prisa para nombrar un mariscal que rigiera en ausencia del bienamado monarca. Fue el elegido el infame Gerluchs, un hombre oscuro que había llegado a lo más alto de la corte, si hemos de dar oídos a las malas lenguas, desde las sábanas de la Reina.


    Como mi creciente hueste daba muestras de hastío, temí planeara sobre ellos el fantasma de la deserción, como ya lo hacía el de la indisciplina. Eran frecuentes las peleas y las quejas masculladas y no me quedó otro recurso, pues los cobardes ingleses no parecían en parte alguna, sino permitirles hacer saco de las villas que pechaban al enemigo. He de decir que me empujó a esta maldad el recuerdo de la derrota sufrida a manos del Rey Eduardo, y el de los muchos hombres que me habían servido con lealtad y yacían ahora en fosas sin nombre, olvidados de Dios, por toda Francia. Más hubiera debido dirigir tales resentimientos contra mi indigna persona, pues mía era la culpa de haberlos conducido a tal destino, pero la cristiana penitencia no era entonces uno de mis pasatiempos y la sangre bullía en mis venas. No es disculpa para mi abyección y no es mi ánimo hacer descargo de mis culpas. Baste decir que la villa de Bretigny y la de Senlis, sufrieron inmerecido castigo por mi sangrienta mano.


    En los últimos días del mes de julio, de nuevo puse sitio a Albe, castillo que por inconstancia de su señor, había caído de nuevo en manos de los ingleses, haciendo inicua la sangre que entre sus sillares dejáramos apenas un mes antes. Guarnecían la plaza poco más que una veintena de hombres pero rehusó su señor Lord Eliot la rendición, de modo que marchamos en son de asalto sobre las murallas y expugnamos no sin trabajo a los defensores, quienes pelearon con tal braveza que solo el señor quedó vivo, aunque tan malparado que aun no sé cómo escapó del castillo y pregúntome muchas veces si no sería magia lo que lo sacó de allí. Mataron de mi gente a  más de los que hubiera yo querido pero bien valía su sacrificio un castillo, pensé.


    ¡Cuán ingenua fue esta reflexión! Aun mientras reposaba en las estancias de Albe, esperando respuesta a mi justa reclamación y pensando ya en cómo amueblar los salones, llegaron a las puertas unos jinetes en los que reconocí la divisa de Pierre de Rosmadec, a quien el contrahecho mariscal Gerluchs otorgaba el señorío sobre el castillo. La arbitrariedad de esta merced, pues ni siquiera se volvía Albe al señor que antes lo había recibido de orden del propio Rey, no podía sino inflamar mis iras y herir con saña mi maltratado honor. Aun viéndome de tal modo arrastrado por los lodos de la ignominia, callé y acepté rechinando los dientes el vil soborno mercenario que hacíase pasar por honrosa dádiva y recompensa de mis fatigas. No tardaron los ingleses en aparecer con armada tropa más tiempo del que tomé yo en alejarme del castillo. Volví riendas para enfrentarlos, aunque más gana tenía de partir enhoramala y dejar que allá se las compusiera el nuevo castellano. Pudo más mi conciencia y marché de vuelta a Albe pero, prevenidos los sitiadores, dejaron el campo perdiéndose de mi vista a las pocas millas.


    Dirigímonos a Poniente, para allí llevar a cabo nuevas hazañas de las que estaba seguro no podrían seguir haciendo oídos sordos en la corte. Cuál no sería mi sorpresa cuando me dieron aviso mis batidores, que siempre llevaba para averiguar el camino ante nosotros, que a no mucha distancia marchaba el mismo Rey de los ingleses con ligera escolta. Creíme en apropiada situación para volver a Eduardo la derrota que infligido me había y mandé esforzar la marcha. Al distinguir la regular mesnada que encima se le venía apretó el paso el inglés y metióse entre los bosques de aquella región, que son de arbolado muy prieto, esperando perdernos allí. Se embarazaban nuestras cabalgaduras en lo espeso de la selva y Eduardo III se nos huía. Ya maldecía mi suerte cuando, por ventura, cayeron los perseguidos en la celada que les hizo monsieur de Tribidan, caballero de muy feos modales con el que mantenía amarga disputa y rencores mutuos por causas baladíes que el tiempo ha arrancado ya de mi memoria. Viéndolo empeñado en combate que no le era del todo favorable y temiendo lograra huirse el inglés, acometí con mis hombres en su auxilio, olvidando la animadversión que por Tribidan sentía, poniendo tan gran diferencia en la pendencia que, peleando como pelearon las guardas del Rey con grandísimo arrojo, hubieron de quedar todas ellas muertas en tierra pues antes quisieron perecer que dejar de defender a su soberano. Éste cayó también con muchas heridas de las que manaba sangre bermeja sobre la bermeja manta de su caballo.

    Agradeció mi intervención Tribidan pero murieron en la boca sus cortesías cuando reclamé para mí la custodia del regio prisionero. Bregamos muy recio de palabra por esta causa, y aun a pico estuvimos de bregar de obra, mas contuviéronse en su vaina las espadas y tras mucho porfiar, bastó la magnitud de mi tropa para meter en su seso al caballero y hacerle desistir. No quedó contento y se partió jurando había de poner el grito en el cielo por tamaña injusticia hecha por la fuerza contra la razón que, según él, le asistía. Despedíle con mil demonios y seguí mi camino, vigilando muy estrechamente al maltrecho Rey sin por ello negarle las más delicadas atenciones que a su condición procedían.


    En las tierras del Sena, determiné de marchar sobre Chartres, que los ingleses habían tomado por la fuerza de las armas y que me pareció lugar próspero y muy a propósito para plantar allí un floreciente feudo con el fin de la guerra. Montaba su guarnición pocos hombres menos de los que yo traía, que eran ciento, pero bien sabido es que un defensor, si la plaza es fuerte, vale lo que diez hombres descubiertos. Aprestamos pues todos los medios para un penoso asalto, y pusimos angosto cerco al castillo. Aquella noche que fue la del treinta de julio, supe que venía una pequeña compañía con objeto de romper el asedio, obrando en connivencia con los que dentro estaban, para atacarnos por entrambas partes. Así prevenido, cargué contra los importunos visitantes, dejando bien guardada la puerta por la que habían de salir, si tal osaban, los defensores. Roto su formidable plan de sorprendernos, restaron todos en su puesto y no pudieron sino escuchar los ecos y adivinar en lo oscuro los movimientos de la batalla que dimos sobre Lord Surdun. Fue un lance breve y solo hube de lamentar dos muertos en mis filas y algunos heridos de poca monta, perdiendo los ingleses toda su gente salvo unos pocos que huyeron.

    No quisimos demorar más la expugnación de Chartres y por la mañana tendimos la escala, deseosos de desayunarnos cada uno con cuatro o cinco ingleses. Fue la ascensión muy dificultosa por los muchos arqueros de los de arco de dos varas, que hacían gran daño traspasando arneses y lorigas. En la brecha muchos peones trataban de arrojarnos abajo y hubo de correr mucha sangre hasta que pasamos al adarve unos cuantos conmigo a la cabeza, procurando desde dentro aflojar la fuerza que hacían a los que subían. Vinieron sobre mí muchos hombres de armas reciamente armados y vi que pocos de los míos restaban en el adarve, caídos los más y rechazados otros de nuevo hacia la escala. Defendímonos como leones hiriendo y golpeando, gritando y matando. Roto en pedazos mi escudo, así con las dos manos mi acero, mas fue al fin que un tajo sobre los ojos nubló mi visión y apretáronme de tal modo que no escribiría estas líneas si uno de mis caballeros no me sacara de allí a rastras. Con este último esfuerzo de mis hombres para sacarme vivo de las almenas, se retiraron al campo con gran quebranto, aunque no menor que el de los defensores.


    Cataron mis heridas que no eran tan graves como prometían y al día siguiente volví a encabezar, aunque dolorido y débil aun, denodado asalto contra los fuertes parapetos. La mitad de los arqueros ingleses habían perecido y los peones nos hicieron menos oposición en la brecha, ganando el adarve con menos sufrimientos, que no pocos. Peleaban muy de firme por cada palmo y ocultos en el castillo nos asaeteaban desde las aspilleras, mas nos entramos por las torres cual bíblica plaga y allí dieron su vida casi todos los ingleses, dejando la plaza en nuestro poder con grandísimo quebranto de mi hueste segada de tal modo que de cien animosos corazones que conmigo venían, quedaron con latido apenas más de treinta y ninguno salió sin heridas. Deploré amargamente sus pérdidas pero no causaron a mis planes trastorno tan grave como se esperaría de la tremebunda cifra, puesto que en las umbrías entrañas del castillo de Chartres penaban más de ochenta espectros, que tras haber buen yantar, volviéronse a su ser de hombres y muchos aceptaron unírseme.


    Diréis que tamaño sacrificio en vidas era más que suficiente razón para recompensar con largueza al conquistador de tan formidable plaza, aun sin hacer cuenta de los innumerables lances de no poco mérito que figuraban en mi haber, bastantes para recibir los laureles del triunfo si de Roma fuera general, y que me habían sido pagados con desaires e ingratitudes. Diréis así y diréis bien, y con ese ánimo esperé varios días hasta que, junto a la respuesta de mi petición, vinieron a Chartres como treinta hombres de armas en nombre de no sé qué señor para hacerse dueños de la fortaleza. Trajeron la nueva de la liberación del Rey Carlos, cuyo primer acto había sido otorgar esta merced. Fácil entrada tuvieron, sin ingleses que la estorbaran.


    ¿Qué hubierais hecho, señores, en mi lugar? ¿Permitiría vuestra honra tamaña injuria, culminación de una serie de ellas, a cual más infamante? ¿Doblegaríais la orgullosa frente, plegaríais la rodilla pisoteando la furia de vuestros pechos para impedirla salir? ¿Acaso no implica el homenaje mutua correspondencia del vasallo al señor y del señor al vasallo? ¿No merecía premio mi intachable lealtad? No es honrado señor quien tales inquidades permite, sino tirano. Comprended esto y no juzguéis por felonía o liviandad lo que no fue sino limpieza del honor ultrajado, forzoso deber de todo caballero, por penosa y triste que resulte su ejecución. La Historia me tildará de criminal y escarnecerá mi nombre pero yo tengo en más el haber salvado mi pundonor íntimo y así sostengo mi acto como legítimo y lo repetiría, con tanto dolor como la primera vez pero con la misma firmeza, si de nuevo me viera así vilipendiado.

    Y basta ya por hoy de estos ominosos recuerdos, que tales excitaciones fatigan mi viejo cuerpo y colman de amargura mi alma.



    En el siguiente capítulo empieza mi rebelión. Hay que insistir que en esta versión del juego todavía no podías crear tu propia facción ni ser rey. Esto fuie una rebelión que ya sabía cuando la empecé que no tenía mucho futuro, a no ser que encontrara al pretendiente, pero fue un calentón, que después de conquistar cinoc castillos no me dieran ni uno me cabreó mucho y dije ¡a la mierda!

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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Vie Nov 07, 2014 1:33 pm

    Capítulo XII


    Dicho en mi descargo lo que queda expuesto, es tiempo de pasar a narrar cómo me vi arrojado en medio de una guerra que ya no me quería en ninguno de los bandos sañudamente enfrentados, y cómo sufrí dobladas todas las miserias que azotaban a los dos tronos.


    Renunciado que hube a mi juramento de pleitesía, con las justas razones que no es menester repetir, halléme por fin señor del castillo de Chartres y de la aledaña villa de Bretigny. Con gran pena supe que habían sido usurpados mis feudos de Chalon en castigo de la felonía que el rey Carlos me imputaba. En ningún momento desfallecí en el deseo, asistido por la razón, sino la del rey, la mía propia, de recuperarlos y así mantuve con orgullo en mi nombre la digna reclamación e hice correr por los campos de Francia que Guillermo de Chalon, señor de Chartres y Bretigny, era honrado caballero que no sino a causa de las injurias recibidas, veíase obligado a la ocupación por fuerza de lo que de grado y con merecimiento no le daban. Nunca quise guerra con los de nación francesa, de los que lazos de sangre y corazón me hacían compatriota.

    Confieso que no creí llegara tan lejos mi rebelión, esperando que, llamado el rey por las imperiosas trompas de la guerra, no había de gastar esfuerzos en aplacar las humildes veleidades de un siempre leal caballero y aun amigo, y concederíame el señorío de Chartes para evitar la intestina revuelta. Mas Su Majestad, siempre celoso velador de la autoridad del trono frente a sus vasallos más orgullosos, no quiso oír hablar de transigir con quien llamaba felón y desagradecido y declaróme enemigo de la corona, más encarnizado si cabe que el inglés. Hacia éste volví los ojos esperando encontrar en el enemigo ancestral una mano amiga, escribí cartas a caballeros ingleses que tenían mucho qué deberme y a otros a los que yo debía mucho, mas de todos recibí desabridas respuestas y ninguno quiso sostener mi rebelión contra Francia, pues era enconado el odio que en aquel bando se me tenía. Vime así forzado a proclamarme soberano de un señorío que montaba un solo castillo, emplazado en lo más expuesto del frente de una guerra cuyos dos contendientes me aborrecían.


    Ni siquiera en mis feudos era grata mi presencia a los villanos. De esto admito que solo yo tengo la culpa pues fui yo quien hizo infame saco de la villa desguarnecida de Bretigny, matando ganados, y pillando cuanto de provecho en ella había. Era de temer la revuelta de los siervos, de modo que acepté darles carta de franquicia de las más generosas que entonces se usaban y púseme a su servicio para reponer los males que había causado. Pidiéronme les trajera grano para sembrar la próxima cosecha, animales vacunos, de leche y de tiro, y me rogaron que empleara algunos días en instruir a sus jóvenes en el uso de las armas, a lo que accedí gustoso cuando estuve seguro de que sus intenciones no eran levantiscas, sino las de defenderse de bandidos y huestes guerreras de las que mi incipiente principado sería blanco seguro.


    En prevención de tales correrías, hube de emplear los más de mis hombres en guarnecer los muros de Chartres y durante unos días dediqué mis esfuerzos a erradicar, acompañado de mis capitanes y algunos villanos voluntarios, la pestífera ralea de asaltadores y bribones que al albur de la guerra florecía. Para ello, más que guerreros ardides, usábamos de ojeos y batidas, como cazadores de alimañas.


    Algunas veces en estos primeros días de agosto amagaron cercar a mi castillo fuerzas de ambas partes, pero más parecía que tentaban el número y ánimo de mis hombres pues nunca osaron pasar adelante en su ataque, bien que en cierta ocasión hube de poner por efecto la estratagema de llegarme a la vista de sus tiendas simulando tener gran hueste para apartar a los sitiadores de su empeño.


    Habré de relataros ahora la aventura que hube en la no distante ciudad de Orleáns, cuyas puertas pasé aprovechando la gran afluencia de gentes que, con motivo de unas justas o torneos, llegaban al tal burgo. En guisa de caballero transeúnte, oculto tras tupida celada, logré los más altos honores del triunfo en cuantas pruebas disputé, ya en combate de grupo, ya en justa singular. Recibí del señor de Orleáns, Hugues de Payens, gran elogio y ricos presentes mas no quise acceder a desvelar mi rostro y no fue sino después de franqueados los muros que mandé a un escudero con la comisión de entregar en mi nombre a cierta dama, escogida señora del amor y la belleza en las tales fiestas, un fino pendón donde, sable sobre plata, figuraban mis armas. Supe que de Payens, antiguo protector mío, sabido que fue mi engaño, quiso tomar tal prenda para ultrajarla, mas no lo consintió la hermosa dama, y quedó el señor muy corrido.


    Después de esto quise marchar a catar mis feudos de Chalon, que me habían sido arrebatados por el rey. Armé pues una pequeña compañía y tomé el camino del sur. Aunque recelosos, mis antiguos villanos me recibieron con el afecto que es natural a quien tantos bienes habíales hecho. Temían, no obstante represalias de su nuevo señor, así que no quise demorar más mi visita. A mi marcha siguiéronme más de veinte voluntariosos mozos bien dispuestos, armados por el concejo de la villa como regalo de despedida a su señor. No miento si digo que derramé emocionadas lágrimas ante este gesto y prometí volver un día, restaurado mi honor, y agradecer con largueza tantos peligros que por mi causa corrían.


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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Dom Nov 09, 2014 11:35 pm

    Capítulo XIII


    Anduve en estos días muy atareado, pues viose Chartres cercado de fuerzas francesas que doblaban muy largamente las que yo tenía guardando la plaza, unos cien hombres de diversa condición, ballesteros y peones. Muchos menos, apenas cincuenta lanzas, eran los que conmigo andaban en campaña, con lo cual era excusado pensar en romper por mis medios el asedio estrechísimo en que mi castillo se hallaba.

    No fuera tanta mi congoja si no viera tan aguerridos a los enemigos, pues había en Chartres vituallas para muchos días, en que me sería posible buscar reparo de qué nutrir mi hueste, y el castellano que dejara a cargo de la plaza era hombre templado que no había de rendirse a ninguna intimación del sitiador. Pero el gran número de los franceses teníalos envalentonados y temí pretendieran forzar el asalto. Así, me dediqué con mi compañía a estorbar todo lo posible sus preparativos, corriendo con mis jinetes a la vista de sus campamentos, atacando sus partidas de forrajeo y abastecimiento y haciéndome perseguir de ellos, a veces por varios días, para distraer su celosa vigilancia y entrar algunos pertrechos en Chartres. Con estas tretas demoraba el asalto pero me era forzoso encontrar alguna forma de acabar con tan penosa situación, que tanto fatigaba a los de fuera como a los de dentro del castillo.

    Y Dios se sirvió de traerme alivio a la semana o poco menos de andar en estos pasos. Deliberando estaba con mis adalides en lo que sería menester hacer en adelante, puestos a la vera de un bosque de donde teníamos buena y discreta vista de los campamentos en los que ondeaban brillantes los pendones de los señores, cuando observamos grande movimiento y alboroto, formaban los peones y eran ensillados los caballos. Al poco supimos la causa de tal agitación y era que por la parte de Levante, del otro lado de donde nosotros estábamos emboscados, se acercaba respetable tropa de ingleses en son de guerra; no supe si venían contra los franceses, si contra Chartres o si era otra su empresa, mas a buen seguro no esperaban hallarse de bruces frente a los de Francia, pues no iban muy apercibidos, al viento los flamantes estandartes, y a la vista de que los sitiadores ponían en orden muchas de sus tropas y venían sobre ellos, volvieron grupas en orden de retirada.

    Gran alegría tuve al ver cómo eran seguidos de mucha parte de los que en el asedio estaban empeñados, pues competían sus señores por quién de ellos cobraría tan gallarda presa, quedando todos los que restaban muy alborotados. Sin dilación comisioné al más ágil de los pajes de armas a que se entrara secretamente en Chartres con aviso mío de que estuvieran los hombres de la guarnición bien apercibidos para efectuar una salida y, con la ayuda del Señor, liberar la plaza. Tal se hizo, trocándose los setenta franceses de cercadores en cercados. Volviéronse primeramente a los que de la fortaleza salían, quedando su retaguardia expedita para cargar con mi gente de a caballo y desbaratarlos de suerte que al acabar la refriega solo hube entre los míos cuatro muertos, quedando los más de los enemigos en el campo y su señor cautivo en mi poder. Quise marchar en demanda de los demás señores que tras de los ingleses iban y aun de los ingleses mismos, si se terciaba, mas no era prudente dejar desguarnecida la plaza de Chartres, antes bien, me dediqué a dotarla de tantas guardas como pudiera a fin de disuadir futuras iniciativas contra sus muros.



    _________________
    Los papeles perdidos de Rafael de Llanza y Valls - - Un AAR de L'AIGLE

    Traducción de L'Aigle (actualizada a la versión 1.4)

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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Lun Nov 10, 2014 12:29 pm

    Capítulo XIV

    En mis muchas correrías había allegado un razonable botín en armas y guerreros arreos, que colmaba lo que mi hueste pudiera necesitar para su avío propio. Quise sacar algún provecho de tal botín, para lo cual me fue forzoso introducirme secretamente en la ciudad de Paris, aprovechando el mercado que se hacía y vender allí las piezas. De lo que saqué y aun más, dieron buena cuenta unos caballeros sin señor que tuvieron la gentileza de acompañarme siguiendo el tintineo de las monedas de mi faltriquera. Gran contrariedad hube cuando recordé que era día de soldada para mis hombres y que con tan liberal dispendio no podría afrontar el pago. Temiendo una revuelta, armé en campaña a un buen número de mis soldados, pues la molicie es grande amiga de conductas levantiscas, y quise salir a buscar por cualesquiera medios los dineros que les adeudaba, que nunca fue Guillermo de Chalon hombre que deje de cumplir lo que promete.


    Topamos una caravana de mercaderes franceses, a la que exigí entregaran su oro. Venían con razonable guarda y esto les dio más valor que seso, pues si bien bastaba esa guarda a disuadir el pillaje de los salteadores, nada podía contra mi hueste que montaba cuatro veces más hombres. Quisieron bregar, confiando en huirse los mercaderes a través del bosque a la no distante plaza de Paris, llevándose los dineros, mas no estuvo de Dios tal cosa y los arrollamos sin desgracias por nuestra parte. Era muy pobre la mercadería que traían y poco el oro, pero llevaban consigo una cuerda de presos ingleses a los que di muy buena acogida, si bien no sirvió esto para aliviar mis finanzas sino más bien para hacerlas más precarias, pues más bocas se ajuntaban a mi mesnada.


    Dejé a los más de mis soldados en Chartres pues me era de gran estorbo andar en campaña con más de cien lanzas y di sobre varias caravanas de ingleses y franceses, cuyos capataces fueron más sensatos y se avinieron a pagar a cambio de libre paso.


    Recibí de los ingleses una propuesta de rescate por su rey, que era cautivo en mi poder, mas, aun estando tan necesitado de dineros como estaba, era tan ridícula la cantidad que la denegué luego por parecerme grave injuria hacia mí y hacia el propio rey Eduardo. Sí acepté el rescate, más razonable, que me ofrecieron por el señor francés que obraba también en mi poder.

    Mas como no bastaba el mester de arancelero para atajar el ayuno de mi bolsa, Dios me perdone, me arrojé al saco y al pillaje en muchas aldeas y villas, sin distinguir ingleses ni franceses, pues en ambos campos se me trataba ya de bandolero y cruel asesino. Muchas tropelías hicieron mis hombres, y yo la más grande de todas que fue el haber consentido las de ellos.


    En estos menesteres de saqueo en poblado y asalto en despoblado pasé lo que restaba del mes de agosto de mil trescientos y setenta y dos, tiempo en que tampoco perdí ocasión de hacer más numerosa mi hueste, a costa de los dineros que iba ganando. Pues que toda Francia estaba soliviantada en mi contra, me veía en grandes apuros para reclutar mesnaderos de los que por esta misma causa tanta necesidad tenía, y aproveché cuantos mercenarios se ofrecieron a mí, aun cuando no tuviera con qué pagarles a la semana siguiente.

    Hube batalla con los franceses en una ocasión, el treinta y uno del mes, no lejos de la villa de Montargis. Aunque eran en número algo superiores, andaban atareados muchos custodiando la cuerda de presos que llevaban, lo que nos fue muy provechoso por sorprenderles nuestra carga poco apercibidos. Trabóse la lucha entre los árboles, a los que se retiraron tras de la carga y allí resistieron cuanto pudieron, que no fue mucho pues vinieron contra ellos los propios prisioneros que traían, haciéndose con algunas armas, y acabó la lid felizmente, suplidas nuestras pérdidas con tan voluntariosa ayuda.


    No hubo de pasar mucho tiempo, habiendo dejado algunos de mis hombres en Chartres, antes de topar con Lord Gundur y sus ingleses que salían muy quebrantados de un mal encuentro que aquel día habían tenido cerca de Paris con los del rey Carlos y a los que dimos muy donoso final, poniéndolos en desbandada.


    Con esto, ya provisto mi castillo con fuertes guardas que no habían de ser fácilmente penetradas, empecé a pensar en que quizás no era tan precaria mi situación y que tal vez podría granjearme un lugar de honor en los caminos de la gloria terrena (pues la celestial me estaría sin duda vedada por mis muchos pecados) con hazañas dignas de los cantares y los libros de Historia. En suma, dirigí mis ansias a la expansión de mis conquistas a nuevas plazas, de las que naciera mi incipiente princiado.


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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Mar Nov 11, 2014 12:05 pm

    Capítulo XV

    Otro menester que me acuciaba y ocupaba muchos de mis pensamientos era el redimirme de las maldades que a mis villanos de Bretigny había hecho cuando aun no eran tales, por los que no era mi dominio grato a estas gentes. De nuevo púseme a su disposición y en cuanto pude ajuntar los dineros, lo que no fue asunto baladí, ordené la construcción de una escuela de primeras letras, a cargo del párroco de la villa para educar a los muchachos en lo divino y lo profano. Entonces, como ahora, no se usaban tales donaciones, por lo que quedaron muy asombrados y agradecidos los paisanos, viendo cada uno a sus hijos, ya obispos, ya Papas. También tomé a mi cargo el comprar y conducir a la villa un hato de reses, pues había sido aquel verano de mucha carestía y la guerra y las enfermedades habían mermado los ganados.


    No bien empezado el mes de septiembre del año de Gracia de mil trescientos y setenta y dos crucé espadas con Robert d’Artois, antiguo patrono mío en mis tiempos de correveidile del reino de Francia, al que me unía sincero afecto, a pesar, como recordaréis, del uso ilícito que hice de las rentas que me mandó recaudar, no entregándoselas como era mi deber.


    No lejos del castillo de Montargis trabamos batalla, a pesar de ser muy inferior el francés. Pelearon con bravura los suyos pero, herido monsieur d’Artois y muy quebrantados, pusiéronse en franca retirada. Quedó el señor en mi poder mas, atendiendo a nuestra antigua amistad, le liberé luego de hacerle atender por mi galeno, y aun le retribuí de muy buena gana aquella antigua deuda, no dejando que se partiera sin aceptarla. Los amigos no abundan en la guerra y no hay que renunciar a ellos porque estén en el bando contrario.


    No alargaré el relato de las primeras semanas de aquel mes sino diciendo que me dediqué de nuevo a correr los campos y las villas enemigas, con los excesos que de sobra son conocidos y no está en mi ánimo de viejo arrepentido el narrarlos de nuevo.


    Topé con varios señores que salían al campo con poca gente de armas, a solventar cuitas locales pero que tuvieron la desgracia de topar con mi mesnada, que sin ser muy nutrida, bastó a matarles a muchos hombres en los combates que hubimos. Otros se nos huyeron aprovechando la ligereza de sus bagajes. A los de Jean de Conflant cogimos tan de improviso, que sin ninguna desgracia nuestra, libertamos a todos los cautivos que traían, muchos rudos montañeses echados al saco y algunos ingleses, con gran alborozo suyo, y no menos mío, pues su ayuda me fue en adelante muy preciosa, como veréis.


    Después de asaltar la villa de Moulins, sin que desde el cercano castillo hicieran las guardas cosa algunas por impedirlo, recibí noticia del castellano que allí había dejado diciendo que Chartres estaba de nuevo cercado por los franceses y allá puse rumbo con rapidez, haciendo que los de a caballo, aun los de noble sangre, llevaran a la grupa a los peones. No era tan grande el peligro como temí, pero tampoco desdeñable pues monsieur de Fraichin mandaba contra mi fortaleza cien hombres bien pertrechados. Aunque yo no tenía tantos acometí con presteza a su hueste, que se vino a nosotros con igual valor.


    Trabamos una dura refriega, pues la carga de caballería no bastó a templar los ánimos de los franceses y la brega siguió, desempeñándose con singular arrojo los montañeses que rescatado habíamos, pero sin clara ventaja en ningún campo hasta que cayó herido Frainchi, flaqueando los suyos y enardecidos los míos, y finalmente cayó la victoria de nuestro lado con no demasiadas pérdidas. Una docena de ballesteros replegáronse a una loma y desde allí hacían su oficio, pero fueron pronto desalojados por mi caballería.


    Ya conjurada la amenaza a mis feudos, empeñé mis esfuerzos en la conquista de Montargis, castillo de madera pero de fortísima y sólida fábrica, de forzosa posesión para aquel que quisiera dominar las cuencas del Loira y el Sena entre las ciudades principales de Orleáns y Paris. Con esta intención me encaminé nuevamente a mi querida villa de Chalon donde sabía me recibirían alegremente. No había mermado un ápice el amor de los villanos, más cuando su nuevo señor les oprimía con duras corveas y malos usos, y tanto por ayudarme como por huir de tal miseria, más de treinta jóvenes campesinos me siguieron, lamentando mucho el concejo no poder pertrecharlos como otras veces, debido a la estrechez en que su señor los tenía.


    Corrió de mi cuenta, pues el armar y adiestrar  a los reclutas, que por lo resueltos aprendieron prontamente y se encuadraron en el número de mis milicias. Así, con más de cien peones y caballeros, franceses e ingleses en feliz armonía, marché sobre Montargis y acampé frente a sus muros el dieciséis de agosto. Propusieron algunos de mis lugartenientes el pegar fuego a los troncos pero no consentí tal cosa por no perder la plaza, lo que hubiera sido de gran perjuicio y poco provecho.


    No eran muchos los defensores, aun con los de monsieur d’ Etrosq, caballero que paraba allí con una escolta y viose sorprendido por el ataque, haciéndose cargo de la defensa en ausencia del castellano, y a pesar de su valor, no pudieron contener mucho tiempo el asalto de los muros, viéndose pronto desbordados. Los hombres se enardecían al verme codo con codo con ellos, animando con mis voces y bañando en sangre la hoja de mi espada.

    Ganadas las murallas fui el primero en precipitarme al patio y combatir con no pocos enemigos hasta que vinieron los míos a igualar la pelea y acabar con los últimos resistentes. Monsieur d’Etrosq quedó herido y cautivo, así como otros muchos de los franceses, aunque más fueron los muertos por lo enconado de la defensa. Por mi parte no hube de lamentar sino unas veinte bajas entre muertos y heridos.


    Me veía ahora en nuevos apuros para guarnecer Montargis, de modo que dejé defendiendo la plaza a la mayoría de los soldados que conmigo traía, además de muchos ingleses que habían estado presos en el castillo y con mis más fieles caballeros me encaminé a buscar nuevos brazos que acrecentaran mi mesnada y mis gastos. En la villa de Montargis hallé buena disposición de los habitantes a mi dominio, pues este lugar había escapado a mis campañas de saco, refrenándome al pensar que sería mío algún día.

    Dirigiéndonos de noche a Orleáns, para burlar las guardas y entrarnos en el burgo, tuvimos un encuentro que pudo ser malo, pues en un bosquecillo que no dista mucho de la ciudad, nos vimos acometidos de una docena de salvajes montañeses que cargaron en la oscuridad contra nosotros, que estábamos solos y desapercibidos. No esperaban encontrarse con cumplidos caballeros y a no poco tardar dimos buen fin a la aventura aunque quedando algunos heridos en mi séquito.


    Entrados que fuimos en la plaza, reconocí en una taberna a cierto caballero que había abandonado mi servicio para buscar fortuna poco tiempo atrás. No debió encontrarla y quiso de nuevo unirse a mí, recibiéndolo yo muy enhorabuena.


    Dueño de dos castillos y controlando el camino entre las dos ciudades más importantes de Francia, mi aventurada rebeldía empezaba a tomar visos de algo más grande. Parecía que las puertas de la gloria no estaban tan lejos y estaba dispuesto a franquearlas, ya fuera colándome por un resquicio o bien tumbando las jambas con un ariete.


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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por Sir Centu el Mar Nov 11, 2014 2:57 pm

    Me quitas un año de encima con cada post, HoJu xD


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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Mar Nov 11, 2014 6:21 pm

    ¿Verdad? Solo faltan referencias al messenger Razz

    Capítulo XVI

    Pasó el mes siguiente a la conquista de Montargis sin hechos de relevancia en el campo de las armas, andando yo ocupado en guarnecer mi posesión y recomponer mi hueste, y los franceses en recuperarse del golpe que ponía en peligro los valles del Loira y el Sena, amenazando el corazón del reino: las ciudades de Paris y Orleáns.

    Entrado septiembre quise visitar a mis fieles paisanos en Chalon, que se veían en amargo trance, pues eran víctimas de unos bandoleros sin que su supuesto señor hiciera nada por remediar a las pobres gentes. Nos prestamos yo y mis hombres para la tarea de expulsar a los indeseables que fue cumplida con  la ayuda de los campesinos en poco tiempo, con gran escarmiento de los bandidos. Una docena de jóvenes engrosaban mis filas al abandonar la villa.


    De camino al norte, entré embozado en Dijon, donde contraté con gran dispendio a unos recios mercenarios preciados de caballeros. Era grande mi penuria de dineros pero más lo era la de gentes, estando como estaba acosado por aquellos dos poderosos reinos.


    No tardaron mucho estos caballeros en probar su valía, a fe mía que bien fundada, pues topamos cerca del Sena, según discurre al sur de Paris, con el Conde Richard, de los ingleses, con hueste pareja a la mía, ambas rondando las cuarenta lanzas. Acometimos los dos con mucho ánimo, mas confiando en lo boscoso del terreno, quedóse el inglés como emboscado, no sin ser advertido de los míos. Chocaron las dos alas de a caballo, y siendo la suya más escasa, cedió pronto, con lo que se vieron los peones envueltos y se trabó lucha cerrada con gran fiereza, quedando los míos dueños del campo, no sin muchas dolorosas bajas, pues fueron heridos la mitad de mis hombres.


    De vuelta a mis feudos, otro inglés salióme al encuentro. Llevaba yo mucha gente herida pero no sirvió esto para refrenar mi audacia y dimos la batalla cerca de Chartres, quedando los ingleses de Lord Frere derrotados y en desbandada, con la más de la gente muerta.

    En Orlèans la recluta de unos ballesteros, muy necesarios a la guarda de mis castillos y de un caballero de buenas trazas, me ocasionaron tan aguda falta de dineros que hube de lanzarme al pillaje, muy en contra de mi voluntad. Marché al norte, para escarmentar a los ingleses por sus últimas tentativas de hacerme mal y arrasé Evreux. Tras pasar la noche entre infames divertimentos, mis soldados fueron sorprendidos por las tropas de Lord Laruquen, que vinieron sobre nosotros con la connivencia de los villanos de Evreux, montando más de cien hombres. Era nuestra capacidad de maniobra escasa por hallarse los hombres dispersos en las estrechas calles y muchos ebrios, pero logré formar un frente al que se fueron acogiendo los que escapaban. Con esta fuerza emprendimos el contraataque, quebrando pronto la fortaleza de los paisanos y aislando a los soldados. Así, todos fueron muertos, presos o huidos, cayendo de mi parte tan solo un miliciano.

    En Rouen, en mis típicas búsquedas de fuertes brazos, topé con un médico, hombre de edad y poco guerrero ánimo, pero que acogí en mi mesnada con sumo gusto.

    Sabed que no era mi intención hacer mi nombre poco grato a los ingleses, sino muy al contrario, cultivar la amistad de alguna de las villas normandas que a ellos tributan, para así conocer y usar en mi beneficio el secreto del arco galés, que tantas victorias ha dado a los isleños. Mas no queriendo en ninguna villa recibirme, denostándome y tratándome de ladrón y asesino, abrieron la puerta de mi ira al demonio que se entró por ella, decidiéndome a ser para ellos tal cosa como la que me reprochaban, si así lo querían.

    Tuve al fin oportunidad de mostrar mi buena disposición en la villa de Dieppe, que encontré hecha abrevadero de una banda de malhechores, a los que acometí luego, haiendo gran matanza de ellos, de lo que quedó muy satisfecho el concejo de la villa y toda su población. Híceles ver cuán más provechosa les era la amistad con mi principado que la hostilidad y la ingratitud hacia quien tan honesta merced les había concedido, en libertándolos de aquella indeseable ralea, y no me fui sin arrancarles antes un tributo de hombres duchos en el diabólico arco de tejo, que me fue muy costoso negociar por el mucho temor en que les tenían las represalias de la traición que hacían a su señor. Mas, a trueco de concesiones y promesas, logré mi objetivo y marché de Normandía muy ufano en busca de más aventuras.


    Preparad vuestros anos porque en el siguiente capítulo... me pongo poético.

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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Miér Nov 12, 2014 12:27 pm

    Pues eso, que aquí se me subió la épica a la cabeza y empecé a escribir algunos capitulos en verso, imitando cantares de gesta, en concreto la métrica y rima asonante del Cantar de Mío Cid, además de algunos versos que le fusilo le tomo prestados.

    Capítulo XVII


    Excusad mi torpe pluma / señoras y caballeros
    pues no ha habido ni habrá / en los siglos venideros
    cantor con tan poca gracia / en declamar sus versos
    como éste a quien sus padres / pusieron por nombre Guillermo.
    Pintaros quiero mi historia / con los colores más ciertos
    que me permita la virgen / María que está en los cielos,
    a cuya Gracia le pido / fuerzas para el mío aliento
    y paciencia al auditorio / para escuchar lo que cuento.
    Que mester de juglaría / no es propio de caballero
    bien lo sé, mas, ¿que le importa / lo que es propio a un hombre viejo?
    Pues que juglares no cantan / mis penas y mis desvelos
    como cantaron del Cid, / de Roldán y de otros fieros
    capitanes de mesnadas / y caudillos de guerreros,
    que los cante yo es justicia / y aunque no sean mis hechos
    parejos a los de tales / señores, tengo por cierto
    que os ha de dar algún gozo / o al menos entreteneros.

    Como bien sabréis aquellos / que leyerais mi relato
    llegaba a su fin septiembre / y andaba corriendo el campo
    con solas cuarenta lanzas / y durmiendo siempre al raso
    mas sabiendo que en Dieppe / había hecho buen trato
    y que no habrían de faltarme / tiradores de arco largo.
    En tales pensamientos / me hallaba yo concentrado
    cuando llamaron al arma / los batidores del campo:
    que venían los franceses, / muchos de a pie y de a caballo
    y que era Charles de Beaumanoir / el que cabalgaba a su mando.
    No quise huir el combate / mas tampoco provocarlo,
    vio el de Francia la ventaja / y se vino de buen grado
    con arrogancia bizarra / de caballero bien criado,
    mas andaban prevenidos / los que luchaban de mi lado.


    Chocaron lanzas y bestias, / espadas sangrientas se alzaron,
    muchos hombres cayeron, / algunos se levantaron
    y otros allí sus ánimas / al Creador entregaron.
    De éstos fueron muchos / los franceses que expiraron;
    que Dios acoja sus almas / y perdone mis pecados,
    que no tengo mayor pena / que el haber muerto cristianos.
    Ganado el campo que fue / por los mis fieles soldados,
    quedó Charles de Beaumanoir / prisionero en mis manos,
    mas a cuenta de haber sido / amigos en el pasado
    no lo quise retener / y mandé fuera liberado,
    que es de varón prudente / hacer el bien si nos es dado.


    Topé más tarde a un inglés, / que se me huyó como galgo,
    llamábase Lord Faarn / mas cuando ya le iba alcanzando
    me salió al encuentro otro / con la intención de salvarlo.
    Juntaron entre los dos / setenta lanzas de largo
    y cayeron sobre mi hueste / en nombre del Rey Eduardo;
    más les hubiera valido / encomendarse a algún santo,
    pues cargué con mis jinetes / y les hice gran estrago,
    quedando los más difuntos / y los otros malparados;
    de mis lanzas una sola / salió con algún quebranto
    y al fugitivo Lord Faarn / lo puse luego a recaudo.


    La mesnada de otro inglés, / que Lord Marayirr llamaban
    sufrió parejo destino / a manos de mis espadas,
    pero escapó su caudillo / al ver tamaña desgracia,
    galopando hacia Rouen, / y entrando en aquella plaza.


    Quise tomar un respiro / después de tantas batallas,
    que era grande la fatiga / que mi gente acumulaba
    y era urgente menester / para seguir en campaña
    nuevos bríos en los cuerpos / y en el campo nuevas lanzas.
    Así me llegué a Chalon / donde siempre me esperaban
    aquellos fieles villanos / que el rey Carlos me quitara,
    que siempre estaban prestos, / aunque el Diablo les llevara,
    a poner su juventud / al servicio de mi causa.
    Veinte mozos bien aviados / se unieron a mi mesnada
    y en Dijon, seis ballesteros / de a tanto la ballestada.


    Mas es sin tregua la vida / de aquel que llaman felón
    aunque fuera con justicia / su acto de rebelión.
    que bueno fuera este vasallo / si hubiese buen señor,
    como decían de aquel / Ruy Díaz Campeador.
    Noventa en mi hueste traía, / cuando cerca de Beaumont
    cruzáronseme otros tantos / con la flor de lis por blasón,
    Bertrand de Guèselle era / su capitán y señor.


    Vime en algún mal paso / en la batalla que siguió
    pues fue muerto mi caballo / y a poco no lo fui yo;
    al verme así desmontado / se vinieron sin honor
    a darme muerte en el suelo / mas no les dejé ocasión,
    revolvíme espada en mano / y rugiendo de furor
    mandé a no pocos franceses / a dar cuentas al Señor.
    Mis fuerzas ya menguaban / y un lancero traidor
    me dio una mala lanzada / mientras yo enfrentaba un peón.


    Allí hubiera dado mi alma / si no es por intercesión
    de algún santo bondadoso / y de una carga feroz
    que mis buenos caballeros, / viendo mal a su señor,
    dieron con mucho acierto / e inusitado valor.
    Rompieron líneas los otros, / y la batalla acabó
    para mí, pues sin montura, / nunca puede un cazador
    prender a la bestia rauda / ni al enemigo veloz.


    De otras grandes batallas / y prodigios muy de ver
    os he de contar otro día / pues se empieza a entumecer
    esta lengua poco ducha / en cantar y en componer.



    _________________
    Los papeles perdidos de Rafael de Llanza y Valls - - Un AAR de L'AIGLE

    Traducción de L'Aigle (actualizada a la versión 1.4)

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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

    Mensaje por HoJu el Sáb Nov 15, 2014 6:59 pm

    Capítulo XVIII
    Canto Primero


    Había determinado / de acometer sin tardanza
    algún hecho tan glorioso / que al orbe todo asombrara
    y que pusiera remedio / a tantos males y a penurias tantas
    que afligían a mi alma / a mi estado y mi mesnada,
    y no era otro mi empeño / sino juntar muchas lanzas
    y marchar en son de guerra / contra tan garrida plaza
    como es esta de Paris / por el Sena atravesada,
    con lo que, ayudado de Dios / y de la mi fiel espada
    esperaba hacerla mía / y teniendo yo guardada
    esta joya, la más bella / de la corona de Francia,
    obtener del rey la paz / y aun mi honra maltratada
    resarcir de tanta infamia / que sobre ella arrojaran.

    Era difícil la gesta / pues guarnecían las torres
    los adarves y murallas / de Paris trescientos hombres
    y yo no pude juntar / ¡desventurados son los pobres!
    siquiera ciento de a pie / y apenas setenta pendones.
    Pero accesos de soberbia / también sufren los mejores
    y yo que no soy tal / olvidados los temores
    resolví cercar la plaza / por catar los defensores.


    Era grande el miedo / que en la ciudad tenían
    sabiendo que el de Chalon / venía sobre su villa;
    no eran vanos los temores / de las gentes parisinas
    pues desde el día primero / que me puse en rebeldía
    no habían sido mis armas / quebrantadas ni vencidas
    en ninguno de los campos / donde empeñado se habían.
    Quise darles buen cuartel / si la plaza me rendían
    mas es mucha devoción / la que sienten por su villa
    y resolvieron luchar / seguros de su valía
    antes de presenciar / lo que de mi maldecían
    algunos calumniadores / que me nombraban Atila,
    bárbaro ladrón de pueblos / y aun de honras y de vidas.


    Plantado fue el pabellón / y provistas las escalas
    ardientes los corazones / y valerosas las almas.
    Armado de todas piezas, / en la diestra la mi espada,
    viéraisme asaltar los muros / aquella grande jornada.
    Como estatuas, ¡qué me digo! / como águilas gallardas
    aguardaban los franceses / la embestida de mis armas
    protegidos de merlones / y de crestas almenadas.
    Asíme a la escala con brío / seguido de mi mesnada,
    que no hay ejemplo mejor / en medio de la batalla
    que ver a los capitanes / peleando en la vanguardia,
    pues sirviendo a un señor tal / toda sangre que derraman
    los soldados de su cuerpo / les parece bien empleada.


    Desatóse tal tormenta / de saetas, de venablos
    lanzados de las murallas / por habilidosas manos,
    que templó un tanto el ardor / de mis hombres, los más bravos
    que hollaron esta tierra / en aquellos malos años.
    Mas llamando de su nombre / a los hombres de mi lado,
    gritando "Dios es con nos / y con Él todos Sus santos!"
    y en fin, dando bríos con mi voz / a los ánimos desmayados,
    dimos sobre el adarve / furiosos como leopardos,
    haciendo en las filas francesas / portentosos daños y estragos.
    Apretábannos de firme / fuertemente encastillados
    y venían cinco más / por cada uno matado.
    Eran tantos los franceses / como hierbas en un prado
    formidable era su fuerza / todos a una empujando
    y los míos viéronse / poco a poco rechazados.
    A mí diéronme tan fieros golpes / (gentilemnte contestados)

    que acabé desfallecido / por tres heridas sangrando.
    Nos retiramos al campo / no sin orden ni cuidado
    y fue el lance de aquel día / provechosos a ningún lado,
    pues los muertos fueron pocos / y no fueron doblegados
    ni los muros orgullosos / ni los sitiadores osados.




    Canto Segundo



    Resolví días después, / curado del descalabro
    a los muros de Paris / darles un nuevo asalto
    pues me irritaba el verme / por las piedras derrotado.
    Fue cruel el ascender / de saetas acosados,
    imposible el traspasar / los muros abarrotados.
    Fue milagro el que no echaran / la escala muralla abajo
    mas fue infierno continuar / a la misma encaramados
    pues entre almenas de piedra / almenas de hombres plantaron,
    cada una como torre / en lo fuerte y lo bizarro.
    Viendo a los míos sufrir / sin poder vengar el daño
    encomendando a Dios el alma / plntéme en el adarve de un salto
    que creo fueron los ángeles / quienes me llevaron volando,
    tal fue de prodigiosa / la zancada que hube dado.

    Quise animar a los míos / con este gesto atrevido
    y atrayendo a mí las lanzas / despejarles el camino.
    Mas tan fuerte me apretaban / por todos lados asido
    que apenas podía blandir / mi acero ante el enemigo.
    Tajos di, algunos buenos / y los cielos son testigos
    de que en aquel aciago día / fueron muertos y heridos
    por mi mano más de dos / y aun diría más de cinco.


    Pero el Hado fueme adverso / pues quien al Hado confía
    los que solo está de Dios / ha de saber que un día
    Fortuna le ha de dejar / aunque ahora le sonría.
    Apenas mis bravos hombres / los pies en el adarve ponían
    cuando ya mis fuertes piernas / apenas me sostenían,
    tales eran los golpes / que contra mi se venían
    que allí me hicieran pedazos / y entregara el alma mía
    de no llevar buena coraza / ¡mil veces sea bendita!
    Mas caí ya desmayado /nublada en sangre mi vista,
    el alma recibía a Dios / los miembros no respondían.


    Viéndome morir los míos / (pues no era otra que mi vida
    la que de mí se escapaba / como huyendo en estampida)
    no pudieron sufrir más / cómo su señor padecía
    y en un esfuerzo sublime / con loco valor e osadía
    cargaron en los franceses / que ante mí se interponían
    haciendo retroceder / aquella marea viva
    como titanes que arrastran / el mundo cuando caminan.
    Cerraron filas en mí / y como a un fardo de harina
    cargaron a sus espaldas / con mi cuerpo que moría.
    Según dijéronme luego / pues yo no escuchaba ni veía
    volvieron los defensores / a atacar con bizarría
    retirándose mis hombres / peleando por sus vidas
    que bastante fue salvarlas / las de ellos y la mía.


    Dijeron mis capitanes / gente ducha e instruida
    "Levantad, señor el campo / mirad que no es valentía

    sino gran temeridad / el seguir en la pofía.

    Estos muros son montañas, / no han de caer este día"

    Así, por mi terquedad / y soberbia desmedidas
    fueron las armas de Chalon / humilladas y vencidas.
    Lleváronme a mi castillo / de Chartres donde tenía
    galenos que me asistieran / y cataran mis heridas
    A los pocos días estuve / presto a nuevas correrías;
    mi cuerpo estaba repuesto / mi mesnada restablecida
    mas el verme derrotado / cuando mi causa creía
    del agrado de los cielos / y de ellos protegida
    fue grande pesar en mi alma / que no recobraría
    arrestos y confianza, / nuevo arrojo y valentía
    hasta no ver claras señas / de ser causa favorecida
    no solo por el derecho / la costumbre y la hidalguía
    sino también por las fuerzas / de la Providencia Divina.


    Sí, es mucho drama para una escaramuza con poco más de veinte muertos, pero la verdad es que lo hice a posta a sabiendas de que iba a perder para darle un poco más de variedad a la historia en vez de ser una victoria tras otra, así que tampoco era plan de sacrificar a todo mi ejército

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    Re: El perro de la guerra: un AAR de M&B 0.9xx (100 Years War Mod)

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