Handon de Dol-Amroth

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    Handon de Dol-Amroth

    Mensaje por Fernán el Miér Mayo 15, 2013 11:24 pm

    Os dejo aquí el primer capítulo de lo que pretendía ser un largo relato inspirado en la Tierra Media. Fue escrito por mí hace un año aproximadamente. ¡Espero que os guste!

    Spoiler:
    El reino del bosque



    Handon nació en el año 2498 de la Tercera Edad. Pasó la infancia con su madre en Dol Amroth, hasta que murió a la edad de 114 años, cuando Handon apenas había cumplido los 80 (un joven de acuerdo con la longevidad de los elfos); su padre, Meldon, los visitaba de vez en cuando. Acompañándola en su lecho de muerte sólo estaban él y su padre, que había acudido cuando supo que la muerte se llevaba a su mujer; al morir llevaron el cuerpo hasta el puerto de la ciudad y, colocándola en una hermosa barca, los dos esperaron hasta que se pudo ver
    Eärendil en el firmamento, tras lo que el cuerpo de su madre siguió recto por el mar hacia donde antaño se encontrara Númenor, la tierra de sus antepasados.



    Meldon, aunque Sinda, era el rey y señor de una pequeña comunidad de Elfos Silvanos (apenas medio millar de habitantes) en los bosques cercanos a las montañas de Dor-en-Erlin, al oeste de Belfalas. Era un Elfo de alta estatura, cabellos grises como la luz de la luna reflejada en el agua, y sus ojos, de un verde oscuro, recordaban los árboles que tanto amaba. Llevó a su hijo al bosque, alejándolo de las guerras de los Hombres de Gondor y embarcándolo en la difícil lucha por mantener unida la pequeña comunidad élfica, la última al sur de las Ered Nimrais, y allí lo educó tanto en el manejo del arco y la espada, como en las artes del sigilo, rastreo y guerrilla.
    Cuando Handon alcanzó la edad y la destreza necesaria, se presentó ante su padre, y este, sorprendido, vio cuanto había cambiado desde que lo llevara a vivir con su gente. Ante sí vio un Elfo maduro, pero que se distinguía de los demás por su oscura cabellera y por el fuego que ardía en su mirada gris como el acero pulido.


    Su padre lo envió al Serni como Señor del Refugio del Este al mando de una veintena de montaraces para hostigar a los Corsarios de Umbar que desembarcaban frecuentemente en incursiones con destino al Lebennin. Corría el año 2768 de la T.E. Fue la última vez que habló con su padre.


    Durante doce años Handon lideró los hostigamientos en la región del Serni con buenos resultados y solo perdió a un arquero. Al finalizar el duodécimo año, su hermanastro Hidoldin (fruto de los amoríos de su padre con una Elfa con la que intentaba olvidar a su esposa muerta), un rubio Elfo, alto y de fuertes brazos, le llevó un mensaje de su padre, en el que le decía que volviera al bosque rápidamente, pues tenía noticias muy preocupantes, por lo que regresó con un par de Elfos, dejando el resto de su compañía a cargo de Hidoldin.


    Cuando llegó al bosque se lo encontró con los lindes en llamas, los antiguos árboles que había aprendido a amar y que no veía desde hacía doce años. Después de prepararse para una posible lucha, se encaminaron al talan del Rey, pidiendo a todo Elfo que veía que corriera junto a ellos. Cuando llegó encontró el flet rodeado de feroces Corsarios de Umbar y un pequeño grupo de apoyo del Harad, y a varios elfos disparando contra ellos desde los árboles. Reunió a toda su gente y la dispuso para el combate: no llegaban a las dos docenas. Escogió a los más hábiles con la espada y dio instrucciones a los demás de que dispararan en cuanto gritara “Amroth”, el nombre del Rey Elfo de Lothlórien que se asentó en esos bosques con un grupo de Elfos cuando buscaba a su amada.



    Abandonó su escondite, blandiendo la espada junto con otros cuatros elfos, gritando el nombre de Amroth y, antes de que los asaltantes se percataran, una descarga de flechas impactó en sus espaldas. Tras la confusión inicial un grupo de Corsarios se acercó a los cinco Elfos visibles, que se alzaban desafiantes en un pequeño claro quemado del bosque. Cuando los guerreros entraron en el claro casi la mitad cayeron atravesados por las flechas élficas; los demás se abalanzaron contra los elfos que estaban visibles y empezó una vertiginosa danza de acero y sangre. Cualquier Hombre que salía del círculo era atravesado por las certeras flechas de los arqueros. En un principio la danza se mantuvo estable, pero al poco tiempo los arqueros que estaban en los árboles empezaron a oír crujidos y gruñidos de dolor: la danza era mortal para algunos. El baile terminó y sólo los cinco combatientes Elfos se mantenían aún en pie. A una señal el grupo entero acudió en ayuda de los que aún resistían en el talan real. Tras una oleada de flechas y un rápido entrechocar de metales la compañía fue destruida.

    Handon escaló hasta el flet de su padre, de un hermoso color crema y ahí, tumbado en un lecho de hojas doradas, estaba el Rey, herido y agitándose en sueños. El Maestro del Conocimiento, Grimboler, tenía un mensaje escrito para Handon:

    “Hijo, si recibes este mensaje es que no puedo recibirte como mereces; si recibes esto, es que mi vida va a reunirse con Mandos. Quiero decirte que este desastre no es culpa tuya; yo retiré a tu hermano de las defensas del sur del río. Tengo un presente de despedida para ti: Maglanor, el Sable del Sol, una espada forjada por los herreros Elfos de Gondolin antes de la Caida. Fue forjada para mí cuando me uní a los Noldor en su guerra y te servirá bien. Como yo cuando Ossë nos arrebató a Amroth cuando intentó volver en busca de Nimrodel, tienes ahora un servicio que hacer a esta comunidad. Eres su Rey. Cuídalos.”

    Cuando terminó la lectura, Grimboler le dio la espada, su rica vaina guarnecida de plata y la corona de hojas doradas, que colocó sobre su cabeza y le dijo:

    - Por fortuna, los Corsarios no se adentraron mucho en el bosque y no ha habido muchas muertes. Incluso ahora hay esperanza para tu padre. Si le llevamos a Valinor podrá salvarse. Aunque… nunca volverías a verlo pues no podrás encontrar el Camino Recto para entrar en la tierra de los Valar por tu sangre humana.

    - ¿Y se puede saber- dijo Muol, tío de Handon, adelantándose- por qué entonces es nombrado rey, si no puede ir a las tierras reservadas para todos nosotros?¿Nos veremos obligados a acompañarle en esta tierra de maldad hasta que sucumbamos todos? ¡NO! ¡Exijo que el trono nudoso sea para alguien puro de sangre que nos guíe a las Tierras Imperecederas!

    - Y ese alguien serás tú ¿no?- replicó Handon, y se dirigió a los demás Elfos- Entiendo que si se me niega el señorío del bosque éste será para mi hermano, ya que él sí es puro de sangre.

    - Señores, no discutamos cuando nuestros hermanos caídos yacen junto a los Corsarios y Haradrim, nuestro Rey está agonizante y los árboles aún están quemados. Propongo que cuando los demás Señores del Bosque estén con nosotros, hagamos frente a este problema, cuando nuestro pueblo haya reparado los daños de la batalla.- pidió Grimboler.

    - Estoy de acuerdo. Creo recordar que hay un grupo de Elfos que quería ir a Valinor, que ellos lleven a mi padre para que se recupere. Mientras tanto tú, Maestro Grimboler, dirigirás el reino y su saneamiento, si mi tío está conforme - Muol asintió con la cabeza-. Yo iré a los Refugios del exterior y traeré a todos los Señores del Bosque antes de que el año termine.- concluyó Handon y, sin esperar respuesta, se llevó a los dos Elfos que le habían acompañado desde el Refugio Este a prepararse para partir cuanto antes.

    Caminaba furioso por entre los árboles quemados y dañados, con sus dos compañeros unos pasos detrás de él. Pensaba tomar unos corceles para ir y volver rápidamente pero cuando llegó a los establos, un Elfo se le acercó y adivinando su necesidad, se le adelantó:

    -Príncipe Handon, si buscáis caballos, aquí no los encontrareis. Los Corsarios prendieron fuego y nuestros nobles compañeros huyeron hacia las montañas, si queréis esperar un día o dos a que los atrapemos…
    - No te molestes, partiremos a pie.- le interrumpió Handon impaciente- Y a ti te digo que quién esté detrás de la muerte de mi padre, se lo haré pagar. Con estas palabras se alejó, dejando al Elfo sorprendido por la dureza de sus palabras
    Poco después salió del bosque y marchó con sus compañeros hacia la Patrulla del Este, por el camino iba pensativo pues estaba buscando la forma de honrar la voluntad de su padre sin que Muol provocara una disputa cuando uno de los guerreros, Duadil, que había sido un fiel compañero y le hacía sentir aceptado por los Elfos, le dijo:

    - Señor, ante todo quiero decirle, y hablo en nombre de todos, que tiene todo el apoyo de la compañía del Este. Sabemos que se desenvolverá bien en el trono pero… si confía en que el consejo lo elija rey debo decirle que no lo hará, pues el argumento esgrimido por su tío es muy poderoso.
    - Duadil, sé que no me elegirán rey, pero mi hermano es Elfo completo y, por tanto, puede ser elegido rey del bosque. Él sí os puede guiar a las Tierras Imperecederas- la voz de Handon denotaba amargura.
    - No lo creo señor, vuestro hermano apenas tiene 200 años, es un joven sabio, pero joven, y no le dejarán sentarse en el trono nudoso.
    - ¡Me iré del reino antes que mi hermano pierda sus derechos al trono a favor de mi tío! ¿Sabes qué partiréis todos a Valinor nada más reciba la corona de hojas doradas? Muol detesta a los descendientes de los Edain y quiere ser como un Vala para ellos, prefiere ordenar a servir, y tú lo sabes. A los que aún le importe lo que pasa en esta tierra no tendrán elección: deberán ir con él.- exclamó Handon- ¡No permitiré que la libertad del pueblo sea abolida!
    - Estamos con vos, príncipe.- dijo Duadil con una inclinación de cabeza- ¿Verdad compañero?
    - ¡Por supuesto!- confirmó el otro Elfo.

    Tras tres días de viaje, avistaron el campamento de la guarnición en una pequeña colina arbolada. Hidoldin salió a recibirles, su hermosa cara denotaba cansancio, mucho cansancio. Después de saludarse Handon se llevó a Hidoldin aparte y, mientras Duadil y su compañero contaban la batalla a los demás Elfos, le narró todo lo que ocurrió ese día, incluida la discusión sobre el trono y la conversación con Duadil... Por último le instó a que fuera al bosque cuanto antes para hacer valer sus derechos y que se llevara a la Patrulla mientras él recorría los demás refugios de las otras Patrullas y las llevaba al bosque.

    - Hermano,- interrumpió Hidoldin- eso es imposible. Llevamos días sin dormir, todas las noches desembarcan pequeños grupos de saqueadores Corsarios.
    - O eso o todos partiréis hacia Valinor en cuanto Muol se siente en el trono de nuestro padre. Esa es su intención. O el pueblo élfico se dividirá otra vez.
    - ¿Partiréis? ¿Tú no vienes? ¿Me vas a abandonar?- dijo Hidoldin elevando el tono.
    - No te abandonaría nunca, lo sabes pero…yo no puedo a ir Valinor.- declaró Handon- Mi sangre humana, ¿Recuerdas?
    - No…- murmuró Hidoldin, luego se recompuso y, tras unos instantes pensando, anunció a la compañía- Al alba partirán tres parejas de elfos a caballo, una para cada Refugio y le darán el siguiente mensaje: “Id al bosque, al flet real. Cuando todos los Señores del consejo estemos reunidos, elegiremos al sucesor de nuestro padre. Handon y Hidoldin”. Los demás iremos al bosque directamente, para que mi hermano esté preparado para dirigirnos cuando sea coronado.
    - ¡Hermano! ¿No me has escuchado? Jamás seré elegido rey por el consejo.
    - Ya se verá.

    Talan real, dos meses después. En el talan hay cinco Señores Elfos sentados en dos hileras una frente a la otra formando un pasillo, al final del cuál está el trono nudoso y encima suya la corona de hojas. Estos Señores forman el consejo y, junto con el rey, ahora muerto, toman las decisiones importantes del reino. Cuatro de los Señores se encuentran normalmente dirigiendo cada una de las Patrullas (Norte, Sur, Este, Oeste), otro es el Maestro del Conocimiento, que dirige la biblioteca y recopila todo el saber de los Elfos en rollos de pergaminos, el sexto y último Señor es conocido como Ceredir, el Artesano, y es el Elfo Jefe del grupo que, cantando a los árboles, obtenían de ellos la madera de la forma y dureza necesaria para los botes, los talan y demás utensilios necesarios para el pueblo. Mientras Hidoldin explicaba los motivos por los que creía que Handon debía ocupar el trono, los demás Señores escuchaban atentamente, a excepción del propio Handon, que estaba sumido en sus propios pensamientos; cuando llegó al punto culminante de su discurso, Muol Ceredir, interrumpió con gesto cansado:

    - Todos sabemos las ventajas e inconvenientes que suponen el ascenso al trono de Handon, por lo que creo que deberíamos dejar de hablar y proceder a una votación. Yo creo que Handon no debe gobernarnos. Las razones todos las conocemos.
    - En verdad creo que Handon podría liderarnos en la Tierra Media pero no quiero ser responsable de que este pueblo tenga que renunciar a Valinor hasta su muerte.- dijo Faloth, Señor de la Patrulla Norte, dirigiendo una mirada de disculpa al aludido, que respondió con un asentimiento de cabeza un tanto resignado- Comparto la opinión de Muol.
    - Yo estoy de acuerdo con vosotros, el riesgo es demasiado grande.- se apresuró a afirmar Dilog, el Señor de la Patrulla Oeste que, aunque magnífico dirigente en la batalla, se dejaba llevar por la opinión de los que consideraba sus iguales.
    - Al contrario que tú, Faloth, pienso que mi hermano si podría dirigirnos y creo que él nunca prohibiría a nadie partir al Oeste ¿Verdad, hermano?- diciendo esto Hidoldin se volvió hacia Handon esperando una respuesta.
    - Jamás haría eso hermano, pero es inútil.-se resignó Handon- Abandonaré el bosque e iré a la Patrulla, dirigiendo sus defensas para que nuestros enemigos no lleguen aquí. Tal vez cuando muera luchando por este pueblo se me reconozca como uno de ellos.

    Tras decir esto salió del consejo con decisión y se dirigió a Duadil, que esperaba el resultado del Concilio. Asiéndolo por el hombro, lo guió hasta su tienda para contarle todo. Mientras, en el talan real los Señores estaban inmóviles y confundidos hasta que Muol, aprovechando la confusión, se apresuró a decir:

    - Como todos vemos, Handon no posee ni la paciencia ni la sangre fría para gobernar, es impetuoso y no piensa lo que hace. Y como Hidoldin, aquí presente, aún es joven para sentarse en el trono nudoso, yo ostentaré el mando hasta que alcance la edad necesaria
    - Tío,- dijo Hidoldin con una mirada de repugnancia- me pregunto cuándo Muol Ceredir abandonó la razón por la locura. ¿Cuándo el Impostor te carcomió tus buenos propósitos? ¿Tan ingenuos nos crees? ¿Qué harás cuando recibas la corona? ¿Obligar al pueblo a seguirte a Valinor, para llevar la Oscuridad contigo? Recuerda lo que pasó en Númenor cuando los Dunédain quebrantaron la Prohibición. Deja que quién quiera quedarse que lo haga y destierra el veneno de tu mente.
    - Sobrino, tu hermano hará un gran trabajo en las fronteras, te sugiero que sigas su camino. Da gracias por que no haga caso de tus tonterías infantiles y de tus insultos.
    - Veo que ninguno de los hijos de Meldon está preparado para el trono, los dos son demasiado fogosos- se asombró Faloth- pero al fin entiendo lo que Muol desea y tampoco quiero ser responsable de que los Elfos estén obligados a terminar el Gran Viaje, abandonar estas tierras y, por ende, de llevar el Mal a las Tierras Imperecederas. Ninguno debe dirigirnos.
    - Eso ya se verá.- contestó enfurecido Muol.
    - La sesión se da por concluida. Hasta que las cosas se enfríen el pueblo será dirigido por el consejo. - concluyó Grimboler. Acto seguido salió de la sala, después de apoyar su mano en el hombro de Hidoldin y trasmitirle una mirada de aliento.

    Después del Maestro del Conocimiento, Faloth y Dilog salieron, seguidos a corta distancia por Hidoldin. Muol se quedó un rato pensativo sentado en su asiento hasta que, apresurándose, salió del talan y, bajando por las escaleras se perdió en las sombras del bosque, rumbo al Sur. Tiempo después el Elfo que estaba de guardia en el talan real recordó la expresión de odio que Muol llevaba en su cara cuando bajó de la reunión.

    Handon no podía dormir, llevaba varias semanas en su talan, sin apenas salir, y solo lo visitaban su hermano, Grimboler y Duadil, que había actuado como informador; las noticias de la desaparición de Muol lo habían dejado intranquilo. Cuando no pudo soportar el desvelo salió de su talan, dispuesto a dar un paseo por la hierba. Tal vez los Valar le habían provocado esa molesta sensación o tal vez la fortuna le salvó, porque justo cuando se levantó, una daga empuñada por una mano enguantada de roja descendía hacia su garganta. Tras escuchar la madera crujir por el impacto donde antes estaba su cabeza, Handon se sobrepuso a la sorpresa y le dio una patada en la entrepierna a su agresor, que ocultaba su rostro por una capucha negra, y levantándose con rapidez alargó la mano hacia donde estaba Maglanor, pero su mano agarró el vacío y con desesperación escuchó una hoja salir de su vaina; y, desenfundando su daga, la interpuso entre el desconocido y su cuerpo. Al chocar las dos armas vio una hermosa filigrana de oro en la espiga de la espada: el Sol y la Hoja. El asesino estaba usando su propia espada para matarle. Con un bufido de ira saltó hacia atrás para esquivar la hoja y con la daga acuchilló el antebrazo del encapuchado; este lanzó el brazo hacia delante y golpeó con el puño el pecho del Semielfo. Con un jadeo Handon se incorporó y elaboró una red de acero alrededor de la espada, que salió despedida hacia el suelo y se quedó ahí clavada, después lanzó la daga hacia el cuello del sorprendido agresor y, así, sin un grito de dolor, el asesino se desplomó silenciosamente y expiró.
    Con la respiración entrecortada por el forcejeo se dispuso a revelar la identidad del atacante y, aunque ya se había formado una identidad en su cabeza, quedó sorprendido cuando le levantó la capucha: era un Hombre, un endrino del Sur. En el hombro, sujetando la capa vio un emblema: un escorpión negro sobre fondo rojo, el símbolo de la Orden Asesina del Harad. Cuando registró el cuerpo, encontró un pergamino lacrado, el contrato que decía que ese Hombre y otro asesino debían asesinar a Handon, a Hidoldin y a Faloth; y le daba todas las indicaciones necesarias para entrar en el bosque sin ser advertidos. Tras leerlo no le cupo la menor duda: Muol quería deshacerse de los que se interponían entre él y el trono. De pronto cayó en la cuenta que el otro asesino estaba suelto y que estaría cumpliendo la misión. Rápidamente salió del talan con la espada desenvainada y se dirigió a los aposentos de Hidoldin.

    Al entrar todo aparentaba calma pero, aún angustiado y temeroso por el destino de su hermano, se dirigió hacia el lecho y, agazapado desde la cortina de la puerta, alcanzó a ver al asesino, que sacaba un frasco de una caja y se disponía a depositarlo en la boca entreabierta de Hidoldin. Desesperado, Handon hizo lo primero que se le ocurrió: se lanzó hacia delante con un grito y levantó la espada. El asesino, sobresaltado, dejó caer el frasco al suelo y se apresuró a sacar la espada pero Handon le rebanó el brazo y, con el mismo movimiento de retorno del arma le cortó la cabeza. Hidoldin, que se había despertado con el grito, presenció el final del desconocido y, tras espabilarse, preguntó con voz pastosa:

    - ¿Quién era? ¿Por qué quería matarme? ¿Y cómo lo sabías? ¿Cómo…?
    - Bueno hermano, si sigues así no habrá quién te pare, ¿los Elfos no poseían el don de la paciencia? Coge tu arma, tenemos que ir al talan de Faloth. Te explicaré todo por el camino. – contestó serio.

    Por el camino, los Elfos con los que se encontraban se quedaban asombrados de la sangre, ya seca, incrustada en la túnica de Handon. Algunos intentaron pedir explicaciones pero todos recibían la misma respuesta: “Ahora se descubrirá todo, el amanecer traerá las respuestas”, Cuando llegaron al pie del talan ya había un grupo de Elfos con cara seria, algunos armados con lanzas en posición de espera. Cuando llegó la comitiva, el grupo se abrió y, al pie del árbol, estaba Faloth atravesado por varias flechas. Al aparecer Handon, una voz gritó:

    - ¡A él! ¡Asesino!- Y un grupo de la Guardia Señorial, los guerreros de élite del reino, rodeó a Handon y a Hidoldin; con las lanzas en posición de combate
    - Vaya, tío,- exclamó Handon alzando la espada- ¿qué he hecho para que la Guardia Señorial me apunte con sus lanzas? Yo sé quién mató a Faloth y quién intentó matarnos a mí y a mi hermano. Al asesino se le olvidó quemar esto antes de atacarme: el contrato de asesinos de la Orden del Escorpión. ¿Te suena?

    La Guardia Señorial titubeaba y algunos ya alzaban las lanzas cuando Muol salió detrás del árbol con una risa fría y carente de emoción. En la mano tenía una flecha con la punta amarilla y una inicial en ella: una h, el signo que marca todas las flechas del carcaj de Handon. Muol dijo:

    - ¿Reconoces esto, príncipe? Es una de las flechas que están clavadas en el cuerpo de nuestro Señor ¡Seguid apuntando, guardias! Quedas bajo custodia del Rey de estos bosques.
    - Tú no eres Rey, aunque desearías serlo y por eso mandaste a dos asesinos a matar a aquellos que se oponían a tu mandato abiertamente.

    En ese momento, cuando la Guardia ya cerraba el círculo en torno a Handon, apareció Duadil y detrás suya, armados y con doce corceles siguiendo a la tropa, toda la Guarnición del Este. Se abalanzaron sobre la reunión y obligaron a la Guardia a deponer sus armas y Duadil se encaró a la multitud.

    - Nuestro príncipe no ha cometido tal acción, pues él mismo está manchado por la sangre de los asesinos de Faloth y dio muerte a ambos. Esto es una simple artimaña de Muol Ceredir para deshacerse de los candidatos al trono. Toda la Guarnición del Este apoya a los Príncipes.
    - Vaya, vaya…- dijo Muol- veo que has aprendido las enseñanzas de “tus Príncipes” de memoria pero eso no les salvará de su merecida suerte. Porque aquí,- dijo alzando la voz- se ve perfectamente, en el cuello, la mordedura de una espada conocida por todos, Maglanor, que está ahora en poder de Handon y, además manchada de sangre aún caliente.

    Al oír esto, la mayoría de los Elfos se puso en contra de Handon y la Guardia recobró la confianza pero Duadil, al ver lo que se avecinaba, entregó los caballos a Handon y a Hidoldin y mandó con ellos a ocho Elfos para preparar la huida del bosque. Los otros dos caballos serían para él y para Huadil, su hermano, que estaba decidido a acompañarlos. El resto de la Guarnición se quedaría para entorpecer la persecución y porque no querían dejar el reino. Montando en los corceles, el pequeño grupo se dividió en parejas, cada una con un cometido. Handon y Duadil fueron a ver a Grimboler y a entregarle la corona de hojas para que la guardara y nombrara a un Rey digno.
    Dos horas más tarde, diez integrantes del grupo estaban en el talan de Handon, esperando a Huadil y a su acompañante, que habían de ir al almacén a por provisiones y algunas herramientas básicas para la huida al feudo de Perlagin que, aunque tenía problemas para el comercio marítimo por los ataques fluviales de Umbar, mantenía guardias en los puentes de los ríos Gilrain y Serni y en el Anduin que garantizaba la seguridad de la ciudad y sus alrededores. Llegó Huadil a caballo con la otra montura vacía, aunque con las necesitadas provisiones.

    - ¡Galopad, a Gondor!- gritaba- nos estaban esperando.
    - ¿Y Eäthol?- preguntó su hermano.
    - Se ha quedado atrás. Me dijo que no le esperáramos, él intentaría llegar a Perlagin cuando se deshiciese de la Guardia.
    - No podemos esperar, ahí vienen,- exclamó Hidoldin- ¡Vámonos!

    El grupo cabalgó hacia los lindes del bosque y se adentró un poco en la llanura, después se dio la vuelta, a la espera de ver si alguien los perseguía. Acamparon escondidos tras unas rocas y esperaron noticias de Eäthol. Cuando el sol se acercaba a su máximo esplendor uno de los Elfos dio un grito:
    - ¡Ahí viene Eäthol! Maldita sea Mordor, lo siguen varios jinetes de verde y plata. Ceredir ha mandado a la Guardia Señorial a reducirnos.
    - Tranquilizaos, no creo que salgan del bosque.- dijo Duadil- Señor, deberíamos prepararnos para proseguir el viaje.

    En ese momento Eäthol salió de la espesura, con los jinetes a varios metros de distancia. Cuando perseguidores y perseguido llegaron a las rocas, los Elfos salieron de su escondite y espantaron a los corceles con gritos y mantas. Tras la confusión el grupo, ahora con Eäthol, salió en estampida hacia el puente más cercano para cruzar el Gilrain.



    El vigía de guardia del puente estaba extrañado, juraría haber visto a varios jinetes acercándose al puente con ramas de olivo en las manos. Con un grito dio la alarma y bajó hasta el despacho del Sargento de la guardia, que se apresuró hacia la puerta, donde varios soldados esperaban con las armas listas. A una orden, se abrió la puerta y entró el grupo de jinetes al paso, uno de los soldados se sobresaltó, pues había notado que los jinetes no eran Hombres, sino Elfos. Con un susurro se lo comunicó al Sargento que dijo:

    - ¡Quiero el lugar libre de curiosos! ¡Sólo los soldados de guardia!

    Los Elfos permanecían alerta ante el revuelo de los soldados, al llegar ante el Sargento permanecieron quietos esperando que se les dirigiera la palabra.
    El Sargento por su parte avanzó y se presentó:

    - Soy Bararmir, hijo de Cadmir y estoy al mando de la guardia de este puente. ¿Quiénes sois y qué queréis?
    - Bararmir, yo soy Handon, hijo de Meldon, y este es Hidoldin, mi hermano. Guiamos a este grupo para asentarnos en Gondor. Nos gustaría saber donde podríamos asentarnos.
    - Esto no pasa con frecuencia en nuestros días… Bien, cerca de aquí hay una pequeña aldea, donde vivimos con nuestras familias, si os apetece podéis pasar allí la noche, mañana yo iré a buscaros y hablaremos de vuestra situación. Por supuesto vuestro hospedaje correrá a mi cuenta.- añadió Bararmir y mirando a un soldado.- Guardia, muéstrales el camino.
    - Gracias, - dijo Hidoldin- aceptamos vuestra hospitalidad.

    Y así, mirando alrededor, entró el grupo en las tierras de los orgullosos hombres de Gondor.

    Gracias a todo aquél que lo haya leído, os invito a comentar lo que queráis.


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    Re: Handon de Dol-Amroth

    Mensaje por Rerg15 el Jue Mayo 16, 2013 12:15 am

    Muy buena historia Fernan.


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